Mi primer año de estancia en Guadalcanal subía por las tardes después de las clases al puerto que llaman de Llerena y desde allí contemplaba las llanuras de la Campiña. Un lugar privilegiado desde donde se divisan paisajes maravillosos.
Algunos sábados iba, por una querencia irresistible, desde Ahillones, después de haberme ido el día anterior, a la entonces famosa discoteca que regentaba Curro y que reunía a muchas personas de los pueblos de alrededor. Dos veces pasaba por el puerto, ida y vuelta. Temeraria, alocada y añorada edad.
No temía las noches de niebla ni de lluvia que en otoño y en invierno son frecuentes. En la pequeña barra de la discoteca me acodaba por ver si ligaba a algunas de las bellas que por allí siempre había. Mi timidez, disfrazada de conversación, me ponía vallas y la mayoría de las veces volvía a pasar el puerto de regreso solo con mis pensamientos. Abundaban las palabras más que los roces de mejillas, muy a mi pesar. Como compensación disfrutaba de un ambiente muy agradable. ¡Qué se le iba a hacer!
Allí traté a personas de variada índole y condición. A Felipe Uceda, maguillento y casado en Guadalcanal, siempre un señor, me lo encontré alguna que otra vez tomando una copa en el rincón de la izquierda, según se entraba.
También traté con José, el carpintero, recientemente fallecido. Al verlo en algunas fotografías del homenaje que le hicieron antes de su muerte me costó trabajo reconocerlo.
Aún conservo en mi retina aquel enmoquetado rojo y en mi memoria auditiva unas sevillanas que ponían por entonces: “Viva mi Andalucía, viva mi pueblo…”
Cuentan que a la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla iban muchos devotos curristas sólo por ver al Faraón de Camas hacer el paseíllo.
Conociendo sus “espantás” y la tardía apertura del tarro de las esencias artísticas, el paseíllo de Curro por el albero de la Maestranza con la música de la banda que dirigía el maestro Tejera, era un rito que colmaba por su estético ceremonial las expectativas de muchos incondicionales.
El empaque del torero, montera calada y capote de paseo terciado, lento y ceremonioso el andar, era todo un espectáculo. Si después en el primer tercio la magia de Cuchares le tocaba con la varita de la inspiración y el capote bordaba en el aire un par de verónicas, los fervorosos admiradores tenían satisfecha la temporada. Lo que viniera después, era regalo y añadidura del tan admirado como denostado matador que a nadie dejaba indiferente.
No comprendo la aprensión de algunos por el paseíllo y posterior declaración como imputada que la infanta de España deberá hacer en los juzgados de Palma, cuando deberían estar orgullosos porque esta ocasión ofrece al Estado, en concreto a la Justicia, la oportunidad de demostrar al mundo que España es un país realmente democrático sin discriminaciones ni privilegios ante la ley.
Sólo los trasnochados añorantes de una monarquía cortesana ya periclitada, los que temen que el paseíllo y la comparecencia dañen la imagen de España y cuarteen los cimientos del Estado, junto a aduladores de aluvión, se oponen a todo este proceso con presiones a veces vergonzantes sobre el juez, señor Castro Aragón.
Aunque no sea de albero el suelo, el paseíllo le da la oportunidad a tan elevada representante de la institución monárquica de mostrar temple, elegancia y clase, que en este caso se le supone, como el valor en la mili, por alteza y por realeza.
Con más razón si, como defienden sus abogados, el Fiscal General del Estado, el fiscal señor Horrach, y otros destacados representantes del poder, no existen razones para su imputación.
La lidia, valga el símil, está dentro del edificio y es ahí donde el buen oficio y hacer de los monosabios lidiarán con pericia y astucia para que la sangre azul no llegue al río. ¡Qué más hubiese querido Curro Romero que entre el toro y él hubiesen colocado tantos burladeros donde guarecerse en las malas tardes!
Apagaron las luces de Navidad en las calles y cesó, por ahora, el horario de “ancha es Castilla” en los locales de ocio juvenil.
Enero entra en la parte del invierno que rumia en silencio los atracones digestivos. Poco a poco el sol se eleva en el cielo. Clarea más temprano y oscurece más tarde. Ya se sabe: “Por san Antón, cuélgate el perdigón”. Comienza el celo y los almendros de la sierra poblarán pronto de sarpullidos rosas sus laderas.
Los hijos regresaron a sus lugares de estudio y las sobremesas han perdido charla y compañía. Ahora se oyen más roces de cubiertos que palabras.
Nuestros padres nos animaban cuando íbamos a estudiar diciéndonos que nos esforzáramos para ser el día de mañana hombres y mujeres de provecho.
Me cuesta trabajo decírselo a mis hijos. El día, que ya no es tan mañana, está aquí, y me entristecería ver en las paredes de su habitación los títulos colgados y ellos echando currículos para trabajar en un supermercado, trabajo digno, como todos, pero para el que no se prepararon.