Vana rebeldía.

viejos

 

Ya andaba con dificultad y arrastraba los pies. Un día,  con las pocas fuerzas que quedaban en sus brazos, golpeó el suelo con el bastón y exclamó: “¡Con lo que yo he andado!”.

Había desengaño en esta frase,

decepción,  un envite y un reproche

al  tiempo, por cobranza del derroche,

tal si fuera enemigo que  vengase

 

una antigua afrenta no saldada,

servida con crueldad  en plato frío,

cuando  ya el vigor del bravo río

el delta de  la  muerte vislumbraba.

 

Y vi  en ti, Antonio, aquella tarde

un desplante de vana rebeldía,

una añoranza de la edad perdida.

Al poco de esta acción dejé de verte,

arribadas  las aguas de tu vida 

al mar inevitable  de la muerte.

La fuente del Horno.

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Todavía  se acercan algunos a la fuente  con sus coches a llenar vasijas  de plástico; no 

se fían del agua del pantano y continúan bebiendo ésta que no está clorada y que  sigue

fluyendo continuamente  de su caño dorado y roto.

La fuente del Horno, al lado de la carretera de Llerena y a los pies del cerro del mismo nombre, junto con la denominada del  Lugar y el  pozo del Bañito,  han surtido al vecindario  de Ahillones de agua potable cuando no existía red de abastecimiento público. El pozo del Bañito está  en el cerro cerca de la cruz de la Mota. De éste último tenía la llave de la tapadera del brocal, tía Isabel, conocida como la de las escuelas. Por el  suministro del agua de este pozo se pagaba una pequeña cantidad.

Para el acarreo se utilizaban  asnos, pertrechados con aguaderas o serones. Pernoctaban en las cuadras. Muchas casas disponían de ellas. Hoy están prácticamente desaparecidas. El macho era menos frecuente para estos  menesteres  ya que, si no estaba capado, presentaba armas de momento cuando veía a una hembra. El  escándalo era mayúsculo, con sonoros relinchos de celo y  descomposición de atalajes, compostura  y carga.

Los  tres caminos principales que llegaban a la fuente del Horno partían de las traseras de la calle Nueva, de la esquina del Ejido y de la parte delantera del huerto Blanco, y  confluían, una vez pasado el cerro,  en uno único que  llegaba al manantial.

Como  había que esperar a que tocara el turno para llenar, el lugar se convertía en sitio  de conversación y cotilleo. Se repasaban, con gracejo y pimienta,  los acontecimientos más novedosos del acontecer vecinal.

Tío José,  tío Miguel y Manolito, hijo de éste último, se dedicaron a traer agua al pueblo ,cobrando por ello. Esto fue en los últimos tiempos, antes del agua corriente.  Para los no iniciados aclaro que el título de “tío” que antepongo a algunos nombres es señal en mi pueblo del respeto que inspira la edad madura.

Como casos dignos de mención, por su esfuerzo y habilidad, hay que citar a las mujeres  que portaban dos cántaros y un botijo sin más ayuda que su cuerpo. Uno de los cántaros en la cabeza con una rosquilla que le servía de soporte y amortiguador, otro en el cuadril y el botijo en la mano contraria.

Como dice el refrán: …tanto va el cántaro a la fuente…Y se rompían, claro, con gran quebranto y disgusto de aquellos a los que les sucedía.

Los muchachos, que lo que nos gustaba era poner a la burra a “tos cuatro pies” , cuando  nos encontrábamos con un amigo en el ejido  camino de la fuente, nos echábamos carreras para ver quién llegaba antes. No era extraño que en estas competiciones  el viaje de regreso se precipitara con los restos del naufragio y sin agua.

Indeciso.

farola

 

Camuflado en las sombras de la calle

acecha cada noche vigilante

a la joven de busto  exuberante,

esbelto tipo y bien formado  talle.

 

Doliente  de insalvable timidez

a  sus piernas se agarra la flaqueza

y en su boca  aparece la torpeza

cuando quiere mostrar su validez.

 

El tiempo pasa  sin que  se decida

esperando al aguardo imperturbable

ocasión que le ofrezca la  osadía.

 

Una noche la dama conmovida 

le agradece pasión tan perdurable

cuando ya los  cincuenta frisaría.

