Arrepentidos.

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Pillados con las manos en la masa,

y no es cuestión de honrados panaderos,

contrita explicación muestra el que pasa

de honor, celebridad y honra  señeros

con estudiada farsa sostenidos

a  ladrón que desfalca  los dineros.

Chivos con  leche  ajena mantenidos

fiados de los demás   en la quietud,

cucos que desvalijan otros nidos,

sólo muestran pesar por su actitud

al verse impunemente sorprendidos.

Tus brazos.

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Tu pelo mojado

dejaba en tu frente

mechón descuidado.

Llovía mansamente.

Tu mirada  perdida

se iba calle abajo

con el agua rota

caída en el suelo.

Quise abrazar

la redondez morena

de tus brazos desnudos,

frescor erizado

del primer aguacero.

No me atreví

a poner mi cuerpo

tan cerca del tuyo. 

Botarates.

puñal

Quizás a usted también le habrá pasado:

salir de casa en busca de solaz

y volver con jaqueca contumaz

por mor de un exabrupto inesperado

 

que cualquier botarate te ha soltado

con modales de fiera  montaraz,

dicción desatinada y lenguaraz

y ademán pedantesco y achulado.

 

Hay cretinos, a veces,  al acecho

a quienes sin que tú estés al corriente

les motivan la envidia y el  despecho.

 

Con la guardia bajada y aquiescente

te sorprenden puñaladas en el pecho

cuando estás descuidado y complaciente.

Soltando lastre.

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Voy a mis adentros,

cada vez más distante de las cosas,

absorto en mis asuntos,

sin atender llamadas ni  siseos.

Y no es que esté tocado

de ningún mal de la cabeza,

es que cada vez me afectan menos

los tópicos y los cumplidos.

Aprendí con  el tiempo

a relativizar sucesos

y a intentar saber   el  porqué

de las conductas de la gente,

fieras muchas veces,

héroes de calamidades

o de lágrima fácil

cuando ven salir  a las imágenes.

La madurez me va quedando solo,

pero más libre y más ligero,

soltando amarras en el puerto

 y extendiendo velas en el mar,  

a solas con mis pensamientos. 

Belleza o impostura.

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Sucede a veces que las mujeres muy bellas cohíben a los hombres de acercarse a ellas. 

Subí por roquedales escarpados

hasta la vecindad  de su figura,

temeroso de hallar la sepultura

en los riscos  de los acantilados.

 

Tales eran de regios sus tocados

que varones  de apuesta compostura

desistían por miedo a la apretura

de verse en su terreno desarmados.

 

Llegué al temido trono con paciencia

y a medida que hablaba mitigué

la aprensión que inspiraba su presencia.

 

Con el tiempo y el trato  averigüé

qué secreto guardaba su apariencia:

sólo era brillo de papel  cuché.

Los dos tercetos anteriores pueden sustituirse  por los dos siguientes, pues cierto es que  los dos casos podemos encontrarnos en la vida.  

Cerca  de su cuerpo y su semblante

comprobé la  verdad de su hermosura,  

de encanto   natural, fresco y radiante.

 

No había  aderezo ni impostura:

lo que de lejos  parecía arrogante

era la brillantez  de  su figura.

 

Agua y fuego.

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Cuando llovía nos poníamos debajo de los canalones con un paraguas. Era un placer sentir el chapoteo estrepitoso del agua sobre nuestras cabezas sin que nos mojara. Reminiscencias del claustro materno, quizás, esa protección  de las inclemencias externas, aunque nos mojásemos los pies, que por eso nos reñían los adultos.

Otro goce era meternos con las katiuskas en todos los charcos. La sensación de estar en el agua y no mojarnos debe ser también un regreso al mundo subconsciente de la protección.

Los dos arroyos que pasan por Ahillones  confluyen un poco más allá de las escuelas. Son  conocidos como  el primero y  el segundo. El primero, que pasa por el puente Nuevo, no tenía hecho aún el muro de contención que tiene hoy  y hacía en su recorrido un arco más pronunciado, viniendo a desembocar en lo que es el tramo final de la calle, cerca de los pasiles.  Allí nos metíamos con nuestras katiuskas e inmóviles fijábamos nuestra mirada en el agua durante largo rato. Al poco parecía que no era la corriente la que se movía, sino nosotros que navegábamos arroyo arriba sin movernos del sitio.  El agua y el fuego siempre nos atraen como algo mágico y atávico.

