La radio.

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Publicado en el periódico HOY el viernes 29 en la sección Raíces.

La radio siempre  acompaña. Incluso en estos tiempos de  internet sigue ocupando un lugar en nuestras vidas. Se puede escuchar sin dejar de hacer otras tareas en  la cocina, en el taller,  en el coche o colgada de un  olivo.  No sustrae la vista de ocupación u oficio.

 Antes, sin televisiones ni redes sociales, su predominio  era mayor. Hubo programas que marcaron época y dejaron huella.  “Ustedes son formidables”, con  Alberto Oliveras,  voz cálida y  persuasiva  en la noche que, con el fondo musical de la sinfonía del “Nuevo Mundo”,  tocaba el corazón de los oyentes para solicitar su colaboración en casos humanitarios.  El veinticinco de noviembre del  año 1961 se desbordó el arroyo Tamarguillo, un aprendiz de río al que se le hincharon las narices y  que con  desaforado ímpetu rompió un dique de contención e  inundó Sevilla. El programa, en una edición especial, consiguió recaudar tres millones de pesetas, cantidad considerable en aquellos  tiempos.

 También  se escuchaba radio Andorra. “Aquí radio Andorra, emisora del principado de Andorra”. Emitían discos dedicados a petición del público, moda extendida  entonces por muchas emisoras. Los jueves  difundían   un espacio llamado “Rinomicine le busca”,  patrocinado por este medicamento. Lo presentaba  Enrique Rubio,  precursor de Paco  Lobatón,   que  intentaba, con la colaboración de la policía,  encontrar a gente desaparecida.  Consiguió reunir a muchos niños con sus padres separados  durante la guerra civil.

 La “Pirenaica, creada por el P.C.E,  como medio de oposición  al  régimen de Franco, emitía desde fuera de España y se   escuchaba con el volumen al mínimo,  con muchas interferencias y   con el cerrojo de la puerta  bien echado por razones obvias. Al menor ruido en la calle se apagaba. Había  mucho miedo todavía.

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 Los domingos por la tarde la palma se la llevaba “Carrusel Deportivo”. Era director Vicente Marco y animaba Joaquín Prat.  La mágica finta que quebraba la cintura de un fornido defensa  en la frontal del área de castigo, el regate seco,  el oportuno desmarque, el pase de tiralíneas, la veloz carrera de Francisco Gento, la Galerna del Cantábrico, el prodigio malabar de Alfredo Di Stéfano,  la Saeta Rubia,  el coordinado avance de los  Cinco Magníficos sobre el   césped de la Romareda,  el “¡uy!” de Juan Tribuna, aunque el balón pasase a dos metros del larguero, la voz de Pepe Bermejo  desde el Bernabeu…

 Íbamos  del Sardinero a Altabix, del Carlos Tartiere al Manzanares, al Benito Villamarín, al Sánchez Pizjuán…,  sin movernos del resguardo de la solana,  del  calor de la camilla,  o  paseando en las tardes apacibles  por el ejido del pueblo. Todos los estadios a nuestro alcance desde el asiento reservado en el  voladizo sonoro de la fantasía. Un espectáculo alentado por las voces exultantes de los comentaristas que nos describían con un lenguaje hiperbólico y guerrero las hazañas de nuestros héroes.  Las tardes de los domingos, con todos los partidos casi a la misma hora, la radio se convertía  para los aficionados al fútbol en parte fundamental de su asueto,  animado por  el continuo vaivén de resultados en los estadios.

Invierno.

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Publicado el viernes día 22 de enero en el periódico HOY, sección Raíces.

