Cuando en los caladeros del Sáhara faenaban libremente los barcos españoles abundaba en España el pescado relativamente barato, no sólo en las lonjas de las ciudades, sino en cualquier pueblo del interior de Extremadura.
Por la carretera nacional 630 subían los camiones procedentes de los puertos andaluces, sobre todo de Huelva. Los pescaderos acudían a puntos determinados del trayecto, en el caso del sur de Badajoz a Fuente de Cantos, y se surtían de una oferta variada y fresca: bogas, pescadillas, cazón, rubio, rayas, jureles…
Los vendedores voceaban por las calles el producto. Lo pesaban en balanzas, unas clásicas o de cruz con platillos colgantes y otras apoyadas sobre firme, como la de Roberval.
Observaba yo cómo el vendedor sujetaba la balanza con una mano por el medio del astil y con la otra ponía en los platillos dorados las pesas y el pescado. Alguna vez el dedo meñique de la mano que sostenía ayudaba al fiel a alcanzar el punto justo del equilibrio. Pequeñas trampillas.
En la España actual, con menos pescado que vender, tenemos diecisiete balanzas y otros tantos meñiques queriendo llevar el fiel a su terreno.
Leonor, mujer valiente y luchadora en tiempos de penurias y de miedos, cuando reclamar derechos básicos era poco menos que un atentado al sacrosanto orden impuesto, pasaba las tardes de primavera por las casas con un canasto de mimbre en la cabeza vendiendo espárragos, lavados y amanojados con juncos, que sus hijos habían cogido por la mañana.
El campo ofrecía estacionalmente su ayuda. Las setas que, en el tiempo al que me refiero, sólo algunos se atrevían a coger por el miedo visceral que producían, abundaban en posíos, siembras y barbechos pues los arados profundizaban poco y no rompían los micelios.
Las criadillas, que otros llaman trufas, difíciles de localizar y que sólo los pastores, en su deambular tranquilo por las dehesas y las riberas de los ríos, conocían los lugares donde se criaban.
La romaza, la achicoria y la tagarnina también eran recolectadas para hacer ensaladas y tortillas.
Por estas fechas de preludio primaveral en que están a punto de brotar los espárragos y se llenan los campos de aficionados para cogerlos, echo de menos, en sentido ecológico, los tiempos pasados cuando todavía se bebían las aguas corrientes y limpias de las gavias, se criaba el berro fresco a la vera de los manantiales y las fuentes. No te encontrabas entonces vasijas de plástico abandonadas con restos de herbicidas después de cumplir su letal misión de envenenarnos lentamente.
Cuando yo estudiaba en el Seminario cursábamos una asignatura que se llamaba Normas de Urbanidad. La clase nos la impartía a los Gramáticos (los más pequeños) don José Mendiano, sacerdote natural de Entrín Bajo, del que guardo un grato recuerdo y que actualmente está de misionero en Argentina.
En esas clases de urbanidad se enseñaba a no molestar a los demás cuando duermen o trabajan, cómo sentarse y comportarse en la mesa a la hora de las comidas, el modo de tratar a las personas mayores, ceder el paso y la preferencia en las aceras, dar las gracias siempre, pedir disculpas… No creo que la enseñanza de este tipo de normas, aceptadas universalmente, sea rechazada por los grupos políticos que quieren imponer doctrina e ideología en los currículos cuando gobiernan. Todavía en nuestros pueblos extremeños hay personas que practican estos buenos usos y costumbres que son cada vez menos frecuentes. Son pequeños detalles de buenos modales y de buena educación, que cuestan muy poco trabajo, ennoblecen a quienes los practican y hacen la vida más agradable a los demás.