Pregoneros

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 Los ayuntamientos  utilizan actualmente  una aplicación informática, llamada bando móvil, por la que los vecinos son informados a través de sus teléfonos  de las  noticias que van surgiendo en el gobierno municipal.

 Hubo un tiempo en el que  la voz de los pregoneros  era  el medio más eficaz para  dar a conocer  a la vecindad los asuntos que  le concernían.

 El pregonero de mi pueblo era una  persona de ocupaciones  varias y  escasos estipendios  con los que  cubría escasamente las necesidades básicas de su numerosa familia. Su profesión  principal era la de zapatero. Disponía para estos menesteres  de  los avíos imprescindibles  con los que reparar el calzado y echar medias suelas y tacones: chavetas, tenazas, leznas, puntas, tachuelas, cerote e hilo.  Su otra ocupación era la de sacristán, que le proporcionó  apodo a  él y a su descendencia.  El Ayuntamiento además lo requería esporádicamente  para difundir pregones por las esquinas cuando la noticia era importante  y urgía su conocimiento para la convivencia vecinal y el  buen gobierno del municipio, como el  uso del muladar, estercoleros del ejido, escombreras, ubicación de las eras, arrendamientos de la dehesa boyal o la  llegada del cobrador de las contribuciones.

 Como la lectura no era hábito extendido  entre la población por falta de uso o desidia, los regidores no se  fiaban de que el comunicado  expuesto en el tablón de anuncios llegara a todos los interesados ni de la correcta interpretación que del mismo pudiera hacerse, pues se sabe que de la letra impresa a las entendederas hay caminos tortuosos,  así que  le daban un cuarto al pregonero y lanzaban al aire sus  reconvenciones,  proclamas y avisos. El toque de una trompetilla era el prolegómeno que captaba la atención del vecindario: “De orden del señor alcalde se hace saber…”

 Los muchachos lo seguíamos de parada en parada, más atentos al rito que al contenido del mensaje.

 Era suficiente con que se enterasen unos cuantos vecinos en cada calle. El boca a boca extendía la novedad por todo el pueblo. Algunas mujeres interrumpían sus quehaceres y   salían a la puerta con el delantal recogido al oír el aviso metálico de la trompetilla. En las tiendas  se  propagaba la información como fuego en rastrojo. La mayoría de los  hombres, ocupados en  las tareas el campo,  eran informados cuando llegaban al  anochecido a sus casas.

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 Al pregonero-sacristán y zapatero lo sustituyó el latero, que, como su antecesor, completaba los escasos ingresos de su oficio principal con los que ocasionalmente le generaba prestar su voz al viento, cascada de tabaco y aguardiente. Recorría con su anafe de brasas las calles para reparar canalones, jarras, palanganas, cacerolas, regaderas,… que arreglaba en la misma casa del cliente si el daño era leve o se llevaba a casa los objetos  en ristras sobre el hombro si el deterioro era mayor.  Con un soldador con mango de madera calentado en el anafe y un poco de estaño restañaba  las picaduras. Remataba la reparación con  martillo, trapo y  estropajo  para dar finura y lustre a  su labor.

Los quintos.

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Publicado en el periódico HOY, sección Raíces.

 Pertenecer a la misma  quinta creaba, por las vivencias compartidas,  lazos de afecto y complicidad entre sus miembros, que eran  más intensos y estrechos si el servicio militar se hacía  en el mismo cuartel o en la misma ciudad. 

 Un hombre mayor puede que no recuerde  la fecha de su nacimiento, pero lo que no olvida es el año en el que entró en quinta. Es la referencia para saber  su edad y la manera de averiguar la de sus conocidos: Ese es  una quinta mayor que yo o dos quintas más pequeño. Eran entonces veintiuno los años con los que se reclutaba   a los mozos.  En el mes de marzo se realizaba  el marqueo.  El salón del ayuntamiento se  llenaba de amigos y familiares. El funcionario encargado nombraba  a los jóvenes  y estos  subían  al estrado. Se les preguntaba si tenían algo que alegar que les  eximiera de la obligación de incorporarse a filas. El tallador les sujetaba la barbilla para que la cabeza quedara en posición erguida, horizontal a la tabla que marcaba la estatura y los  instruía sobre la forma de colocar los pies, juntos y pegados al medidor. En voz alta pronunciaba  la talla de cada uno.  Después pasaban  a una sala contigua donde eran pesados y reconocidos por el médico.