En invierno la vida del pueblo transcurre  entre temporales de vientos ábregos y días  de tibio sol. La lluvia se anuncia  con sus  escuderos,  que llegan del poniente  con forma  de vellones de lana.  “Cielo aborregado, antes de tres días suelo mojado”.  Preceden a  las nubes espesas y cerradas,   que  descargan copiosas.   En las calles de  tierra  la lluvia forma regajos donde los niños hacemos presas con muros de barro en un vano intento de almacenar el agua. Con dos latas y cuerdas construimos zancos para andar por los charcos sin mojarnos.  Los hombres  aprovechan estos días en que no se trabaja en el campo para hacer  reparaciones y puestas a punto de herramientas y maquinaria. Acuden a  fraguas y carpinterías  donde  conversan  entre yunques, martillos y manos de garlopa, sin prisas, pespunteando aquí y allá  temas que van surgiendo por las ocurrencias de unos y otros. De vez en cuando alguno se asoma para comprobar  la evolución de las nubes, aspecto de la sierra y  cambios de viento en la veleta de la torre.  Por las tardes  juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Las mujeres, después de realizar las faenas domésticas, se sientan a hacer punto   tras los visillos de las ventanas.

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 Por la noche, sin luz eléctrica muchas veces,  los ruidos del  temporal se adueñan del pueblo. El viento racheado fustiga   las esquinas y silba por cables y cornisas. El agua de los canalones se estrella  estrepitosa contra el suelo y crujen las puertas azotadas por las acometidas del vendaval.

 A la mañana siguiente se entreabren los postigos. Una cuchillada de luz ceniza lavada por la lluvia  corta la penumbra de las casas.

 Los hombres  hacen  corrillos en el ejido. Observan la orilla  y comentan las incidencias de la noche. Si las crestas de la sierra tienen  bardas y el viento no ha girado hacia  arriba la lluvia seguirá, aseguran  quienes generación tras generación  están acostumbrados a observar el cielo y a esperar el fruto de la tierra. Cada pueblo tiene sus referencias y sus tópicos del tiempo. Por aquí otro indicio  de lluvia es escuchar el  silbido del tren desde Fuente del Arco, que  queda en dirección suroeste.

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 Otros días del invierno son  fríos y despejados, con la claridad que da el viento del norte, el del azul más puro,  que recorta y destaca la silueta roja de la torre sobre el añil de su lienzo.  En la solana hay grupos de hombres con gorras viseras y manos en los bolsillos que charlan a su amparo. Durante esas noches rasas y frías se producen intensas heladas  que cubren de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a caminar sobre el carámbano que se ha formado y a tirar piedras para romperlo. Nuestras pisadas dejan estelas de huellas crujientes sobre las orillas. El  pueblo  despierta. Algunas chimeneas entre los tejados blancos despiden columnas de humo. Las campanas de la torre llaman al avemaría.

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Publicado ayer  en el periódico HOY, sección Raíces.

Hasta comienzos  de los años sesenta no empezaron a llegar los primeros  televisores a los pueblos.  Este  hecho cambió paulatina y radicalmente las  costumbres  familiares y las relaciones  en los bares. Si toreaba  “El Cordobés” se abandonaban las eras  por dos horas  y los labradores  se venían a los locales del pueblo a ver la corrida. Las pocas casas que tenían televisor  se convirtieron  en salas de teatro de vecindad para ver ” Estudio 1″.

Anteriormente, cuando los miembros de la  familia nos sentábamos   en la mesa  nos mirábamos  de frente porque nada reclamaba nuestra atención visual  en otro sitio. La pantalla creó después  monedas de perfil, vivos retratos que se repetían cada noche. Imagen que tomo de Lorca en Antoñito el Camborio.

En invierno nos acostábamos pronto. Cuando se encendían las luces de la calle  nos recogíamos en nuestras casas después de haber jugado  toda la tarde  y nos  sentábamos al brasero.  Si había temporales  o el viento silbaba por  cables y  cornisas la luz tomaba las de Villadiego. El tendido eléctrico no aguantaba  esos aspavientos de la naturaleza. El remedio para la fuga eran  quinqués,  velas y  candiles. Había  que tenerlos siempre a mano.    Las calles estaban escasas de bombillas y abundantes de barro y charcos cuando llovía. Los que tenían que salir de casa  por necesidad alumbraban  sus pasos con linternas para evitar  meter los pies donde no debían,  cosa que no siempre era posible.  Los niños nos embelesábamos con las charlas de los mayores.  A veces llegaban visitas, rito y costumbre social de pésames y parabienes de nuestros pueblos. Nunca  faltaban temas de conversación y las mujeres, principalmente, enlazaban unos temas con otros con asombrosa versatilidad.

