Silla y sillón.

De la sillería de casa recuerdo especialmente dos: el sillón de niño y la silla costurera. El primero nos sirvió para llegar a la mesa  y estar a la misma altura que los adultos. Nos subían y nos bajaban  de él los mayores. Tenía sus apoyabrazos  que impedían que nos cayéramos por los lados. Cuando fuimos adquiriendo destrezas intentábamos subir solos trepando por los tarugos para encaramarnos al asiento de enea. En ese trono nos tomábamos las papillas que nuestra madre soplaba y probaba antes  para que no nos quemásemos. Allí también hicimos nuestros primeras prácticas de batería golpeando  con los cubiertos sobre la mesa.

La silla costurera era baja y ancha y casi siempre colocada cerca de alguna ventana o detrás de la puerta del corral o de la calle. La asocio con las gafas de cerca de mi abuela sujetas con un elástico y con  el cesto de la costura donde había un huevo de madera para ayudar a los zurcidos. Cuando se sentaba por las tardes, entraba una tira de sol por la rendija de la puerta entreabierta y ella  en el silencio  enhebraba la aguja con dificultad y cosía mientras nosotros jugábamos fuera.

Desilusión.

 

 

 

 

 

Perdimos la inocencia de la infancia.
La delicada flor, frágil y bella
pereció deshojada a la intemperie
ajada por penosas inclemencias.
El rincón de mullidos edredones,
hollado y roto por extrañas huellas,
quedó al albur de crudos temporales.
Marchita y mancillada su pureza,
fluye roja la sangre a borbotones
por las tiernas heridas descarnadas,
abiertas por los bordes de puñales
que afilan el rencor y la vileza.

 

Ausente.

Su mirada pasea por las cosas

rozándolas apenas.

Bloqueado el camino a los sentidos,

su rostro de cartón inexpresivo

no muestra gozo, pena ni  alegría

Un fondo turbio, inalcanzable y frío

de sombras y apatía

en un confuso cruce  de caminos

donde  la espesa  niebla

difumina siluetas

 y confunde al viajero su destino.

Reto.

 

Está crecido el señor Artur Mas. Y creído. Después de que su formación política, que es un federación de dos partidos, sacase lustre a  la ambigüedad  durante legislaturas hasta el extremo de hacerla programa y credo, enarbola ahora la bandera de barras estrellada convertido en adalid del independentismo desde que  divisó  en lontananza la polvareda  que las huestes separatistas levantaban en su creciente e imparable avance. Puesto al frente de la avalancha ya no valen las  fintas, amagos, regates y faroles  a los que tan acostumbrados nos tenía  su formación. O corre delante  o lo arrollan.

Si  los vientos soplan favorables, los adictos a las causas emergen por doquier. Cuando el general Sanjurjo  protagonizó el 10 de agosto de 1932  la fracasada “sanjurjada” en Sevilla un periodista le preguntó:

-¿Con qué apoyos contaba?

-Si hubiese ganado, con el suyo- le respondió el general.

Ante las ostensibles manifestaciones de la Diada y  del Camp Nou y a la vista del resultado de las elecciones en el País Vasco, el señor Mas  ha engallado  el tipo con pose retadora de banderillero  dispuesto a dejar  en el envite las banderillas negras en lo alto del toro de Osborne. Otra cosa es que la brava y noble  silueta metálica se deje.

 

 

La frontera de la luz.

Comenzó a dejar estelas con sus pies

en un cansado deambular sin rumbo.

Confundía de los ruidos los orígenes

y  a sus ojos se velaron las distancias

con  un vallado de sombras y silencio.

Rodeado de  temores  y de miedos

rumiaba a solas su soledad presente.

Hacia atrás,  sólo la imagen del pasado,

visible en el fondo virtual de los espejos

mitigaba el declinar de su existencia.

Un día de tantos cruzó la línea

divisoria de las  cosas trascendentes,

a solas, para enfrentarse a los misterios.

Ya verá, si existe, el brillo de la Luz.

Si no, todo terminó en el cementerio.

El cóctel está servido.