Archivo Rafael Solaz

Archivo de Rafael Solaz

 Terminado el acto,  los mozos desbordados de jarana y bullanga, con los números de la talla escritos con tiza en las espaldas, recorrían las calles del pueblo, bien provistos del fruto de la vid y haciendo extravagancias que todos comprendían y justificaban como  cosas de los quintos. Visitaban las casas de cada uno de ellos donde eran agasajados y los que estaban novios o andaban queriendo enamorar enderezaban porte y repartían miradas por si la mocita  estuviera en la puerta o detrás de la ventana observando. Les esperaba después dar cuenta de una caldereta que algún amigo o familiar se había prestado gustosamente  a prepararles. No era la única comida en grupo que  acarreaba tan señalada festividad, pues  en semanas y meses precedentes siempre se buscaba fecha  para compartir alguna por tal motivo.

 Recuerdo cuando yo  era pequeño los cantos de los quintos en la madrugada: “Esta noche ha llovido, mañana hay barro…”,  “Quinto levanta, tira de la manta…” ¡Los creía yo entonces tan mayores y después los vi tan niños!

 En noviembre  se celebraba  el sorteo. Desde la sede de la  zona de reclutamiento  enviaban a los ayuntamientos el resultado del mismo y esta vez  con el nombre de los destinos  en las espaldas recorrían  las calles del pueblo con idéntico bagaje de calderetas, bulla y cantos.  Cuando España conservaba aún posesiones en África: Guinea, Sidi Ifni, Sahara,  la peor noticia para las familias era que  el sorteo los  hubiera destinado allí.

 Al año siguiente  se iban incorporando a sus destinos en sus respectivos  reemplazos.  La noche antes de irse, los amigos y vecinos acudían a sus casas a despedirlos y a desearles suerte.

 Concluida la mili se suponía, como el valor, la madurez necesaria para asentar cabeza y fijar casamiento.

Sanidad de cabecera.

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Publicado ayer viernes en el periódico HOY, sección Raíces.

No eran los tiempos   que describe Felipe Trigo en su obra  “El médico rural” en que relata  el viaje épico de   un mozo  en mula  al pueblo más cercano en medio de una gran tormenta nocturna para buscar suero contra la difteria.  Pero tampoco se contaba a principios de los años sesenta con los medios  técnicos, humanos y organizativos de los que disponemos actualmente.

El médico de mi pueblo  pasaba consulta oficial a primera hora de la mañana en un edificio de propiedad municipal anejo al del   ayuntamiento. Posteriormente visitaba a los enfermos en sus casas   y de dos a tres pasaba de nuevo consulta en su domicilio para los igualados. El edificio público   tenía  en su fachada una placa  con letras blancas sobre  fondo azul con la inscripción: “Dispensario Antipalúdico”,  vestigio  de  aquellas fiebres  que se manifestaban  cada tres o cuatro días y que con toda lógica llamaban tercianas  o cuartanas. Madoz en su obra enciclopédica las  cita como endémicas de esta zona.

Era habitual  en la sanidad el sistema de  igualas.  Como el derecho a la asistencia sanitaria no era universal,  los pacientes, mediante  el abono periódico  de una cantidad,  se aseguraban la  atención y los galenos  complementaban su sueldo.

El médico visitaba diariamente a los enfermos que guardaban cama. En un primer reconocimiento preguntaba por los síntomas, auscultaba con el fonendoscopio, tomaba el pulso y palpaba los ganglios del cuello. Prescribía el tratamiento y régimen  de comidas. En días posteriores comprobaba la evolución del paciente  y  era informado de las posibles incidencias ocurridas desde  su anterior visita.

Para casos que  no estaban en sus manos y ciencia  informaba del especialista al que, según su entender, debía ser enviado el enfermo.

Cuando surgía alguna urgencia   a cualquier hora del día o de la noche  se  le  localizaba   donde estuviera. Veinticuatro horas de servicio permanente.

La confianza  y la cercanía suplían la falta de  medios. El médico de cabecera era  el único asidero  al que recurrir cuando  la  urgencia intempestiva de la enfermedad se presentaba, sobre todo de madrugada.

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Temíamos al practicante  más que a una vara verde. Entonces  se recetaban inyecciones con más frecuencia y  las familias no se sentían totalmente satisfechas del tratamiento si no era así.    En un estuche metálico  llevaba la jeringa y las agujas.   Las hervía con agua  en  la parte más grande de la caja y en la tapa ponía el alcohol como combustible, que aportaba la familia, así como el algodón. Extraía el disolvente de la ampolla de cristal previamente cortada, lo introducía   por el tapón de goma donde se mezclaba con el medicamento en polvo. Llenaba la jeringa y   apretaba el émbolo hasta que salían unas gotas por la aguja. Era el momento en que el pánico daba rienda suelta a sus manifestaciones. Entre todos trataban de  convencernos de que esta vez no dolía. El practicante con oficio y paciencia  ponía de su parte para desviar la atención del pinchazo dando un golpe con el envés de la mano en la nalga endurecida por la tensión.

La radio.

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Publicado en el periódico HOY el viernes 29 en la sección Raíces.