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En la  mesita con paño de encaje estaba la radio que asemejaba  el chiflo del afilador cuando movíamos el dial buscando emisoras. Sonaban anuncios con música pegadiza, como la de aquel negrito del África tropical o  el que nunca iba a ninguna parte sin llevar la pastilla  en el bolsillo.

Algunas noches nos contaban cuentos los mayores. Sentíamos por  los de miedo atracción y temor al mismo tiempo, pero la intriga nos  vencía y los pedíamos. Los ojos eran agujeros negros que todo lo absorbían asombrados y medrosos. Tenía mi padre la costumbre de preguntar después de contar alguno que quién iba a subir al “doblao” a por  los garbanzos para el cocido del día siguiente. De tripas hice corazón y algunas veces subía, pero otras entregué las armas y  el bagaje del valor y me negaba. ¡Para qué les cuentas esas cosas a los niños!

Jugábamos  también  al parchís. Escaleras azules, rojas verdes y amarillas hasta el trono central. Cuando nos cansábamos le dábamos la vuelta al tablero y la oca nos conducía entre cárceles,  pozos  y tiro porque me toca  hacia el triunfo.

No sabíamos, cuando se empezó a hablar del bingo en las urbes  y a gastarse la gente los cuartos en los salones,   que  nosotros, los niños de entonces,  ya   conocíamos ese juego de bolas y cartones , aunque con otro nombre. Se llamaba lotería.

Emigrantes.

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Columna Raíces. Periódico HOY

A  mediodía pasa el cartero. Las esposas de los  emigrantes  esperan   tras la puerta entornada que les traiga las  cartas  con bordes de rayas oblicuas  azules y rojas  con noticias de sus maridos.

Cada mes reciben  también el   aviso del  giro postal que les  sirve para mantener a la familia.          

En los pueblos hay poco trabajo.  Sólo  el estacional   en tiempos de sementera, recolección,  escarda y esquila. Los ayuntamientos ofrecen muy pocas peonadas. Los pequeños propietarios agrícolas  y los  artesanos aguantan a duras penas la larga y profunda crisis económica. La emigración es  una  salida a la que agarrarse para  mejorar la situación.

Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Holanda y Suiza pactan con los países del sur de Europa contratos de trabajo para cubrir sus necesidades laborales.

Las autoridades españolas gestionan las ofertas y demandas de trabajo a través del Instituto Español de Emigración. En los pueblos son las Hermandades Sindicales  de Labradores y Ganaderos  las encargadas de realizar  los trámites, informar y confeccionar los listados de solicitantes.   Badajoz es el lugar  a donde deben  dirigirse para un primer  reconocimiento médico. Superado éste, regresan a casa y  son llamados  posteriormente  para  emprender la marcha a sus puntos de destino.    Los viajes desde sus pueblos  hasta Badajoz los abonaba cada trabajador y desde Badajoz, en tren  hasta los lugares de trabajo,  corren  por cuenta de las empresas contratantes.  Siempre es un apoyo ir acompañado de algún paisano o gente conocida de un  pueblo cercano. Las empresas les ofrecen la posibilidad de alojarse en  barracones acondicionados  donde disponen de una cocina para cada  cuatro o cinco personas.

“Era duro dejar a  la mujer y  a los hijos, sabiendo que ibas a estar un año sin verlos. Cuando regresabas  los más pequeños  no te reconocían y extrañaban   tus brazos”, me cuenta uno de los  que emigraron en aquellos tiempos. “El trabajo no me acobardaba ni lo rehuía  por penoso que fuese, pero dejarlos aquí  tan pequeños me echaba el alma a los pies”.

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Una vez al año  vuelven  de vacaciones.  Las noticias e impresiones que refieren  a amigos y familiares  alientan o desaniman   a otros que dudan si emprender o no el  camino de la emigración.

