Ildefonso.
Cada año por estas fechas me acuerdo de Ildefonso y cada vez que paso por la curva de la carretera de Valverde a Fuente del Arco, donde la noche del 22 de julio de 1971 se quebró su vida con veinte años, también.
Éramos tan jóvenes aún que el impacto brutal de la noticia nos abrió de par en par las entrañas y la cicatriz sigue dando señales de la herida cada cierto tiempo.
Sus padres y su hermana nunca lograron levantar vuelo después del mazazo y vernos a uno de nosotros suponía ver el hueco de su ausencia.
Su cuerpo inerte en el cuartel de la guardia civil, tendido en un banco, donde sus padres lo encontraron ya para siempre desgajado de sus vidas, con la misma ropa con la que unas horas antes se había despedido de ellos lleno de vitalidad, fue un hachazo en mitad del alma con el filo dentellado de la crueldad.
Durante mucho tiempo después, cada anochecido, miraba yo la ventana de su casa en las Cuatro Esquinas y veía como siempre la luz de la lámpara que la fatídica noche se apagó bruscamente ante la llamada de la muerte.
Reformar a los reformadores.
(Carta en el periódico HOY 21-7-2013)
Los partidos políticos extienden sus tentáculos por todos los niveles administrativos, institucionales y de servicios del Estado.
Cada vez que hay un cambio de poder se producen en muchos puestos de trabajo el cese de los que pierden y su sustitución por los afiliados y adictos de los vencedores.
Hay, además, como en los movimientos sísmicos, réplicas y contrarréplicas que afectan a los niveles inferiores de los organismos, derivadas del cambio en las cabezas de los organigramas. De un día para otro te encuentras a quien ayer era un soldado raso con cartera de cuero y galones de mando.
¿Los méritos de los recién llegados? Los mismos que tuvieron los que salen. Por encima de otros cualesquiera, su afiliación o afección al partido de turno. En esta especie de interregno se producen el desconcierto y la ralentización en el ritmo de trabajo debidos a la falta de experiencia de los que llegan y al lógico proceso adaptativo.
La profesionalización de la Administración debería acabar con esta práctica cada vez que hay un vuelco electoral. Estos puestos sometidos a mudanzas cíclicas deben ser ocupados teniendo en cuenta los principios de igualdad, mérito y capacidad. Esto supondría debilitar una de las características no deseadas de estas formaciones políticas, que es el clientelismo y eso quizás sea pedir demasiado.
Adolescencia.
Cuando más la quiso fue cuando bordeaba las caricias de unas manos esquivas y rozaba la piel rosada de su cara con la excusa de mirar para otro lado.
Cuando se asomaba a sus ojos desde el brocal de un pozo de aguas transparentes con un fondo azul inalcanzable.
Cuando los suspiros por su ausencia subían desde el pecho a la garganta como olas desbordadas.
Cuando pasaba por las calles buscando sus estelas y al verla, fugaz, se aceleraba el corazón.
Cuando el deseo era un juego de cómplices miradas y cada frase un enigma a descifrar.
Cuando sus ojos se juntaban en la luna y las palabras eran silencios compartidos.
Cuando quererla era ternura frágil, pura, transparente y soñada.
Engreído.
Un nicho se cierra.
Las campanas tañen tristes en señal de duelo. Familiares y amigos despiden al muerto
en un silencio custodiado por cipreses que presentan armas a la muerte.
Cemento y ladrillo tapian la vida y la luz.
¿Qué pensarán los que miran callados al que cierra la pared del nicho?
Quizás piensen en cosas del muerto: lo que fue, lo que hizo…
O tal vez piensen en ellos cuando estén metidos dentro.
O quizás no piensen nada: sólo miran sin ver, como se miran la lluvia y el fuego.
Quinielas y azar.
(Carta en el periódico HOY 14-7-2013)
Al principio fue la quiniela de fútbol, antes que toda la caterva de juegos que nos invadió después, la que ilusionaba cada semana a millones de españoles con hacerse rico sin esfuerzo, sobre todo después de que en 1968 el agricultor de Valladolid, Gabino Moral, ganara el mayor premio hasta la fecha. Más de treinta millones de pesetas, con sólo dos columnas y la ayuda de un dado.
Con los primeros frescos del final del verano y principios del otoño, las cábalas y los pronósticos eran habituales en peñas y tertulias. Un anuncio de entonces asociaba la marcha de las golondrinas con la caída del cielo de aquellos boletos con publicidad de dentífricos e impermeables, invitándonos al juego y a la fantasía.
A los que todavía conservábamos esa ilusión cada semana, nos han defraudado. Si se confirman las sospechas, los resultados no dependen ya del buen juego o el azar, sino también del tongo.
O el ONLAE admite la variable, quedando entonces en cuatro los signos: 1-X 2 y T o un servidor se da de baja.
Infancia.
En un rincón de la tarde juega un niño
en las horas difusas del crepúsculo,
cuando la luz dorada se descuelga
de los altos picachos de las torres
a las simas en sombras de los valles.
El lánguido tañido de los bronces
bate los tonos grises de la tarde
en un crisol de tenues redondeces.
De la infancia la patria se desliza
con sabores de pan y chocolate,
dulcemente,
hacia el abrojo de la edad madura
por la inevitable inclinación de la pendiente,
sin saber el tesoro que se pierde.
El sol.
Cada tarde el horizonte
se convierte en alcancía
y recibe una moneda
que Aurora por la mañana
le roba a la madrugada
con un cuchillo rosado
para abrir la luz del día.
