El lenguaje del cuerpo.

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Hay algo tras la piel de su sonrisa

que oculta  una congoja camuflada

por una bien cuidada compostura.

Los ojos no  enmascaran la tristeza

ni deshacen los  posos de  amargura.

Se intuye  que su cuerpo disimula  

lo que tiene escondido en su cabeza.

Peregrina muy lejos  su mirada

y se traba en la zarza dolorida

donde rumia la herida que le apena.

Por momentos regresa sorprendida

a afirmar o negar con la cabeza

en la charla que apenas le interesa.

No revela la boca con palabras

lo que expresa su cuerpo con certeza. 

Día del libro.

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Con este libro aprendí que la música no se escribe sólo en pentagramas y que los sentimientos pueden guardarse eternamente  convertidos en palabras.

Que se puede llorar escuchando recitar los poemas que contienen sus páginas.

Que las princesas también se ponen tristes, aunque se sienten en sillas de oro, que los  claros clarines de los desfiles pueden oírse  desde la distancia y sentir los cascos de los caballos que hieren la tierra con rítmico compás. Conocí al Piyayo, que la gente tomaba a chufla y a mí me causó un respeto imponente,  repartiendo  a sus nietecillos  pan y pescao frito.  Imaginé una España orgullosa y  soberbia, libre de extraño yugo. Supe que Dios hace milagros en los caminos del campo con el solo  acompañamiento del  cantar de los grillos y las ranas, que a los olmos secos le salen hojas verdes,  que las mozas casaderas no deben estar en las eras si no está el sol en el cielo, que puede morir la voluntad una noche de luna en que es muy hermoso no sentir ni querer. Sentí como propia la dignidad de los pobres cuando sólo les queda la cama con las sábanas aún calientes de la esposa muerta. Creí en  Dios como  testigo y lo vi jurar bajando un brazo de la cruz… Supe después que  en este libro no estaban todos los buenos poetas  que debían estar  y que algunos de los estaban  no eran los mejores, pero ya forma parte de mis primeras vivencias con la poesía y lo recuerdo como  la referencia de mis mayores cuando los medios de difusión eran escasos y los libros eran tesoros de sentimientos. 

dialibro

Hinojos, altramuces,”tostaos”, duces, tebeos…

capitan trueno

Venía una mujer andando de Berlanga con un cesto de mimbre lleno de hinojos recién lavados en la fuente del lugar. Los  vendía por manojos, a perra gorda. ¡Pobre mujer, con zapatillas empolvadas y traje negro desleído por el sol, cargando sobre la cabeza el cesto! En la plazuela se sentaba sobre  la piedra que protegía la esquina de Daniel.

Alonsito vendía altramuces (chochos)  de casa en casa. Su familia los endulzaba en la parte del arroyo  primero conocida como la charca de tía Espina, cerca de la cantera. Los dejaban allí en la corriente del agua  durante unos días metidos en un cesto de mimbre tapándole la boca con un saco.

Dionisio cambiaba garbanzos  “tostaos” por crudos, yendo también por las calles con su cesta de pita voceando el producto. Acudíamos  los muchachos  con un tazón o un vaso colmado de garbanzos y nos lo daba con los “tostaos”,  quitándole el colmo a la vasija.

Angelito pasaba por las casas con su banasta tapada con un paño blanco vendiendo mimos,  bizcochos y cortadillos.

pastillas de goma

El “ tío de las gomas” traía en el portamaletas de  una bicicleta,  pirulís, pastillas de goma, y algunas chucherías más. Vendía también “revolanderas” de papel con un palo que nosotros hacíamos volar corriendo por las calles,  “restallaeras”, que al frotarlas contra el suelo se encendían y empezaban a chisporrotear. Los más osados se las metían entre las manos moviéndolas como unas maracas. Unas bombas liadas en papel y guita que estallábamos arrojándolas contra la pared y otras que eran pequeños cilindros con una mecha y que  a veces, algunos más traviesos, tiraban para que estallaran en los zaguanes de las casas. Cambiaba Tebeos, historias del capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, El Jabato…  por otros que no habíamos leído. Cancioneros de Antonio Molina, Manolo Escobar, Manolo “El malagueño”, Rafael Farina, etcétera, etcétera. Todo esto lo colocaba en la bicicleta como si fuera un escaparate y allí acudíamos con nuestra curiosidad y escaso peculio.

tebeo

Tiempos de penurias y escaseces en que muchas personas lo pasaban mal, pero fueron los que nos tocó vivir, los de nuestra infancia.

La llamada del mar.

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Fotografía de Juan Sevilla.

 

http://www.flickr.com/photos/juaninda/

Las olas del mar tienden en la orilla 

con rítmico vaivén  de sonajeros

alfombras  a los pies  de los  viajeros

hasta el barco sin jarcia, ancla ni quilla.

Espera  en alta mar entre la bruma,

al mando del timón, diestro Caronte,

para el viaje con rumbo al horizonte

donde hallar  el origen de la espuma.

 Hay en la inmensidad de este paisaje

avisos incesantes de arribada

de ninfas al  romper del oleaje.