Hay quienes  se llevan a sus mujeres y a  sus hijos.  “Yo preferí que se quedaran aquí porque quise evitar que  cuando decidiera venirme ellos hubiesen hecho amistades y empezado a enraizar allí, como les pasó a otros, y entonces hubiese sido más difícil el regreso de todos”. 

 Muchos vuelven  a los pocos años a sus pueblos. Intentan montar algún negocio con los ahorros o emigran ya con la familia completa  al  País Vasco, Cataluña o Madrid. Comienzan entonces a cerrarse muchas casas. Los hijos estudian  o encuentran trabajo   en los lugares  a donde se han ido. Allí  encauzan sus vidas. Los primeros que se fueron volvían  todos los años. Los nietos vienen de vez en cuando al pueblo donde nacieron y se criaron  sus abuelos y del que tantas historias les contaban de  su infancia y mocedad.

Vacaciones de Navidad.

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Columna Raíces en el periódico HOY de ayer viernes

 El prefecto nos recomendaba  hacer un horario para las vacaciones. Había tiempo para todo si lo distribuíamos bien.  Así que en los días  anteriores   a las mismas nos dedicábamos  con gran regocijo  a su confección,  más por recrearnos mentalmente en el  disfrute que preveíamos  que en los beneficios organizativos que pudiera  depararnos su aplicación. Hacíamos dos y los repasábamos y retocábamos con frecuencia: uno por si llovía  y otro por si hacía sol.

 Esa anticipo programado de lo que pensábamos hacer  nos transportaba imaginariamente a nuestros pueblos,  a los que no íbamos  desde octubre y añorábamos constantemente.

 Distribuíamos  las horas   entre paseos  en  bicicleta, partidos de fútbol, comidas, misas,  rosarios, televisión, que entonces era novedosa, y  lecturas, por indicación imperativa del superior.  Esos eran los propósitos, aunque cuando llegaba el momento  de llevarlos a la práctica nos adaptábamos sin problemas  a  las circunstancias  sobrevenidas   y que no eran otras que dilatar  el tiempo de juego de orilla a orilla de la jornada. Los primeros días de vacaciones ayudábamos a montar el portal en nuestras casas o  en la de  algún amigo.  Íbamos al ejido con  azadón y cuchillo para recortar y extraer   “magro”, que así llamamos por aquí a pedazos  de hierba  con sus raíces. Buscábamos  el papel de plata que traían  las libras de chocolate para simular el río donde lavaban las lavanderas, mocos de los desechos de las fraguas para los montes y papel  de   celofán rojo para la lumbre alrededor de la que  pasaban la noche los pastores.

 Aún éramos pequeños para los guateques y reuniones que vendrían en años posteriores y que ocuparon muchas horas  de nuestro tiempo adolescente.

 Antes de que el consumo y las disponibilidades económicas degeneraran en hartazgos y derroches,  el plato principal de la cena de Nochebuena solía ser  arroz con bacalao o un pollo de corral en escabeche acompañados por vino  de la tierra para los mayores. Postres  sencillos, pero exquisitos, como el arroz con leche y las “puchas”,  a base de agua, harina, canela,  leche y azúcar que  las manos diestras de las madres y abuelas elaboraban.

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 Lo peor era el regreso al internado. Los buenos ratos con los amigos, los juegos, la familia… Arrancar de cuajo esas vivencias y  las  entrañables  horas al brasero para llegar al mármol frío y la  humedad de los pasillos   era un golpe cruel a nuestros cuerpos y sal para el sentimiento en carne viva. Éramos poco más que unos  niños.

 En la maleta llevábamos las manos de nuestras  madres en los pliegues de la ropa y los olores de la casa recién abandonada. Abrirla en aquel dormitorio del internado era esparcir añoranzas, sobre todo  en    los anochecidos, esas horas de luz entreverada e incierta en que arrecian las tristezas.

