Balanzas y pescado.

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(Carta en el periódico HOY 8-3-2014)

Cuando  en los caladeros del Sáhara faenaban libremente los barcos españoles abundaba en España el pescado relativamente barato,  no sólo en las lonjas de las ciudades,  sino en cualquier pueblo del interior de Extremadura.

Por la carretera nacional 630 subían los camiones procedentes de los puertos andaluces, sobre todo de Huelva. Los pescaderos acudían a puntos determinados del trayecto, en el caso del sur de Badajoz a Fuente de Cantos,  y  se surtían de una oferta variada y fresca:  bogas, pescadillas, cazón, rubio, rayas, jureles…

Los vendedores voceaban por las calles el producto. Lo pesaban en  balanzas, unas clásicas o de cruz con platillos  colgantes y otras apoyadas sobre firme, como la  de Roberval.

Observaba yo  cómo el vendedor sujetaba la balanza con una mano por el medio del astil  y con la otra  ponía en  los platillos dorados las pesas y el pescado.  Alguna vez el dedo meñique de la mano que sostenía ayudaba al  fiel a alcanzar el punto justo del equilibrio. Pequeñas trampillas.

En la España actual, con menos pescado que vender, tenemos diecisiete balanzas y otros tantos meñiques  queriendo llevar  el fiel a su terreno.

No les dije nada.

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Debieron ver las intenciones en mis ojos,

pero no les dije nada.

Las  palabras no dichas quedaron en mi boca,

huérfanas de su destino 

como inmaduro fruto con la helada inoportuna,

como abrazo o disparo a mitad de camino.

Pudieron evitar tristezas, dar ánimos o aclarar malentendidos.

También debieron poner a algún imbécil,

sobrado de alardes y grandezas, en su sitio,

pero ya es tarde.

Destemplado el acero,

no sirven martillos

y aguas pasadas no mueven molino.

Descenso al valle.

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Abre  las puertas  del acceso al valle

que quiero disfrutar de sus encantos

uncido a la cordada de tu talle.

En el desfiladero de floresta,

revuelta, acogedora y envolvente,

buscaré recreo, solaz   y fiesta.

Dichosa conjunción de  su  acogida

con mi feliz llegada descendente.

Bajada, que jamás por  repetida,

deja a mi querencia  indiferente

ni a mi voluntad desfallecida

Por tangos.

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Toma la tercera espuela

invitando  a  las quimeras

en la macilenta luz 

de  una lóbrega taberna.

Mientras sostiene la copa,

un remoto tango llega

mecido en aires de aromas

de la feraz primavera.

Evoca  el canto el desgarro 

en clave de fracaso amargo.

La puerta abierta a la noche

enseña un manto de estrellas.

El acordeón desgrana

notas de melancolía

que  reviven añoranzas.

Va la estela  de su cuerpo,

el cuerpo siempre soñado,

componiendo melodías

con los luceros del cielo.

Vana ilusión de regreso,  

cuando ya nada es lo mismo.

¡Otra copa, tabernero¡

Lentamente envenenados.

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Leonor, mujer valiente y luchadora  en tiempos de penurias y de miedos, cuando reclamar derechos básicos era poco menos que un atentado al sacrosanto orden impuesto, pasaba las tardes de primavera  por las casas con un canasto de mimbre en la cabeza vendiendo espárragos, lavados y amanojados  con juncos,  que sus hijos habían  cogido por la mañana.  

El campo ofrecía  estacionalmente su ayuda.   Las setas que, en el tiempo al que me refiero, sólo algunos se atrevían a coger por el miedo visceral que producían,  abundaban en posíos, siembras y barbechos pues  los arados profundizaban poco y no rompían los micelios.

Las criadillas, que otros llaman trufas, difíciles de localizar y que sólo los pastores,  en su deambular tranquilo por las dehesas y las riberas de los ríos,  conocían los lugares donde se criaban.

La romaza, la achicoria y  la tagarnina  también eran recolectadas para hacer ensaladas y tortillas.

