Botarates.

puñal

Quizás a usted también le habrá pasado:

salir de casa en busca de solaz

y volver con jaqueca contumaz

por mor de un exabrupto inesperado

 

que cualquier botarate te ha soltado

con modales de fiera  montaraz,

dicción desatinada y lenguaraz

y ademán pedantesco y achulado.

 

Hay cretinos, a veces,  al acecho

a quienes sin que tú estés al corriente

les motivan la envidia y el  despecho.

 

Con la guardia bajada y aquiescente

te sorprenden puñaladas en el pecho

cuando estás descuidado y complaciente.

Agua y fuego.

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Cuando llovía nos poníamos debajo de los canalones con un paraguas. Era un placer sentir el chapoteo estrepitoso del agua sobre nuestras cabezas sin que nos mojara. Reminiscencias del claustro materno, quizás, esa protección  de las inclemencias externas, aunque nos mojásemos los pies, que por eso nos reñían los adultos.

Otro goce era meternos con las katiuskas en todos los charcos. La sensación de estar en el agua y no mojarnos debe ser también un regreso al mundo subconsciente de la protección.

Los dos arroyos que pasan por Ahillones  confluyen un poco más allá de las escuelas. Son  conocidos como  el primero y  el segundo. El primero, que pasa por el puente Nuevo, no tenía hecho aún el muro de contención que tiene hoy  y hacía en su recorrido un arco más pronunciado, viniendo a desembocar en lo que es el tramo final de la calle, cerca de los pasiles.  Allí nos metíamos con nuestras katiuskas e inmóviles fijábamos nuestra mirada en el agua durante largo rato. Al poco parecía que no era la corriente la que se movía, sino nosotros que navegábamos arroyo arriba sin movernos del sitio.  El agua y el fuego siempre nos atraen como algo mágico y atávico.

¿Quién no se ha ensimismado mirando el fuego,  oyendo el crepitar de los leños y contemplando el vaivén caprichoso de las llamas?

Nos embelesan y nos atraen como los polos de un imán, antagónicos y complementarios al mismo tiempo.

Con el fuego calentamos el agua, con el agua apagamos el fuego. La lucha, la eterna contradicción,  la búsqueda del equilibrio. El bien y el mal son dos polos inestables que se repelen y se buscan.

 

Licencia para vivir.

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Fotografía de Marga Durán.

(Carta en el periódico HOY 26-9-2014)

Por este tiempo de primeros de otoño, si la lluvia y el tempero acompañan, salen por los ejidos de nuestros pueblos y en los  posíos de las fincas donde pastan las ovejas  los delicados y efímeros hongos, blancos por fuera y rosas en su micelio.

Asados con sólo con un poco de sal constituyen un bocado exquisito. De siempre hemos salido a por ellos niños y mayores.

He barruntado que hay un proyecto por el que quieren implantar una licencia para poder recoger setas. Arguyen que el fin es  regular esta actividad. No sé si es el medio adecuado para conseguirlo, pero sí que es seguro para recaudar dinero si cobran por ello.

La próxima regulación pueden ser los espárragos y las siguientes poner tasas por mirar la luna, por contemplar un arco iris o por el desgaste que los senderistas hacen de los atajos y senderos. Hay que pagar por todo, hasta por el chubasco que te sorprende en campo abierto entre jaras y brezos. ¡Ah, y por el aroma que desprende el campo con  las primeras lluvias, que eso sí que vale y hasta ahora no tenía precio.