 Los recreos de los primeros días los pasábamos en los rincones del patio rumiando recuerdos  y rememorando  con los paisanos vivencias recientemente compartidas  en el pueblo. Tardábamos varias jornadas en superar la murria; algunos más, tanto que eran llamados por los superiores para intentar aliviar su abatimiento.

Aquella escuela

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Columna semanal Raíces en el periódico HOY

Los pupitres eran bipersonales y para delimitar fronteras cuando las relaciones vecinales  se deterioraban por algunas de las múltiples y efímeras disputas infantiles  trazábamos una raya con  lápiz o con  tiza que lo dividía en dos partes iguales. Si uno de los dos ocupantes traspasaba la medianería  recibía un codazo del compañero como aviso y castigo por la invasión. Si coincidía con el momento en que hacíamos  caligrafía  el  envite podía ocasionar que la hoja se  llenara   de manchas de tinta,  porque entonces la usábamos con plumilla para este fin.  La tinta la elaboraba el maestro mezclando unos polvos azules con agua. Los tinteros eran de plomo o cerámica y estaban en los agujeros que tenían los pupitres en  la parte superior. Cada día el alumno encargado  los llenaba..

 Hacer la plana era una de las actividades más placenteras para mí. El maestro  escribía en el encerado la muestra y  nosotros la repetíamos en la libreta de dos rayas, dejando nuestra impronta en los  trazos  cercanos al arte del  dibujo que subían, bajaban y se curvaban con cambios de grosor y rasgos arabescos en aquellas libretas de la marca Balandro con dos futbolistas en portada.  Había que hacerla con especial esmero, sin que las vocales desbordaran los límites del suelo y el techo de las rayas paralelas.  Cuando el maestro nos calificaba con  “Muy Bien” regresábamos   a nuestro pupitre  mostrándola a los compañeros con gran satisfacción.  Sentí que  la caligrafía se eliminara de nuestro aprendizaje.

 Las cuentas las hacíamos   en una  pizarra pequeña e individual  donde escribíamos con  pizarrín blanco, redondo y duro.  El borrador consistía en un retazo  de tejido unido a la pizarra por una cuerda al que agregábamos saliva.  En caso de  pérdida del trapo, no había problema, se le reemplazaba  por  la manga del jersey   que después frotábamos con el pantalón para  difuminar la mancha de tiza.

 Cayeron en desuso  la tinta y las pequeñas pizarras y se generalizaron los lápices y las libretas.     La goma de borrar “MILAN” siempre a mano para corregir yerros. A los  tres o cuatro borrados la carilla quedaba ennegrecida y entonces mojábamos un poco la goma con la lengua, procurando no abusar de esta práctica por el riesgo de rotura del papel.

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  Después  de las cartillas de “Rayas” de los primeros cursos,  cuyo autor fue el extremeño de Serradilla Ángel Rodríguez Álvarez,   llegó  el “Nuevo Catón”, que introdujo los colores en los dibujos que ilustraban las  lecturas. En los cursos superiores   la enciclopedia “Álvarez” en sus distintos grados-“intuitiva, sintética y práctica” fue el libro básico y único que comenzaba con la historia sagrada y terminaba  con las  efemérides  conmemorativas  de personajes y hechos  afines  a  la causa vencedora  de la incivil contienda.

  Algunas tardes en que lucía el sol sacábamos los pupitres a las “corralillas”, denominación  que dábamos en Ahillones  a los porches de las traseras de la escuela orientados al poniente. Allí hacíamos las tareas, con el sol en la cara  y el moscón de los sueños zumbando de pupitre en pupitre.

Matanzas

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Columna semanal Raíces en el periódico HOY

 Eran días especiales y el maestro  sabía que en esas fechas tan señaladas faltábamos a la escuela. Cuando pasaba lista  los compañeros confirmaban escuetamente el motivo de la  ausencia: “Está de matanza”.

 La noche anterior el ajo machacado, el pan rebanado y las tripas  en remojo habían tirado las salvas olorosas  del inicio del acontecimiento.