Por estas fechas  de preludio primaveral  en que  están a punto de brotar los espárragos y se llenan  los campos de aficionados para cogerlos, echo de menos, en sentido ecológico, los tiempos pasados cuando  todavía se bebían las aguas corrientes y limpias  de las gavias,  se criaba el berro fresco a la  vera de los manantiales y las fuentes. No te encontrabas entonces vasijas de plástico abandonadas con restos de herbicidas después de cumplir su  letal misión de envenenarnos lentamente.

Monte de Venus.

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Garganta penumbrosa tras el monte

que Venus colocó en una ladera

para gozo de holganza  placentera

a la gloria sin tasa  de Caronte.

 

Receptivas paredes de humedeces

facilitan descenso en la pendiente

con  cálida  posada  y envolvente

que dilatan sus primeras estrecheces.

 

Agradable  acogida  al visitante

que penetra en estancia tan oscura

con  ávida firmeza exuberante.

 

Al poco de ajustar la envergadura,

situados   inquilino y hospedante,

se mueve  con total desenvoltura.

No ofende el que quiere.

ofensas

¿Qué agravio ha intentado  tu impostura

para herir mi estima con su afrenta?

Fracasan tu cacumen y  tu cuenta

si previste que tienes tanta  altura.

Falta en tu diatriba, compostura

pues  el odio tu mal  estilo alienta

y la envidia malsana lo  sustenta.

Erraste en la intención y  en la mesura.

Lejos de su fin quedó el intento

que más que malestar piedad provoca

y quedas tú a la altura de un jumento

al haber proferido  por tu boca,

quizás por  la escasez de entendimiento,

la estupidez  que a tu sandez revoca.

Suegras.

suegra

Si es tu madre, gran mujer,

si es tu hermana, qué  primor,

si es tu hija, cuánto amor

demostrado por doquier.

Nada tiene esto que ver

si de tu suegra se trata.

A esta sí que no la mata

ni el más virulento rayo

ni el más profundo  desmayo

ni el más mortal matarrata.

 

No tienen razón de ser

las opiniones  malvadas

con que son consideradas

siendo la misma mujer.

Tu suegra fue hija ayer,

no la trates con desdén

si eres persona de bien.

Antes de hacerlo medita

que si razón no lo evita

tu madre es suegra también.

Miradas indiscretas.

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(J. A. Dominique INGRES.  Bañista de medio cuerpo)

Hacia  su cuerpo de garboso porte

lo arrastran  apetitos lujuriosos

que a duras penas el pudor refrena.

Pero a sus ojos de sus cuencas idos

no consigue domar por su flaqueza

e intrusos y atrevidos

de su talle a su culo hacen camino.

Pillado en su bajeza.

con disimulo la mirada sesga.

Poco dura el  propósito de  enmienda

y  al mínimo descuido de la dueña

los ojos en impúdica querencia

dirigen la mirada hacia sus tetas.

La buena educación.

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(Carta en el periódico HOY 12-02- 02014)

Cuando yo estudiaba en el Seminario cursábamos una asignatura que se llamaba Normas de Urbanidad.  La clase nos la impartía a los Gramáticos (los más pequeños) don José Mendiano, sacerdote natural de Entrín Bajo, del que guardo un grato recuerdo y que actualmente está de misionero en Argentina.

En esas clases de urbanidad se enseñaba a no molestar  a los demás cuando duermen o trabajan,  cómo sentarse y  comportarse en la mesa a la hora de las comidas, el modo de tratar a las personas mayores,  ceder el paso y la preferencia en las aceras,  dar las gracias siempre, pedir disculpas… No creo que la enseñanza de  este tipo de normas, aceptadas universalmente,  sea rechazada por los grupos  políticos que  quieren imponer doctrina e ideología en los currículos cuando gobiernan. Todavía en nuestros pueblos extremeños hay  personas que practican estos buenos usos y costumbres que son cada vez menos frecuentes. Son  pequeños detalles de buenos modales y de buena educación, que cuestan muy poco trabajo, ennoblecen a quienes los practican y hacen la vida más agradable a los demás.