Licencia para vivir.
Fotografía de Marga Durán.
(Carta en el periódico HOY 26-9-2014)
Por este tiempo de primeros de otoño, si la lluvia y el tempero acompañan, salen por los ejidos de nuestros pueblos y en los posíos de las fincas donde pastan las ovejas los delicados y efímeros hongos, blancos por fuera y rosas en su micelio.
Asados con sólo con un poco de sal constituyen un bocado exquisito. De siempre hemos salido a por ellos niños y mayores.
He barruntado que hay un proyecto por el que quieren implantar una licencia para poder recoger setas. Arguyen que el fin es regular esta actividad. No sé si es el medio adecuado para conseguirlo, pero sí que es seguro para recaudar dinero si cobran por ello.
La próxima regulación pueden ser los espárragos y las siguientes poner tasas por mirar la luna, por contemplar un arco iris o por el desgaste que los senderistas hacen de los atajos y senderos. Hay que pagar por todo, hasta por el chubasco que te sorprende en campo abierto entre jaras y brezos. ¡Ah, y por el aroma que desprende el campo con las primeras lluvias, que eso sí que vale y hasta ahora no tenía precio.
Nubes pasajeras.
Pasan dispersas las nubes delante de la luna. Me contaban de niño que venían del mar a regar los campos y a surtir fuentes y veneros. Vaciaban y regresaban después cargadas con sus aguaderas grises. Por las sierras de Fuente del Arco, justo por la ruta del Pencón, llegaban las más copiosas. Recostado esta noche en la pared color marfil, que la luna presta y las nubes pasajeras quitan, las sigo hasta que se pierden en lo más oscuro del cielo. Deben ser pajes o escuderas que abren paso a las portadoras de lluvia. Desde una hoja salta la rana al agua y la luna se quiebra en temblores de plata sobre el fondo oscuro de la alberca. Por un momento se oscurece todo, después el cielo queda limpio con la luna en lo más alto y clarean como arterias de alpaca los caminos que serpean en los olivos. Lejanas, diviso las luces del pueblo…
¡Qué bien se está mientras pasa el tiempo de puntillas sin que el reloj trocee su marcha con las tijeras del tictac!
Licencia para coger setas.
Con mi respeto y admiración por los auténticos ecologistas.
Ornados con verdosos atavíos
y tocado de pluma el tirolés,
llegan ecologistas reciclados
de la fina boutique del Corte Inglés.
Recorren el terreno de puntillas
por no manchar de barro su buen paño,
opinando de todo sin embargo
con la erudita ciencia que aprendieron
en el blando sillón de sus despachos.
Desde el sumo poder que el cargo presta
decretan que con base en su experiencia
para acudir al campo a coger setas
hará falta obtener una licencia.
Sanado el estupor de su ocurrencia
para mí, cortésmente, sólo resta
mandarlos muy gustoso a hacer puñetas.
Ensueño.
Levanté en sueños un castillo
en los acantilados,
donde rompen las olas su bravura
y en días tranquilos
el cambiante color de su tersura
llena de cadencias armoniosas
el apacible transcurso de las horas.
La franja rielada de la luna
con brillo de peces plateados
partía en dos a la noche marinera.
Su cuerpo de sirena,
largos cabellos y ojos de zafiro,
protegí de inclementes tempestades.
Viajé con ella en nubes de algodón,
recalando en las más recónditas riberas.
La amé como sólo se ama en sueños
con caricias de espumas
en el frágil cristal de su hermosura…
Desperté aterido.
Por la ventana entreabierta
llegaba el rumor del aguacero.
Quise anudar el sueño interrumpido,
pero la diosa Eos con velo azafranado
había anunciado a Helios
por los bordes rosados de la aurora.
Primer beso
La inocencia de la edad dichosa
fue el impulso del beso arrebatado
que el chiquillo nervioso y azorado
plantó en la cara a tan lozana rosa.
Sintieron aletëos de mariposa
y el aura del crespúsculo encarnado
envolvió en abrazo enamorado
su ternura infantil y candorosa.
Un coro de querubes celestiales
desde los palcos rojos del poniente
les pareció escuchar a los chavales
a la luz imprecisa y decadente
del regreso, entre verdes trigales,
manos asidas y mirar fulgente.
Retratistas
Mi hermana y yo con Guaditoca en la feria de Ahillones









