Los quintos.
Publicado en el periódico HOY, sección Raíces.
Pertenecer a la misma quinta creaba, por las vivencias compartidas, lazos de afecto y complicidad entre sus miembros, que eran más intensos y estrechos si el servicio militar se hacía en el mismo cuartel o en la misma ciudad.
Un hombre mayor puede que no recuerde la fecha de su nacimiento, pero lo que no olvida es el año en el que entró en quinta. Es la referencia para saber su edad y la manera de averiguar la de sus conocidos: Ese es una quinta mayor que yo o dos quintas más pequeño. Eran entonces veintiuno los años con los que se reclutaba a los mozos. En el mes de marzo se realizaba el marqueo. El salón del ayuntamiento se llenaba de amigos y familiares. El funcionario encargado nombraba a los jóvenes y estos subían al estrado. Se les preguntaba si tenían algo que alegar que les eximiera de la obligación de incorporarse a filas. El tallador les sujetaba la barbilla para que la cabeza quedara en posición erguida, horizontal a la tabla que marcaba la estatura y los instruía sobre la forma de colocar los pies, juntos y pegados al medidor. En voz alta pronunciaba la talla de cada uno. Después pasaban a una sala contigua donde eran pesados y reconocidos por el médico.
Archivo de Rafael Solaz
Terminado el acto, los mozos desbordados de jarana y bullanga, con los números de la talla escritos con tiza en las espaldas, recorrían las calles del pueblo, bien provistos del fruto de la vid y haciendo extravagancias que todos comprendían y justificaban como cosas de los quintos. Visitaban las casas de cada uno de ellos donde eran agasajados y los que estaban novios o andaban queriendo enamorar enderezaban porte y repartían miradas por si la mocita estuviera en la puerta o detrás de la ventana observando. Les esperaba después dar cuenta de una caldereta que algún amigo o familiar se había prestado gustosamente a prepararles. No era la única comida en grupo que acarreaba tan señalada festividad, pues en semanas y meses precedentes siempre se buscaba fecha para compartir alguna por tal motivo.
Recuerdo cuando yo era pequeño los cantos de los quintos en la madrugada: “Esta noche ha llovido, mañana hay barro…”, “Quinto levanta, tira de la manta…” ¡Los creía yo entonces tan mayores y después los vi tan niños!
En noviembre se celebraba el sorteo. Desde la sede de la zona de reclutamiento enviaban a los ayuntamientos el resultado del mismo y esta vez con el nombre de los destinos en las espaldas recorrían las calles del pueblo con idéntico bagaje de calderetas, bulla y cantos. Cuando España conservaba aún posesiones en África: Guinea, Sidi Ifni, Sahara, la peor noticia para las familias era que el sorteo los hubiera destinado allí.
Al año siguiente se iban incorporando a sus destinos en sus respectivos reemplazos. La noche antes de irse, los amigos y vecinos acudían a sus casas a despedirlos y a desearles suerte.
Concluida la mili se suponía, como el valor, la madurez necesaria para asentar cabeza y fijar casamiento.
Sanidad de cabecera.
Publicado ayer viernes en el periódico HOY, sección Raíces.
No eran los tiempos que describe Felipe Trigo en su obra “El médico rural” en que relata el viaje épico de un mozo en mula al pueblo más cercano en medio de una gran tormenta nocturna para buscar suero contra la difteria. Pero tampoco se contaba a principios de los años sesenta con los medios técnicos, humanos y organizativos de los que disponemos actualmente.
El médico de mi pueblo pasaba consulta oficial a primera hora de la mañana en un edificio de propiedad municipal anejo al del ayuntamiento. Posteriormente visitaba a los enfermos en sus casas y de dos a tres pasaba de nuevo consulta en su domicilio para los igualados. El edificio público tenía en su fachada una placa con letras blancas sobre fondo azul con la inscripción: “Dispensario Antipalúdico”, vestigio de aquellas fiebres que se manifestaban cada tres o cuatro días y que con toda lógica llamaban tercianas o cuartanas. Madoz en su obra enciclopédica las cita como endémicas de esta zona.
