Mi complementario o el extraño caso doctor Jekyll y el señor Hyde.
Busca a tu complementario,
que marcha siempre contigo,
y suele ser tu contrario.
(Antonio Machado)
Yo quisiera dejar al pejiguera
que siempre me acompaña.
No aguanto su aldabón en mi conciencia
sujetando las bridas de mis sueños.
Que me deje a mis anchas
hacer lo que yo quiera
al menos algunos días del año:
Quiero prender en talles ondulantes
mi afán libidinoso
y llevarlos ceñidos
al bosque solitario.
Detener las manillas del reloj
en horas placenteras
hasta que exhausto de placer
caiga en mullidos edredones
vencido por el sueño.
Atravesar los charcos de la calle
a la pata la llana,
como niño salido de la escuela.
Romper las convenciones
de falsas mascaradas.
Y cuando vuelva a mi interior
con los zapatos en la mano,
si me aguarda en vigía,
que guarde silencio y no me reprenda,
que quiero vivir por un tiempo
sin sombra de nadie.
Aunque ahora que caigo
no sé si soy yo quien quiere marcharse
o, hastiado de mí,
es mi complementario.
Enfermedad
(Dedicado a todos los que luchan contra la enfermedad. Mañana podemos ser nosotros. Ánimo y tesón para superarla.)
De los más nobles sentimientos puros,
confortación pretendo y esperanza
a quienes dio la fortuna en su acechanza
enfermedades y momentos duros.
Fíad laurel y galardón seguros,
pues la fuerza que inclina la balanza
es en primer lugar la confianza
para abatir tan resistentes muros.
No os faltará en la lucha compañía
ni protección que nutra valentía
con la tensión vital de nuestro aliento.
Luchad. La vida os debe todavía
abundante cariño y sentimiento
para llenar las horas de alegría.
Casa abandonada.
(Pintura de Manuel García Rodríguez 1863-1925)
Las fragancias del jazmín, que el descuido embraveció, penetran desde el patio cubierto de hierbajos hasta las estancias vacías de la casa abandonada. El aire huele a viejo, a ausencias disecadas por el tiempo, cual flor olvidada entre las páginas de un libro. La camilla en que se platicaba reunidos al brasero está cual la dejaron: en derredor las sillas y un tapete de hule con un dibujo desgastado. Marca el ritmo del silencio un reloj en la pared parado. Aletea la vida, sin embargo, en la patria del recuerdo: la abuela y sus geranios, la costura en la tarde sobre las sillas de anea, apacible charla de comadres; un tinajón lleno de voces en busca de sus ecos… y canciones infantiles:
“Mañana domingo
se casa Respingo
con una mujer
que no tiene manos
y sabe coser”.
Hay telas de araña en los rincones, pero quedan gestos y palabras que nunca he olvidado. Presiento pasos, familiares y queridos, en el trajín de los quehaceres…¡Cuánta vida entre cuatro paredes!
Se está poniendo el sol y un haz de moteada luz, como entonces, despide a la tarde desde el corazón del aire.
Callejero.
Calle de los Olvidados,
pensión el Descanso Eterno,
esquina de los Callados,
parque Real del Ciprés,
avenida de los Muertos,
travesía los Durmientes,
rincón del No Volverás,
callejón de los Entierros,
plazuela de los Silencios,
bulevar la Eternidad.
Todo está en el cementerio,
patria del Nunca Jamás.
Algunos recuerdos de Llerena.
A Domingo, que tenía la barbería en la esquina de la calle Armas con la calle Santiago, lo conocí un día que entré a su local para pelarme. Se reunían allí colegas de la pitanza y el tonel, de beber hondo y pausado, a los que poco agobiaban los tictac de las horas cuando en buena armonía compartían charla y buen vino, como su amigo don Luis, alias “El Corcha”, sin ánimo de ofender y sólo a efectos identificativos.
Pues entré, como digo, a rebajar de pelo mi cabeza y sentado en el sillón frente al espejo, veía la calle y las albérchigas, caminillos y veredas de vides, que ornaban sus pómulos.
No llevaba más de cinco minutos con la tarea cuando, ante la falta de conversación, empezó a canturrear y silbar un famoso bolero que desde entonces recuerdo en algunas ocasiones cuando paso por allí.
El referido bolero decía: “Antes, mucho antes de enamorarme te voy a contar mi vida…” No entonaba mal la melodía y la letra se la sabía desde la cruz a la firma. Alternaba ésta con silbos que llegaban a mí con aromas vinateros, escanciados seguramente en el Bodegón, el Gato Negro, o en el bar de Pedro Martín, aquel hombre elegante y educado que ponía resecos con salsa de tomate.
Con don Luis tuve más relación. En los dos años que estuve estudiando en el colegio de don Isidoro él daba Educación Física y vigilaba algunas horas los estudios cuando faltaba el profesor correspondiente.
Esta vigilancia en las sesiones de tarde era más testimonial que efectiva. Llegaba con su abrigo largo de color gris marengo y se sentaba en el sillón de la tribuna. Después de unas frases de aliño y prevención disciplinaria al comienzo de la sesión entraba en el sopor digestivo de viandas y caldos que lo eclipsaba y trasladaba a los acogedores brazos del Morfeo sestero.