Retratistas

Con Guaditoca-crop

 Mi hermana y yo con Guaditoca en la feria de Ahillones

El retratista  llegaba al pueblo  con el trípode,  la cámara de fuelle y la cubita colgada en un lateral para lavar y aclarar las fotos. En la feria se ponía frente a la fachada del ayuntamiento y allí colocaba un tapiz de fondo con grabados de exóticos lugares. Acudían los padres con sus hijos lavados y repeinados y  los novios de acaramelada expresión para hacerse la instantánea, que no era tal, pues los preparativos y acabados llevaban su tiempo. Disponía también el profesional  de un peine para dar los últimos retoques al cabello por si era menester a causa del viento o  a que algún roce lo hubiese desordenado. Después de colocar a los clientes en el sitio adecuado,  empezaba a maniobrar en la máquina, mano por aquí, mirada al interior   por allá,  y cuando todo estaba listo metía la cabeza  debajo de un trapo negro para accionar el mecanismo que perpetuara por los años de los años el instante supremo. El fotografiado tenía que recomponer posición y sonrisa, pues dado el tiempo transcurrido desde que lo ubicó allí el artista la expresión   se le había mustiado como una flor en un vaso vacío. Los niños salíamos  casi todos con cara de expectación y asombro, buscando el pajarito que surgiría en cualquier momento de la mano mágica del retratista.

Entonces hacerse una  foto tenía su ceremonial  y sus poses. Los niños el día de su primera comunión con sus libritos de nácar,  sus rosarios y sus trajes de marinero. Todo ello después de muchos retoques, de mirarse en el espejo y de que el fotógrafo te cogiese varias veces por la barbilla para rectificar la posición.

Ahora vas a cualquier celebración y cuando te das cuenta estás rodeado de cámaras digitales y móviles que disparan a discreción en todas direcciones.  Al instante te suben a las redes sociales donde tus parientes y amigos  en cualquier lugar del mundo se enterarán de tus andanzas festeras. Y qué decir del “selfie”, ese enroque  de la cámara y el fotógrafo, que  convierte a éste en desertor de su puesto de centinela, dejando al objetivo de la máquina al albur de la buena puntería del brazo extendido…

Permanencia.

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Como la adolescencia es tan viva

parece que la vida es siempre nueva.

¡El resplandor  azul de aquellos ojos

entre el verde frescor de las espigas!

 

Su corazón de par en par abierto,

sin límites de afecto y de cariño,

puro, como la nieve en la cumbre

y la mirada limpia de los niños.

 

Ya no tiene la luz el mismo brillo

ni el aura tibia  de las alamedas 

mueve igual las  hojas en la tarde,

 

pero  siguen conmigo, como entonces,

detenidos en el tiempo su  belleza

y el  mar de sus ojos insondables. 

 

La señora Carmen.

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Comentaba la señora Carmen mientras  cosía a la luz de una  farola de la avenida de santa Marina que entraba en haz hasta  el salón de su casa, la  pena que debía darles  a los ricos morirse.

Su marido  había sido guardia  de asalto  y ahorró de su exigua pensión en la última parte de su vida para que  cuando falleciera le pusieran una esquela en el periódico HOY donde constase la profesión que había tenido y de la que siempre se sintió orgulloso y quizás algo lastimado por la falta de reconocimiento a sus servicios.  Así lo hicieron su madre y sus dos hijos cumpliendo su última voluntad.

La señora Carmen  vivía  con su hija Luisa en los Grupos de José Antonio y, dados los exiguos ingresos mensuales que percibían, albergaban a estudiantes para poder sobrevivir.

Coincidimos allí  un curso mi cuñado Antonio,  Pelayo, estudiante de peritaje,  que era de Oliva de la Frontera y  Fermín Ayuso, que casualmente había vivido en Llerena porque su padre, oficial de la Guardia Civil, estuvo allí destinado. Recuerdo lo bien que cantaba el tango de Carlos Gardel “Noche de Reyes”. Pelayo tenía la costumbre de tomarse un café cargado para quedarse a estudiar por la noche. El efecto era contrario a sus intenciones, pues no acababa de  abrir el libro cuando empezaba a bostezar y acto seguido se iba a la cama.

La relación nuestra con la señora Carmen y con su hija Luisa era entrañable porque no sólo comíamos y dormíamos en su casa, sino que  echábamos muchos ratos de charla.