Era habitual en la sanidad el sistema de igualas. Como el derecho a la asistencia sanitaria no era universal, los pacientes, mediante el abono periódico de una cantidad, se aseguraban la atención y los galenos complementaban su sueldo.
El médico visitaba diariamente a los enfermos que guardaban cama. En un primer reconocimiento preguntaba por los síntomas, auscultaba con el fonendoscopio, tomaba el pulso y palpaba los ganglios del cuello. Prescribía el tratamiento y régimen de comidas. En días posteriores comprobaba la evolución del paciente y era informado de las posibles incidencias ocurridas desde su anterior visita.
Para casos que no estaban en sus manos y ciencia informaba del especialista al que, según su entender, debía ser enviado el enfermo.
Cuando surgía alguna urgencia a cualquier hora del día o de la noche se le localizaba donde estuviera. Veinticuatro horas de servicio permanente.
La confianza y la cercanía suplían la falta de medios. El médico de cabecera era el único asidero al que recurrir cuando la urgencia intempestiva de la enfermedad se presentaba, sobre todo de madrugada.
Temíamos al practicante más que a una vara verde. Entonces se recetaban inyecciones con más frecuencia y las familias no se sentían totalmente satisfechas del tratamiento si no era así. En un estuche metálico llevaba la jeringa y las agujas. Las hervía con agua en la parte más grande de la caja y en la tapa ponía el alcohol como combustible, que aportaba la familia, así como el algodón. Extraía el disolvente de la ampolla de cristal previamente cortada, lo introducía por el tapón de goma donde se mezclaba con el medicamento en polvo. Llenaba la jeringa y apretaba el émbolo hasta que salían unas gotas por la aguja. Era el momento en que el pánico daba rienda suelta a sus manifestaciones. Entre todos trataban de convencernos de que esta vez no dolía. El practicante con oficio y paciencia ponía de su parte para desviar la atención del pinchazo dando un golpe con el envés de la mano en la nalga endurecida por la tensión.
La radio.
Publicado en el periódico HOY el viernes 29 en la sección Raíces.
La radio siempre acompaña. Incluso en estos tiempos de internet sigue ocupando un lugar en nuestras vidas. Se puede escuchar sin dejar de hacer otras tareas en la cocina, en el taller, en el coche o colgada de un olivo. No sustrae la vista de ocupación u oficio.
Antes, sin televisiones ni redes sociales, su predominio era mayor. Hubo programas que marcaron época y dejaron huella. “Ustedes son formidables”, con Alberto Oliveras, voz cálida y persuasiva en la noche que, con el fondo musical de la sinfonía del “Nuevo Mundo”, tocaba el corazón de los oyentes para solicitar su colaboración en casos humanitarios. El veinticinco de noviembre del año 1961 se desbordó el arroyo Tamarguillo, un aprendiz de río al que se le hincharon las narices y que con desaforado ímpetu rompió un dique de contención e inundó Sevilla. El programa, en una edición especial, consiguió recaudar tres millones de pesetas, cantidad considerable en aquellos tiempos.
También se escuchaba radio Andorra. “Aquí radio Andorra, emisora del principado de Andorra”. Emitían discos dedicados a petición del público, moda extendida entonces por muchas emisoras. Los jueves difundían un espacio llamado “Rinomicine le busca”, patrocinado por este medicamento. Lo presentaba Enrique Rubio, precursor de Paco Lobatón, que intentaba, con la colaboración de la policía, encontrar a gente desaparecida. Consiguió reunir a muchos niños con sus padres separados durante la guerra civil.
La “Pirenaica, creada por el P.C.E, como medio de oposición al régimen de Franco, emitía desde fuera de España y se escuchaba con el volumen al mínimo, con muchas interferencias y con el cerrojo de la puerta bien echado por razones obvias. Al menor ruido en la calle se apagaba. Había mucho miedo todavía.