 Hacer que entre un cochino en una casa requiere más astucia que fuerza, salvo aquel caso  referido como chanza en   que un cerril  mozo, enojado y sudoroso tras bregar inútilmente después de múltiples intentos, le espetó al obstinado animal: “A conocimiento me ganarás, pero a cojones no” y  a rastras lo llevó hasta  el corral con todas las fuerzas que  su enojo  enardecía.  Nada mejor  para guiarlo que hacer sonar unas pocas de bellotas  dentro de medio almud.

 A las matanzas se invitaba a los familiares más allegados  y al novio y a la novia de los hijos cuando las relaciones ya estaban formalizadas. Acto social recíproco  que estrechaba lazos y compartía tareas. Las había que por tradición se reservaban para las novias, como  las del llenado de la chacina. La futura familia política  procuraba aliviar a los pretendientes  de los trabajos  más penosos.

 Unos días después de terminar las faenas se  enviaba a los invitados como agradecimiento y cortesía un pequeño lote de productos de la matanza, que por aquí llaman caldillo.

 Al lado de la  candela había siempre cubas o cántaros con agua caliente para lavarse  las manos el matarife, la  matancera y los ayudantes y para la limpieza de orejas, patas, rabo, pestorejo y tripas del cerdo. Los hombres, por lo general, hacían los trabajos que requerían más fuerza. Las mujeres  los de destreza y  habilidad.  Y  organizar, porque eran ellas las que distribuían tiempos, lugares y  funciones.

 No tenían mucho reposo la botella de aguardiente y las perrunillas en las primeras horas del día.

 A media mañana se comían migas con aceitunas, ajos,  sardinas y vino.

 La matanza solía durar dos días, dejando que  reposara la carne ya aliñada en artesas y lebrillos para llenar al día siguiente.

 El momento  de las “probaíllas” era especialmente esperado. Todos  opinábamos del punto de sal, pimienta  y pimentón  de  chorizos, morcillas y salchichones. Exquisiteces  que degustábamos fritas  con un poco de pan.

No existe animal más difamado que los cerdos en sus nombres (puercos, marranos, cochinos, guarros)  ni más ensalzado por el gusto de sus carnes.

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 En hileras negras, rojas y marrones quedaba  en ordenada formación la chacina durante el invierno. Los jamones y tocinos cubiertos de sal y los huesos y costillas adobados y colgados en varas. Los productos de la matanza eran la base de la alimentación. La comida más habitual, casi diaria, era el cocido con tan suculentos complementos.

Muchas noches de invierno cenábamos  presas de lomo, hígado y magro, conservadas en manteca  y calentadas  para que soltaran la pringue.

Mención aparte merecen las mañanas con los tejados cubiertos de escarcha, sentados  al lado de la lumbre y  untando tostadas  con manteca “colorá”.  

Lutos

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 (Publicado ayer en el periódico HOY en mi columna Raíces.)

Algunas  costumbres han supuesto una carga y un castigo para quienes las  hubieron de observar presionados por una sociedad de mentalidad pacata y agobiante que basaba su identidad en preservar lo que de siempre habían hecho sus antepasados, sin más atisbo de razonamiento.

  Si a una mocita  se le moría un familiar  en su juventud no sólo sufría  la pena por la ausencia del ser querido, sino la condena de su clausura   y el corsé de  los ropajes negros de los lutos sobre su cuerpo.

 Federico García Lorca describió magistralmente en la Casa de Bernarda Alba esa situación de angustia y encierro. Reflejaba una tradición  profundamente arraigada  en nuestros pueblos   que mustió y cercenó  la flor de la mocedad de muchas mujeres porque los hombres, al   tener que salir a trabajar fuera de casa, cumplían los lutos con una franja negra en la manga de la chaqueta, el revestimiento de un botón o un pico negro en  la solapa.

  Mujeres hubo que encadenaron por la desgracia de muertes próximas en el tiempo dos o tres lutos seguidos y cuando terminaron de cumplir con todos  la lozanía  se les había escapado por las rendijas de la puerta.

