He conocido a personas que trataban a sus padres de usted cuando se dirigían a ellos. Otros los llamaban papa y mama, llaneando acentos por resultarles cursi lo de papá y mamá. Había quienes utilizaban los vocablos padre y madre y también viejo: ‘mi viejo’, ‘mi vieja’. No sé si con el cambio de costumbres han llegado algunos a llamarlos colegas o troncos.
La madre era la que más tiempo pasaba con los hijos. El padre se iba al trabajo. Era la que los aseaba, los vestía, los cuidaba si caían enfermos y soportaba sus travesuras durante la mayor parte del día. Cuando ya la tenían hasta más arriba de la coronilla exclamaba: ‘¡A ver si llega tu padre que te vas a enterar!’
Escuché decir a una persona que hasta que no tuvo hijos no llegó a comprender por qué a su madre le gustaban las colas de las sardinas más que los lomos de estas y las alas de las aves más que las pechugas.
Hablo de un tiempo en que no sobraban viandas en la mesa y a un pollo se le hacía más fiesta que a un portalito. Les dejaban las mejores presas a los hijos. Hoy, contemplada la vida desde el otero de la madurez, sabemos que los padres, salvo psicópatas, nos quitaríamos el pan de la boca para dárselo a ellos y, llegado el caso, sacrificaríamos nuestras vidas antes que ver perder las suyas. Un irresistible instinto de afecto que se transmite de generación en generación.
Cuando los hijos son pequeños quisiéramos detener el tiempo y disfrutar de su inocente ternura, de sus cachetes rosados y de la sonrisa que nos dirigen cuando les ofrecemos los brazos para cogerlos. No nos importa prolongar arrullos hasta las tantas para verlos entrar en el sueño placentero ni escatimar esfuerzos para prodigarles todos los cuidados que necesitan. Si nos valiera seríamos los guardianes querubes de sus cunas eternamente, sombras silenciosas velando su descanso. Trazaríamos sendas de algodón para sus pies con el fin de que no soportaran la dureza de inhóspitos caminos. Pero la protección que podemos ofrecerles es limitada y no dura toda su existencia. Deben seguir el recorrido donde tendrán que enfrentarse a dificultades que han de solventar sin ayuda.
Llegará un día en que nuestras manos tiemblen y nos falten fuerzas para sostener el peso del cáliz de la propia vida. Para ellos la lucha se libra en el exterior de la burbuja que quisiéramos proporcionarles siempre. Tenemos que educarlos para que aprendan a resolver sus problemas si no queremos que los engulla el mar enfurecido que brama en la noche y rompe su brusca furia en los acantilados. Enseñarles a proteger sus cuerpos y a forjar su voluntad en el temple para que la escarcha del invierno que resquebraja los terrenos en la madrugada no les impida andar sus pasos ni el viento solano abrase por desprevenidos las amapolas tiernas de sus labios. Para ello tendrán el escudo de su formación. Fidelidad a su palabra y obrar en consecuencia con sus ideas. Así ganarán el respeto y el aprecio de los demás. Que confíen y amen a quienes los quieran, entre los que difícilmente encontrarán un amor más desinteresado que el que nosotros les damos.
Que el casado casa quiere ha sido y es una aspiración no satisfecha para muchas parejas. Este refrán, acrisolado por las experiencias que otros han vivido, aconseja apartarse del tronco familiar para emprender la aventura del matrimonio sin interferencias.
Pero no siempre se dispone de los medios económicos necesarios para adquirir y mantener una vivienda. La solución pasajera, que en muchos casos se hizo permanente, era irse a vivir a la de los padres de la mujer. Se comprueba así qué rama pierde un hijo y cuál lo gana.
A los desposados se les reservaba una habitación para su uso exclusivo. Era su ámbito más privado e íntimo. Tálamo, confidencias, caricias y reproches incluidos. Todo sin levantar la voz ni formar mucho jaleo. ‘¡Qué van a pensar mis padres!’
Las demás dependencias eran de uso compartido. Una situación compleja que había que llevar con tacto, comprensión y cesiones por parte de todos. También, en algunos casos, hermanos solteros y abuelos.
