Llegaban algunos circos a la Plazuela con no mucho más bagaje que un madero que hincaban en el suelo, en cuya parte superior colocaban los focos para iluminar el recinto, y unos tablones que servían de escenario a la altura del suelo. Los espectadores llevaban las sillas de sus casas para sentarse alrededor. Mediada la función pasaban una bandeja y la voluntad de cada uno dejaba unas monedas sobre ella. Mejoraban ingresos con una rifa, generalmente de una botella de anís o una muñeca.
Un mono, una cabra y algún jamelgo completaban el plantel de los pobres circenses, que acuciados por la necesidad recorrían los pueblos en carromatos o en vetustos y desvencijados camiones.
Los circos mejor dotados disponían de cerramiento de plástico o madera y tubos y tablas para montar los asientos del gallinero. Bordeando la pista ponían sillas de tijeras. Estas eran las localidades de preferencia.
Las atracciones más frecuentes eran las de contorsionistas, trapecistas y malabaristas. Recuerdo actuaciones en las que un hombre pasaba descalzo sobre botellas rotas. Otra que produjo gran expectación y comentarios durante mucho tiempo fue la del hombre de la piedra en el pecho. Consistía en romper una piedra a mazazos sobre el pecho de un hombre tendido en unas sillas. Los payasos hacían las delicias de jóvenes y mayores, sobre todo el que hacía de tonto, con su chaqueta de retales coloreados, bombín y nariz redonda y colorada. Al final de la actuación solían interpretar algún tema musical con saxo o trompeta. En uno de los números de uno de los circos pasaba un caballo dando vueltas por la pista y el hombre que lo guiaba del cabestro le hacia preguntas. “¿Quién es el hombre más alto?”, “¿Quién es el niño más guapo?”…
El caballo se paraba delante de algún espectador y movía la cabeza de arriba a abajo.
Cuando preguntó “¿Quién es el hombre más borracho?” dos buenos colegas y mejores bebedores vieron que el caballo se acercaba a donde estaban y uno de ellos le dijo al otro: “Vámonos de aquí que este caballo sabe más de la cuenta”
(Carta publicada en el periódico HOY el 12 de noviembre de 2012)
La clase política pierde credibilidad y prestigio. La valoración ciudadana de su actividad se despeña por una peligrosa pendiente de descrédito que no deja de acentuarse. Los motivos están en conocimiento de todos.
Lejos quedan en el tiempo y en la ética los valores que inspiraron el buen gobierno de las polis griegas y los objetivos de equidad y justicia que a lo largo de la historia se han ido plasmando en las constituciones de los países occidentales al compás de las sucesivas conquistas de derechos civiles y políticos.
La herencia acumulada a lo largo de siglos se está dilapidando aceleradamente por la avaricia, la ineptitud y el nepotismo de algunos representantes de la voluntad popular que difuminan y dañan además el trabajo de otros colegas que obran rectamente.
Los políticos, como depositarios y gestores de la voluntad de los ciudadanos, son necesarios para la administración de los intereses de la colectividad. En sus manos está no malgastar el capital que reciben en forma de confianza y más les vale a ellos y a nosotros un cambio en sus actitudes y comportamientos y una renuncia a prebendas y privilegios que agravian al resto de la ciudadanía y agravan el estado de desánimo y desengaño que pueden terminar alejando a los ciudadanos de las urnas y creando las condiciones para que aparezcan caudillos salvadores.
Señores dueños de todoterrenos imponentes y coches de alta gama: No sé si han reflexionado alguna vez o se han dado cuenta de que los potentes no son ustedes, sino los coches que conducen. Es posible que se produzca una ficticia transposición de cualidades desde los motores a sus mentes y que desde la altura en la que van tronados se crean los reyes del asfalto y los caminos. Pero no se engañen.
Cuando algunos de ustedes para mostrar al respetable sus habilidades motrices mueven el volante con un dedo, piensen que no son su fuerza ni su destreza las que obran el prodigio del giro, sino las prestaciones mecánicas de su dotado vehículo. Métanselo en sus pajareras molleras.
Al verlos por el espejo retrovisor avanzando raudos y tragándose el asfalto con sus fauces agresivas siento miedo de que al volante venga un energúmeno vanidoso que quiera comerse el mundo con cuchara prestada. Y lo que más me jode es el rabo porrudo que llevan algunos de sus mastodónticos vehículos en el trasero y que me han bollado ya en dos ocasiones en los aparcamientos la débil chapa de mi medio de locomoción.
Así que cuando se bajen de sus fenomenales carrocerías pónganse a la altura del resto de los mortales, aterricen, y háganse mirar por un psicólogo para que les convenza de que la potencia de sus coches no es transferible a ustedes y que no sirve para compensar sus carencias. Dicho sea lo precedente con el máximo respeto para los conductores de este tipo de vehículos que los utilizan sólo como medio de transporte y no como inyección de autoestima-epo.
un bostezo gris de lluvia y un toque de oración a la huida de la luz. Es un mes de enagüillas y brasero, de abrigo y de cobijo. Inclinada pendiente de ladera hacia el solsticio de invierno
desde el que se otea a los renos
por un camino de nieve. Es el mes do el rojo no es pasión, sino celaje frío y es también el paisaje sugerido
Las permanencias eran las clases que los maestros impartían a los alumnos después del horario escolar en el mismo edificio. Eran particulares y había que abonarlas (sobre una 50 pesetas mensuales a principios de los años sesenta).
Así que los que estaban apuntados a ellas permanecían una hora más en el aula para continuar las actividades.
Con esto se conseguían dos cosas: que los maestros incrementaran sus exiguos ingresos y los alumnos recibieran una enseñanza más individualizada que la que podían recibir con matrículas que rondaban los cuarenta por aula y además con niveles diferentes.
Fundamentalmente las clases consistían en ir a la mesa del profesor de uno en uno a leer y en hacer cuentas.
Una de las actividades más placenteras para mí era la plana. El maestro escribía en la pizarra la muestra y nosotros la repetíamos en una carilla de la libreta. Había que hacerla con especial cuidado y evitar que se torcieran los renglones. Cuando el maestro nos ponía “Muy Bien” regresábamos a nuestro pupitre enseñándosela a los compañeros con gran satisfacción. ¡Dónde estarán aquellos pupitres bipersonales con el agujerito para el tintero!