Circos.

Llegaban algunos circos a la Plazuela con no mucho más bagaje  que un madero que hincaban en el suelo, en cuya parte superior colocaban los focos para iluminar el recinto, y unos tablones que servían de  escenario  a la altura del suelo. Los espectadores llevaban las sillas  de sus casas para sentarse alrededor. Mediada la función pasaban una bandeja y la voluntad de cada uno dejaba unas monedas sobre ella. Mejoraban ingresos con una rifa, generalmente de una botella de anís o una muñeca.  

Un mono, una cabra y algún jamelgo completaban el plantel de los pobres circenses, que acuciados por la necesidad recorrían los pueblos en carromatos o en vetustos y desvencijados camiones.

Los circos  mejor dotados disponían de cerramiento de plástico o madera y tubos y  tablas para montar los asientos del gallinero. Bordeando la pista ponían  sillas de tijeras. Estas eran las localidades de preferencia.

Las atracciones más frecuentes eran las de contorsionistas, trapecistas y malabaristas. Recuerdo actuaciones en las que un hombre pasaba descalzo sobre botellas rotas. Otra que  produjo gran expectación y comentarios durante mucho tiempo fue la del hombre de la piedra en el pecho. Consistía en romper una piedra a mazazos sobre el pecho de un hombre tendido en unas sillas. Los payasos hacían las delicias de jóvenes y mayores, sobre todo el que hacía de tonto,  con su chaqueta de retales coloreados, bombín y nariz redonda y colorada. Al final de la actuación solían interpretar algún tema musical con saxo o trompeta. En uno de los números de uno de los circos pasaba un caballo dando vueltas por la pista y el hombre que lo guiaba del cabestro le hacia preguntas. “¿Quién es el hombre más alto?”,  “¿Quién es el niño más guapo?”…

El caballo se paraba  delante de algún espectador  y  movía la cabeza de arriba a abajo.

Cuando preguntó  “¿Quién es el hombre más borracho?” dos buenos colegas y mejores bebedores vieron que el caballo se acercaba a donde estaban y uno de ellos le dijo al otro: “Vámonos de aquí que este caballo sabe más de la cuenta”

 

Tarde infantil de domingo.

Tarde infantil  de domingo

con paseos de ida y vuelta

de la plaza a cuatro esquinas

con sabor a regaliz

y a goma de clorofila.

Vocea Felipe al viento

las pipas y caramelos

de su canasta de mimbre.

El carburo con su llama

alumbra con luz de plata

sobre el turrón y la fresa,

el chocolate y la nata

del puesto de los helados.

Los hombres fuman y charlan

en grupos diseminados

de cosas que no entendemos.

Pasa Antonio con un  palo

encendiendo las bombillas

que  dejan en las esquinas,

cuando ya es anochecido,

una tristeza  amarilla.

Tedio.

Otra tarde esperando que anochezca

entre apáticas horas de recuerdos

y cansinas cadencias sin sucesos.

Tictac del tiempo monocorde y gris

abocado a un ocaso sin colores.

Va el río encajonado en las riberas

ajeno a los placeres de la orilla.

En el silencio oscuro de la sala

no hay límites al tiempo y al espacio,

sólo sombras de lo que pasa fuera,

como había en la cueva de Platón,

la volátil ficción de una quimera.

Políticos desprestigiados.

 

(Carta publicada en el periódico HOY el 12 de noviembre de 2012)

La clase política pierde credibilidad y prestigio. La valoración ciudadana de su actividad se despeña por una peligrosa pendiente de descrédito que no deja de acentuarse. Los motivos están en conocimiento de todos.

Lejos quedan en el tiempo y en la ética los valores que inspiraron el buen gobierno de las polis griegas y  los objetivos de equidad y justicia que a lo largo de la historia se han ido plasmando en las constituciones de los países occidentales al compás de las sucesivas conquistas de derechos civiles y políticos.

La herencia acumulada a lo largo de siglos se está dilapidando aceleradamente por la avaricia, la ineptitud y el nepotismo de algunos representantes de la voluntad popular que difuminan y dañan además el trabajo de otros colegas que obran rectamente.

Los políticos, como depositarios y gestores de la voluntad de los ciudadanos, son necesarios para la administración de los intereses de la colectividad. En sus manos está no malgastar el capital que reciben en forma de confianza y más les vale a ellos y a nosotros un cambio en sus actitudes y comportamientos y una renuncia a prebendas y privilegios que agravian  al resto de la ciudadanía y agravan el estado de desánimo y desengaño que  pueden terminar alejando a los ciudadanos de las urnas y creando las condiciones para que aparezcan caudillos salvadores. 

Todoterrenos y alta gama.

Señores dueños  de  todoterrenos imponentes y coches de alta gama: No sé si han reflexionado alguna vez o se han dado cuenta  de que los potentes no son ustedes, sino los coches que conducen. Es posible que se produzca una ficticia transposición  de cualidades desde los motores a sus mentes y  que desde la altura en la que van tronados se crean los reyes del asfalto y los caminos. Pero no se engañen.

