Los muertos no mandan avisos. Yo quedé con uno de ellos para que cuando llegara al destino de su viaje etéreo enviara una nota con papel de cielo.
Azul, con perfumes eternos, en las manos de un ángel cartero.
Y miro cada noche hacia arriba sin tener noticias suyas.
Quizás el retraso se deba al exceso de viajeros.
Ese cruce de caminos que separa a los buenos de los que van al infierno debe estar lleno de almas despistadas que buscan destino y no tienen tiempo de escribir unas letras ni mandar una señal de intermitencias con la luz de algún lucero.
Pero no desespero, porque para ellos es eternidad lo que nosotros medimos con los minuteros y seguro que alguna noche de estas me guiña cómplice el ojo una estrella y tendré noticias de su paradero.
Entonces, en un viaje sin maletas ni equipaje, llegaré donde están ellos y os prometo, si de mí depende la voluntad del mensajero, enviar recado desde el infierno o el cielo. Quedad alerta y cuando llegue la hora, en aquel cruce de caminos, os espero.
La desconfianza entre naciones, camuflada con saludos y sonrisas dentífricas, está cargada de puñaladas invisibles. La farsa de las fotos oficiales se hace con el brillo de los flashes que desprenden las hojas de los cuchillos. La cortesía barniza y disimula las verdaderas intenciones. Para saber cuáles son estas se recurre pérfidamente al espionaje. Esta práctica no es exclusiva de las relaciones entre países. También se da entre compatriotas de distintos partidos políticos. En la cima de la indefensión está el ciudadano corriente que es espiado a través de las redes sociales.
Además de los encantos de las Mata Hari de turno, actualmente se emplean sofisticadas técnicas para meterse en las vidas ajenas. Ya sabemos que las paredes oyen, que lo avisó Juan Ruiz de Alarcón en el siglo XVI y lo comprobamos diariamente en nuestras casas. El ruido de las cisternas y de los cabeceros, son de dominio vecinal. Esta intromisión es casi inevitable, pero, la otra, la que se hace voluntariamente con intención aviesa, sí debiera eliminarse. Pido al menos que queden a salvo de las pesquisas algunas zonas. ¿O es que ya uno no va a poder largar una sonora ventosidad en medio de la dehesa por temor a que lo estén grabando? Si ya es tarde para que atiendan mi ruego y lo han captado sus micrófonos y cámaras, iba por ustedes, señores espías.
«Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere». Con estas palabras, según cuenta el historiador peruano José Antonio del Busto, se dirigió Francisco Pizarro a sus desmoralizados hombres en la isla del Gallo. Sólo trece, los “Trece de la Fama” cruzaron la línea.
José Ignacio Wert ha trazado en las actas de calificaciones una raya con su espada de 6,5 de hoja. Los pudientes y los que superen esta nota, a estudiar. Los que no la superen y que sean no pudientes, hacia la marginación.
Hay una diferencia entre aquellos míticos trece soldados de Pizarro y los que no van a cruzar la línea de Wert. Los de la isla del Gallo renunciaron voluntariamente a seguir en la lucha. Muchos de los que queden separados por la de Wert posiblemente querrán seguir estudiando y no podrán hacerlo.