Los domingos por la tarde la palma se la llevaba “Carrusel Deportivo”. Era director Vicente Marco y animaba Joaquín Prat. La mágica finta que quebraba la cintura de un fornido defensa en la frontal del área de castigo, el regate seco, el oportuno desmarque, el pase de tiralíneas, la veloz carrera de Francisco Gento, la Galerna del Cantábrico, el prodigio malabar de Alfredo Di Stéfano, la Saeta Rubia, el coordinado avance de los Cinco Magníficos sobre el césped de la Romareda, el “¡uy!” de Juan Tribuna, aunque el balón pasase a dos metros del larguero, la voz de Pepe Bermejo desde el Bernabeu…
Íbamos del Sardinero a Altabix, del Carlos Tartiere al Manzanares, al Benito Villamarín, al Sánchez Pizjuán…, sin movernos del resguardo de la solana, del calor de la camilla, o paseando en las tardes apacibles por el ejido del pueblo. Todos los estadios a nuestro alcance desde el asiento reservado en el voladizo sonoro de la fantasía. Un espectáculo alentado por las voces exultantes de los comentaristas que nos describían con un lenguaje hiperbólico y guerrero las hazañas de nuestros héroes. Las tardes de los domingos, con todos los partidos casi a la misma hora, la radio se convertía para los aficionados al fútbol en parte fundamental de su asueto, animado por el continuo vaivén de resultados en los estadios.
Invierno.
Publicado el viernes día 22 de enero en el periódico HOY, sección Raíces.
En invierno la vida del pueblo transcurre entre temporales de vientos ábregos y días de tibio sol. La lluvia se anuncia con sus escuderos, que llegan del poniente con forma de vellones de lana. “Cielo aborregado, antes de tres días suelo mojado”. Preceden a las nubes espesas y cerradas, que descargan copiosas. En las calles de tierra la lluvia forma regajos donde los niños hacemos presas con muros de barro en un vano intento de almacenar el agua. Con dos latas y cuerdas construimos zancos para andar por los charcos sin mojarnos. Los hombres aprovechan estos días en que no se trabaja en el campo para hacer reparaciones y puestas a punto de herramientas y maquinaria. Acuden a fraguas y carpinterías donde conversan entre yunques, martillos y manos de garlopa, sin prisas, pespunteando aquí y allá temas que van surgiendo por las ocurrencias de unos y otros. De vez en cuando alguno se asoma para comprobar la evolución de las nubes, aspecto de la sierra y cambios de viento en la veleta de la torre. Por las tardes juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Las mujeres, después de realizar las faenas domésticas, se sientan a hacer punto tras los visillos de las ventanas.
Por la noche, sin luz eléctrica muchas veces, los ruidos del temporal se adueñan del pueblo. El viento racheado fustiga las esquinas y silba por cables y cornisas. El agua de los canalones se estrella estrepitosa contra el suelo y crujen las puertas azotadas por las acometidas del vendaval.
A la mañana siguiente se entreabren los postigos. Una cuchillada de luz ceniza lavada por la lluvia corta la penumbra de las casas.
Los hombres hacen corrillos en el ejido. Observan la orilla y comentan las incidencias de la noche. Si las crestas de la sierra tienen bardas y el viento no ha girado hacia arriba la lluvia seguirá, aseguran quienes generación tras generación están acostumbrados a observar el cielo y a esperar el fruto de la tierra. Cada pueblo tiene sus referencias y sus tópicos del tiempo. Por aquí otro indicio de lluvia es escuchar el silbido del tren desde Fuente del Arco, que queda en dirección suroeste.