La radio siempre  acompaña. Incluso en estos tiempos de  internet sigue ocupando un lugar en nuestras vidas. Se puede escuchar sin dejar de hacer otras tareas en  la cocina, en el taller,  en el coche o colgada de un  olivo.  No sustrae la vista de ocupación u oficio.

 Antes, sin televisiones ni redes sociales, su predominio  era mayor. Hubo programas que marcaron época y dejaron huella.  “Ustedes son formidables”, con  Alberto Oliveras,  voz cálida y  persuasiva  en la noche que, con el fondo musical de la sinfonía del “Nuevo Mundo”,  tocaba el corazón de los oyentes para solicitar su colaboración en casos humanitarios.  El veinticinco de noviembre del  año 1961 se desbordó el arroyo Tamarguillo, un aprendiz de río al que se le hincharon las narices y  que con  desaforado ímpetu rompió un dique de contención e  inundó Sevilla. El programa, en una edición especial, consiguió recaudar tres millones de pesetas, cantidad considerable en aquellos  tiempos.

 También  se escuchaba radio Andorra. “Aquí radio Andorra, emisora del principado de Andorra”. Emitían discos dedicados a petición del público, moda extendida  entonces por muchas emisoras. Los jueves  difundían   un espacio llamado “Rinomicine le busca”,  patrocinado por este medicamento. Lo presentaba  Enrique Rubio,  precursor de Paco  Lobatón,   que  intentaba, con la colaboración de la policía,  encontrar a gente desaparecida.  Consiguió reunir a muchos niños con sus padres separados  durante la guerra civil.

 La “Pirenaica, creada por el P.C.E,  como medio de oposición  al  régimen de Franco, emitía desde fuera de España y se   escuchaba con el volumen al mínimo,  con muchas interferencias y   con el cerrojo de la puerta  bien echado por razones obvias. Al menor ruido en la calle se apagaba. Había  mucho miedo todavía.

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 Los domingos por la tarde la palma se la llevaba “Carrusel Deportivo”. Era director Vicente Marco y animaba Joaquín Prat.  La mágica finta que quebraba la cintura de un fornido defensa  en la frontal del área de castigo, el regate seco,  el oportuno desmarque, el pase de tiralíneas, la veloz carrera de Francisco Gento, la Galerna del Cantábrico, el prodigio malabar de Alfredo Di Stéfano,  la Saeta Rubia,  el coordinado avance de los  Cinco Magníficos sobre el   césped de la Romareda,  el “¡uy!” de Juan Tribuna, aunque el balón pasase a dos metros del larguero, la voz de Pepe Bermejo  desde el Bernabeu…

 Íbamos  del Sardinero a Altabix, del Carlos Tartiere al Manzanares, al Benito Villamarín, al Sánchez Pizjuán…,  sin movernos del resguardo de la solana,  del  calor de la camilla,  o  paseando en las tardes apacibles  por el ejido del pueblo. Todos los estadios a nuestro alcance desde el asiento reservado en el  voladizo sonoro de la fantasía. Un espectáculo alentado por las voces exultantes de los comentaristas que nos describían con un lenguaje hiperbólico y guerrero las hazañas de nuestros héroes.  Las tardes de los domingos, con todos los partidos casi a la misma hora, la radio se convertía  para los aficionados al fútbol en parte fundamental de su asueto,  animado por  el continuo vaivén de resultados en los estadios.

Invierno.

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Publicado el viernes día 22 de enero en el periódico HOY, sección Raíces.

En invierno la vida del pueblo transcurre  entre temporales de vientos ábregos y días  de tibio sol. La lluvia se anuncia  con sus  escuderos,  que llegan del poniente  con forma  de vellones de lana.  “Cielo aborregado, antes de tres días suelo mojado”.  Preceden a  las nubes espesas y cerradas,   que  descargan copiosas.   En las calles de  tierra  la lluvia forma regajos donde los niños hacemos presas con muros de barro en un vano intento de almacenar el agua. Con dos latas y cuerdas construimos zancos para andar por los charcos sin mojarnos.  Los hombres  aprovechan estos días en que no se trabaja en el campo para hacer  reparaciones y puestas a punto de herramientas y maquinaria. Acuden a  fraguas y carpinterías  donde  conversan  entre yunques, martillos y manos de garlopa, sin prisas, pespunteando aquí y allá  temas que van surgiendo por las ocurrencias de unos y otros. De vez en cuando alguno se asoma para comprobar  la evolución de las nubes, aspecto de la sierra y  cambios de viento en la veleta de la torre.  Por las tardes  juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Las mujeres, después de realizar las faenas domésticas, se sientan a hacer punto   tras los visillos de las ventanas.