No estoy hablando del Neolítico, sino de tiempos muy recientes.
En las habitaciones reservadas instalaban los nuevos cónyuges sus imprescindibles pertenencias. Era lo que se llama el cuarto. Había costumbre de invitar a amigas, vecinas y parientes para enseñárselo en las vísperas del enlace, junto con el ajuar que aportaba la novia. Los invitados al visionado se deshacían en elogios.
La confección del ajuar era una labor de tiempo, de cariño y de primores. Antes incluso de tener novio las madres y las abuelas comenzaban a hacérselo a las mocitas: sábanas bordadas con vainicas en el dobladillo, mantelerías, toallas, servilletas, todas con sus iniciales. Les ayudaban también en esta labor tías y hermanas y hasta algunas vecinas de más confianza.
No había mucho dinero, pero sobraban arte y trabajo. Todo lo que se hacía se guardaba en el arcón hasta que llegara el momento.
De cómo resultara después la convivencia de los esposos con el resto de la familia, habría, como en botica, de todo. Unos cuentan maravillas y dicen que nunca existieron problemas. Algunos relatan que se producían roces porque todas las rosas tienen espinas. Otros callan y suspiran. Los trapos sucios, si los hubo, se lavaban en casa.
¡Qué habilidad muestran ciertas personas para evitar que el humo salga de la casa si se produce fuego dentro! Otros, más expansivos y dicharacheros, relataban incidencias y anécdotas que hablan por sí solas.
El vino abre las puertas del corazón y suelta la lengua. Ya se sabe que de la abundancia de aquel habla esta. Un veterano y observador tabernero, acostumbrado a oír de todo en el confesonario que es la barra de un bar a altas horas de la noche, exclamaba ante afirmaciones comprometedoras: ‘¡Lo que tapan las tejas¡’.
Entre las anécdotas está la del yerno que da las buenas noches cuando llega tarde y el suegro contesta con gesto adusto: ‘¡Regulares!’
O la de la suegra que desde la cama lanza un berrido cuando ya entrada la madrugada sigue la televisión encendida. ‘¿Esta noche no nos acostamos?’
Esto sucedía siendo las relaciones medianamente soportables, sin llegar al extremo que describe Francisco Martínez de la Rosa en aquel famoso epitafio: ‘Yace aquí un mal matrimonio, /dos cuñadas, suegra y yerno…/No falta sino el demonio para estar junto el infierno.’
De la sillería de mi casa recuerdo especialmente dos ejemplares: el sillón de niño y la silla costurera. El primero nos sirvió para sentarnos a la mesa con los adultos y comer junto a ellos. Nos subían y nos bajaban de él. Tenía su apoyabrazos que impedía que nos cayéramos por los lados, pero además nos sujetaban con una correa sobre el pecho porque nuestra natural e incansable actividad nos inducía a no permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. Cuando fuimos adquiriendo destrezas practicábamos escaladas trepando por los tarugos para encaramarnos al asiento. En ese trono nos tomábamos con el babero puesto las papillas que nuestra madre probaba y soplaba antes para que no nos quemásemos. Allí también hicimos nuestras primeras prácticas musicales de percusión tocando la batería con los cubiertos sobre la mesa.
El sillón era un bien mobiliario que pasaba de los mayores a los pequeños y posteriormente a otras generaciones de nietos y sobrinos. Si los alcabaleros cogen pista puede que graven estas transmisiones con efecto retroactivo como herencias o donaciones inter vivos. ¡Bonitos son ellos!
La silla costurera era baja y ancha. Casi siempre se colocada cerca de alguna ventana o detrás de la puerta del corral o de la calle para buscar la luz natural. Asocio su recuerdo con las gafas de cerca sujetas con un elástico a la cabeza de la abuela y con el cesto de la costura donde había un huevo de madera para ayudar a los zurcidos. En ella se sentaban por las tardes a coser, bordar, hacer ganchillo o encaje de bolillos las mujeres de la casa. Artesanía pura que conjugaba manos diestras con paciencia, alfileres e hilos. Sobre la luna del bastidor, bordados de seda y oro, flores, paisajes e iniciales de nombres.