Otros días del invierno son fríos y despejados, con la claridad que da el viento del norte, el del azul más puro, que recorta y destaca la silueta roja de la torre sobre el añil de su lienzo. En la solana hay grupos de hombres con gorras viseras y manos en los bolsillos que charlan a su amparo. Durante esas noches rasas y frías se producen intensas heladas que cubren de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a caminar sobre el carámbano que se ha formado y a tirar piedras para romperlo. Nuestras pisadas dejan estelas de huellas crujientes sobre las orillas. El pueblo despierta. Algunas chimeneas entre los tejados blancos despiden columnas de humo. Las campanas de la torre llaman al avemaría.
Soldadito español
El día ocho del mes de noviembre de 2000 se celebró el último sorteo que asignaba los destinos de los quintos del reemplazo del año 2001. A partir, por tanto, del uno de enero de 2002 quedó suprimido el servicio militar obligatorio.
Quedaban atrás 230 años desde que un trece de noviembre de 1770, durante el reinado de Carlos III, se estableció la prestación militar obligatoria con la promulgación de la Real Ordenanza de Reemplazo Anual del Ejército. En esta Ordenanza se establecía una quinta anual, pero sólo del número de hombres que se necesitasen en los distintos regimientos para mantener sus efectivos y que no se hubiesen cubierto con la recluta voluntaria. El sistema para llevarlo a cabo era asignar a cada población un número y éste era escogido por sorteo entre los alistados solteros con edades entre los 17 y los 36 años- los voluntarios lo eran entre los 18 y los 40-. No se admitían vagabundos ni desertores, como se hacía anteriormente con la leva forzosa, constituida por recogida de “vagabundos y gente sin oficio”. Estaban exentos quienes se excluían por razones de familia o profesión. El servicio en filas era de ocho años. Posteriormente se sucedieron muchos cambios legislativos en cuanto a duración, exenciones y obligatoriedad del servicio militar.
Obviando gran parte de esta evolución histórica, quiero centrar este pequeño trabajo en tres situaciones que marcaron las vidas de muchos jóvenes y las de sus familias.
Estas situaciones son la “Redención a metálico”, la “Sustitución” y el “Soldado de cuota”
La Constitución de 1812 (“la Pepa”) establecía que “ningún español podrá eximirse del servicio militar, cuando y en la forma que fuere llamado por la ley”. Pero esto no fue así y al promulgarse en 1823 la primera Ley de Quintas se establece que “el servicio militar podrá desempeñarse por medio de sustitutos”. La Ordenanza de 1837 admite librarse del servicio mediante el pago de una cantidad de dinero (Redención a metálico) o bien requiriendo los servicios de otro joven, el cual, previo pago de una cantidad, cumplía el servicio en su lugar (sustitución), quedando de esta forma los “redimidos” y “sustituidos” exentos de todo servicio militar, tanto en tiempo de paz como de guerra.
Estas situaciones duran hasta 1912 en que son derogadas, pero se crea el denominado soldado de “cuota”, el cual mediante el pago de una cantidad al Estado reduce el tiempo de su permanencia en filas.
Veamos con más detalle cada una de estas situaciones.
Lógicamente los que se salvaban de cumplir el servicio militar y con ello en numerosos casos de morir en los cuarteles, dadas las precarias condiciones de salubridad e higiene, o en algunos de los conflictos que España mantenía en Ultramar, eran los hijos de las familias más pudientes. Pero como al mismo tiempo el amor a los hijos no es exclusivo de los adinerados, muchas familias se entrampaban más de lo que podían para librar a sus hijos del servicio militar. Los intereses de los préstamos de las sociedades crediticias oscilaban para este menester entre un 35 y un 50 por ciento.
Esto propició el florecimiento de la picaresca. Así, se presentaban para ser sustitutos, cojos, enanos, lisiados… que a cambio de dinero pretendían sustituir a quien le pagase por ello. Lógicamente eran declarados inútiles en la primera revisión médica. También se presentaban por la mitad del precio, vagos y delincuentes que a la primera ocasión que tenían desertaban, con gran perjuicio tanto para el ejército como para el que había pagado para ser sustituido, pues éste debía abonar ahora una cantidad suplementaria al Estado. Casos más tristes eran los jóvenes que en edad militar se automutilaban con tal de ser excluidos del servicio.
