La alberca.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Quiebra lunas mi cuerpo en el cielo  azabache.
Envuelto en abrazos  acuosos me baño en la alberca cercada de tupidas madreselvas.
Una  rana sorprendida salta del nenúfar al  negro remolino del agua removida. 
Noche de junio.
Me llegan alientos de  cálida  brisa saturada de aromas de mieses y la fragancia de la huerta recién regada.
El horizonte aún tiene matices violáceos de lubricán veraniego.
Enhebra el grillo con  pespuntes negros los labios sensuales  de la noche. 

Oquedades

llorar

(Pintura de Bruno Amadio)

Una tristeza de límites  difusos

ha posado sus manos

en las frágiles alas del pasado,

mariposa herida, ya sin vuelo,

que deja lastimoso desconsuelo

en la sombras ausentes de los cuerpos.

La  huella  de la herida en la memoria

reblandece la piel del sentimiento

y  afloran, silenciosas, las  lágrimas,

pétalos de rosas sobre el suelo.

Memoria macerada en la añoranza

que deja  posos agridulces

en el fondo de la tarde.

El  amor, evocado siempre, acude

al  efluvio nostálgico  del vino.

Señales  en la piel de los afectos,

que al  volver a tocar,

producen sarpullidos

de emociones no acabadas.

La  ausencia de personas

sobre el anaquel  de los recuerdos

en el tiempo amarillo de las fotos.

Palabras que no dije

cuando alguien  esperaba mi consuelo,

abrazos que no di

perdidos para siempre

a mitad de camino

entre  la timidez y el deseo.

Acordándome de esto

he llorado como niño perdido

de la  cálida mano de su madre,

una noche de feria

en el bullicio  de la calle.

 

 

Nos oxidamos.

oxido

Como a un hierro tirado en la maleza

el transcurrir  del tiempo nos oxida,

no de  amarillo anaranjado,

sino de níveo albor

en coronada testa acumulado.

Ese es el resumen  de la vida

y la razón de todas las arrugas.

El tiempo,  haciendo de las suyas,

desgasta las rodillas

y  forja corcovadas  gibas.

Física y química aplicadas

en nuestros cuerpos  pasajeros, 

desde la luz del primer día

hasta  el rastro que la escarcha deja

del hierro en la hierba señalado.

Dignidad.

alamoluz

 

Las chaquetas de pana,

los  jerséis  a las espaldas

con cruzadas mangas sobre el pecho,

el aire fresco del spot abriendo las ventanas

al son de sugerente  musiquilla…

¿En qué ropero de Armani están colgados?

Para desprestigiar y meter miedo

usan ahora la revolución bolivariana…

No es eso ¿compañero?, ¿camarada?

Eso, disculpen, es andarse por las ramas.

Lo que la gente pide es un futuro

de justicia y pan para sus hijos,

esa que dicen que es distributiva.

Y lo que detesta son ladrones y canallas.

No se escondan detrás de supuestas libertades.

Yo  tampoco quiero dictaduras,

pero la primera condición

es la dignidad de las personas.

Mis manos.

manos abiertas

La vida es  una gota  de lluvia

que irremediablemente  resbala

hacia  el junquillo del cristal.

Cercano  ya el final del recorrido,

¿qué queda entre mis manos

de aquellos puños rosas de algodón

trazando garabatos en la escuela?

Fueron mi primer amarre a la vida

en el puerto seguro de mis padres,

las de las presas de arena

en los regatos de la calle,

las que buscaban lagartijas

en el  sol de las roquedas,

las de mimos  y caricias.

Sellaron tratos de palabra honrada,

alisaron cabellos

y consolaron llantos.

También hirieron

y demandan  perdón.

¿Qué fue de tantos soles

y tantas sementeras,

de las  ubérrimas cosechas,

de la besana y los graneros?

¿Qué queda de su tacto en tu cintura,

de la pasión del sexo adolescente,

de las  andanzas por tu piel desnuda,

lomas y  valles placenteros,

senos de amor, goce y  ternura?