Un espigón de sol dorado con muchas motitas de polvo en suspensión penetraba por la puerta entreabierta que daba al poniente. Las que eran mayores guiaban el hilo hacia el ojo angosto de la aguja con dificultad, debido a la presbicia y al temblor de las manos. Los niños- ¡qué ignorancia y falta de respeto!- nos reíamos de ellas cada vez que fallaban en un intento. ‘Por mi puerta pasaréis, pijoteros’, nos decían. Ya estamos en ello, abuelas.
Los muebles y los lugares conservan el espíritu de quienes los ocuparon. Un hueco en la mesa o una silla vacía producen un desgarro sentimental que anuda la emoción a la garganta cuando faltan las personas.
Allá en el doblado, que la RAE dice que se usa en Andalucía como sinónimo de desván, (aquí también, señores académicos), está recogida en un rincón la silla costurera. Una araña devana el hilo del tiempo silenciosamente en su respaldo. El ‘doblao’ es el subconsciente de las casas, donde se van almacenando objetos que sirvieron y ya estorban. Cuando de tarde en tarde subimos a ellos nos encontramos en las cosas almacenadas una parte de nuestra vida que creíamos olvidada. Afloran como en sueños las vivencias de otros tiempos. Aquel tirachinas hecho de cámara de bicicleta, la cruz con la bandera de España con que recibíamos a los misioneros, un patín descolorido…Trastos que se guardan pensando que algún día servirán y probablemente no vuelven a usarse, pero conservan los latidos en el corazón de la memoria.
Tras la cantinela de la tabla de multiplicar, de los renglones de caligrafía, de los dictados y los dibujos pervive el recuerdo de un maestro. El que nos enseñó a leer en la cartilla formando palabras con las sílabas: ‘to-ma-te, mi ma-má me mi-ma’. El que nos ayudó a descubrir los misterios de la naturaleza y despertó nuestra fantasía con sus relatos. El que nos llevaba de paseo las tardes de primavera o el que nos dirigió una palabra de ánimo en el momento de decaimiento, palabra de aliento o gesto cariñoso que valen más que mil reprimendas.
‘Ese es mi maestro’, decíamos, porque con él pasábamos la jornada lectiva completa. A veces más tiempo que con los padres. Nos impartía todas las materias desde matemáticas hasta trabajos manuales. Como en todas las profesiones los hay mejores y menos buenos, pero como en ninguna el objetivo es tan trascendente: enseñar y formar a los niños. ¡Qué gran poder nos confió la sociedad!
El patrón, san José de Calasanz, fue nombrado como tal por Pío XII en 1948. Sacerdote y pedagogo, fundador de las Escuelas Pías en el siglo XVII.
Hace pocos años decidieron unificar en el día del docente al patrón de los maestros y al de los profesores de enseñanzas medias, alternando celebración por turno en noviembre o enero.
Cuando yo empezaba a ejercer me contaban compañeros mayores incidencias y anécdotas que les sucedieron cuando llegaban a los pueblos a los que habían sido destinados. Entonces el ámbito geográfico para ejercer la profesión era nacional, no existían las autonomías por lo que, sobre todo en los primeros destinos, podía corresponder cualquier lugar pintoresco, de gente acogedora, pero alejado de las vías de comunicación más transitadas. La toma de posesión, la presentación de credenciales y respetos al alcalde, al cura y al director del centro.
Los medios de transporte eran escasos, las carreteras malas y los enlaces descoordinados. Hasta en barca había una ruta en nuestra Siberia extremeña para ir de Bohonal a Helechosa de los Montes. Se necesitaba autorización específica de la Delegación de Educación para poder residir en una localidad distinta a aquella en la que se ejercía. El sueldo apenas cubría la subsistencia, para ir tirando y alguna frugal colación. Residían en pensiones donde la compañía de los dueños hacía más llevadera la estancia.
