Ya no hace falta tirar al monte los caudales con vicios de naipes, devaneos y francachelas, ni que un hijo tarambana o una esposa o esposo casquivanos dejen el fondo de la bolsa al alcance de los dedos de la mano. Para dilapidar nuestros dineros bastan los gobiernos, banqueros y un selecto grupo de pícaros encorbatados con refinadas técnicas de carteristas avezados. Inflación por aquí, subidas de impuestos por allá, bajadas de sueldos por detrás, comisiones por acullá y ladrones por doquier. El cóctel de la ruina está completo. Un poco de tiempo y un meneo a lo Chicote para que los incautos ciudadanos bebamos a la fuerza la ambrosía de los desaguisados. Nos quedan a la intemperie con los muebles en la calle y el culo al aire serrano.
La esquina.
(Para Diego Algaba Mansilla)
La esquina tiene dos caras
que se ignoran entre sí.
Si una es solana hacia el sur,
la otra mira hacia el poniente
o hacia donde sale el sol.
Igual pasa con la umbría:
a la derecha el oriente
y a la izquierda el occidente.
Sólo la arista común
sabe quien viene y quien va
por cada lado a la vez.
Verdeo.
Ahora se verdea poco. Se deja casi toda la aceituna para aceite. Antes salían las cuadrillas de aceituneros montados en los remolques a primeras horas de la mañana. Hasta los estudiantes aprovechaban para sacar un dinero en estos días. Las “casas grandes” absorbían una gran cantidad de mano de obra. Tanta era la demanda que algunos propietarios iban a Valverde a buscar personal. Por las noches los bares mostraban a primera hora un gran ambiente, pues los contratos se apalabraban allí. Había dos o tres puestos que compraban la aceituna y al atardecer se formaban colas para pesarla y entregarla. Hasta los olivos han cambiado de aspecto. Les hacen una poda que los desmocha y extiende las ramas hacia los lados. Parecen mitad frailes tonsurados, mitad locos exaltados con los brazos extendidos. Además el terreno se rula y se dejan las calles de los olivares llanas como pistas. Esto facilita la recogida de la aceituna del aceite y preserva la humedad. Ignoro si a largo plazo tendrán algunos inconvenientes estas formas de poda y laboreo. Doctores tiene el campo.
Descanse en paz.
Esta frase rutinaria que repetimos cada vez que alguien muere y que transmite el deseo de paz y descanso para los difuntos contiene una vana pretensión. Cuando uno muere no descansa porque le falta al descanso una cualidad fundamental: el gozo de saberse descansando. El muerto no puede darse media vuelta en la seminconsciencia de la duermevela para cambiar de posición ni chasquear la lengua en mitad del sueño. Le falta al descanso eterno despertar para percibir el beneficio de tan reconfortante reposo. No hay descanso, como tampoco hay cansancio ya que falta el movimiento y las herramientas de la brega quedaron arrinconadas para siempre. Lo que hay es un retorno al punto de salida, que es la nada y de la nada no hay conciencia ni recuerdo.
Amigo de la infancia.
Aquel amigo de la infancia, ágil, vivaz, y travieso que recorría conmigo los solitarios caminos de los campos y gateaba a las moreras a coger hojas verdes para los gusanos de seda, que aguantaba jugando al fútbol en las largas tardes de verano hasta que no se veía el balón, que se bañaba en el río buscando en las covachas los peces escurridizos… ¿Cómo ha cambiado tanto? Apenas lo reconozco.
¿Y yo, cómo estaré a sus ojos? ¿Seré también para él una persona diferente?
¿Qué queda de nosotros debajo de las escamas del tiempo?
Muy dentro debe haber un núcleo que guarde lo permanente, aunque, como dijo Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Nos transformamos lenta, pero irremediablemente y cuando dos personas se ven después de muchos años ya son otros. Sólo los recuerdos, limadas las aristas con azúcar, conservan posos de lo que fuimos.
¡En una persona, cuántos personajes!
Cartas violadas.
En el Seminario la correspondencia estaba intervenida. Los alumnos escribíamos las cartas y las entregábamos abiertas. Cuando nos escribían de fuera nos las daban abiertas también.
Bajaba el prefecto al recreo de la tarde con las cartas en las manos, generalmente cruzadas detrás. Intentábamos mirar de quiénes eran, pero sólo lográbamos ver algunas veces la que estaba en la parte exterior y enseguida buscábamos al destinatario para darle la noticia. Los que esperábamos correspondencia merodeábamos alrededor del superior a que las repartiera, cosa que hacía con una parsimonia desesperante.
Especial cuidado había que tener con las cartas que se salían del estricto círculo familiar. Las analizaban con lupa. Había que valerse de algún medio, como las visitas que esporádicamente recibíamos, para evitar la inspección. Así que el artículo 13 del entonces vigente Fuero de los Españoles que garantizaba la inviolabilidad de la correspondencia no regía intramuros.
Del Seminario, en la cañada de Sancha Brava, sólo salíamos en formación de terna y con sotana, beca y birrete. Si se necesitaba algo de lo que no se dispusiese en el pequeño comercio de comunidad se le encargaba a Manolo el recadero, un señor que iba todos los días al centro de Badajoz para este menester.
Farolillos.
Le dijo adiós una mañana.
Se fue envuelta en las sábanas del alba,
tan niña y tan mujer.
No ha vuelto a verla más,
tampoco la olvidó.
Si la viera ahora no sabría decir si es ella,
la recuerda como era,
tan bella, tan tierna, cándida flor,
su mirada en los farolillos de la feria.
Aquel beso que no dio y que siempre añora.
Ahora ya no brillan los luceros
porque han puesto lonas a los cielos,
pero entonces, el fresco de la madrugada los mecía
en la cuna del aire al son de Alfonsina y el mar.
El último día parecían tristes.
Sonaba todo a despedida.
Tan larga es la ausencia que anda el olvido
queriendo borrarla,
pero vuelve cada dieciséis el cometa de su estela
a enredarse en los acordes de la plaza.
Testamento de agravios.