 Las primeras semanas  las amigas  más cercanas hacían los recados de las enlutadas para evitar que  salieran a la calle.  Dentro de la casa una procesión de sombras silenciosas vagaba por las habitaciones  haciendo los  quehaceres. Si el primer año tenían que salir por obligaciones ineludibles se cubrían la cabeza con el velo y sobre las espaldas el manto. De estas vestimentas se iban desprendiendo  poco a poco, por etapas,  como crisálidas en mutación. Primero dejaban el manto y usaban sólo el velo. Posteriormente vestían sin los dos complementos, pero con trajes  negros. La última fase abría  una celosía a la esperanza  con las pintas blancas del medio luto, celdillas de panales por donde comenzaba a entrar la luz o quizás por dónde se asomaba la vida que bullía en sus cuerpos  jóvenes, privados de bailes, fiestas y romerías bajo la opresión de  tradiciones  y rutinas y  la  no menos agobiante abrazadera del respeto humano que constreñía sus conductas a la aquiescencia  de estrictos censores. Rémoras de las que las nuevas generaciones afortunadamente se han desembarazado. 

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  Los lutos eran una clausura de angustias con suspiros hondos tras los visillos de las ventanas. Veían  pasar la vida entre rezos de rosarios con la compañía de las  vecinas  que acudían a la caída de la tarde a acompañar a las dolientes. Un murmullo de abejas iba  desgranando plegarias y rogando por el alma de los muertos en la penumbra de la sala. Después,  reinaba el  silencio, pespunteado sólo  por el monótono tictac del reloj  que seguía impasible carcomiendo  las sienes del tiempo. 

  Cuando la losa de los lutos se quitaba de encima   descubrían que la vida seguía fuera  bullendo por las calles. En muchas ocasiones ya era tarde para unirse al cortejo que había pasado por sus puertas tocando el pífano y el tambor de la primavera.

 

Pozos y fuentes

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Publicado ayer en el periódico HOY. Columna Raíces.

Ese hecho tan habitual hoy de darle el grifo y que fluya el agua era aún  una aspiración insatisfecha  en muchos de nuestros pueblos.  El  agua que había en las casas era la  tranquila y oscura que  reposaba en los pozos proveniente de veneros o de lluvia de canales y se  usaba para riego, limpieza y  dar de beber a los animales. “Platero acababa de beberse dos cubos de agua con estrellas en el pozo del corral…”  Sólo las rastras buscando algo  molestaban sus misteriosas profundidades donde según nos decían a los niños vivía “la mora”.  Garrucha, soga, cuba y la fuerza de los brazos  la elevaban al brocal.

La potable para las personas había que traerla de las fuentes y el mejor medio de transporte eran las congéneres del inmortal borrico de Juan Ramón. Equipadas con aguaderas o serones hicieron veredas y caminos que  todavía  perduran en los ejidos del pueblo.

Hasta los más jóvenes sabíamos aparejar y  cinchar a estos nobles animales que tantos servicios  han prestado en tiempos pasados.

Con ellos aprendimos a montar y  correr “a tos cuatro pies” cuando nos mandaban a por agua. El  refrán de “tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe” no necesitaba tantos viajes para  nosotros pues más de una vez regresábamos a casa sin agua y con los tiestos rotos debido a  que nuestra insensatez y osadía   adelantaban los acontecimientos cuando competíamos con otros amigos en carreras.

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(Fotografía de Montehermoso)

Había mujeres con una habilidad asombrosa, forjada a base  de esfuerzo y tesón.  Cargaban  un  cántaro en el cuadril, otro en la mano contraria y una cantarilla  en la cabeza, equilibrada sobre una rosquilla acolchada.

Las fuentes eran lugares de conversación sobre  las novedades del pueblo mientras se aguardaba  turno para llenar y también, junto a los pozos,  inspiración de  poetas  y de la imaginación popular: “Ya no va mi niña por agua a la fuente…” El ruido del gluglú  cambiaba de tono avisando de la cercanía del rebosado. Se enjuagaba la tapadera de corcho  y se tapaba la boca del recipiente. Qué pena me daba que por las noches el agua saliera del  pilar anejo donde abrevaban las caballerías y se perdiera sin provecho  por los regajos ribeteados de juncos.