Muchas escuelas eran unitarias, con todos los niveles en un aula y los padres esperando a que acabaran pronto el aprendizaje de las cuatro reglas para incorporar a los hijos al mundo del trabajo.
La canción de Patxi Andión, ‘El maestro’, casi himno oficial del Magisterio, recoge muchos aspectos de aquellos tiempos pretéritos.
El pago más gratificante que recibe un maestro es el saludo de antiguos alumnos después de mucho tiempo manifestando que guardan un recuerdo agradable de los años de escuela. Yo conservo algunos de gestos espontáneos y entrañables de los niños, como dejarte en la mesa un caramelo o unas castañas de regalo.
Los tiempos cambian. Ahora hay un jubileo de profesores especialistas en cada clase, lo que debe redundar en una mejor formación, pero en el recuerdo siguen sonando los versos de Antonio Machado, plenos de evocaciones: “Una tarde parda y fría/de invierno. Los colegiales/ estudian. Monotonía/ de la lluvia tras los cristales”.
La televisión, como decía Gabriel Celaya de la poesía, era un arma cargada de futuro. Los más avispados lo intuyeron.
A partir del año 1964 el Ministerio de Información y Turismo, Fraga al frente, promovió la creación de teleclubes en todos los pueblos. Con ellos se pretendía aprovechar los programas de televisión para organizar actividades educativas y culturales.
En mi pueblo las funciones del teleclub las realizaba la parroquia en el local de la Acción Católica. Disponía de salas para reuniones y un gran salón para la televisión. Allí instalaron uno de los primeros receptores que llegaron al pueblo.
Eran los tiempos de los programas infantiles de Herta Frankel con su perrita Marilín y las marionetas de Pepito, el Tonto y el Gruñón; de series memorables: Bonanza, el Virginiano, el Llanero solitario, Rintintín, Bronco…
Por la noche acudían los mayores a ver otros programas: Gran Parada, Noche de estrellas, Amigos del lunes, posteriormente del martes. Dos presentadores habituales: Franz Johan y Gustavo Re. Y el gran Estudio 1.
Cuando toreaba “El Cordobés” la expectación era máxima. Los agricultores, a pesar de estar las labores de recolección en pleno desarrollo, se venían de las eras a coger sitio para no perderse las faenas del torero que popularizó el salto de la rana.
Al principio por ver la televisión se cobraba un real. Nosotros también acudíamos allí a charlar, a jugar a las damas, a comer pipas y a hacernos los encontradizos con las niñas, que, como en un jubileo, subían y bajaban las escaleras.
Había un futbolín grande y pesado, con jugadores de hierro y suelo de pizarra. Cuando jugábamos el ruido era atronador. Los muelles que amortiguaban los golpes de las barras contra el armazón estaban deteriorados de tanto uso y la sensación que le producía al que los escuchaba de lejos era que se acercaba una banda de tambores desacompasados. El engrase de las barras de donde pendían los futbolistas lo hacíamos con saliva. Más de una vez tenía que subir el cura, su hermana o su sobrina, que vivían abajo, para asegurarse que seguíamos jugando y que no había empezado una batalla entre bárbaros por las voces y el alboroto que formábamos. Al campo de juego se le abrió un boquete en la zona de uno de los porteros. La rudimentaria reparación consistió en incrustarle una chapa que quedaba a distinto nivel del resto. Cuando la bola caía dentro la sacábamos haciendo girar la barra con las dos manos y con toda la fuerza que podíamos. Esta salía volando y llegaba algunas veces hasta la portería contraria, lo que era jaleado y aplaudido. En ocasiones la bola sobrepasaba los límites del rectángulo de juego y salía botando por el salón. Una de esas veces fue a estrellarse contra el cristal de una vitrina y el cura suspendió el juego del futbolín por una larga temporada. Al principio le echábamos una moneda para jugar. Dos compañeros se colocaban detrás de las porterías para en acciones muy rápidas evitar que cayeran al interior. Hasta que descubrimos una fórmula mejor: al tirador que sacábamos para afuera cuando le echábamos la moneda le colocamos un trozo de madera para impedir el retroceso y las bolas volvían a la caja sin pararse dentro. ¡Vaya pillos!