 

No sé qué pasaría,

pero afecto  que no  se manifiesta

ni merced halla ni le dan respuesta. 

Unos ojos.

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La Naturaleza, caprichosa,

combinó  colores

en el bello crisol de su paleta.

Cogió del cielo tonos azulados,

de cuando sopla el norte

y luce esplendoroso el cielo claro.

Sumergió el pincel de la creación

en mares de color azul turquesa

y  trasladó, divinidad pintora,

el cóctel a tus ojos.

Para darle brillo a la  mirada

engastó un diamante de luz en tu pupila.

Ahora  mirándolos  estoy,

sin atender  palabras, seducido,

ante el inmenso azul de la belleza,

buscando  en las profundidades

aguamarinas, perlas  y  zafiros .

 

Encopetado.

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Loor y gloria a la  excelencia ilustre,

arquetipo de excelsas probidades,

recto varón de recias cualidades,

que hasta el aire rozado luce lustre

al paso de tan  eminente prócer.

Lento el paso y enhiesta la cabeza,

egregia marcha y preclara alteza,

serena majestad, excelso porte.

Cumplida la ocasión de lucimiento

y colgado el chaqué  en el perchero

 es hora de dejar el fingimiento,

prescindir de desdén  tan altanero

que ajeno a su fin,  fue divertimento

en lugar de deslumbre, caballero.

Quintilla y quinteto.

cabecerametrica

Tú no te apures, chiquilla,

si te mandó el profesor

que hicieras una quintilla.

Trabájala con primor

que es una labor sencilla.

Y  puestos a dar ejemplos  aprovecho mi osadía

y preparo un traje en verso para su hermano el quinteto,

trabajo que no es costoso pues  sigue la misma guía.

Agrandando las hechuras logro sin   ningún  aprieto

este quinteto mayor que completa mi alegría.

Primavera.

sendero

Hay que dejar, a pesar de las penas,

que nos lleve  la vida

en volandas por senderos de flores

en un bajel  con velas

empujado por  auras

tibias y perfumadas.

Mar de aromas y colores.

Es primavera y,   aunque repetida,

siempre es nueva  en corazones  jóvenes.

Por efímera y fugaz, más bella.

El agua transparente

que corre en los arroyos

huirá  en el estiaje,

las margaritas de los prados,

gayas sonrisas de limón y nata,

son briznas pasajeras,

pero la belleza se ha posado en ellas,

apasionadamente,

y las mima como  a grácil niña

que en las rosetas de su cara

lleva su condición,

de intensa brevedad, labrada.

 

Sueño eterno.

sueños

La muerte  no es un sueño ni un descanso 

porque no estás dormido, sino muerto

y los muertos ni duermen ni descansan. 

No puedes dar la vuelta

ni chasquear la lengua a media noche.

No existe el subconsciente

del que surgen los sueños placenteros

o  pesadillas que nos desvelan

sobresaltados en la madrugada.

La muerte es la nada eterna

y la nada ni sueña ni recuerda.

Para el final quiero.

sevillanas

 La vida en sus afanes  aligera

el plazo  de la cita con la muerte,

alivio pasajero  de la suerte

que irremediablemente nos espera.

 

En  alejar del trance el pensamiento

empleamos  las horas y los días

en festejos, trabajos y porfías

que ayudan al olvido del momento.           

 

No podemos  cambiar nuestro destino,

pero sí disfrutar la travesía

hasta que el  barco  acabe su camino.

 

Que suene para mí la  melodía

de un bolero tomándome un buen vino

como postrera y sola compañía.

 

Si no, me gustaría

una  alegre  y festiva sevillana

que enaltezca la juerga y la jarana.

Esas manos.

manos

Si quitamos el rubor,

por esencia  incontrolado,

pues revela nuestro estado

sin mando regulador,

el otro gran delator

de nuestra forma de estar

 es, según  mi cavilar,

de las manos la postura

y su errática andadura

si nos hacen zozobrar.

Nos alisamos  el pelo

de la nuca a cada instante

si en situación vacilante

no levantamos el vuelo

ni hallamos firme en el suelo.

Otras veces tanteamos

por ver si las colocamos

enlazadas  o caídas,

en los bolsillos metidas

o en el cuadril apoyamos.

Y es que sin abrir la boca

con las manos transmitimos

impresiones  que sentimos

cuando la emoción nos toca.