Si el ruido elevaba su intensidad, sin abrir los ojos, profería siempre la misma muletilla: “Verás, verás”. Las primeras veces disminuía el jaleo, pero duraba poco tiempo. El segundo aviso no tardaba en llegar: “Verás, verás ese”. Con esa admonición demostrativa quería personificar en alguien el aviso, que él no veía, pues continuaba con los párpados cerrados o abiertos leve y brevemente, pero suponía que alguno andaba fuera de sitio y compostura. Al final nos pasaba como a los gorriones con los espantapájaros, que se acostumbran a él y emiten sus trinos en lo alto del sombrero, o como quien oye llover con ese ajeno murmullo de libar de los panales.
En la última parte de su vida invitaba a comer a su casa a los alumnos mayores de sexto de bachiller con los que tenía más amistad. Me acuerdo ahora de Antonio Ortiz Barrientos, de Villafranca, que nos refería la esplendidez del anfitrión.
Le dieron dos o tres congestiones, esas que ahora llaman ictus. A pesar de eso seguía acudiendo al colegio. Cuando llegaba o se iba algunos de los que estaban próximos le ayudaban a ponerse o quitarse su abrigo largo gris marengo que colgaba en la percha del pasillo que daba al patio de recreo. No interrumpió, sin embargo, su costumbre de chatear, en el sentido noble de compartir vasos de vino y charla con los amigos, hasta que su naturaleza declinó definitivamente. Gente entrañable.
Confesión.
(Pintura de Raimundo Madrazo)
Uno, que estudió el catecismo, recuerda los pasos para una buena confesión. Eran estos:
1º Examen de conciencia.
2º Dolor de corazón.
3º Propósito de enmienda.
4º Decir los pecados al confesor.
5º Cumplir la penitencia.
Haciendo un símil con la confesión religiosa, los políticos, cargos públicos o institucionales de cualquier ideología (?) que sean culpables de los latrocinios que están aflorando como setas en otoño, deben rendir cuentas ante la ciudadanía, a quienes se deben y no a sus partidos. Lo han hecho algunos por la responsabilidad y culpa que tienen al haber designado para cargos de confianza a estos presuntos delincuentes. Han empezado el proceso por el dolor de corazón, que nos decían debe ser sincero y no fingido. Poniéndonos los ciudadanos como sufridores de los saqueos más que como confesores hemos escuchado, tarde y parcialmente, lo que era evidente y palmario porque ha salido a la luz pública y no tenían más remedio que hacerlo. Trabajo les está costando.
Se acepta, pero está incompleto. Los pecados, en la terminología cristiana, hay que mencionarlos, especificarlos y no ocultar ninguno. A nosotros nos preguntaban de jovenzuelos: ¿Cuántas veces? ¿Solo o acompañado?
Deben hacer examen de conciencia, suponiendo la existencia de ésta. No es necesario concentrarse en el oscuro rincón de ninguna iglesia para aflorarlos. Están a la vista.
El dolor debe ser sincero por el daño que hayan podido ocasionar a los ciudadanos y a las instituciones, no por la temida pérdida de votos.
El propósito de enmienda, duradero, que no se esfume con la finalización de los próximos comicios. Ya conocemos el grado de cumplimiento de muchas promesas.
Y lo más importante, cumplir la penitencia. Según la doctrina cristiana, no es suficiente sólo decir los pecados en caso de robo, sino que hay que restituir lo sustraído. Aquí los espero.
El rebusco, en el horizonte.
(Carta en el periódico HOY 27-10-2014)
Los pómulos prominentes eran colinas donde anidaba el hambre y en las cuencas profundas de los ojos había ansiedad y miedo. En la posguerra y muchos años después hubo quien tuvo que agarrarse a la vida en las cáscaras de los deshechos. Frágiles y escasas briznas para no morir mirando al cielo a la espera de milagros que nunca llegaban.
Costaba más un pan que un jornal de sol a sol. Mientras unos se enriquecían con el estraperlo, otros construían artesanales hornos en tinajas para elaborar panes caseros.
El rebusco, con permiso de los dueños, era una solución estacional que aliviaba estrecheces. Por esta zona de olivar y cereales los asideros para no perder el carro de la vida, del que muchos tempranamente se apearon, fueron espigas caídas al suelo en el bregar de la hoz del jornalero y aceitunas de terroso aceite, perdidas en las grietas del barbecho, unas gotas para mojar en los exangües calderos.
Las circunstancias, afortunadamente, no son las mismas, pero la penuria enseña sus orejas negras a muchas familias.. No estaría de más que se regulara esta actividad con la aquiescencia de todos los que estén interesados, evitando los abusos de los pícaros.
Inteligencia y esfuerzo.
Presta Naturaleza inteligencia
sin que el favorecido ponga parte
hasta que tesón, trabajo y arte
eleven al autor a la excelencia.
Por eso no presumas de cabeza
dotada de valiosas cualidades
si el uso que le das a sus bondades
se ahogan en el mar de la pereza.
De tu esfuerzo y tesón eres el dueño,
muéstrate satisfecho y complacido
de las metas debidas a su empeño,
lo demás te fue gratis concedido.
Embrocado
Cuadro del pintor almeriense Antonio Cuevas López
Mueve el talle
con el garbo acompasado
del reloj de las cadencias.
En su porte, cuánto arte
cuando pasa por la calle,
oscilantes las caderas
en el bastidor del aire.
Los hombres cuando la ven
prenden miradas carnales
en los volantes del traje.
Manuela tiene por nombre
y si es su marchar garboso,
más destacan en su rostro
ojos negros de azabache,
manantial con agua oscura
donde se esconde la noche
y, cuando miro, extravío
las bridas de la cordura.
(Póngase en lugar de Manuela, cualquier nombre de mujer. )