Sólo quedan durezas

donde  antes hubo  espigas.

Un capital  entre  los dedos

se fue por sus rendijas

dilapidando riquezas  y afectos.

Al ofertorio final, nada llevo,

cáliz vacío de viejos sarmientos.

Está dispuesto el cuerpo  a la partida,

mis manos van conmigo.

Por ellas pasó, cual agua entre tejas,

todo lo vivido.

Espera

Mujer-en-la-ventana-Jozef-Israëls

(Mujer en la ventana de Jozef Israëls)

De la humilde casa donde habita

tiene en la pared  por cabecera

la talla de una virgen de madera

y un vaso con aceite y lamparilla.

Vacilante llama en la penumbra

que bate el aire de tristezas  amarillas.

La madre espera, suspirando anhelos,

el regreso del hijo   a su consuelo.

Está lejos, allá en tierra extranjera,

pan y sudor bajo otro cielo.

La vida  pasa en el pueblo detrás de su ventana

como cine ajeno  de siluetas

que van a sus afanes.

Lento discurrir de horas  calladas:

sombra y luz en monótona  alternancia

y un rosario de cuentas desgastadas.

De vez en cuando mira,

ojos de  acerado brillo,

la  foto del hijo sobre el anaquel del alma.

 

Hinchas.

hinchas

Vocifera   furioso  e indignado,

rayo y trueno en unísono estallido,

que más que voz y grito es un berrido

de rabioso bejín descontrolado.

 

Ares, irascible y encrespado

en campo de batalla enardecido

quedara a la nada  convertido

por la enorme furia  de su  enfado.

 

¿Es humano tamaño personaje?

¿Llegó  del  cielo en forma de castigo?

¿Se comprende  en un ser tanto coraje?

 

Acierte de quién hablo si le digo 

que fue por una falta  en arbitraje

pitada a favor del enemigo.

Libre.

libre

¿Y tú qué miras

con esa cara estreñía,

censor careto de bigote tieso

y alma de beatería?

¿Qué te espanta?

¿Mi albedrío?

¿Mi actitud iconoclasta?

No quiero seguir la farsa

del  impersonal gentío.

Hollar los mismos  caminos

de rutinas  trasnochadas.

Para vosotros el polvo, 

yo quiero el río,

el agua clara,

el albur de la corriente,

la intemperie,

el azar imprevisto.

Con Espronceda  voy

en su bajel libertario,

cara al viento

y toda la mar conmigo.

La altivez y las malas compañías.

ilustraciones_soberbia

Pensé yo  que sería timidez

ese ademán distante  y engreído

al pasar a mi lado tan crecido

con modales y gestos de altivez.

 

Tal vez  un trauma cruel en su niñez

lo llevaba a mostrarse envanecido

y  era sólo un fracaso  no asumido

transmutado en profunda estupidez.

 

Por fin el tiempo esclareció el  dilema

cuando observé  qué trato dispensaba

a individuos de lustre y oropel.

 

No era trauma ni  apócope el problema:

creía que su merma  compensaba

compartiendo amistad  de alto nivel.

 

Quizás eso pensaba,

pero  deberían ustedes ver

el ganado con el que se juntaba.

 

Polvo somos.

alfarero

No hay alfarero que mejor moldee la arcilla

que quien tiene los dedos de aire y sol

y un torno conectado al ciclo de la luz.

De la bíblica cita con  final en el punto de partida

falta la esencia del polvo- que ni es de camino

ni el que, burlona, tu sonrisa imagina.

Vino de  estrellas, de algún errante  cometa

que rozó con su cola las olas de océanos.

De ahí vino la vida.

El tiempo moldea y un viento lejano

 le roba  la obra al tenaz artesano.

Y el polvo, a su origen,

a vagar para siempre en el cosmos.

¿Quién sabe  si hacia otro planeta?