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 Por la noche, sin luz eléctrica muchas veces,  los ruidos del  temporal se adueñan del pueblo. El viento racheado fustiga   las esquinas y silba por cables y cornisas. El agua de los canalones se estrella  estrepitosa contra el suelo y crujen las puertas azotadas por las acometidas del vendaval.

 A la mañana siguiente se entreabren los postigos. Una cuchillada de luz ceniza lavada por la lluvia  corta la penumbra de las casas.

 Los hombres  hacen  corrillos en el ejido. Observan la orilla  y comentan las incidencias de la noche. Si las crestas de la sierra tienen  bardas y el viento no ha girado hacia  arriba la lluvia seguirá, aseguran  quienes generación tras generación  están acostumbrados a observar el cielo y a esperar el fruto de la tierra. Cada pueblo tiene sus referencias y sus tópicos del tiempo. Por aquí otro indicio  de lluvia es escuchar el  silbido del tren desde Fuente del Arco, que  queda en dirección suroeste.

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 Otros días del invierno son  fríos y despejados, con la claridad que da el viento del norte, el del azul más puro,  que recorta y destaca la silueta roja de la torre sobre el añil de su lienzo.  En la solana hay grupos de hombres con gorras viseras y manos en los bolsillos que charlan a su amparo. Durante esas noches rasas y frías se producen intensas heladas  que cubren de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a caminar sobre el carámbano que se ha formado y a tirar piedras para romperlo. Nuestras pisadas dejan estelas de huellas crujientes sobre las orillas. El  pueblo  despierta. Algunas chimeneas entre los tejados blancos despiden columnas de humo. Las campanas de la torre llaman al avemaría.

Soldadito español

JURA DE BANDERA DE SOLDADOS EN EL CIMOV DE CACERES

El día ocho del  mes de noviembre de 2000 se celebró el último sorteo que asignaba los destinos de los quintos del reemplazo del año 2001. A partir, por tanto, del uno de enero de 2002 quedó suprimido el servicio militar obligatorio.

Quedaban atrás 230 años  desde que un trece de noviembre de 1770, durante el reinado de Carlos III, se estableció la prestación militar obligatoria  con la promulgación de la Real Ordenanza de Reemplazo Anual del Ejército. En esta Ordenanza se establecía una quinta anual, pero sólo del número de hombres que se necesitasen en los distintos regimientos para mantener sus efectivos y que no se hubiesen cubierto con la recluta voluntaria. El sistema para llevarlo a cabo era asignar a cada población un número y éste era escogido por sorteo entre los alistados solteros con edades entre los 17 y los 36 años- los voluntarios lo eran entre los 18 y los 40-. No se admitían vagabundos ni desertores, como se hacía anteriormente con la leva forzosa, constituida por recogida de “vagabundos y gente sin oficio”. Estaban exentos quienes se excluían por razones de familia o profesión. El servicio en filas era de ocho años. Posteriormente se sucedieron muchos cambios legislativos en cuanto a duración, exenciones y obligatoriedad del servicio militar.

Obviando gran parte de esta evolución histórica,  quiero centrar este pequeño trabajo en tres situaciones que marcaron las vidas de muchos jóvenes y las de sus familias.

Estas situaciones son la “Redención a metálico”, la Sustitución” y el “Soldado de cuota”

La Constitución de 1812 (“la Pepa”) establecía que “ningún español podrá eximirse del servicio militar, cuando y en la forma que fuere llamado por la ley”. Pero esto no fue así y al promulgarse en 1823 la primera Ley de Quintas se establece que “el servicio militar podrá desempeñarse por medio de sustitutos”. La Ordenanza de 1837 admite librarse del servicio mediante el pago de una cantidad de dinero (Redención a metálico) o bien requiriendo los servicios de otro joven, el cual, previo pago de una cantidad, cumplía el servicio en su lugar (sustitución), quedando de esta forma los “redimidos” y “sustituidos” exentos de todo servicio militar, tanto en tiempo de paz como de guerra.

Estas situaciones duran hasta 1912 en que son derogadas, pero  se crea el denominado soldado de “cuota”, el cual mediante el pago de una cantidad al Estado reduce el tiempo de su permanencia en filas.

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Veamos con más detalle cada una de estas situaciones.

Lógicamente los que se salvaban de cumplir el servicio militar y con ello en numerosos casos de morir en los cuarteles, dadas las precarias condiciones de salubridad e higiene, o en algunos de los conflictos que España mantenía en Ultramar, eran los hijos de las familias más pudientes. Pero como al mismo tiempo el amor a los hijos no es exclusivo de los adinerados, muchas familias se entrampaban más de lo que podían para librar a sus hijos del servicio militar. Los intereses de los préstamos de las sociedades crediticias oscilaban para este menester entre un 35 y un 50 por ciento.