Las  cantareras de mampostería o de madera eran los lugares de las casas o los cortijos destinados a colocar los cántaros,  que  curiosamente muchos también usaban como  monedero donde dejar  la calderilla que sobraba de los mandados.   El uso y el tiempo  labraron sobre las losetas rojas las huellas circulares de las bases  de los cántaros. La parte  anterior de madera,  donde se apoyaban para embrocarlos y verter el agua en las vasijas, cogía por el desgaste la forma  arqueada de sus cuerpos.

También  se disponía en las casas de  una   tinaja  donde se almacenaba agua de reserva y que se cubría con una  tapadera de madera,  sobre la cual   solía haber un cazo para sacarla.

Fuentes, pozos norias y pilares atesoran palabras, sentimientos y  trabajos  de la historia de los pueblos.

 

Aceitunas

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La cosecha de aceitunas para aceite era penosa  por la climatología y por las condiciones  de trabajo.  Se vareaban los olivos y se recogían de la tierra   manualmente  y  de rodillas  entre los surcos endurecidos  por las heladas o embarrados por la lluvia. Para aliviar el frío y desentumecer las manos hacían candelas  cerca del tajo.  Ahora son máquinas las que  zarandean a los olivos,  que con estremecidos  estertores sueltan el fruto sobre una especie de paraguas invertido, como  una antena parabólica que observara el cosmos y tras los temblores se le precipitara el universo  encima.  Las que están   caídas se amontonan  con aire a presión  sobre la tierra allanada por rulos.

Antes de coger las aceitunas  destinadas al  aceite se verdea para el aderezo.   Unas pocas se seleccionan  para consumo propio en las tres modalidades de preparación: machacadas, sajadas y  del año. Ya se verdea bastante menos. Cuando  era más intensa esta modalidad hacían falta  cuadrillas numerosas para las casas grandes y muchos años había que recurrir a los pueblos vecinos para completarlas.

 Algunos estudiantes, faltos  de otros ingresos,  aprovechábamos estos jornales  para nuestros gastos  durante el curso.

Cada aceitunero   se colgaba al cuello  un capacho de goma, que por aquí llaman  macaco. Se ordeñaban las ramas procurando que las aceitunas cayeran en él. Cuando estaba más que mediado  se vaciaba en una sera común para cada grupo.  A la primera  que  al principio de la jornada se echaba en el remolque se le llamaba “la moza” y había una competencia entre los grupos-de tres o cuatro personas por olivo-  por ver cuál era el primero que lo conseguía. El logro se  voceaba  para que los demás se enteraran.

 La primera vez que fui al verdeo me llamó la atención que al poco tiempo de haber empezado a trabajar  el manijero dio la voz  de parar para el almuerzo, esa comida que hace la gente del campo y  que puede equipararse con el café de media mañana de ciertos trabajadores urbanos, pero bastante más consistente. Como desconocía esta costumbre  me pareció pronto, ya que había  desayunado hacía poco en casa.  Así que en días posteriores sólo tomaba  el café para  tener hambre a la hora de almorzar.

 La labor en el tajo se acompañaba de amenas conversaciones. Los temas eran variados. Se comentaban las novedades que habían ocurrido o  historias   antiguas del pueblo. Enriquecía  las charlas el hecho de que en cada grupo se mezclaban personas mayores y jóvenes. Estos se encargaban del  banco, una especie de escalera de tijeras.  Era pesado de mover  y había que subirse en él para alcanzar la parte alta de los olivos. Los de mayor edad se encargaban de coger las bajeras.  Cuando en las charlas se abordaban algunas cuestiones, que por haber ropa tendida pudieran rozar la indiscreción, se bajaba la voz al referirlos. Querencias, rencillas, amores desairados, orígenes de capitales venidos a más o a menos… y las malditas guerra y posguerra que tanta huella descarnada  dejaron y de las que todavía se hablaba con miedo.