Prudentemente la señora Carmen no hablaba  mal de nadie, pero yo aprendí a sacar más conclusiones de lo que callaba  que de sus palabras. Curtida en la vida por privaciones y desengaños bajaba la voz cuando  consideraba que algún tema de conversación pudiese llegar a oídos extraños que, si no a la vista, pudieran esconderse detrás de las paredes. El miedo de tiempos pasados  todavía perduraba. Un anochecido, en vísperas de las vacaciones de Navidad, levantó la cabeza de la costura y mirándonos por encima de las gafas nos dijo: “¡Qué pagazas habrá mañana por ahí!”. 

Siempre que paso por esta zona, donde está también la antigua escuela de magisterio, miro al balcón que da a Santa Marina y, a pesar de los años transcurridos desde entonces,  me acuerdo de ella, recién lavada la cara a la caída de la tarde, con el pelo estirado hacía atrás y el moño recogido con horquillas, cosiendo a la luz de la farola de la calle.

Siega y trilla antaño.

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“En la siega” de José Llul

Segadores, con sombreros de paja y pañuelos abiertos en la nuca, segaban las mieses con la hoz a pleno sol canicular.

En  el abarco de una mano,  las gavillas con las que formaban  haces  que subían a los carros de varas  con horquillas. Le llamaban saca a estas faenas.

Por caminos de baches  y resecas huellas invernales llegaban a las eras y extendían los haces en parvas. Los deshacían dando vueltas con las bestias. Después  el trillo en rutinarios giros separaba el  grano de la  espiga. Para  quebrar la cadencia del sopor entonaban cantes de trilla entre arreos  a la caballería. A lo lejos reverberaba  la calima.

Bieldos y palas al aire gallego, la marea de media tarde, para apartar el grano de la paja. La cebada, la avena y el trigo, con cuartilla,  a los costales y  de allí  al doblado y los graneros a golpe de  espaldas riñones y rodillas. La paja,  tupida  en  carros con varas y redes, a  las puertas de las casas para entrarla en los pajares con mantas y sábanas uncidas.

Camino de Berlanga.

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Para compartir sentimientos o al menos roces y caricias en la edad, que unos llaman pubertad y otros pavera y que, pletóricas las glándulas,  tienden a desbordarse de los límites del cuerpo, muchos varones salían del término  geográfico del pueblo y  se desplazaban a Berlanga.

Escaseaban por aquellos años sesenta coches y motos, y en tal caso, para dar de sí al exiguo peculio,  el medio más económico era “el coche de san Fernando, un rato a pie y otro andando”.

Unos pocos afortunados disponían de bicicleta dotada con faro de dinamo o de linterna, sujeta en el manillar con cuerdas o  alambres. Para que los pantalones no se  trabaran  o mancharan con la grasa de la cadena se los  sujetaban con unas presillas de chapa a la altura de los tobillos.

Por  la entonces poco transitada carretera, en poco más de media hora, se plantaban en su destino, que era el baile que “La Chocha” organizaba los domingos en el salón del bar Nuevo. Sentado detrás de la puerta en su carrito de inválido controlaba con muleta y boca de arriero furioso  a los posibles intrusos que querían colarse  sin pagar.

Julio el de Alvarito era el alma de aquel grupo musical que a ritmo de saxofón animaba las querencias de los bailantes. Inolvidables boleros con la carita pegada.

Fui algunas veces, siempre en grupo, y el recuerdo más vivo  que tengo es el del camino. El cerro Gordo casi mediaba la ruta era la referencia, una vez traspasado,  de cercanía. Al poco divisábamos  las primeras luces de las afueras, en un sentido o en otro. La luna, el ladrido de los perros… A la ida con la ilusión y a la vuelta contando cada uno cómo había transcurrido la noche. Algunas mentirijillas  exageraban la posible aventura, que de eso, cazadores y conquistadores de féminas mercedes, siempre han usado  con  discrecional fantasía.

Mis manos.

manos abiertas

La vida es  una gota  de lluvia

que irremediablemente  resbala

hacia  el junquillo del cristal.

Cercano  ya el final del recorrido,

¿qué queda entre mis manos

de aquellos puños rosas de algodón

trazando garabatos en la escuela?