Esto propició el florecimiento de la picaresca. Así, se presentaban para ser sustitutos, cojos, enanos, lisiados… que a cambio de dinero pretendían sustituir a quien le pagase por ello. Lógicamente eran declarados inútiles en la primera revisión médica. También se presentaban por la mitad del precio, vagos y delincuentes que a la primera ocasión que tenían desertaban, con gran perjuicio tanto para el ejército como para el que había pagado para ser sustituido, pues éste debía abonar ahora una cantidad suplementaria al Estado. Casos más tristes eran los jóvenes que en edad militar se automutilaban con tal de ser excluidos del servicio.

Las cantidades establecidas para la “Redención a metálico” oscilaban entre los 6.000 y 8.000 reales  y la “Sustitución” entre los 2.000 y 5.000 reales, según que el servicio se prestase en la Península o en Ultramar. La diferencia entre la redención y la sustitución era que en el primer caso el gobierno se comprometía a reemplazar al redimido por otro voluntario o reenganchado y en la sustitución era el joven beneficiado quien se lo daba hecho al Gobierno, una vez comprobada su aptitud.

Los abusos de las compañías crediticias hacen intervenir al Gobierno,  creando en 1859 un Fondo de Redenciones y Sustituciones. Su misión era que la población dejara de ser victima de especuladores desaprensivos y confiara esta tarea al Estado. En 1859 costaba prácticamente lo mismo redimirse o sustituirse, cerca de 6.000 reales. Después de algunas subidas y bajadas, a finales de 1868 costaba alrededor de 4.000 reales.

La sustitución se restringió poco a poco con el tiempo. En 1878 se permitía sólo a parientes de cuarto grado y a partir de 1882, únicamente entre hermanos. Para los destinados en ultramar esta limitación no se aplicaba. Mientras la sustitución no fue restringida a los lazos familiares fue común, como ya he dicho antes, obtener el concurso de un sustituto mediante el abono de una cantidad de dinero.

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Con motivo de la guerra de Cuba, cuando se movilizaron reemplazos ya licenciados y se llamaron a excedentes de cupo, el número de redenciones en metálico se incrementó rápidamente, pasando de 4.881 en 1891 a 23.284 en 1898.

Así que sólo los jóvenes que no contaban con medios suficientes para abonar las cantidades para ser sustituidos o redimirse, eran los únicos que pisaban los cuarteles. Se llegaba a identificar al soldado que prestaba servicio en nuestros cuarteles con el estrato más bajo de la sociedad. 

En 1912, como dije antes, desaparecen la redención y la sustitución, si bien ésta se autorizó hasta 1924 para casos muy excepcionales.

Estas injustas situaciones de Redimidos y Sustituidos dio paso a una nueva figura, la “Cuota militar”.

Debido a que la eliminación de la redención y la sustitución  supuso una importantísima disminución de los ingresos en las arcas del Estado y por otra parte con el fin de favorecer a ciertos sectores de la juventud-universitarios y profesionales cualificados, generalmente-se permitió reducir-nunca redimir totalmente-el tiempo de permanencia en filas mediante el pago de una cantidad de dinero: había nacido el “Soldado de Cuota”.

Este sistema de cuotas estuvo vigente en España desde 1912 hasta la Guerra Civil de 1936.

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CLASIFICACIÓN DEL IMPORTE DE LAS CUOTAS EN FUNCIÓN DEL TIEMPO DE SERVICIO

 Primer periodo (1912-1925) Duración del servicio militar: Tres años. Si se pagaba la cuota de 2.000 pesetas se servían cinco meses que podían hacerse de forma ininterrumpida o tres meses el primer año y dos el segundo. Si se pagaban mil pesetas de cuota se servían diez meses y también podían hacerse de forma ininterrumpida o cuatro meses el primer año, tres el segundo y otros tres el tercero.

Segundo periodo (1925-1930) Duración del servicio militar: Dos años. Si se pagaba la cuota, entre 1.000 y 5.000 pesetas, dependiendo de la renta familiar, ser hijo de militar o de funcionario o tener la condición de familia numerosa, el tiempo de servicio era de nueve meses ininterrumpidos.

Tercer periodo (1930-1936) Duración del servicio militar: Un año. La cuota oscilaba entre 1.000 y 5.000 pesetas, atendiendo a las circunstancias enumeradas anteriormente y si se pagaba,  el tiempo de servicio se reducía a seis meses ininterrumpidos.

La segunda República confirma la modalidad de los soldados de cuota y su Ministro de Guerra D. Manuel Azaña mantiene las variables de tiempo de servicio y cuotas a abonar, que permanecerán invariables hasta julio de 1.936.

