Mi hermana y yo con Guaditoca en la feria de Ahillones
El retratista llegaba al pueblo con el trípode, la cámara de fuelle y la cubita colgada en un lateral para lavar y aclarar las fotos. En la feria se ponía frente a la fachada del ayuntamiento y allí colocaba un tapiz de fondo con grabados de exóticos lugares. Acudían los padres con sus hijos lavados y repeinados y los novios de acaramelada expresión para hacerse la instantánea, que no era tal, pues los preparativos y acabados llevaban su tiempo. Disponía también el profesional de un peine para dar los últimos retoques al cabello por si era menester a causa del viento o a que algún roce lo hubiese desordenado. Después de colocar a los clientes en el sitio adecuado, empezaba a maniobrar en la máquina, mano por aquí, mirada al interior por allá, y cuando todo estaba listo metía la cabeza debajo de un trapo negro para accionar el mecanismo que perpetuara por los años de los años el instante supremo. El fotografiado tenía que recomponer posición y sonrisa, pues dado el tiempo transcurrido desde que lo ubicó allí el artista la expresión se le había mustiado como una flor en un vaso vacío. Los niños salíamos casi todos con cara de expectación y asombro, buscando el pajarito que surgiría en cualquier momento de la mano mágica del retratista.
Entonces hacerse una foto tenía su ceremonial y sus poses. Los niños el día de su primera comunión con sus libritos de nácar, sus rosarios y sus trajes de marinero. Todo ello después de muchos retoques, de mirarse en el espejo y de que el fotógrafo te cogiese varias veces por la barbilla para rectificar la posición.
Ahora vas a cualquier celebración y cuando te das cuenta estás rodeado de cámaras digitales y móviles que disparan a discreción en todas direcciones. Al instante te suben a las redes sociales donde tus parientes y amigos en cualquier lugar del mundo se enterarán de tus andanzas festeras. Y qué decir del “selfie”, ese enroque de la cámara y el fotógrafo, que convierte a éste en desertor de su puesto de centinela, dejando al objetivo de la máquina al albur de la buena puntería del brazo extendido…
Una administración excesivamente reglamentista, lenta e ineficaz fue retratada en el siglo XIX magistralmente por Mariano José de Larra en su artículo “Vuelva usted mañana”.
Posteriormente, en los años de la dictadura, apareció un tipo de funcionario que asumió en su fuero interno el papel de criba y vigía de la pureza ideológica de aquellos que fueron en su día inmutables principios fundamentales. El acceso a la oficialidad documental se conseguía con un depurado papeleo a través de las angostas ventanillas tras las cuales estaba con bigotillo al uso y cara de póquer el meticuloso oficinista que con golpes contundentes sellaba papeles y otorgaba el visto bueno después de haber cumplimentado el sufrido ciudadano la instancia y demás documentos adjuntos con las más variadas pólizas y timbres móviles.
La sombra de esta rémora de desesperante burocracia y trato a veces denigrante se ha extendido durante años por las administraciones públicas, afortunadamente ya en claro retroceso por las garantías constitucionales y administrativas de la democracia, aunque queden vicios, no extinguidos totalmente, de hábitos displicentes en escasos reductos de la maquinaria.
Viene lo anterior a colación por un reconocimiento que quiero hacer a todos los empleados públicos que ejercen sus funciones con eficacia y además ponen de su parte un plus de cordialidad, que, aunque no está entre sus obligaciones, hace más fácil y agradable las a veces liosas gestiones burocráticas.
Personifico este reconocimiento en Carmen, administrativa de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres a la que sólo conozco por haber acompañado a mi hija a cumplimentar los trámites de matriculación. Ella, quizás, ni sepa quién soy, pero que nos ha atendido por segundo año consecutivo con eficiencia y un trato humano exquisito. Muchas gracias.
El tiempo de vacaciones se presta a lijar las crestas de los altibajos, a hacer más plano el discurrir de las horas.
Su transcurso se llena de plácidas ondulaciones, como leves dunas de arena cerca de la playa. En este nirvana existencial sobrevuelo con una vista distante las noticias de periódico y examino, por eso de hacer más agradable la espera, algunas de sus secciones.
Recomiendan los que entienden de refrescar memorias y mantener alerta el sistema neuronal hacer crucigramas y sudokus y a ello me presto con afán preventivo y temeroso de que lo de meter el azucarero en el frigorífico que me ocurrió días atrás no vaya a más y sea sólo un despiste pasajero.
Encuentro un pasatiempo que por desconocido llama mi atención y al intentar resolverlo se derrumba de golpe toda esperanza de que mis deterioradas células neuronales recobren algo de la perdida viveza de que gozaron años atrás. Se llama el referido entretenimiento que ha dado al traste con mis ilusiones de retrasar la decrepitud, “Deducciones” y consiste en que a partir de unas palabras dadas tienes que averiguar una nueva con los datos de que unas de sus letras se repiten y algunas de ellas en el mismo lugar, lo que se indica con números al lado de cada palabra en dos columnas.
Desisto de momento y echo de menos lo bien que estaría yo ahora cerca de la rubia espumosa y refrescante, pero no me resigno y releo las instrucciones para resolver el acertijo. Las columnas se me vuelven filas y los números gatean del suelo hasta el bajante.
Aquellos jeroglíficos egipcios escritos en arcilla me parecen más sencillos. Hay que aceptar la realidad de la irremisible decadencia, pero por asirme a la postrera esperanza de que el error también pueda estar en quién redacta las instrucciones del invento es por lo que escribo. Por favor sáquenme de la duda y díganme si esto tiene cura, lo mío y lo del redactor. Por ir, si no, reservando plaza en el Imserso