Fueron mi primer amarre a la vida

en el puerto seguro de mis padres,

las de las presas de arena

en los regatos de la calle,

las que buscaban lagartijas

en el  sol de las roquedas,

las de mimos  y caricias.

Sellaron tratos de palabra honrada,

alisaron cabellos

y consolaron llantos.

También hirieron

y demandan  perdón.

¿Qué fue de tantos soles

y tantas sementeras,

de las  ubérrimas cosechas,

de la besana y los graneros?

¿Qué queda de su tacto en tu cintura,

de la pasión del sexo adolescente,

de las  andanzas por tu piel desnuda,

lomas y  valles placenteros,

senos de amor, goce y  ternura?

Sólo quedan durezas

donde  antes hubo  espigas.

Un capital  entre  los dedos

se fue por sus rendijas

dilapidando riquezas  y afectos.

Al ofertorio final, nada llevo,

cáliz vacío de viejos sarmientos.

Está dispuesto el cuerpo  a la partida,

mis manos van conmigo.

Por ellas pasó, cual agua entre tejas,

todo lo vivido.

Reencuentro en el Seminario.

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Cuarenta y siete años son muchos para reconocer a una persona a la que no ves desde entonces. La tienes delante y sabes que debe ser uno de los  niños que un veintitrés de enero de 1963 se incorporó contigo al seminario y compartió juegos, estudios, alegrías y tristezas, pero el tiempo ha modificado   la  imagen  que guardabas  de cada uno de ellos y es difícil dar un salto tan extenso sin caer en el error.  Una tarjeta identificadora en el pecho (qué buena idea) o la pronunciación de un  nombre abren las compuertas y originan la avalancha de recuerdos retenidos, pero cuesta unir los extremos  del ayer y del presente en un instante.

Este diecisiete de mayo volvimos a pisar el mismo suelo y subir las mismas escaleras, como hicimos tantas veces cuando bullían por todos sus rincones cientos de seminaristas. Hoy es un conjunto de edificios excelentemente  reparados y conservados, pero casi vacíos de  internos aspirantes al sacerdocio.  

Recorrimos las clases, el comedor, la capilla, el patio de recreo, los dormitorios, donde a solas y en silencio nos acordábamos de nuestras casas en aquellas  noches bajo el manto de las estrellas que don Joaquín Obando nos evocaba a través de la megafonía con fondo de música gregoriana…

Por estas estancias fuimos dejando la piel de niño y adentrándonos en el proceloso mundo de la adolescencia entre confiados y devotos rezos, partidos de fútbol las mañanas  de los domingos,  olor a la flor de los naranjos, nieblas del Guadiana y humedad resbalando por el mármol de aquellos largos pasillos.

El silencio y la palabra  se turnaban al compás de los toques de  campana del patio de las columnas, recogida  hoy la cadena y  sin la mano de Francisco Franco que la blandiera. Aquí quedaron flotando  las vivencias de  una etapa de nuestras vidas que hoy  nos ha salido al encuentro para unirse  a la memoria de  estos maduros y curtidos cuerpos, mediada ya sobradamente la travesía de la vida.

José María Cerqueira, personificación de la bonhomía, ha sido el artífice y alma de este reencuentro que nos ha ayudado a conectar las dos orillas del mar donde cada uno, en particular periplo,  siguió un rumbo y un destino y en el que unos pocos naufragaron tempranamente.

Nos trajo José María en sus palabras petición ajena de perdón y mucho sentimiento. Si hubo algo que perdonar, perdonado queda porque el perdón humaniza a quien lo pide y ennoblece  a quien lo otorga.

Cuando mediada la tarde nos despedíamos me pareció escuchar por los altavoces que dan al patio de tierra   “En un mercado persa” entre el bullicio infantil de los juegos.

Gracias a todos los que habéis colaborado para que este día  nos trajera tantos recuerdos y removiera tantas sensaciones, aunque ya los de antes no seamos los mismos, como escribió  Pablo Neruda.