 

ALGUNOS DATOS MÁS

Para valorar de un modo más aproximado a la realidad el valor de estas cuotas hay que tener en cuenta que en 1.912 el sueldo anual de un teniente era de 2.250 pesetas y el de un suboficial de 1.230 pesetas

¿Qué ventajas tenía el ser soldado de cuota además de reducir considerablemente  el tiempo de permanencia en filas? Tenían la facultad de elegir arma, cuerpo y unidad militar, corriendo a su cargo el vestuario y equipo correspondiente. En Caballería debía aportar el caballo y hacerse cargo de su manutención. También estaban autorizados a comer y pernoctar fuera del cuartel, quedando exentos de realizar servicios mecánicos, pero no de armas. Preferían a la hora de elegir cuerpo Intendencia, Sanidad, Artillería e Ingenieros, prefiriendo en último lugar a la sufrida Infantería. Primo de Rivera estableció por este motivo un porcentaje de admisión en cada en cada arma o cuerpo, estableciendo un cincuenta por ciento obligatorio para la Infantería.

Habrá que esperar a la Ley de Reclutamiento de 1940 para que el servicio militar supusiese la incorporación de la totalidad del contingente. Según esta norma el servicio en filas sería de dos años más otros veintidós en situación de reserva.

La Ley de 1968 estableció un plazo variable entre los quince y los veinticuatro meses y el tiempo restante hasta completar los dos años sin estar en filas se consideraba como servicio eventual. La situación de reserva se reducía de 22 a 16 años y se contemplaba la incorporación de los excedentes del contingente anual para recibir la instrucción básica durante un corto periodo de tiempo. Una nueva ley, en 1984, redujo la duración del servicio en filas a doce meses y la situación de reserva  a catorce años. Por último la ley de 1991 fijó el tiempo del servicio militar en nueve meses y la situación de reserva a sólo tres años.

En la actualidad el servicio militar obligatorio, como señalé al principio del escrito, no existe. El ejército se ha profesionalizado. Atrás quedan los marqueos y los sorteos con todas las celebraciones  que llevaban aparejadas. Las noches insomnes y jaraneras, las excentricidades del vino y el alarde, la novia añorada o soñada, el compañerismo de pertenecer a la misma quinta.Todo quedó prendido en la última farola de la calle, vieja y rota, como un jirón de trapo ajado al albur de los vientos otoñales.

Bibliografía:

-El soldado de cuota en el Ejército Español en el primer tercio del siglo XX.- Francisco Ángel Cañete Pérez

-El servicio militar en España (1913-1935)-José F. García Moreno

-El soldado desconocido. De la leva a la mili-Fernando Puell de la Villa

-Ejército de tierra

 

 

Emigrantes.

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Columna Raíces. Periódico HOY

A  mediodía pasa el cartero. Las esposas de los  emigrantes  esperan   tras la puerta entornada que les traiga las  cartas  con bordes de rayas oblicuas  azules y rojas  con noticias de sus maridos.

Cada mes reciben  también el   aviso del  giro postal que les  sirve para mantener a la familia.          

En los pueblos hay poco trabajo.  Sólo  el estacional   en tiempos de sementera, recolección,  escarda y esquila. Los ayuntamientos ofrecen muy pocas peonadas. Los pequeños propietarios agrícolas  y los  artesanos aguantan a duras penas la larga y profunda crisis económica. La emigración es  una  salida a la que agarrarse para  mejorar la situación.

Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Holanda y Suiza pactan con los países del sur de Europa contratos de trabajo para cubrir sus necesidades laborales.

Las autoridades españolas gestionan las ofertas y demandas de trabajo a través del Instituto Español de Emigración. En los pueblos son las Hermandades Sindicales  de Labradores y Ganaderos  las encargadas de realizar  los trámites, informar y confeccionar los listados de solicitantes.   Badajoz es el lugar  a donde deben  dirigirse para un primer  reconocimiento médico. Superado éste, regresan a casa y  son llamados  posteriormente  para  emprender la marcha a sus puntos de destino.    Los viajes desde sus pueblos  hasta Badajoz los abonaba cada trabajador y desde Badajoz, en tren  hasta los lugares de trabajo,  corren  por cuenta de las empresas contratantes.  Siempre es un apoyo ir acompañado de algún paisano o gente conocida de un  pueblo cercano. Las empresas les ofrecen la posibilidad de alojarse en  barracones acondicionados  donde disponen de una cocina para cada  cuatro o cinco personas.

“Era duro dejar a  la mujer y  a los hijos, sabiendo que ibas a estar un año sin verlos. Cuando regresabas  los más pequeños  no te reconocían y extrañaban   tus brazos”, me cuenta uno de los  que emigraron en aquellos tiempos. “El trabajo no me acobardaba ni lo rehuía  por penoso que fuese, pero dejarlos aquí  tan pequeños me echaba el alma a los pies”.

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Una vez al año  vuelven  de vacaciones.  Las noticias e impresiones que refieren  a amigos y familiares  alientan o desaniman   a otros que dudan si emprender o no el  camino de la emigración.