Las cantidades establecidas para la “Redención a metálico” oscilaban entre los 6.000 y 8.000 reales y la “Sustitución” entre los 2.000 y 5.000 reales, según que el servicio se prestase en la Península o en Ultramar. La diferencia entre la redención y la sustitución era que en el primer caso el gobierno se comprometía a reemplazar al redimido por otro voluntario o reenganchado y en la sustitución era el joven beneficiado quien se lo daba hecho al Gobierno, una vez comprobada su aptitud.
Los abusos de las compañías crediticias hacen intervenir al Gobierno, creando en 1859 un Fondo de Redenciones y Sustituciones. Su misión era que la población dejara de ser victima de especuladores desaprensivos y confiara esta tarea al Estado. En 1859 costaba prácticamente lo mismo redimirse o sustituirse, cerca de 6.000 reales. Después de algunas subidas y bajadas, a finales de 1868 costaba alrededor de 4.000 reales.
La sustitución se restringió poco a poco con el tiempo. En 1878 se permitía sólo a parientes de cuarto grado y a partir de 1882, únicamente entre hermanos. Para los destinados en ultramar esta limitación no se aplicaba. Mientras la sustitución no fue restringida a los lazos familiares fue común, como ya he dicho antes, obtener el concurso de un sustituto mediante el abono de una cantidad de dinero.
Con motivo de la guerra de Cuba, cuando se movilizaron reemplazos ya licenciados y se llamaron a excedentes de cupo, el número de redenciones en metálico se incrementó rápidamente, pasando de 4.881 en 1891 a 23.284 en 1898.
Así que sólo los jóvenes que no contaban con medios suficientes para abonar las cantidades para ser sustituidos o redimirse, eran los únicos que pisaban los cuarteles. Se llegaba a identificar al soldado que prestaba servicio en nuestros cuarteles con el estrato más bajo de la sociedad.
En 1912, como dije antes, desaparecen la redención y la sustitución, si bien ésta se autorizó hasta 1924 para casos muy excepcionales.
Estas injustas situaciones de Redimidos y Sustituidos dio paso a una nueva figura, la “Cuota militar”.
Debido a que la eliminación de la redención y la sustitución supuso una importantísima disminución de los ingresos en las arcas del Estado y por otra parte con el fin de favorecer a ciertos sectores de la juventud-universitarios y profesionales cualificados, generalmente-se permitió reducir-nunca redimir totalmente-el tiempo de permanencia en filas mediante el pago de una cantidad de dinero: había nacido el “Soldado de Cuota”.
Este sistema de cuotas estuvo vigente en España desde 1912 hasta la Guerra Civil de 1936.
CLASIFICACIÓN DEL IMPORTE DE LAS CUOTAS EN FUNCIÓN DEL TIEMPO DE SERVICIO
Primer periodo (1912-1925) Duración del servicio militar: Tres años. Si se pagaba la cuota de 2.000 pesetas se servían cinco meses que podían hacerse de forma ininterrumpida o tres meses el primer año y dos el segundo. Si se pagaban mil pesetas de cuota se servían diez meses y también podían hacerse de forma ininterrumpida o cuatro meses el primer año, tres el segundo y otros tres el tercero.
Segundo periodo (1925-1930) Duración del servicio militar: Dos años. Si se pagaba la cuota, entre 1.000 y 5.000 pesetas, dependiendo de la renta familiar, ser hijo de militar o de funcionario o tener la condición de familia numerosa, el tiempo de servicio era de nueve meses ininterrumpidos.
Tercer periodo (1930-1936) Duración del servicio militar: Un año. La cuota oscilaba entre 1.000 y 5.000 pesetas, atendiendo a las circunstancias enumeradas anteriormente y si se pagaba, el tiempo de servicio se reducía a seis meses ininterrumpidos.
La segunda República confirma la modalidad de los soldados de cuota y su Ministro de Guerra D. Manuel Azaña mantiene las variables de tiempo de servicio y cuotas a abonar, que permanecerán invariables hasta julio de 1.936.