Frente al mar,  en mi soledad buscada, 

mirando  al sol difuso  entre el celaje,

he oído de Neptuno la llamada.

Hay que salir

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Ya tienen sol las esquinas donde los parados hablan a las doce del mediodía. El reloj, que a esa hora marca la divisoria  entre el  trajín y la indolencia, cruza  sus brazos  en la   frontera de la tarde.  Doce tañidos quedan vibrando en el aire como doce interrogaciones y  anuncian el final de  la espera sin esperanza. Nadie vino a tocar la aldaba del trabajo. Los bolsillos se agrandan con la horma de las manos  para dar cobijo a la impotencia. Los ojos rehúyen las miradas de otros ojos. Se está apoderando de nuestros pueblos una resignación peligrosa  que hace que la gente se refugie en sus casas a aguardar hasta que  pase esta nube negra que dura ya demasiado. Una lenta filtración de escepticismo y miedo se  cuela entre las grietas del futuro.

Pero hay que evitar que esta resbaladiza  pendiente de resignación nos arrastre hasta el fondo. Hay que agarrarse a la esperanza y luchar por un sitio bajo el sol que no sean las esquinas del conformismo.

Carnet de españolidad.

Toro Osborne

Solicito, atildados caballeros y  encopetadas damas de abolengo y  postín,  credencial de   españolidad que ustedes se arrogan el derecho de conceder. Ignoro con  qué  criterios, potestades o prerrogativas.

 Establecidos  los  cánones  por el excluyente  y exaltado proceder de sus muy respetadas personas, tengo a bien hacer algunas pertinentes  salvedades antes de su magnánima concesión, si procediera.

Quizás obste a mi osada petición tibieza  de fervores  patrioteros, que no patriotas,  pero me siento tan español como el que más. Mi patria  es la tierra en que nací y toda su gente. Es el trabajo y la dignidad de las personas. Defiendo la convivencia en paz y la igualdad de trato ante la ley. Respeto a los que discrepan de mis opiniones, pero  me defiendo   de quienes quieren imponerme las suyas. Valoro y apoyo la solidaridad y la justicia distributiva. Hago un sitio a la lumbre a  quien se acerca aterido y comparto vino, pan  y charla con quien me encuentro en la andadura. Considero que nadie es mejor ni peor  por la cuna en que nació. Apoyo  el espíritu de superación  en el trabajo y la constancia en el estudio.  Aprecio y encarezco la bata blanca y la azul, el mono y el uniforme.

Expuestas estas consideraciones, si ustedes las aceptan y  lo tienen a bien, pueden extenderme el carnet, de no ser así les ruego tengan por declinada mi solicitud, pero seguiré amando de igual manera a esta hermosa tierra y  respetando a todos sus ciudadanos sin importarme credo ni afiliación. Muchas gracias.

Besos del aire.

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En la sombra de tu ausencia

tomo el fresco de la tarde.

Forma el viento remolinos

y me traen aquí tu cuerpo

a la vera de mi asiento.

Cintillo verde en tu pelo

descubre tu hermosa frente  

sobre el azul de tus  ojos.

Tu talle de miel y junco

y tus redondas caderas…

Tus labios, granadas llenas

de azúcar, luz y canela,  

caricias tiernas  que el  aire

coloca  sobre los míos.

Envidia.

envidia

 

La envidia se  disfraza con afeites

y perfuma su hedionda fetidez

con costosos aromas  de Chanel

y  vistosos modelos de Cibeles,

pero el color cetrino de la inquina

más pronto que tarde reaparece

inundando el ambiente de toxinas.

Es tan fuerte su miasma nauseabunda

que a las más destacadas carroñeras

apesta el hedor de su inmundicia.

La noria.

Pasan  los días

con la cadencia de la noria

que regresa después de cada vuelta

al punto de partida.

Cambia sus matices  la luz

con la alternancia  de  las estaciones

y  cuando acaba un ciclo

vuelven los pasos al camino recorrido.

Ahora es   primavera

y gana la luz  terreno a  las umbrías,

brotan los  espárragos al monte

y   las cigüeñas crotoran  en las espadañas.

Hay  aromas de cantueso y de  tomillo

por estos campos de España.

Vendrá el estío y luego la otoñada

para caer de nuevo en el invierno.

La palanca de la noria  dará un último giro

en un día como otros que ya habíamos vivido.

Los cangilones dejarán de extraer agua

del fondo  fresco del pozo.

Un silencio de metales oxidados

flotará en el vacío.

Sólo quedarán  recuerdos,

colgados en la percha del olvido.

 

Abril.

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Abril es adolescente

de pletóricos rubores

que se convierten en  flores

cuando los mira la gente.

Caprichoso y tornadizo

cambia  de  las aguas mil

a las que tiene un barril

o  al azote del granizo.

Con las heladas tardías

o los solanos primeros

llena o seca los graneros

en sólo unos pocos días.

 El cuco  canta en la encina,

pende la lila en racimos

y la veloz golondrina

rasga el aire con su vuelo.

¡Quién tuviera quince abriles

y volver a los sentires

de  enamorarse  de nuevo!