Se han vestido de domingo. Hoy viene el fotógrafo a hacerles la foto para solicitar el carnet de familia numerosa. Se colocan en el corral con el fondo de una pared recién blanqueada. Y ahí queda inmortalizado el instante. El padre en el centro con una chaqueta que le está algo ajustada. La esposa, discreta y luchadora, al lado, con ojeras que reflejan el duro bregar diario. Viste de negro por luto reciente. En derredor los hijos, arreglados y peinados para tan señalada ocasión. Al menor, que aún no anda, lo sostiene la madre en el regazo. El que le sigue tiene un dedo en la boca, algo esquivo y vergonzoso. El mayor, taciturno, mira a la cámara con los ojos de par en par, como esperando aparición. El tercero se apoya en la pierna del padre.
Con la bendición y el aliento del clero y del régimen desde la banda el terreno es propicio para cumplir con las directrices de ambas instituciones.”Solamente los pueblos de familias fecundas pueden extender la raza por el mundo y crear y sostener imperios”, (preámbulo de la ley 1 de agosto de 1941 de protección a las familias numerosas). Las noches sin tele y la querencia hacen el resto. Los medios anticonceptivos están vedados. Aceituna comida, hueso fuera, que dicen por aquí y que en latín, que suena más fino, denominan ‘coitus interruptus’. Los más informados se atreven con el procedimiento natural ideado por Kysaku Ogino en 1924, también conocido como del calendario o del ritmo. No se garantiza el acierto al 100% por lo que nacen muchos hijos que tienen como inspirador al japonés. No hay más medios para evitar embarazos, salvo la vía de la abstinencia que conduce a la santidad a través del sacrificio. Pero como de eso está la vida bien surtida no se prodigan los renuncios a uno de los pocos placeres que ofrece.
El régimen vigente incentiva el creced y multiplicaos. Hay ayudas y subsidios a las familias con descendencia. Desde las quince pesetas mensuales por los dos hijos, hasta 145 por la familia que tiene doce. Se añaden 25 pesetas más por cada uno que sobrepase esa cantidad.
La ley de protección a las familias numerosas de 1941 establece dos grupos: de 5 a 7 hijos y de 8 en adelante. En 1943 se baja a 4 el número y se establecen tres categorías. Primera de 4 a 7 hijos, segunda hasta 11 y tercera o de honor de 12 o más hijos.
Se conceden préstamos de nupcialidad. Dos mil pesetas con posibilidad de aumentar a cinco mil. Sin intereses.
Muy divulgados y jaleados son los premios de natalidad. Mil pesetas para el matrimonio español que sea más prolífico.
El acto de la concesión y entrega de los galardones por Franco tiene amplia cobertura y publicidad en los medios de comunicación, incluido el NODO.
Los beneficios para las familias numerosas se aplican al ámbito académico con exención o reducción en las matrículas, al de transporte con descuentos en los viajes y al de la vivienda, teniendo preferencia para la adjudicación.
Así se llenaron las calles y las escuelas de los pueblos y ciudades. La espita de la emigración las fue vaciando posteriormente. El imperio y la raza se expandían.
No se me ocurría darle vueltas a una silla ni a un paraguas. Decían que eso atraía desgracias. ¡Se podía morir el más pequeño de la casa! No comprendía yo la relación entre ambos hechos en mi débil razonamiento infantil.
Tampoco la correspondencia que existe entre la mirada de una persona que ha sufrido el quebranto de un ojo y los infortunios que acarrea. Pero el dicho existe: ‘Parece que me ha mirado un tuerto’ se dice cuando suceden varias adversidades en poco tiempo.