Reparte su capital
por las sierras y los llanos,
por los mares y los ríos,
la dehesa y el trigal.
Dora enhiestas espadañas
y elevados campanarios
en albas y atardeceres,
calienta las casas pobres
y los lujosos palacios,
regalando luz y vida
por espacios planetarios
con equidad repartidas.
¡Felices vacaciones!
(Cualquier parecido con la realidad puede ser verdad)
Van dos matrimonios con dos hijos cada uno entre los cuatro y los nueve años. Han alquilado un apartamento en una playa de Huelva. Como son ocho han pedido que les pongan dos camas supletorias y así se las arreglarán. Total, sólo son quince días de la segunda quincena de julio.
Nada más llegar, como están cansados del viaje, deciden acostarse a siesta para poder salir de noche más frescos y relajados.
Pero hete aquí que los niños no quieren siesta ni a la de tres y cuando los mayores están intentando conciliar el sueño, los pequeños empiezan a pelearse y a chillar. Sin haber pegado ojo se levantan y comienzan a arreglarse para dar una vuelta. El problema es que sólo hay un aseo y hay que guardar turno para usarlo. Mira por donde al marido de una de las parejas se le ha descompuesto el cuerpo, seguramente debido al estrés o a un zumo de ciruelas que estaba calentón y que se tomó nada más llegar. Entre amarillo y violáceo cada vez que le daba el apretón se las veía y se las deseaba para poder usar el servicio. Los niños crueles decían que qué mal olor había en el servicio y que no querían entrar, así que entre esto y las puestas del diarreico marido, llegaron las once de la noche cuando pudieron salir a dar una vuelta por el centro.
Buscan una terraza y piden unas cervezas y unos refrescos con varias raciones de pescado frito pues hay que cenar. Los niños de nuevo dando la coña porque no les gusta el pescado. Piden unos montados, pero no hay, así que se tienen que acercar a otro bar cercano y traen ocho montaditos para tomarlos allí. Más cerveza y refrescos que hace calor. Ya al final de la velada casi han perdido la cuenta de lo que se ha tomado cada uno. La sorpresa viene cuando piden la cuenta. La primera reacción al oír el importe es el silencio y mirarse unos a otros con cara de espanto. Una vez repuestos del primer tártago hacen que el camarero les especifique el precio de cada artículo. ¡Qué barbaridad! A este paso terminan las vacaciones pronto. A partir de mañana las cervezas y las cenas en casa.
A la mañana siguiente a la plaza de abastos a llenar la despensa y la nevera. Van los dos hombres, mientras las mujeres se quedan en el apartamento ordenando todo un poco. Los niños mientras tanto corriendo por los pasillos del edificio. Dos veces vienen los vecinos a quejarse del escándalo que están formando.
Hasta cerca de las doce no llegan los dos emisarios con las viandas. Vienen con cuatro bolsas repletas cada uno y han tardado más porque les dejaron el coche entrillado en el aparcamiento y no pueden salir. Las mujeres no se lo creen.
¡Vaya por Dios, ya os han engañado! Les espetan las esposas cuando abren las bolsas. Una lechuga podrida y los calamares que parece que olían. Mañana vais vosotras.
A la una a la playa. El apartamento está a unos ochocientos metros de la línea de playa. No es mucho, claro, pero si se va cargado con las sombrillas, las tumbonas, las bolsas con las toallas…y los niños más pequeños que se niegan a andar más parece que la distancia es la de un maratón. A buscar sitio porque como han tardado tanto los hombres en la compra (repetido tres veces por las respectivas) se tendrán que conformar con lo que hayan dejado los demás.
Ubicados, se dan un bañito y a tomar el sol. Vaya, parece que esto se empieza a enderezar. Bien embadurnados de cremas y protectores se tumban boca arriba. Adormecidos, se espabilan intempestivamente porque ha pasado un señor gordo recién salido del agua y más bien parece un perro cuando sale de un charco quitándose el agua de encima. No se han repuesto de ésta cuando pasan corriendo unos mozalbetes que los ponen de arena perdidos. A darse otro baño para quitársela.
En estas están cuando se dan cuenta que falta uno de los niños pequeños y empiezan a inquietarse y ponerse nerviosos. Reproches mutuos por la falta de cuidado. Por fin aparece. El niño estaba tres metros detrás de ellos, pero con los nervios no se dan cuenta.
Al tercer día le pica una avispa a la señora de uno de ellos y como es un poco alérgica se le pone la oreja como una papa. Corriendo al puesto de socorro, que bien podían haberse fijado dónde está el día que llegaron, pues tienen que preguntar dos veces.
El regreso de la playa es otra. Se duchan, pero vuelven a llenarse de arena. Cargados otra vez como burros, pero más cansados y los niños más pequeños cógeme, cógeme…Al llegar al apartamento con un sofoco de campeonato hay que preparar la comida, poner la mesa y a ducharse para quitarse la salitre y los restos de arena. A guardar turno porque como sabemos sólo hay un cuarto de baño. A eso de las cuatro y media, a comer. Los niños siguen sin querer siesta y hace un calor que no hay quien pare allí.
Así quince días…El viaje de regreso más bien parece una liberación. Cada uno de los mayores piensa para sus adentros que el año que viene esto no se repite así se junten el cielo con la tierra, pero éste año después del dineral que se han gastado a ver quién le dice a los los vecinos que no se lo han pasado como los indios.