Hay quienes  se llevan a sus mujeres y a  sus hijos.  “Yo preferí que se quedaran aquí porque quise evitar que  cuando decidiera venirme ellos hubiesen hecho amistades y empezado a enraizar allí, como les pasó a otros, y entonces hubiese sido más difícil el regreso de todos”. 

 Muchos vuelven  a los pocos años a sus pueblos. Intentan montar algún negocio con los ahorros o emigran ya con la familia completa  al  País Vasco, Cataluña o Madrid. Comienzan entonces a cerrarse muchas casas. Los hijos estudian  o encuentran trabajo   en los lugares  a donde se han ido. Allí  encauzan sus vidas. Los primeros que se fueron volvían  todos los años. Los nietos vienen de vez en cuando al pueblo donde nacieron y se criaron  sus abuelos y del que tantas historias les contaban de  su infancia y mocedad.

Uniformados

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La colación más común en las navidades de hace muchos años  era  una caja de mantecados de Estepa y una botella  de anís de Cazalla.

Lentamente  fue llegando  el desahogo  y con él la televisión  nos enseñó otras formas de celebrar estas fiestas,  otras comidas y bebidas  que fueron incorporándose  a nuestros menús.

Saltaron tapones de champán  que certificaban en el techo con  matasellos la arribada  de la prosperidad  y el derroche. Las mesas  se llenaron de mariscos, carnes, turrones y refinados licores.

Papá Noel no había llegado aún con su trineo tirado por renos desde las lejanas  tierras nórdicas para usurparle a los Magos su protagonismo, ni el acebo ni el muérdago adornaban nuestras casas. Sólo el portal con las lavanderas en el arroyo, los pastores a la lumbre y la  estrella del rabo plateada señalando a los Reyes Magos  el lugar donde se hallaba  el establo con  una mula y un buey junto  al recién nacido. La noche de la ilusión, la de la magia entraba por fogones y ventanas y dejaba un balón, una muñeca,  un diábolo y  un puñado de caramelos esparcidos por el suelo, cuando  aún había niños que encontraban en los días que derriban las puertas, sus abarcas vacías, sus abarcas desiertas, como magistralmente escribió Miguel Hernández. Tornó la mesura  a saciedad de juguetes, olvidados en un rincón al día siguiente. Llegaron  los móviles de última generación,  que no son  juego, sino absorción de las seseras. Y en esas estamos. 

Mantecados-típicos

La Nochevieja era  entonces una noche más en nuestros pueblos que  daba  entrada sigilosa  al año nuevo.  Pero nos llegaban imágenes  de  saraos llenos de guirnaldas, serpentinas  y confetis festejando alborozadamente  la despedida del año y nos fuimos uniendo al cortejo unificador de costumbres. Primero se hicieron reuniones en casas o cocheras donde se bebía y se bailaba con  música de radiocasete o tocadiscos. Después nos incorporamos  de lleno  a la vorágine de despedidas ebrias con bullanga y besos de buenos deseos y prosperidad  a discreción. Todos unidos en la resaca de Año Nuevo.

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Columna semanal Raíces en el periódico HOY

Los pupitres eran bipersonales y para delimitar fronteras cuando las relaciones vecinales  se deterioraban por algunas de las múltiples y efímeras disputas infantiles  trazábamos una raya con  lápiz o con  tiza que lo dividía en dos partes iguales. Si uno de los dos ocupantes traspasaba la medianería  recibía un codazo del compañero como aviso y castigo por la invasión. Si coincidía con el momento en que hacíamos  caligrafía  el  envite podía ocasionar que la hoja se  llenara   de manchas de tinta,  porque entonces la usábamos con plumilla para este fin.  La tinta la elaboraba el maestro mezclando unos polvos azules con agua. Los tinteros eran de plomo o cerámica y estaban en los agujeros que tenían los pupitres en  la parte superior. Cada día el alumno encargado  los llenaba..

 Hacer la plana era una de las actividades más placenteras para mí. El maestro  escribía en el encerado la muestra y  nosotros la repetíamos en la libreta de dos rayas, dejando nuestra impronta en los  trazos  cercanos al arte del  dibujo que subían, bajaban y se curvaban con cambios de grosor y rasgos arabescos en aquellas libretas de la marca Balandro con dos futbolistas en portada.  Había que hacerla con especial esmero, sin que las vocales desbordaran los límites del suelo y el techo de las rayas paralelas.  Cuando el maestro nos calificaba con  “Muy Bien” regresábamos   a nuestro pupitre  mostrándola a los compañeros con gran satisfacción.  Sentí que  la caligrafía se eliminara de nuestro aprendizaje.