Lo del ‘mal de ojo’ es parecido. En este caso el maleficio no se debe a carencia de órgano, sino a que hay personas que tienen poderes para transmitir males a otras de forma intencionada o involuntaria. Son los denominados aojadores. Deriva esta suposición de la leyenda del contemplador u ojo maligno, un ser malvado y monstruoso parecido a un pulpo gigante con un ojo central muy grande y otros más pequeños en los pedúnculos. Era invocado por personas con malformaciones para que produjera males a otras. Hay quienes lo detectan e intentan curarlo con un poder no se sabe si innato o recibido de algún ser ultra terrenal. El proceso consiste en echar unas gotas de aceite en un vaso de agua y comprobar su comportamiento entre plegarias y cruces. Se pronuncian el nombre y los dos apellidos del afectado y comienza el ritual: “Si tienes mal de ojos que te lo cure Dios, con sus clavos con su poder, con su cruz y con el dulce nombre del buen Jesús”. “Dos ojos te mataron, otros dos te sanarán”.
El llamado mal de luna llena o alunamiento sigue un ritual muy parecido al del ojo.
Las supersticiones son según el diccionario de la RAE creencias extrañas a la fe religiosa y contrarias a la razón, pero en mi opinión los límites están confusos. Forman parte de nuestras costumbres e idiosincrasia. ‘Hoy me ha levantado con el pie izquierdo’, decimos cuando no nos salen bien las cosas. Ser zurzo se consideraba antiguamente una anomalía, iba contra natura. ¡Cuántos niños y niñas contrariados en su lateralidad por profesionales, padres y madres ignorantes! Todavía hoy ciertos deportistas saltan al campo procurando que sea el pie derecho el primero que lo toque.
Pasar por debajo de una escalera, vestir de amarillo, cruzarse con un gato negro, la rotura de un espejo, entre otras cosas y hechos se asocian igualmente con la mala suerte. Los toreros procuran que la montera no caiga boca arriba tras el brindis y si tienes que casarte o embarcar procura que no sea martes y trece.
Si algún supersticioso tiene la mala suerte de que se le derrame un salero debe coger un puñadito y tirarlo para atrás por encima del hombro para ahuyentar desgracias.
¿Quién no ha escuchado alguna vez la expresión ‘toquemos madera’ como salvaguarda y escudo?
Todas las supersticiones tienen su explicación en tiempos en los que cualquier fenómeno o suceso de los que se desconocía la causa lógica es atribuido a fuerzas ocultas del más allá, a designios desconocidos.
Un mundo esotérico de brujas, demonios, hechizos y sortilegios donde avispados adivinadores sin fundamento pululan a la caza de los crédulos.
Seguro que usted, amable lector, conoce muchas más supersticiones y prácticas de este tipo.
Cuenta la leyenda que el capitán Pelay Pérez Correa, quien llegó a ser maestre de la Orden de Santiago, pidió a la virgen que detuviera la marcha del sol hacia el ocaso para poder acabar una batalla que sus tropas libraban contra los sarracenos: “¡Santa María, detén tu día!”, fue su súplica. En agradecimiento por el favor recibido mandó construir en lo alto de la montaña una ermita, convertida actualmente en el monasterio de Tendudía, en un paraje de gran belleza.
Salvo este prodigioso caso, surgido de la imaginación y devoción populares, no conozco ningún otro en que se haya parado o acelerado el paso del sol por la bóveda del cielo. En el siglo XIII todavía no se había descubierto que era la tierra la que giraba alrededor del sol por lo que sería a ella a la que echarían el freno.
El deseo imposible de detener el tiempo se da también cuando lo estamos pasando maravillosamente. ¿Quién no ha querido alguna vez que el reloj detuviera el andar de sus manillas, como dice el bolero del mejicano Roberto Cantoral, “Reloj, no marques las horas…”? También queremos que pase cuanto antes cuando se sufre.
La humanidad ha parcelado la cadencia de la luz, pero el tiempo no necesita relojes para continuar su paso inexorable. Los usamos porque necesitamos tener referencias temporales para relacionarnos con el mundo que nos rodea, para ponernos nerviosos esperando o para agitarlos cuando algún soporífero tostón nos está haciendo insoportable la velada.
El reloj auténtico es el sol con su péndulo de alboradas y ocasos. Las maquinitas acompañan con ritmos de tictac, campanadas, cantos de cuco y guiños digitales el majestuoso y aparente paseo del astro rey por el cielo.
