La vida sigue.
También los que quedamos
iremos a la sima
cualquier aciago día
cuando la noche espese su negrura
y cambiemos las vueltas en la cama
por la quietud podrida
que nos llene la boca de gusanos.
Es pronto todavía
y aunque lleno de penas
me habituaré a sufrir
su ausencia cada día.
Vuelve el zorzal veloz a la alameda
y escondida en la siembra,
reclama la perdiz.
No es el mismo vuelo
ni suena igual el celo
que cuando estaba ella.
Ahora todo lo tiñe el desconsuelo
y de regreso a casa,
con el frío relente de la noche,
el recuerdo hace presa.
Pegada a mí, como sombra a la luz,
me acompaña la tristeza.
Hospital.
Este hospital donde el dolor habita
es un delta de brazos extendidos
que buscan el descanso
en la piel azul de los océanos.
Alargan a veces el proceso
con rodeos y vueltas de meandros,
pero, tarde o temprano,
el cuerpo, libre de dolor,
surcará las aguas tranquilas sin regreso
hacia la mar abierta del ocaso.
¡Felices fiestas!
Portal de Belén,
junto a la rivera
donde lavanderas
lavan en el agua
con la luna clara
de papel de plata.
Los pastores velan
junto a la candela
de fuego escarlata.
¡Quimeras de niños
en busca de magro
y mocos de fragua
para el portalito!
Con esta letrilla
de recuerdos hecha
quiero para todos
muy felices fiestas.
La cornada.
Cuando llegue la hora por antonomasia, porque las demás son pasajeras, no valdrán filigranas ni imposturas para esquivar el derrote de la muerte. No habrá muleta ni capote al quite que salve cornada tan certera. El encelado y fiero toro abrirá las entrañas a lo inerte. Un agudo clarín dará el último toque para cambiar el tercio de la vida. Puñal y verduguillo clavados en la médula del tiempo. Al abandonar la plaza en brazos de las parcas, una luna roja quedará en la arena desangrada. Al viento, solitaria, la bandera a media asta.
Aire enamorado.
Bucles de brisa mecidos
por la cuna de la tarde
acarician los picos de tu pelo.
Envuelven tu figura
y ciñen la calidez redonda de tu talle.
Entre lance y quiebro se enamoran,
¡quién no lo hiciera!
En tus mejillas hay arrebol del sol postrero
y rosas encendidas.
Rendido el vuelo,
cae la brisa desmayada
con un silencio dorado.
A contraluz, tu silueta
destaca bella
sobre el rojo celaje de la tarde.
El firmamento sobre mí.
Fotografía de Juan Sevilla.
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
Está presta la noche y desvanece
los rescoldos rojizos del ocaso.
Queda el cielo desnudo, frío y raso
y de regreso a casa me oscurece.
A lo lejos, las luces encendidas
del pueblo. Y el lucero en el saliente.
El corazón por un momento siente
la ausencia de personas queridas.
No voy a solas con mi pensamiento:
la compaña callada y envolvente
que la naturaleza presta, siento.
La noche se adormece en el relente.
Sobre mí, como en Kant, el firmamento
y en mi ser tu recuerdo permanente.
Luz de otoño.
Cuando apunta la mañana,
luz y sombra confundidas,
la paloma torcaz trenza
madejas de niebla fría
en brazos de las encinas.
Después, esclarece el día.
Abre el surco a la semilla
el labriego en la besana.
Tapiz de notas caídas
del pentagrama callado
a los pies de la alameda.
La majestad, allá arriba,
donde el águila planea
sobre llanos y colinas.
Silencio otoñal dorado
que espera otra primavera
de veloces golondrinas.
Pero esta plácida espera,
con frágil luz fugitiva,
me muestra así la belleza
del misterio de la vida.
Silbos en la noche.