 Las cuentas las hacíamos   en una  pizarra pequeña e individual  donde escribíamos con  pizarrín blanco, redondo y duro.  El borrador consistía en un retazo  de tejido unido a la pizarra por una cuerda al que agregábamos saliva.  En caso de  pérdida del trapo, no había problema, se le reemplazaba  por  la manga del jersey   que después frotábamos con el pantalón para  difuminar la mancha de tiza.

 Cayeron en desuso  la tinta y las pequeñas pizarras y se generalizaron los lápices y las libretas.     La goma de borrar “MILAN” siempre a mano para corregir yerros. A los  tres o cuatro borrados la carilla quedaba ennegrecida y entonces mojábamos un poco la goma con la lengua, procurando no abusar de esta práctica por el riesgo de rotura del papel.

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  Después  de las cartillas de “Rayas” de los primeros cursos,  cuyo autor fue el extremeño de Serradilla Ángel Rodríguez Álvarez,   llegó  el “Nuevo Catón”, que introdujo los colores en los dibujos que ilustraban las  lecturas. En los cursos superiores   la enciclopedia “Álvarez” en sus distintos grados-“intuitiva, sintética y práctica” fue el libro básico y único que comenzaba con la historia sagrada y terminaba  con las  efemérides  conmemorativas  de personajes y hechos  afines  a  la causa vencedora  de la incivil contienda.

  Algunas tardes en que lucía el sol sacábamos los pupitres a las “corralillas”, denominación  que dábamos en Ahillones  a los porches de las traseras de la escuela orientados al poniente. Allí hacíamos las tareas, con el sol en la cara  y el moscón de los sueños zumbando de pupitre en pupitre.

Pozos y fuentes

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Publicado ayer en el periódico HOY. Columna Raíces.

Ese hecho tan habitual hoy de darle el grifo y que fluya el agua era aún  una aspiración insatisfecha  en muchos de nuestros pueblos.  El  agua que había en las casas era la  tranquila y oscura que  reposaba en los pozos proveniente de veneros o de lluvia de canales y se  usaba para riego, limpieza y  dar de beber a los animales. “Platero acababa de beberse dos cubos de agua con estrellas en el pozo del corral…”  Sólo las rastras buscando algo  molestaban sus misteriosas profundidades donde según nos decían a los niños vivía “la mora”.  Garrucha, soga, cuba y la fuerza de los brazos  la elevaban al brocal.

La potable para las personas había que traerla de las fuentes y el mejor medio de transporte eran las congéneres del inmortal borrico de Juan Ramón. Equipadas con aguaderas o serones hicieron veredas y caminos que  todavía  perduran en los ejidos del pueblo.

Hasta los más jóvenes sabíamos aparejar y  cinchar a estos nobles animales que tantos servicios  han prestado en tiempos pasados.

Con ellos aprendimos a montar y  correr “a tos cuatro pies” cuando nos mandaban a por agua. El  refrán de “tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe” no necesitaba tantos viajes para  nosotros pues más de una vez regresábamos a casa sin agua y con los tiestos rotos debido a  que nuestra insensatez y osadía   adelantaban los acontecimientos cuando competíamos con otros amigos en carreras.

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(Fotografía de Montehermoso)

Había mujeres con una habilidad asombrosa, forjada a base  de esfuerzo y tesón.  Cargaban  un  cántaro en el cuadril, otro en la mano contraria y una cantarilla  en la cabeza, equilibrada sobre una rosquilla acolchada.

Las fuentes eran lugares de conversación sobre  las novedades del pueblo mientras se aguardaba  turno para llenar y también, junto a los pozos,  inspiración de  poetas  y de la imaginación popular: “Ya no va mi niña por agua a la fuente…” El ruido del gluglú  cambiaba de tono avisando de la cercanía del rebosado. Se enjuagaba la tapadera de corcho  y se tapaba la boca del recipiente. Qué pena me daba que por las noches el agua saliera del  pilar anejo donde abrevaban las caballerías y se perdiera sin provecho  por los regajos ribeteados de juncos.

Las  cantareras de mampostería o de madera eran los lugares de las casas o los cortijos destinados a colocar los cántaros,  que  curiosamente muchos también usaban como  monedero donde dejar  la calderilla que sobraba de los mandados.   El uso y el tiempo  labraron sobre las losetas rojas las huellas circulares de las bases  de los cántaros. La parte  anterior de madera,  donde se apoyaban para embrocarlos y verter el agua en las vasijas, cogía por el desgaste la forma  arqueada de sus cuerpos.

También  se disponía en las casas de  una   tinaja  donde se almacenaba agua de reserva y que se cubría con una  tapadera de madera,  sobre la cual   solía haber un cazo para sacarla.

Fuentes, pozos norias y pilares atesoran palabras, sentimientos y  trabajos  de la historia de los pueblos.