Algunos de nuestros antepasados usaban relojes de bolsillo, con cadena asida a un ojal del chaleco. Una de las marcas era “Roscopatent”, que debe el nombre a su inventor, el alemán nacionalizado suizo Georges Frederic Roskopf. Los labradores y ganaderos los necesitan menos. Un buen amigo, al que le salieron los dientes en el campo y que lleva desde niño viendo amaneceres y puestas me contó que tiene un sistema para calcular el tiempo que le falta al sol para ocultarse. Extiende su mano y coloca los dedos juntos, de pantalla; mide desde el horizonte hasta donde está el astro rey. Cada medida equivale a una hora.
-Pero, Juan, dependerá de lo largo que se tenga el brazo y lo gordo que sean los dedos.
-Chispa más o menos, a mi me da el apaño- me responde oscilando la mano a derecha e izquierda.
Llega por estas fechas de nuevo el cambio de hora. Este vaivén periódico de manillas empezó en el año 1974. Anteriormente, en el año 1942, Franco había adelantado una hora con respecto al huso horario que nos corresponde por situación geográfica a la mayor parte de España. En la campaña de las últimas elecciones generales algunos líderes prometieron que iban a impulsar el cambio de huso horario para adecuarlo a nuestras necesidades, promesa que dormirá hasta la próxima convocatoria electoral, aunque como está el patio quizás sea prudente no retrasar más los relojes cuando hay algunos que nos quieren llevar demasiado atrás. A los tiempos de la Edad Media, cuando los reinos de Taifa.
Existe una percepción idílica de la vida en los pueblos pequeños. El campo está cerca y se puede disfrutar de él saliendo a los ejidos y a las huertas. El sosiego, la paz con estampas bucólicas. Pero también hay inconvenientes a los que unos se acomodan mejor que otros cuando se vive siempre en ellos.
En un grupo social reducido suelen darse afectos sinceros y odios profundos. Ya lo dice el refrán: “Pueblo pequeño, infierno grande”. Existen castas, no en el sentido de privilegio ni separación, sino de pertenencia o linaje, racimos de familias con intereses entrecruzados. Herencias, rencillas, lindes,… La cercanía acrecienta y profundiza los afectos y los desafectos.
Una persona en la ciudad puede ser un anónimo ciudadano del que solo saben sus vecinos de piso por encuentros esporádicos en la escalera. Se pueden tener actividades, aficiones e incluso una vida paralela sin que nadie sospeche nada. En un pueblo pequeño es muy difícil. La convivencia y las relaciones sociales entre los vecinos son fluidas y frecuentes. Visitas, saludos, invitaciones…las más de las veces educadas y afectuosas, pero otras solo aparentemente.
En el pueblo no solo eres tú, sino que eres hijo, nieto y bisnieto, hermano, padre o cuñado de. Miembro de una red de parentescos que te identifica y te encuadra. ¡No tendrá a quien parecerse!, dicen cuando algún rasgo de la personalidad o conducta recuerda a los ancestros.
Para hacerse una idea del entronque hay casos en que para nombrar a una persona se recurre a enlazarlos con sus padres y abuelos. Así, por ejemplo, Pedro, el de María la de tío Eusebio.
Aparte están los motes que a veces designan a familias enteras por el lugar de trabajo u oficios desempeñados: los de Valjuncoso, los de Cartuja…O por algún acontecimiento: los de la herencia o los del medio millón.
Tan intensas son las relaciones como extensas pueden ser las distancias si se deterioran. Un abandono de noviazgo, una invasión de lindes o desavenencias por un pozo compartido pueden ocasionar enfados irreconciliables de por vida, transmisibles de padres a hijos y extensibles a toda la parentela.
Un gran hermano de visillos y esquinas es el guardián moral de las más acendradas tradiciones. Vigila, mantiene y encauza por la senda de normas no escritas la decencia y los comportamientos ajenos y esto es corsé que a muchos aprisiona.
