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Por las callejas del vino
quedan restos de amargura
envuelta en vómitos secos.
Huellas de pisadas turbias
en un cruce de caminos
que a ningún lugar conducen
y de todos sitios llegan,
arrastrado la tristeza
en una noche de fiesta.
Cuando más la quiso fue cuando bordeaba las caricias de unas manos esquivas y rozaba la piel rosada de su cara con la excusa de mirar para otro lado.
Cuando se asomaba a sus ojos desde el brocal de un pozo de aguas transparentes con un fondo azul inalcanzable.
Cuando los suspiros por su ausencia subían desde el pecho a la garganta como olas desbordadas.
Cuando pasaba por las calles buscando sus estelas y al verla, fugaz, se aceleraba el corazón.
Cuando el deseo era un juego de cómplices miradas y cada frase un enigma a descifrar.
Cuando sus ojos se juntaban en la luna y las palabras eran silencios compartidos.
Cuando quererla era ternura frágil, pura, transparente y soñada.
General con mando en plaza
en espacios siderales.
Desde esa altura nos mira
al resto de mortales
perdonándonos la vida
con desdén y altanería.
No eleva más la cabeza
por no tener más gañote
sin darse cuenta que él es
el más tonto de los zotes.
Las campanas tañen tristes en señal de duelo. Familiares y amigos despiden al muerto
en un silencio custodiado por cipreses que presentan armas a la muerte.
Cemento y ladrillo tapian la vida y la luz.
¿Qué pensarán los que miran callados al que cierra la pared del nicho?
Quizás piensen en cosas del muerto: lo que fue, lo que hizo…
O tal vez piensen en ellos cuando estén metidos dentro.
O quizás no piensen nada: sólo miran sin ver, como se miran la lluvia y el fuego.
En un rincón de la tarde juega un niño
en las horas difusas del crepúsculo,
cuando la luz dorada se descuelga
de los altos picachos de las torres
a las simas en sombras de los valles.
El lánguido tañido de los bronces
bate los tonos grises de la tarde
en un crisol de tenues redondeces.
De la infancia la patria se desliza
con sabores de pan y chocolate,
dulcemente,
hacia el abrojo de la edad madura
por la inevitable inclinación de la pendiente,
sin saber el tesoro que se pierde.
Cada tarde el horizonte
se convierte en alcancía
y recibe una moneda
que Aurora por la mañana
le roba a la madrugada
con un cuchillo rosado
para abrir la luz del día.
Reparte su capital
por las sierras y los llanos,
por los mares y los ríos,
la dehesa y el trigal.
Dora enhiestas espadañas
y elevados campanarios
en albas y atardeceres,
calienta las casas pobres
y los lujosos palacios,
regalando luz y vida
por espacios planetarios
con equidad repartidas.
Los muertos no mandan avisos. Yo quedé con uno de ellos para que cuando llegara al destino de su viaje etéreo enviara una nota con papel de cielo.
Azul, con perfumes eternos, en las manos de un ángel cartero.
Y miro cada noche hacia arriba sin tener noticias suyas.
Quizás el retraso se deba al exceso de viajeros.
Ese cruce de caminos que separa a los buenos de los que van al infierno debe estar lleno de almas despistadas que buscan destino y no tienen tiempo de escribir unas letras ni mandar una señal de intermitencias con la luz de algún lucero.
Pero no desespero, porque para ellos es eternidad lo que nosotros medimos con los minuteros y seguro que alguna noche de estas me guiña cómplice el ojo una estrella y tendré noticias de su paradero.
Entonces, en un viaje sin maletas ni equipaje, llegaré donde están ellos y os prometo, si de mí depende la voluntad del mensajero, enviar recado desde el infierno o el cielo. Quedad alerta y cuando llegue la hora, en aquel cruce de caminos, os espero.
¿Duerme o piensa la abuela?
Entre sombras, alguna vez, suspira.
Ajena y silenciosa, cabecea.
¿Decepción o desengaño
en esa isla de ausencia?
¡Respetable cabeza blanca!
Entre las cosas y ella
ha marcado las distancias
que le enseñó la experiencia.
Refugiada en la ensenada,
a resguardo de las olas,
divisa en calma el ocaso.
Casi a un vuelo de plumas silenciosas.
A lo lejos espejea la flama
que emerge del suelo
con dedos de translúcidas llamas.
El aire calinoso
se agazapa ardiente
en solitarios caminos polvorientos.
Un cante de trilla
ronda por las eras
al son de cascabeles.
Avispas negras y amarillas
merodean indecisas y esquivas
por la cuba de cinc
en el brocal del pozo.
En su fondo el agua oscura y quieta
absorbe el eco de voces infantiles
en la hora de la siesta.
La boca es hoyo seco
de polvo, piedra y fuego.
El rostro, mapa vivo
de senderos violetas y cetrinos,
tiene dos medias lunas de tormento
sobre dos valles cóncavos y hundidos.
Impertinentes lenguas arenosas
cavan crueles y voraces la herida
que muestra irrevocable
el final del trayecto de la vida.
Los párpados caídos
no pueden con el peso de la luz
y el vértigo del paso a la otra orilla.
No va más,
está cerca el final de la partida.
El trofeo de la obstinada parca:
un cúmulo de carne dolorida.