Soltando lastre.
Voy a mis adentros,
cada vez más distante de las cosas,
absorto en mis asuntos,
sin atender llamadas ni siseos.
Y no es que esté tocado
de ningún mal de la cabeza,
es que cada vez me afectan menos
los tópicos y los cumplidos.
Aprendí con el tiempo
a relativizar sucesos
y a intentar saber el porqué
de las conductas de la gente,
fieras muchas veces,
héroes de calamidades
o de lágrima fácil
cuando ven salir a las imágenes.
La madurez me va quedando solo,
pero más libre y más ligero,
soltando amarras en el puerto
y extendiendo velas en el mar,
a solas con mis pensamientos.
Belleza o impostura.
Sucede a veces que las mujeres muy bellas cohíben a los hombres de acercarse a ellas.
Subí por roquedales escarpados
hasta la vecindad de su figura,
temeroso de hallar la sepultura
en los riscos de los acantilados.
Tales eran de regios sus tocados
que varones de apuesta compostura
desistían por miedo a la apretura
de verse en su terreno desarmados.
Llegué al temido trono con paciencia
y a medida que hablaba mitigué
la aprensión que inspiraba su presencia.
Con el tiempo y el trato averigüé
qué secreto guardaba su apariencia:
sólo era brillo de papel cuché.
Los dos tercetos anteriores pueden sustituirse por los dos siguientes, pues cierto es que los dos casos podemos encontrarnos en la vida.
Cerca de su cuerpo y su semblante
comprobé la verdad de su hermosura,
de encanto natural, fresco y radiante.
No había aderezo ni impostura:
lo que de lejos parecía arrogante
era la brillantez de su figura.
Retama.
Celosía del aire
donde el silbo se hace verde
y cierne el soplo de los temporales.
Manos que la tierra presta al viento
para que las cuerdas de sus liras
anuncien la lluvia cercana.
Albergue de la escarcha
cuando el frío corta trocitos de estrellas en la madrugada
y produce diamantes transparentes
que adornan de belleza la mañana:
espejos de luz, las gotas de rocío
pendientes de sus ramas.
Licencia para coger setas.
Con mi respeto y admiración por los auténticos ecologistas.
Ornados con verdosos atavíos
y tocado de pluma el tirolés,
llegan ecologistas reciclados
de la fina boutique del Corte Inglés.
Recorren el terreno de puntillas
por no manchar de barro su buen paño,
opinando de todo sin embargo
con la erudita ciencia que aprendieron
en el blando sillón de sus despachos.
Desde el sumo poder que el cargo presta
decretan que con base en su experiencia
para acudir al campo a coger setas
hará falta obtener una licencia.
Sanado el estupor de su ocurrencia
para mí, cortésmente, sólo resta
mandarlos muy gustoso a hacer puñetas.
Ensueño.










