Noche de invierno.

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Con la postura del cuatro

entre algodones  y lana

busco acomodo y abrigo

en el calor de la cama.

Hilandera de recuerdos,

la duermevela devana

en esta noche de invierno

cuentos a la luz del fuego,

antiguos juegos de niño

las noches de la plazuela…

…seminconsciencia difusa

en el sopor placentero…

Rumor de panal lluvioso,

de canales y aguaceros

en la  calle  solitaria…

El reloj marca su ritmo

en el reloj de la sala.

 

 

Mocitas de antes.

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(Mujer peinándose de G. Bellini)

Cada tarde se peina ante el espejo

en la falsa quietud de la rutina

sus hermosos cabellos ondulados.

Su cuerpo joven,

pletórico de formas prominentes,

reprime  deseos y sentimientos

preso en la cárcel de las convenciones.

El gozo de la vida en plenitud

se esfuma sin provecho ni deleite.

El tiempo corre.

La efímera llama adolescente

se consume entre toques de campanas

y el temor al infundio de la gente.

Mujer de ayer,

en una España rural y mojigata

regida por censores y  vigías,

espurios  puritanos y alcahuetes,

tu juventud se fue.

 

Aquellas mañanas de invierno.

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El carbón de encina en el anafre enrojece a golpe de soplillo.

Mi madre prepara el café migado con  tostadas

y sobre ellas,  la nata, en el tazón de  porcelana.

Con los ojos aún hinchados de dormir,

el aseo en la palangana al lado del brasero.

En los tejados el humo de las chimeneas…

Con cartera de cuero,  pizarra y pizarrín  me voy a la escuela

por los caminos que bordean el arroyo entre carámbanos y helada.

El sol, débil, dorado y oblicuo todavía, levanta la bruma  en la cañada…

Los pupitres con tinteros…

El olor a goma de borrar…

El maestro pronunciando los dictados…

Aún perduran, abrigados de ternura

los recuerdos…tan lejanos.

Puerto de Guadalcanal.

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Mi primer año de estancia en Guadalcanal subía por las tardes después de las clases al puerto que llaman de Llerena y desde allí contemplaba las llanuras de la Campiña. Un lugar privilegiado desde donde se divisan paisajes maravillosos.

Algunos sábados iba,   por una querencia irresistible,  desde Ahillones, después de haberme ido el día anterior,  a la entonces famosa discoteca que regentaba Curro y que reunía a muchas personas de los pueblos de alrededor.  Dos veces pasaba por el puerto, ida y vuelta. Temeraria, alocada y añorada edad.

No temía las noches de niebla  ni de lluvia que en otoño y en invierno son frecuentes. En la pequeña barra de la discoteca me  acodaba por ver si ligaba  a algunas de las bellas que por allí  siempre había. Mi  timidez, disfrazada de conversación, me ponía vallas y la mayoría de las veces volvía a pasar el puerto de regreso solo con mis pensamientos. Abundaban las palabras más que los roces de mejillas, muy a mi pesar. Como compensación disfrutaba de un ambiente muy  agradable. ¡Qué se le iba a hacer!

Allí  traté a personas de variada índole y condición.  A Felipe  Uceda, maguillento y casado en Guadalcanal, siempre un señor, me lo encontré alguna que otra vez tomando una copa en el rincón de la izquierda, según se entraba.

También traté  con José, el carpintero, recientemente fallecido. Al verlo en algunas fotografías del homenaje que le hicieron antes de su muerte me costó trabajo reconocerlo.

Aún conservo en mi retina aquel enmoquetado rojo y en mi memoria auditiva unas sevillanas que ponían por entonces: “Viva mi Andalucía, viva mi pueblo…”

 

Vanidosos.

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Deja pasar de largo al vanidoso,

enhiesto y pleno de oropel ornado.

Espera en tu puerta descansado

mientras él luce plumaje fastuoso.

 

El tiempo en su trabajo silencioso

lo tornará en su proceder domado,

en su altiva prestancia jorobado

y en su antiguo relumbre, penumbroso.

 

Llegará anochecido  de regreso,

perdida en el suelo la  mirada         

entre las ruinas de su antiguo su imperio.

 

Sólo el ciprés,  en su uniforme preso,

mantiene la cabeza levantada

en la absoluta paz del cementerio.

 

Duermevela.

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En la cama,

mientras los demás descansan,

escapa mi sueño en velas

que mi desvelo no alcanza.

La mar en calma

y sobre el agua

mi corazón despierto.

Latidos de madrugada

tocan la aldaba del alba.

Hasta entonces

queda noche parcelada

en el reloj de la sala.