ALGUNOS DATOS MÁS
Para valorar de un modo más aproximado a la realidad el valor de estas cuotas hay que tener en cuenta que en 1.912 el sueldo anual de un teniente era de 2.250 pesetas y el de un suboficial de 1.230 pesetas
¿Qué ventajas tenía el ser soldado de cuota además de reducir considerablemente el tiempo de permanencia en filas? Tenían la facultad de elegir arma, cuerpo y unidad militar, corriendo a su cargo el vestuario y equipo correspondiente. En Caballería debía aportar el caballo y hacerse cargo de su manutención. También estaban autorizados a comer y pernoctar fuera del cuartel, quedando exentos de realizar servicios mecánicos, pero no de armas. Preferían a la hora de elegir cuerpo Intendencia, Sanidad, Artillería e Ingenieros, prefiriendo en último lugar a la sufrida Infantería. Primo de Rivera estableció por este motivo un porcentaje de admisión en cada en cada arma o cuerpo, estableciendo un cincuenta por ciento obligatorio para la Infantería.
Habrá que esperar a la Ley de Reclutamiento de 1940 para que el servicio militar supusiese la incorporación de la totalidad del contingente. Según esta norma el servicio en filas sería de dos años más otros veintidós en situación de reserva.
La Ley de 1968 estableció un plazo variable entre los quince y los veinticuatro meses y el tiempo restante hasta completar los dos años sin estar en filas se consideraba como servicio eventual. La situación de reserva se reducía de 22 a 16 años y se contemplaba la incorporación de los excedentes del contingente anual para recibir la instrucción básica durante un corto periodo de tiempo. Una nueva ley, en 1984, redujo la duración del servicio en filas a doce meses y la situación de reserva a catorce años. Por último la ley de 1991 fijó el tiempo del servicio militar en nueve meses y la situación de reserva a sólo tres años.
En la actualidad el servicio militar obligatorio, como señalé al principio del escrito, no existe. El ejército se ha profesionalizado. Atrás quedan los marqueos y los sorteos con todas las celebraciones que llevaban aparejadas. Las noches insomnes y jaraneras, las excentricidades del vino y el alarde, la novia añorada o soñada, el compañerismo de pertenecer a la misma quinta.Todo quedó prendido en la última farola de la calle, vieja y rota, como un jirón de trapo ajado al albur de los vientos otoñales.
Bibliografía:
-El soldado de cuota en el Ejército Español en el primer tercio del siglo XX.- Francisco Ángel Cañete Pérez
-El servicio militar en España (1913-1935)-José F. García Moreno
-El soldado desconocido. De la leva a la mili-Fernando Puell de la Villa
-Ejército de tierra
Emigrantes.
Columna Raíces. Periódico HOY
A mediodía pasa el cartero. Las esposas de los emigrantes esperan tras la puerta entornada que les traiga las cartas con bordes de rayas oblicuas azules y rojas con noticias de sus maridos.
Cada mes reciben también el aviso del giro postal que les sirve para mantener a la familia.
En los pueblos hay poco trabajo. Sólo el estacional en tiempos de sementera, recolección, escarda y esquila. Los ayuntamientos ofrecen muy pocas peonadas. Los pequeños propietarios agrícolas y los artesanos aguantan a duras penas la larga y profunda crisis económica. La emigración es una salida a la que agarrarse para mejorar la situación.
Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Holanda y Suiza pactan con los países del sur de Europa contratos de trabajo para cubrir sus necesidades laborales.