Cuando algunos de ustedes para mostrar al respetable sus habilidades motrices mueven el volante con un dedo,  piensen que no son su fuerza ni su destreza las que obran el prodigio del giro, sino las prestaciones mecánicas de su dotado vehículo. Métanselo en sus pajareras molleras.

Al verlos  por el espejo retrovisor avanzando raudos y  tragándose el asfalto con sus fauces agresivas siento miedo de que al volante venga un energúmeno vanidoso que quiera comerse el mundo con cuchara prestada. Y lo que más me jode es el rabo porrudo que llevan algunos de sus mastodónticos vehículos en el trasero y que me han bollado ya en dos ocasiones en los aparcamientos la débil chapa de mi medio de locomoción.

Así que cuando se bajen de sus fenomenales carrocerías pónganse  a la altura del resto de los mortales, aterricen, y  háganse mirar por un psicólogo para que les convenza de que la potencia de sus coches no es transferible a ustedes y que no sirve para compensar sus carencias. Dicho sea lo precedente con el máximo respeto para los conductores de este tipo de vehículos  que los utilizan sólo como medio de transporte  y no como inyección de autoestima-epo.

Noviembre.

Noviembre es un mes de sombras y de bronces,

un bostezo gris de lluvia
y un toque de oración
a la huida de la luz.
Es un mes de enagüillas y brasero,
de abrigo y de cobijo.
Inclinada pendiente de ladera
hacia el solsticio de invierno

desde el que se otea a los renos

por un camino de nieve.
Es el mes do el rojo
no es pasión, sino celaje frío
y es también el paisaje sugerido

por el cuadro de Millet.

Las permanencias.

Las permanencias eran las clases que los maestros impartían a los alumnos después  del horario escolar en el mismo edificio. Eran particulares y había que abonarlas (sobre una 50 pesetas mensuales a principios de los años sesenta).

Así que los que estaban apuntados a ellas permanecían una hora más en el aula para  continuar las actividades.

Con esto se conseguían dos cosas: que los maestros incrementaran sus exiguos ingresos y los alumnos recibieran una enseñanza más individualizada que la que podían recibir con matrículas que rondaban los cuarenta  por aula y además con  niveles diferentes.

Fundamentalmente las clases consistían en ir a la mesa del profesor de uno en uno a leer y en hacer cuentas.

Una de las actividades más placenteras para mí era la plana. El maestro  escribía en la pizarra la muestra y  nosotros la repetíamos en una carilla de la libreta. Había que hacerla con especial cuidado y evitar que se  torcieran los renglones. Cuando el maestro nos ponía “Muy Bien” regresábamos a nuestro pupitre enseñándosela a los compañeros con gran satisfacción. ¡Dónde estarán aquellos pupitres bipersonales con el agujerito para el tintero!

Lluvia y campo.

 

 

 

 

 

 

El campo con la lluvia acorta límites

y me integra envolvente en su cobijo

con flecos de cortinas acüosas

y arrullos de baquetas por sonido.

Acompañan mis pasos por la vega

este otoño lluvioso y verdecido.

Ahormadas a la tierra  y a la brega

mis viejas botas van dejando huellas,

estelas de andarín empedernido.

A lo lejos, perdido entre la siembra,

el canto de perdiz repiquetea.

Insomnio.

 

 

 

Esa gota de canal

sobre un cubo del revés.

¡Qué concierto monocorde

 la noche del temporal!

Si el que dejó allí la cuba

la hubiese puesto en el suelo

con la boca para arriba

no estaría  a estas horas yo

por el borrego cien mil

saltando por un madero.

Visita al cementerio

Viento y lluvia en los cipreses,

calor  de tórridas  siestas,

heladas del mes de enero…

¡Poco importan  ya a los muertos

el viento de las veletas

y los cambios atmosféricos!

He estado en el cementerio

viendo lápidas con fechas

que el dolor dejó marcadas

en el mármol del recuerdo.

Epitafios en los nichos

del último adiós labrado

en un pañuelo de piedra

con el  cincel de la ausencia.

Hay una tumba en el suelo

con unas rosas marchitas

sobre su blanco silencio.

Aquí anduvieron un día

bebiendo vino en las fiestas

y comiendo en calderetas.

Se perdieron para siempre

en el fondo de sus ojos

el pardo de las besanas,

el dorado de las mieses

y el intenso  azul del cielo.

¡Cuánta vida en cada nombre

queda  enterrada en la tierra!

Se extinguirá su recuerdo

en la noche de los tiempos.

Morirán sus deudos

y los hijos de sus deudos

con el paso de los años.

Quedarán de su pasado

una letras ilegibles

en el mármol desgastado

…y ya todo será historia.

Sólo los ecos de bronce

a primeros de noviembre,

anónimos y lejanos,

recordarán  su memoria.