Tus brazos.
Botarates.
Quizás a usted también le habrá pasado:
salir de casa en busca de solaz
y volver con jaqueca contumaz
por mor de un exabrupto inesperado
que cualquier botarate te ha soltado
con modales de fiera montaraz,
dicción desatinada y lenguaraz
y ademán pedantesco y achulado.
Hay cretinos, a veces, al acecho
a quienes sin que tú estés al corriente
les motivan la envidia y el despecho.
Con la guardia bajada y aquiescente
te sorprenden puñaladas en el pecho
cuando estás descuidado y complaciente.
Soltando lastre.
Voy a mis adentros,
cada vez más distante de las cosas,
absorto en mis asuntos,
sin atender llamadas ni siseos.
Y no es que esté tocado
de ningún mal de la cabeza,
es que cada vez me afectan menos
los tópicos y los cumplidos.
Aprendí con el tiempo
a relativizar sucesos
y a intentar saber el porqué
de las conductas de la gente,
fieras muchas veces,
héroes de calamidades
o de lágrima fácil
cuando ven salir a las imágenes.
La madurez me va quedando solo,
pero más libre y más ligero,
soltando amarras en el puerto
y extendiendo velas en el mar,
a solas con mis pensamientos.
Belleza o impostura.
Sucede a veces que las mujeres muy bellas cohíben a los hombres de acercarse a ellas.
Subí por roquedales escarpados
hasta la vecindad de su figura,
temeroso de hallar la sepultura
en los riscos de los acantilados.
Tales eran de regios sus tocados
que varones de apuesta compostura
desistían por miedo a la apretura
de verse en su terreno desarmados.
Llegué al temido trono con paciencia
y a medida que hablaba mitigué
la aprensión que inspiraba su presencia.
Con el tiempo y el trato averigüé
qué secreto guardaba su apariencia:
sólo era brillo de papel cuché.
Los dos tercetos anteriores pueden sustituirse por los dos siguientes, pues cierto es que los dos casos podemos encontrarnos en la vida.
Cerca de su cuerpo y su semblante
comprobé la verdad de su hermosura,
de encanto natural, fresco y radiante.
No había aderezo ni impostura:
lo que de lejos parecía arrogante
era la brillantez de su figura.
Agua y fuego.
Cuando llovía nos poníamos debajo de los canalones con un paraguas. Era un placer sentir el chapoteo estrepitoso del agua sobre nuestras cabezas sin que nos mojara. Reminiscencias del claustro materno, quizás, esa protección de las inclemencias externas, aunque nos mojásemos los pies, que por eso nos reñían los adultos.
Otro goce era meternos con las katiuskas en todos los charcos. La sensación de estar en el agua y no mojarnos debe ser también un regreso al mundo subconsciente de la protección.
Los dos arroyos que pasan por Ahillones confluyen un poco más allá de las escuelas. Son conocidos como el primero y el segundo. El primero, que pasa por el puente Nuevo, no tenía hecho aún el muro de contención que tiene hoy y hacía en su recorrido un arco más pronunciado, viniendo a desembocar en lo que es el tramo final de la calle, cerca de los pasiles. Allí nos metíamos con nuestras katiuskas e inmóviles fijábamos nuestra mirada en el agua durante largo rato. Al poco parecía que no era la corriente la que se movía, sino nosotros que navegábamos arroyo arriba sin movernos del sitio. El agua y el fuego siempre nos atraen como algo mágico y atávico.
¿Quién no se ha ensimismado mirando el fuego, oyendo el crepitar de los leños y contemplando el vaivén caprichoso de las llamas?
Nos embelesan y nos atraen como los polos de un imán, antagónicos y complementarios al mismo tiempo.
Con el fuego calentamos el agua, con el agua apagamos el fuego. La lucha, la eterna contradicción, la búsqueda del equilibrio. El bien y el mal son dos polos inestables que se repelen y se buscan.
Retama.
Celosía del aire
donde el silbo se hace verde
y cierne el soplo de los temporales.
Manos que la tierra presta al viento
para que las cuerdas de sus liras
anuncien la lluvia cercana.
Albergue de la escarcha
cuando el frío corta trocitos de estrellas en la madrugada
y produce diamantes transparentes
que adornan de belleza la mañana:
espejos de luz, las gotas de rocío
pendientes de sus ramas.
Licencia para vivir.
Fotografía de Marga Durán.
(Carta en el periódico HOY 26-9-2014)
Por este tiempo de primeros de otoño, si la lluvia y el tempero acompañan, salen por los ejidos de nuestros pueblos y en los posíos de las fincas donde pastan las ovejas los delicados y efímeros hongos, blancos por fuera y rosas en su micelio.
Asados con sólo con un poco de sal constituyen un bocado exquisito. De siempre hemos salido a por ellos niños y mayores.
He barruntado que hay un proyecto por el que quieren implantar una licencia para poder recoger setas. Arguyen que el fin es regular esta actividad. No sé si es el medio adecuado para conseguirlo, pero sí que es seguro para recaudar dinero si cobran por ello.
La próxima regulación pueden ser los espárragos y las siguientes poner tasas por mirar la luna, por contemplar un arco iris o por el desgaste que los senderistas hacen de los atajos y senderos. Hay que pagar por todo, hasta por el chubasco que te sorprende en campo abierto entre jaras y brezos. ¡Ah, y por el aroma que desprende el campo con las primeras lluvias, que eso sí que vale y hasta ahora no tenía precio.
Nubes pasajeras.
Pasan dispersas las nubes delante de la luna. Me contaban de niño que venían del mar a regar los campos y a surtir fuentes y veneros. Vaciaban y regresaban después cargadas con sus aguaderas grises. Por las sierras de Fuente del Arco, justo por la ruta del Pencón, llegaban las más copiosas. Recostado esta noche en la pared color marfil, que la luna presta y las nubes pasajeras quitan, las sigo hasta que se pierden en lo más oscuro del cielo. Deben ser pajes o escuderas que abren paso a las portadoras de lluvia. Desde una hoja salta la rana al agua y la luna se quiebra en temblores de plata sobre el fondo oscuro de la alberca. Por un momento se oscurece todo, después el cielo queda limpio con la luna en lo más alto y clarean como arterias de alpaca los caminos que serpean en los olivos. Lejanas, diviso las luces del pueblo…
¡Qué bien se está mientras pasa el tiempo de puntillas sin que el reloj trocee su marcha con las tijeras del tictac!
Licencia para coger setas.
Con mi respeto y admiración por los auténticos ecologistas.