Las autoridades españolas gestionan las ofertas y demandas de trabajo a través del Instituto Español de Emigración. En los pueblos son las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos las encargadas de realizar los trámites, informar y confeccionar los listados de solicitantes. Badajoz es el lugar a donde deben dirigirse para un primer reconocimiento médico. Superado éste, regresan a casa y son llamados posteriormente para emprender la marcha a sus puntos de destino. Los viajes desde sus pueblos hasta Badajoz los abonaba cada trabajador y desde Badajoz, en tren hasta los lugares de trabajo, corren por cuenta de las empresas contratantes. Siempre es un apoyo ir acompañado de algún paisano o gente conocida de un pueblo cercano. Las empresas les ofrecen la posibilidad de alojarse en barracones acondicionados donde disponen de una cocina para cada cuatro o cinco personas.
“Era duro dejar a la mujer y a los hijos, sabiendo que ibas a estar un año sin verlos. Cuando regresabas los más pequeños no te reconocían y extrañaban tus brazos”, me cuenta uno de los que emigraron en aquellos tiempos. “El trabajo no me acobardaba ni lo rehuía por penoso que fuese, pero dejarlos aquí tan pequeños me echaba el alma a los pies”.
Una vez al año vuelven de vacaciones. Las noticias e impresiones que refieren a amigos y familiares alientan o desaniman a otros que dudan si emprender o no el camino de la emigración.
Hay quienes se llevan a sus mujeres y a sus hijos. “Yo preferí que se quedaran aquí porque quise evitar que cuando decidiera venirme ellos hubiesen hecho amistades y empezado a enraizar allí, como les pasó a otros, y entonces hubiese sido más difícil el regreso de todos”.
Muchos vuelven a los pocos años a sus pueblos. Intentan montar algún negocio con los ahorros o emigran ya con la familia completa al País Vasco, Cataluña o Madrid. Comienzan entonces a cerrarse muchas casas. Los hijos estudian o encuentran trabajo en los lugares a donde se han ido. Allí encauzan sus vidas. Los primeros que se fueron volvían todos los años. Los nietos vienen de vez en cuando al pueblo donde nacieron y se criaron sus abuelos y del que tantas historias les contaban de su infancia y mocedad.
Uniformados
La colación más común en las navidades de hace muchos años era una caja de mantecados de Estepa y una botella de anís de Cazalla.
Lentamente fue llegando el desahogo y con él la televisión nos enseñó otras formas de celebrar estas fiestas, otras comidas y bebidas que fueron incorporándose a nuestros menús.
Saltaron tapones de champán que certificaban en el techo con matasellos la arribada de la prosperidad y el derroche. Las mesas se llenaron de mariscos, carnes, turrones y refinados licores.
Papá Noel no había llegado aún con su trineo tirado por renos desde las lejanas tierras nórdicas para usurparle a los Magos su protagonismo, ni el acebo ni el muérdago adornaban nuestras casas. Sólo el portal con las lavanderas en el arroyo, los pastores a la lumbre y la estrella del rabo plateada señalando a los Reyes Magos el lugar donde se hallaba el establo con una mula y un buey junto al recién nacido. La noche de la ilusión, la de la magia entraba por fogones y ventanas y dejaba un balón, una muñeca, un diábolo y un puñado de caramelos esparcidos por el suelo, cuando aún había niños que encontraban en los días que derriban las puertas, sus abarcas vacías, sus abarcas desiertas, como magistralmente escribió Miguel Hernández. Tornó la mesura a saciedad de juguetes, olvidados en un rincón al día siguiente. Llegaron los móviles de última generación, que no son juego, sino absorción de las seseras. Y en esas estamos.
La Nochevieja era entonces una noche más en nuestros pueblos que daba entrada sigilosa al año nuevo. Pero nos llegaban imágenes de saraos llenos de guirnaldas, serpentinas y confetis festejando alborozadamente la despedida del año y nos fuimos uniendo al cortejo unificador de costumbres. Primero se hicieron reuniones en casas o cocheras donde se bebía y se bailaba con música de radiocasete o tocadiscos. Después nos incorporamos de lleno a la vorágine de despedidas ebrias con bullanga y besos de buenos deseos y prosperidad a discreción. Todos unidos en la resaca de Año Nuevo.























