Ausencia

IMG_0095Cuando murió la  echamos de menos  en sus cosas.

Presentíamos  sus pasos como sombras de algodón en zapatillas por la casa.

 A bocanadas de añoranza el silencio dejaba entre nosotros la estela de su voz.  

Quedó la forma de su cuerpo en  los vestidos, colgados en las perchas del ropero.

El sillón, donde pasaba tantas horas detrás de la ventana, conservaba los límites de su figura.

Siguió la marcha el tiempo  en el reloj, ya sin los latidos de su pulso.

Las sonrisas de otros días  quedan en las fotos para siempre retenidas.

Se posó en sus pertenencias, huérfanas de su calor, la muerte. 

Al frío de enero maullaba  lastimoso el gato tras la puerta cerrada del corral.

El vacío lo llenó todo de un gris monótono y lluvioso,

espesa estela de recuerdo conmovido.

La vida sigue.

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También los que quedamos

iremos a la sima

cualquier aciago día

cuando la noche espese su negrura

y cambiemos las vueltas en la cama

por  la quietud podrida

que nos llene la boca de gusanos.

Es pronto todavía

y aunque lleno de penas

me habituaré a sufrir

su  ausencia cada día.

Vuelve el zorzal veloz a la alameda

y escondida en  la siembra,

reclama  la perdiz.

No es el mismo vuelo

ni  suena igual el celo

que cuando estaba ella.

Ahora todo lo tiñe el desconsuelo

y de  regreso a casa,

con el frío relente de la noche,

el recuerdo hace  presa.

Pegada a mí, como sombra a la luz,

me acompaña la tristeza.

Hospital.

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Este hospital donde el dolor habita

es un delta de brazos extendidos

que buscan el descanso

en la piel azul de los océanos.

Alargan a veces el proceso

con rodeos y vueltas de meandros,

pero, tarde o temprano,

el cuerpo, libre de dolor,

surcará las aguas tranquilas sin regreso

hacia la mar abierta del ocaso.

 

¡Felices fiestas!

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Portal de Belén,

junto a la rivera

donde lavanderas

lavan  en el agua

con la luna clara

de papel de plata.

Los pastores velan

junto a la candela

de fuego escarlata.

¡Quimeras de niños

en busca de magro

y mocos de fragua

para el portalito!

Con esta letrilla

de recuerdos hecha

quiero para todos

muy felices fiestas.

 

La cornada.

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Cuando llegue la hora por antonomasia, porque las demás son pasajeras, no valdrán filigranas ni imposturas para esquivar el derrote de la muerte. No habrá muleta ni capote al quite que salve cornada tan certera. El encelado y fiero toro abrirá las entrañas a lo inerte. Un agudo clarín dará el último toque para cambiar el tercio de la vida. Puñal y verduguillo clavados en la médula del tiempo. Al abandonar la plaza en brazos de las parcas, una luna roja quedará en la arena desangrada. Al viento, solitaria, la bandera a media asta.

Aire enamorado.

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Bucles de brisa mecidos

por la cuna de la tarde

acarician  los  picos de tu pelo.

Envuelven  tu figura

y ciñen la calidez redonda  de tu talle.

Entre lance y quiebro se enamoran,

¡quién no lo hiciera!

En tus mejillas hay arrebol del sol postrero

y rosas encendidas.

Rendido el vuelo,

cae la brisa desmayada

con un silencio dorado.

A contraluz, tu silueta

destaca bella

sobre el rojo celaje de la tarde.

El firmamento sobre mí.

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Fotografía de Juan Sevilla. 

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

Está presta la noche y desvanece

los rescoldos rojizos del ocaso.

Queda el cielo desnudo, frío y raso

y de regreso a casa me oscurece.

A lo lejos, las luces encendidas

del pueblo. Y el lucero en el saliente.

El corazón por un momento siente

la ausencia de personas queridas.

No voy a solas  con mi pensamiento:

la compaña callada  y envolvente

que la naturaleza presta, siento.

La noche se adormece en el relente.

Sobre  mí, como en  Kant, el firmamento

y en mi ser tu recuerdo permanente.

Luz de otoño.

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Cuando apunta  la mañana,

luz y sombra confundidas,

la paloma torcaz trenza

madejas de niebla fría

en brazos de las encinas.

Después, esclarece el día.

Abre el surco a la semilla

el labriego en la besana.

Tapiz de notas caídas

del pentagrama callado

a los pies  de la alameda.

La majestad, allá  arriba,

donde el águila planea

sobre llanos y colinas.

Silencio otoñal dorado

que espera otra primavera

de  veloces  golondrinas.

Pero esta plácida  espera,

con frágil  luz fugitiva,

me muestra así la belleza

del misterio de la vida.

 

 

Silbos en la noche.

vendaval

 

 

 

 

 

 

 

 

Bate fuerte esta noche  mi ventana,

quiero sentir  el roce  de tus brazos

forjar a silbos  bucles en  las rejas,

oír cómo el puñal de las cornisas

raja la fortaleza de tu pecho,

escuchar el rumor tumultuoso

de las  turbias y espesas  alamedas.

Después, me voy contigo

ciñendo  las esquinas.

Subir, subir, subir  en remolinos

y cuando esté muy alto,

en la cuna del soplo sostenido,

mecerme en las crestas de la noche

donde el aire es estrella

y el tiempo se encamina  al infinito.

 

Respeto humano.

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Vaya por Dios, mujer,

otra vez el desconsuelo:

la costura, la ventana

 y ver la vida pasar

a través de la persiana.

Otra vez con el hastío,

la desgana,

hilvanar las horas vanas

en ojales sin botones

que coser.

Crono pasa

por las horas sin relojes

atrapada en los hilvanes

del temor a los demás.