¿Quién no se ha ensimismado mirando el fuego,  oyendo el crepitar de los leños y contemplando el vaivén caprichoso de las llamas?

Nos embelesan y nos atraen como los polos de un imán, antagónicos y complementarios al mismo tiempo.

Con el fuego calentamos el agua, con el agua apagamos el fuego. La lucha, la eterna contradicción,  la búsqueda del equilibrio. El bien y el mal son dos polos inestables que se repelen y se buscan.

 

Retama.

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Celosía del aire

donde el silbo se hace verde

y cierne el  soplo de los  temporales.

Manos que la tierra presta al viento

para que  las cuerdas de sus liras

anuncien la  lluvia cercana.

Albergue de la escarcha

cuando el frío corta trocitos de estrellas en la madrugada

y produce diamantes transparentes

que adornan  de belleza la mañana:

espejos  de  luz,  las gotas de rocío

pendientes de sus ramas.

 

Licencia para vivir.

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Fotografía de Marga Durán.

(Carta en el periódico HOY 26-9-2014)

Por este tiempo de primeros de otoño, si la lluvia y el tempero acompañan, salen por los ejidos de nuestros pueblos y en los  posíos de las fincas donde pastan las ovejas  los delicados y efímeros hongos, blancos por fuera y rosas en su micelio.

Asados con sólo con un poco de sal constituyen un bocado exquisito. De siempre hemos salido a por ellos niños y mayores.

He barruntado que hay un proyecto por el que quieren implantar una licencia para poder recoger setas. Arguyen que el fin es  regular esta actividad. No sé si es el medio adecuado para conseguirlo, pero sí que es seguro para recaudar dinero si cobran por ello.

La próxima regulación pueden ser los espárragos y las siguientes poner tasas por mirar la luna, por contemplar un arco iris o por el desgaste que los senderistas hacen de los atajos y senderos. Hay que pagar por todo, hasta por el chubasco que te sorprende en campo abierto entre jaras y brezos. ¡Ah, y por el aroma que desprende el campo con  las primeras lluvias, que eso sí que vale y hasta ahora no tenía precio.

Nubes pasajeras.

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Pasan  dispersas las nubes  delante de la luna. Me contaban de niño que venían del mar a regar los campos y a surtir fuentes  y veneros. Vaciaban y regresaban después   cargadas con sus aguaderas grises. Por las sierras de Fuente del Arco, justo por la ruta del  Pencón, llegaban las más copiosas.  Recostado esta noche  en la pared color marfil, que la luna presta y las nubes pasajeras  quitan, las sigo hasta que se pierden en lo más oscuro del cielo. Deben ser pajes o escuderas que abren paso a las portadoras de lluvia. Desde una hoja  salta  la rana al agua y la luna se quiebra en temblores de plata sobre el fondo oscuro de la alberca. Por un momento se oscurece todo, después el cielo queda limpio con la luna en lo más alto  y  clarean como arterias de alpaca  los caminos  que serpean en los olivos. Lejanas, diviso las luces del pueblo… 

¡Qué bien se está mientras pasa el tiempo de puntillas sin que el reloj  trocee su marcha con las tijeras del tictac!

Licencia para coger setas.

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Con mi respeto y admiración por los auténticos ecologistas.

Ornados con verdosos atavíos

y tocado de pluma el tirolés, 

llegan ecologistas reciclados

de la fina boutique del Corte Inglés.

Recorren el terreno de puntillas

por no manchar de barro su buen paño,

opinando de todo  sin  embargo

con la erudita ciencia que aprendieron

en el blando sillón de sus despachos.

Desde el sumo poder que el cargo presta

decretan que con base en  su experiencia

para  acudir al campo a coger  setas

hará falta obtener una licencia.

Sanado el estupor de su   ocurrencia

para mí, cortésmente, sólo resta

mandarlos muy gustoso  a hacer puñetas.