Ya no hace falta tirar al monte los caudales con vicios de naipes, devaneos y  francachelas,  ni  que  un hijo tarambana o una esposa o esposo casquivanos  dejen el fondo de la  bolsa al alcance de los dedos de la mano. Para dilapidar nuestros dineros  bastan los gobiernos, banqueros  y un selecto  grupo de pícaros encorbatados con refinadas técnicas de carteristas avezados. Inflación por aquí, subidas de impuestos por allá, bajadas de sueldos por detrás, comisiones por acullá y ladrones  por doquier. El cóctel de la ruina está completo. Un poco de tiempo y un meneo a lo Chicote para que los incautos ciudadanos bebamos a la fuerza la ambrosía de los desaguisados. Nos quedan a  la  intemperie con los muebles en la calle y el culo al aire serrano.

La esquina.

(Para Diego Algaba Mansilla)

La esquina tiene dos caras

que se ignoran entre sí.

Si una es solana hacia el sur,

la otra mira hacia el poniente

o hacia donde sale el sol.

Igual pasa con la umbría:

a la derecha el oriente

y a la izquierda el occidente.

Sólo la arista común

sabe quien viene y quien va

por cada lado a la vez.

 

Verdeo.

Ahora se verdea poco. Se deja casi toda la aceituna para aceite. Antes salían las cuadrillas de aceituneros montados  en los remolques a primeras horas de la mañana. Hasta los estudiantes aprovechaban para sacar un dinero en estos días. Las “casas grandes” absorbían una gran cantidad de mano de obra. Tanta era la demanda que  algunos propietarios iban a Valverde a buscar personal. Por las noches los bares mostraban a primera hora un gran ambiente, pues los contratos se apalabraban  allí. Había dos o tres puestos que compraban la aceituna y al atardecer se formaban colas para pesarla y entregarla.  Hasta los olivos han cambiado de aspecto. Les hacen una poda que los  desmocha y extiende las ramas hacia los lados.  Parecen mitad frailes tonsurados, mitad locos  exaltados con los brazos extendidos.  Además el terreno se  rula y se dejan las calles de los olivares llanas como  pistas. Esto facilita la recogida de la aceituna del aceite y preserva la humedad.  Ignoro si a largo plazo tendrán algunos inconvenientes estas formas de  poda y laboreo. Doctores tiene el campo.

Descanse en paz.

Esta frase rutinaria que repetimos cada vez que alguien muere y que transmite  el deseo de paz y descanso para los difuntos contiene una vana pretensión. Cuando uno  muere no  descansa porque  le falta al descanso una cualidad fundamental: el gozo de saberse descansando. El muerto no puede darse media vuelta en la  seminconsciencia de la duermevela  para cambiar de posición ni chasquear la lengua en mitad del sueño. Le falta al descanso eterno despertar para percibir el beneficio de tan reconfortante reposo. No hay descanso, como tampoco hay cansancio ya que falta el movimiento y las herramientas de la brega quedaron arrinconadas para siempre. Lo que hay es un retorno al punto de salida, que es la nada y de la nada no hay conciencia ni recuerdo.

Amigo de la infancia.

Aquel amigo de la infancia, ágil, vivaz, y travieso que recorría conmigo los solitarios  caminos de los campos y gateaba  a las moreras a coger  hojas verdes para los gusanos de seda, que aguantaba jugando al fútbol en las largas tardes de verano hasta que no se veía el balón, que se bañaba en el río buscando en las covachas los peces escurridizos… ¿Cómo ha cambiado tanto?  Apenas lo reconozco.

¿Y yo, cómo estaré a sus ojos? ¿Seré también para él una persona diferente?

¿Qué queda de nosotros debajo de las escamas del tiempo?

Muy dentro debe haber un núcleo  que guarde lo permanente, aunque, como dijo Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Nos transformamos lenta, pero irremediablemente y cuando dos personas se ven después de muchos años ya son otros. Sólo los recuerdos, limadas las aristas  con azúcar, conservan   posos de lo  que fuimos.

¡En una persona, cuántos personajes!