Las nuevas generaciones han roto afortunadamente muchas ataduras y soltado muchos lastres. Hacen lo que les da la gana sin importarles las opiniones ajenas, pero tiempos hubo en que un embarazo sin haber pasado por la vicaría mandaba a las afectadas al lazareto de la marginación con estigma y cicatriz de por vida. Convivir con la pareja sin casarse, era marca de infamia y desprestigio con recriminaciones desde el púlpito y runrún de los corrillos. Yo, que soy un amante del pueblo, no dejo de reconocer sus virtudes y defectos. Y aprecio el buen y casi familiar trato entre vecinos, sobre todo los de por cima, por bajo y los de enfrente con los que se tenía una relación especial. Eran los primeros en acudir en ayuda en los casos de apuro. Por eso, ni tanto ni tan calvo. Ni todo es tan idílico ni se anda siempre a tiros.
Las pisadas resuenan en la noche como palmas que llaman al sereno, huecas, como voz en tinajón vacío. Rebotan en las paredes sus ecos, después se alejan por las calles y desaparecen en un puzle de oscuridades y silencio. Las siluetas de apresurados transeúntes se alargan cuando se alejan de la luz de las farolas. Van en busca del cobijo y del abrigo de sus casas. Decrece, espaciándose en el tiempo, el ruido de la actividad urbana. Algunos sonidos aislados retumban como golpes de féretros bajados a la fosa de los sueños. Un ser anónimo, a contramano de la vida, busca posada para su cuerpo bajo un techo de estrellas. Soñar por unas horas es alivio, aunque sea sin más protección entre su cuerpo y las estrellas que unos papeles de periódico. Quedan las farolas como últimos testigos con el silencioso danzar alrededor de los mosquitos. Algún coche rezagado huye a escape por el túnel de la madrugada. Deja una estela decreciente de rugido que el fondo de la oscuridad engulle. Las luces encendidas de los pisos van cerrando sus pupilas poco a poco, guiño a guiño, como burla o tal vez despedida que da las buenas noches al que no tiene cobijo. “Silencio en la noche. Ya todo está en calma. El músculo duerme, la ambición descansa” Los roedores salen de sus escondrijos a buscar comida entre los setos del parque.
El subconsciente aflora imágenes gratas de tiempos pasados que el mendigo disfruta al otro lado de la realidad.
Cuando amanece, el primer sol ambarino traza de nuevo las rutas del trajín y los afanes. Trinan los gorriones bulliciosos entre las hojas de los árboles. En un banco frío, los cartones extendidos, el tetrabrik de vino y un bulto envuelto en un abrigo que se despereza en el margen apartado de la vida. Sin prisas ni agobios, con todo el tiempo para gastarlo en nada. En un viejo transistor braman las voces de un grupo de tertulianos que se interrumpen continuamente mientras el mendigo recoge sus escasas pertenencias. Hablan de la bolsa que baja o sube, de los independentistas de Cataluña y del último coche comprado por Cristiano Ronaldo. Son asuntos ajenos, de los que tienen algo que perder en este juego de la vida. El vagabundo hace tiempo que se independizó de ella. Nadie lo impidió ni le conminó para que desistiera. Parece ser que no han notado mucho su ausencia ni discutieron por preservar su derecho a una vida decorosa. Lo hizo en silencio, sin caceroladas ni declaración formal de independencia. El único parlamento fue su voz que se escapaba confusa, empujada por el vino que llevaba dentro. Imprecaciones inconexas, deslavazadas, dirigidas a todos y a ninguno. Con su escaso ajuar siempre a cuestas, el abrigo largo con remiendos, los cartones y papeles de periódico comienza una nueva jornada con la esperanza de soñar de nuevo cuando la luz se vaya. Calderón de la Barca dijo a través de Segismundo que la vida era eso, soñar, “una ilusión, una sombra, una ficción”. Y soñar, un tesoro, como escribió Jorge Luis Borges: “Si el sueño fuera (como dicen) una/ tregua, un puro reposo de la mente/ ¿por qué si te despiertan bruscamente, / sientes que te han robado una fortuna?