Suegras.

suegra

Si es tu madre, gran mujer,

si es tu hermana, qué  primor,

si es tu hija, cuánto amor

demostrado por doquier.

Nada tiene esto que ver

si de tu suegra se trata.

A esta sí que no la mata

ni el más virulento rayo

ni el más profundo  desmayo

ni el más mortal matarrata.

 

No tienen razón de ser

las opiniones  malvadas

con que son consideradas

siendo la misma mujer.

Tu suegra fue hija ayer,

no la trates con desdén

si eres persona de bien.

Antes de hacerlo medita

que si razón no lo evita

tu madre es suegra también.

Miradas indiscretas.

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(J. A. Dominique INGRES.  Bañista de medio cuerpo)

Hacia  su cuerpo de garboso porte

lo arrastran  apetitos lujuriosos

que a duras penas el pudor refrena.

Pero a sus ojos de sus cuencas idos

no consigue domar por su flaqueza

e intrusos y atrevidos

de su talle a su culo hacen camino.

Pillado en su bajeza.

con disimulo la mirada sesga.

Poco dura el  propósito de  enmienda

y  al mínimo descuido de la dueña

los ojos en impúdica querencia

dirigen la mirada hacia sus tetas.

Noche de invierno.

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Con la postura del cuatro

entre algodones  y lana

busco acomodo y abrigo

en el calor de la cama.

Hilandera de recuerdos,

la duermevela devana

en esta noche de invierno

cuentos a la luz del fuego,

antiguos juegos de niño

las noches de la plazuela…

…seminconsciencia difusa

en el sopor placentero…

Rumor de panal lluvioso,

de canales y aguaceros

en la  calle  solitaria…

El reloj marca su ritmo

en el reloj de la sala.

 

 

Mocitas de antes.

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(Mujer peinándose de G. Bellini)

Cada tarde se peina ante el espejo

en la falsa quietud de la rutina

sus hermosos cabellos ondulados.

Su cuerpo joven,

pletórico de formas prominentes,

reprime  deseos y sentimientos

preso en la cárcel de las convenciones.

El gozo de la vida en plenitud

se esfuma sin provecho ni deleite.

El tiempo corre.

La efímera llama adolescente

se consume entre toques de campanas

y el temor al infundio de la gente.

Mujer de ayer,

en una España rural y mojigata

regida por censores y  vigías,

espurios  puritanos y alcahuetes,

tu juventud se fue.

 

Aquellas mañanas de invierno.

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El carbón de encina en el anafre enrojece a golpe de soplillo.

Mi madre prepara el café migado con  tostadas

y sobre ellas,  la nata, en el tazón de  porcelana.

Con los ojos aún hinchados de dormir,

el aseo en la palangana al lado del brasero.

En los tejados el humo de las chimeneas…

Con cartera de cuero,  pizarra y pizarrín  me voy a la escuela

por los caminos que bordean el arroyo entre carámbanos y helada.

El sol, débil, dorado y oblicuo todavía, levanta la bruma  en la cañada…

Los pupitres con tinteros…

El olor a goma de borrar…

El maestro pronunciando los dictados…

Aún perduran, abrigados de ternura

los recuerdos…tan lejanos.

Vanidosos.

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Deja pasar de largo al vanidoso,

enhiesto y pleno de oropel ornado.

Espera en tu puerta descansado

mientras él luce plumaje fastuoso.

 

El tiempo en su trabajo silencioso

lo tornará en su proceder domado,

en su altiva prestancia jorobado

y en su antiguo relumbre, penumbroso.

 

Llegará anochecido  de regreso,

perdida en el suelo la  mirada         

entre las ruinas de su antiguo su imperio.

 

Sólo el ciprés,  en su uniforme preso,

mantiene la cabeza levantada

en la absoluta paz del cementerio.

 

Duermevela.

soportales

En la cama,

mientras los demás descansan,

escapa mi sueño en velas

que mi desvelo no alcanza.

La mar en calma

y sobre el agua

mi corazón despierto.

Latidos de madrugada

tocan la aldaba del alba.

Hasta entonces

queda noche parcelada

en el reloj de la sala.

Echo el ancla del descanso

en la ribera lejana.

Mi pensamiento divaga

por la pendiente del sueño.

Mediada la madrugada,

lentamente, me adormezco.

Paso a paso.

ceniza

Cada paso que damos en la vida

precipita el terreno que dejamos

por el despeñadero  hacia el  abismo.

Nada permanece  a  las   espaldas,

sólo la nebulosa del olvido.

Allí donde  el trayecto finaliza

nos prestará la muerte sus albarcas

y dejaremos  huellas de ceniza

sobre un erial poblado de mortajas.

Ausencia

IMG_0095Cuando murió la  echamos de menos  en sus cosas.

Presentíamos  sus pasos como sombras de algodón en zapatillas por la casa.

 A bocanadas de añoranza el silencio dejaba entre nosotros la estela de su voz.  

Quedó la forma de su cuerpo en  los vestidos, colgados en las perchas del ropero.

El sillón, donde pasaba tantas horas detrás de la ventana, conservaba los límites de su figura.

Siguió la marcha el tiempo  en el reloj, ya sin los latidos de su pulso.

Las sonrisas de otros días  quedan en las fotos para siempre retenidas.

Se posó en sus pertenencias, huérfanas de su calor, la muerte. 

Al frío de enero maullaba  lastimoso el gato tras la puerta cerrada del corral.

El vacío lo llenó todo de un gris monótono y lluvioso,

espesa estela de recuerdo conmovido.

La vida sigue.

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También los que quedamos

iremos a la sima

cualquier aciago día

cuando la noche espese su negrura

y cambiemos las vueltas en la cama

por  la quietud podrida

que nos llene la boca de gusanos.

Es pronto todavía

y aunque lleno de penas

me habituaré a sufrir

su  ausencia cada día.

Vuelve el zorzal veloz a la alameda

y escondida en  la siembra,

reclama  la perdiz.

No es el mismo vuelo

ni  suena igual el celo

que cuando estaba ella.

Ahora todo lo tiñe el desconsuelo

y de  regreso a casa,

con el frío relente de la noche,

el recuerdo hace  presa.

Pegada a mí, como sombra a la luz,

me acompaña la tristeza.