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Off, de Edmund Blair Leighton.
Bécquer mandaba al aire los suspiros,
las lágrimas al mar.
Ignoraba el destino del amor
cuando hay olvido.
¿Subsistirán los sentimientos
deshabitados de personas?
¿A dónde va el dolor cuando abandona
el cuerpo del enfermo fallecido?
¿Y la ternura que provoca
la franca inocencia de los niños?
¿Vagan dispersos por el éter
a la espera de nuevos inquilinos?
Si os dejáis caer por estos lares
traed amor
que aún no he consumido
y quedaos con los pesares,
que de tales sinsabores
tengo el corazón servido.
Fotografía de Susana Gordillo.
En sus mejillas había arrebol
de luz postrera y rosas encendidas.
Ascuas, sus ojos,
brillaban cual luceros
que anuncian la llegada de la noche.
De seda y miel
dejé un beso en sus labios,
pétalos rojos, que se abrieron
al azul púrpura del cielo.
“¡Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir!…”
(Manuel Machado)
Con la abulia metida en los bolsillos
van del aburrimiento a los hastíos
arrastrando la inercia de sus días
según caliente el sol de temporada.
Del frescor de la umbría
al amparo invernal de las solanas.
Bostezo interminable que no cierra
la boca siempre abierta a la desgana.
Si les valiera,
en el postrer momento elegirían
que en lugar de morirse los mataran.
Navego en ese mar de ondulaciones
que es tu cuerpo
para encontrarte en el lado oculto del deseo.
Voy de los sobresalientes oteros
a las oscuras simas,
cegado el rumbo por la deslumbrante luz
de los faros de tus ojos.
Acogedora isla donde, náufrago,
encuentro, en medio de la tempestad, refugio,
exhausto de gozo, hasta el estremecimiento.
¿Cuándo fue imposible el regreso al punto
de partida que hacía más penosa
la vuelta que seguir hasta la orilla
opuesta conociendo que la huida
cerraba para siempre las cancelas?
¿Por qué no llegó el bote salvavidas
de una palabra a tiempo, de algún gesto
que evitara el naufragio presentido?
Como desconocidos solitarios,
dentro de sus corazas reducidos,
viven ajenos, uno junto al otro,
cada cual por su lado a sus tareas,
ideando quimeras que completen
la orfandad del vacío en compañía.
Antes que las marañas del olvido
eclipsen los recuerdos de mi vida
a mi claro rival, bizarro, envido
a la apuesta de la última partida.
No albergo en las resultas esperanza,
pues luchar con el tiempo es pujo vano
y según la experiencia que me alcanza
tengo el duelo perdido de antemano.
Opongo al temporal mi rostro altivo
y no pienso postrarme de rodillas
ni entregarme sin lucha a ser cautivo,
así engañes o pongas zancadillas.
De las batallas en el alma tengo
cicatrices de afrentas ya olvidadas
de las que no exigí ningún devengo
ni guardo enemistades declaradas.
No busqué mal ajeno en mi provecho,
mas la daga traidora del amigo
en alguna ocasión dejó en mi pecho
desarmado la huella del castigo.
Disfruté de mis ratos de alegría
y en silencio sufrí las decepciones.
Un poso de sutil melancolía
aflora de secuela en ocasiones.
Muchas veces detrás de la sonrisa
ocultaba una sombra de tristeza,
una espina intangible e imprecisa
que a solas aumentaba su crudeza.
Mi norma es el derecho natural
que de la condición humana nace
y defiendo el discurso racional
para dar luz donde el misterio yace.
No profeso doctrina ni creencia
que atice las calderas del averno
insultando mendaz la inteligencia
con chantajes de fuego sempiterno.
Ni miedo os tengo ni laurel espero.
Cumplid el mandato encomendado
de acabar conmigo el día postrero.
Lo vivido lo tengo amortizado.
La misión, con defectos, cómo no,
está más que colmada, y al estribo
el pie, como Cervantes colocó,
feliz camino en paz, leo y escribo.
No me empañes, tristeza, la esperanza
en el frágil cristal de mi existencia,
vaho que de imprecisa inconsistencia
alevoso traiciona y dicha alcanza.
No me engañes con pérfida asechanza
que me lleva hacia el pozo de la ausencia
donde empeño se vuelve indiferencia
y el ánimo fatal desesperanza.
Deja que la radiante luz del día
disipe turbiedad en la hondonada
y desbroce caminos la alegría,
diáfana claridad inmaculada
que presente ante mí la lejanía
como fin de esperanza renovada.
Como aguarda la tierra labrantía
la semilla fecunda en la otoñada,
el folio blanco espera
las hondas emociones
que nacen del corazón de los poetas.
Pero, ¿qué forma elijo?
Para mí la más ardua es el soneto
por sus muchos apremios en la rima,
pues cuando crees próxima la cima
no sale bien el último terceto.
Por eso me merece un gran respeto
quien lo borda y esfuerzo no escatima
para estar a la altura de la estima
que consigue quien pone fin al reto.
Estando en esta cuita el pensamiento
aún no he decidido en qué estructura
encajaré el fluir del sentimiento.
Aunque la empresa me parece dura
no me dominará el abatimiento
y acabaré feliz esta aventura.
También pienso en la lira,
estrofa con que el inca Garcilaso
quiso aplacar la ira
dejando al viento laso
y al eximio fray Luis en el Parnaso.
O la estrofa manriqueña,
llamada de pie quebrado,
tan sentida.
Con ella Manrique enseña
cómo todo se ha acabado
con la vida.
Sólo queda la esperanza
de otra morada en el cielo
al creyente
porque aquí tan sólo alcanza
hasta que se acaba el vuelo
mortalmente.
Más formas hay para ajustar el verso
al dulce sentir, los celos, la ira,
la pasión que arrastra
o la emoción que mueve.
Romances, silvas, décimas,
octavas, quintillas y quintetos,
serventesios, estancias, redondillas…
Más, líbrenme las musas
de hacer de buñolero
partiendo a discreción los versos
cual parten ellos los buñuelos.
Junto a un laurel de verdes hojas pleno
paso feliz mi tiempo y no hago nada
porque a su sombra fresca y regalada
hallo solaz amable y plazo ameno.
¿Qué extraña sinrazón que siendo ajeno
este vivir a fiesta alborozada
encuentre en la existencia retirada
deleite natural puro y sereno?
La grata sensación de estar ocioso
no revela pereza en nuestra mente
que encuentra en el silencio venturoso
cauce para el fluïr de su corriente
y cosecha de fruto provechoso
alejada del ruido inconsistente.