Echo el ancla del descanso

en la ribera lejana.

Mi pensamiento divaga

por la pendiente del sueño.

Mediada la madrugada,

lentamente, me adormezco.

El paseillo.

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Cuentan que a la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla iban muchos devotos curristas sólo por ver al Faraón de Camas  hacer el paseíllo.

Conociendo sus “espantás” y la tardía apertura del tarro de las esencias artísticas, el paseíllo de Curro por el albero de la Maestranza con la  música de la banda que dirigía  el maestro Tejera, era un rito que colmaba por su estético ceremonial las expectativas de muchos incondicionales.

El empaque del torero, montera calada y  capote de paseo  terciado, lento y ceremonioso el andar,  era todo un espectáculo. Si después  en el primer tercio  la magia de  Cuchares le tocaba con la varita de la inspiración y el capote bordaba en el aire un par de verónicas, los fervorosos admiradores  tenían satisfecha la temporada.  Lo que viniera después, era regalo y añadidura del tan admirado como  denostado matador que a nadie dejaba indiferente.

No comprendo la aprensión de algunos por el  paseíllo y posterior declaración como imputada que la infanta de España deberá hacer  en los juzgados de Palma, cuando deberían estar orgullosos porque esta ocasión ofrece al Estado, en concreto a la Justicia, la oportunidad de demostrar al mundo que España es un país realmente democrático  sin discriminaciones ni privilegios ante la ley.

Sólo los trasnochados añorantes de una monarquía cortesana ya periclitada,  los que temen que el paseíllo y la comparecencia dañen la imagen de España y cuarteen los cimientos del Estado, junto a aduladores de aluvión, se oponen  a todo este proceso  con presiones  a veces  vergonzantes sobre el juez, señor Castro Aragón.

Aunque no sea de albero el suelo, el paseíllo  le da la oportunidad a tan elevada representante de la institución monárquica de mostrar temple, elegancia y  clase, que en este caso se le supone, como el valor en la mili, por alteza y por realeza.

Con más razón si, como defienden sus abogados, el Fiscal General del Estado, el fiscal señor Horrach, y otros destacados representantes del poder, no existen razones para su imputación. 

La lidia, valga el símil,  está dentro del edificio y es ahí donde el buen oficio  y hacer de los monosabios  lidiarán con pericia y astucia para que la sangre azul no llegue al río. ¡Qué más hubiese querido Curro Romero que entre el toro y él hubiesen colocado tantos burladeros donde guarecerse en  las malas tardes!

Según el cristal.

sardinas

Estimado ciudadano:

si se dispone a saber

lo que pasa por doquier

y tiene la prensa a mano

su esfuerzo puede ser vano,

pues una misma noticia

la tratan como inmundicia

o como hazaña señera,

según quien la escriba quiera

tergiversar con pericia.

  

Cada cual a su sardina,

descarado y   embustero,

por interés o dinero

arrima  el ascua y la  harina,

pero se les ve el plumero

y del pie del que cojean.

La noticias  que falsean

a su lucro y conveniencia

con descarada insolencia

pocos hay que se las crean.

Paso a paso.

ceniza

Cada paso que damos en la vida

precipita el terreno que dejamos

por el despeñadero  hacia el  abismo.

Nada permanece  a  las   espaldas,

sólo la nebulosa del olvido.

Allí donde  el trayecto finaliza

nos prestará la muerte sus albarcas

y dejaremos  huellas de ceniza

sobre un erial poblado de mortajas.

Títulos colgados

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(Carta en el periódico HOY 15-01-2014)

Apagaron las luces de Navidad en las calles  y cesó, por ahora, el horario  de “ancha es Castilla” en los locales de ocio juvenil.

Enero entra en la parte del invierno que rumia en silencio los atracones digestivos. Poco a poco el  sol se eleva en el cielo.  Clarea más temprano y oscurece más tarde.  Ya se sabe: “Por san Antón, cuélgate el perdigón”. Comienza el celo y los almendros de la sierra poblarán pronto de sarpullidos rosas  sus laderas.

Los hijos regresaron  a sus lugares de estudio y las sobremesas han perdido charla y compañía. Ahora se oyen más  roces de cubiertos que palabras.  

Nuestros padres nos animaban cuando íbamos a estudiar  diciéndonos que nos esforzáramos para ser el día de mañana  hombres y mujeres de provecho.

Me cuesta trabajo decírselo a mis hijos. El  día, que  ya no es tan mañana, está aquí, y me entristecería  ver en las paredes de su habitación los títulos colgados y ellos echando currículos para trabajar en un supermercado, trabajo digno, como todos, pero para el que no se prepararon.