Corazón.
Ya no uso reloj.
Mi huso horario va de los deleites a las penas
y en medio el apacible tiempo entretenido.
¿Para qué medir la cuenta atrás?
Del tictac se encarga el corazón con sus latidos,
aunque a veces tenga prisa
y quiera salir de su cárcel de costillas
clavándome en las sienes
punzantes inquietudes.
También lo siento dormido, tan quedo
como el agua remansada.
Le aguijé las espuelas
en carreras de potros desbocados,
a destajo y a deshoras.
Se unió ardoroso a otros latidos
y a compás o a contramano,
recibió premio y castigo.
Por ahí estarán las cicatrices,
labios ya cosidos y sanados.
Debe de estar desfallecido
de regar tantas parcelas,
pero aún no ceja en la pasión y se emociona.
Temo que un día
se me cruce de arterias y de venas
y deje de mover la vieja noria,
desvencijados ya sus cangilones,
y el agua negra y fría
quede en el fondo del pozo detenida.
Frágil propósito de enmienda.
Tras las celebraciones bacanales
mi cuerpo yace exhausto y agotado
y sólo me apetece estar tirado
aliviando las huellas de sus males.
Comidas y orgías primaverales
que exuberantemente he celebrado
pasan cuenta por no haber calculado
que las dichas son siempre temporales.
A la espera de pronta mejoría
reconduzco mi vida con templanza
para poder lucir mi lozanía.
Parece que ya siento la bonanza
y regresa a mi cuerpo la alegría.
¡Arriba, y a la calle sin tardanza!
Vida retirada. (Con permiso de Fray Luis)
No quiero más compañía
que los trinos de las aves
o el tañer de las esquilas
cuando vago por el campo
sin una dirección fija.
Por encima tengo al cielo,
a mi lado las encinas,
otras veces olivares,
escarpadas serranías,
valles de intenso verdor
o llanuras labrantías.
De vez en cuando me paro
de algún arroyo a la orilla
o cerca de una pradera
cuajada de margaritas.
Allí gozo y me recreo
con el tiempo suspendido
de las alas del silencio.
Por reloj tengo las sombras,
para predecir la lluvia
las figuras de las nubes
y la dirección del viento.
Si el aguacero sorprende
la pared de algún cortijo
o alguna cerca de piedra
ofrece amparo y cobijo.
Mientras el agua humedece
la arboleda en la dehesa
la tierra desprende efluvios
de orégano y de tomillo
mastranto, salvia y espliego.
Si la calor incomoda
el fresco de la alameda
alivia sus rigideces
acompañado de trinos
Por tan poco ¡qué más quiero,
si voy hablando conmigo
en un paraíso agreste
haciendo lo que me place
sin que nadie me moleste!
Lunas de sangre.
Esta luna roja que se anuncia para hoy y que desde tiempos muy remotos ha dado lugar a explicaciones apocalípticas, sin base científica alguna, es sólo un fenómeno físico debido a la refracción de la luz. Se han dado explicaciones mágicas y prodigiosas a fenómenos, como los eclipses, que simplemente son hechos físicos o químicos que la naturaleza produce. Uno más pudiera ser el final de la vida en la tierra, cuando el sol agote su combustible de hidrógeno.
Se agostarán las flores
en todas las praderas.
De los montes bajarán
vellones de tinieblas
a confundir caminos,
atajos y veredas.
Se secarán los ríos
y no habrá sementeras
ni grano en los graneros.
Perdidos, erraremos
por desérticos campos
y pedregales yermos.
Hostigarán la tierra
remolinos de vientos
que arrancarán de cuajo
palacios y viviendas.
El último crepúsculo
del final de los tiempos
tendrá un celaje ocre
de avérnicas figuras.
Una luna de sangre
coronará los montes.
Surgirán de los mares
con ruidoso estruendo
los vientres de volcanes
echando lava y fuego
sobre toda la tierra.
Flotarán en el magma
despojos putrefactos
y animales ardiendo.
El sol se enrocará
en agujero negro.
Después, silencio eterno
Inocencia de niño.
Se despluman las alas de los ángeles
sobre campos de jara.
Lento descenso a tierra
de las quimeras de niño.
Incienso, vidriera y rezos
las tardes de los oficios.
Abril.
Azucenas y lirios.
Siete puñales clavados
en el corazón de madre
y una corona de espinas
en la cabeza del hijo.
¡Oh, los predicadores!
Y el silencio.
La luz del sol tras las nubes
era corona de Dios.
Fantasías infantiles,
inocentes pecados de la infancia
en el confesionario oscuro.
¿Dónde quedó el paraíso?
Vana rebeldía.
Ya andaba con dificultad y arrastraba los pies. Un día, con las pocas fuerzas que quedaban en sus brazos, golpeó el suelo con el bastón y exclamó: “¡Con lo que yo he andado!”.
Había desengaño en esta frase,
decepción, un envite y un reproche
al tiempo, por cobranza del derroche,
tal si fuera enemigo que vengase
una antigua afrenta no saldada,
servida con crueldad en plato frío,
cuando ya el vigor del bravo río
el delta de la muerte vislumbraba.
Y vi en ti, Antonio, aquella tarde
un desplante de vana rebeldía,
una añoranza de la edad perdida.
Al poco de esta acción dejé de verte,
arribadas las aguas de tu vida
al mar inevitable de la muerte.
Indeciso.










