Confesión.

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(Pintura de Raimundo Madrazo)

Uno, que estudió el catecismo,  recuerda los pasos para una buena confesión. Eran estos:

1º Examen de conciencia.

2º Dolor de corazón.

3º Propósito de enmienda.

4º Decir los pecados al confesor.

5º Cumplir la penitencia.

 

Haciendo un símil con la confesión religiosa,  los políticos, cargos públicos o institucionales de cualquier ideología (?) que sean culpables de los latrocinios que están aflorando como setas en otoño, deben rendir cuentas ante la ciudadanía, a quienes se deben y no a sus partidos. Lo han hecho algunos por la responsabilidad y culpa que tienen al haber designado para cargos de confianza a estos presuntos delincuentes. Han empezado el proceso  por el dolor de corazón, que nos decían debe ser sincero y no fingido.  Poniéndonos los ciudadanos como sufridores de los saqueos más que como confesores hemos escuchado, tarde y parcialmente, lo que era evidente y palmario  porque ha salido a la luz pública y no tenían más remedio que hacerlo. Trabajo les está costando.

Se acepta, pero está incompleto. Los pecados, en la terminología cristiana, hay que mencionarlos, especificarlos y no ocultar ninguno. A nosotros nos preguntaban de jovenzuelos: ¿Cuántas veces? ¿Solo o acompañado?

Deben hacer  examen de conciencia, suponiendo la existencia de ésta. No es necesario concentrarse en el oscuro rincón de ninguna iglesia para aflorarlos. Están a la vista.

El dolor debe ser sincero por el daño que hayan podido ocasionar a los ciudadanos y a las instituciones, no por la  temida pérdida de votos.  

El propósito de enmienda,  duradero, que no se esfume con la finalización de los próximos comicios. Ya conocemos  el grado de cumplimiento de muchas promesas.

Y lo más importante, cumplir la penitencia.  Según la doctrina cristiana, no es suficiente sólo decir los pecados en caso de robo, sino que hay que  restituir lo  sustraído. Aquí los espero.

El rebusco, en el horizonte.

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(Carta en el periódico HOY  27-10-2014)

Los pómulos prominentes  eran colinas donde anidaba el hambre y en las cuencas profundas de los ojos había ansiedad y miedo. En la posguerra y muchos años después hubo quien tuvo que agarrarse a la vida en las cáscaras de los deshechos. Frágiles y escasas briznas para no morir mirando al cielo a la espera de milagros que nunca llegaban.

Costaba más un pan que un jornal de sol a sol. Mientras unos se enriquecían con el estraperlo, otros construían  artesanales hornos en tinajas para elaborar panes caseros.

El rebusco, con permiso de los dueños, era una  solución estacional que aliviaba estrecheces. Por esta zona de olivar  y cereales los asideros para no perder el carro de la vida, del que muchos tempranamente se apearon,  fueron espigas caídas al suelo en el bregar de la hoz del  jornalero y aceitunas de terroso aceite, perdidas en las grietas del barbecho, unas gotas  para mojar en los exangües calderos.

Las circunstancias, afortunadamente,  no son las mismas, pero la penuria enseña sus orejas negras a muchas familias.. No estaría de más que se regulara esta actividad con la aquiescencia de todos los que estén  interesados, evitando los abusos de los pícaros.

Inteligencia y esfuerzo.

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Presta Naturaleza inteligencia

sin que el favorecido  ponga parte

hasta que  tesón,  trabajo y arte

eleven al autor a la  excelencia.

Por eso no presumas de cabeza

dotada de valiosas cualidades

si el uso que le das a sus bondades

se  ahogan en el mar de la pereza.

De tu esfuerzo y tesón eres el dueño,

muéstrate satisfecho y complacido 

de las metas debidas a su empeño,

lo demás te fue gratis concedido.

Embrocado

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Cuadro del pintor almeriense Antonio Cuevas López

 

Mueve el talle

con el garbo acompasado

del reloj de las cadencias.

En su porte, cuánto arte

cuando pasa por la calle,

oscilantes las caderas

en  el  bastidor del aire.

Los hombres cuando la ven

prenden miradas carnales

en los volantes del traje.

Manuela tiene por nombre

y  si es su marchar garboso,

más destacan en su rostro

ojos negros de azabache,

manantial  con agua oscura

donde se esconde la noche

y, cuando miro, extravío

las bridas de la cordura.

(Póngase en lugar de Manuela, cualquier nombre de mujer. )

Arrepentidos.

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Pillados con las manos en la masa,

y no es cuestión de honrados panaderos,

contrita explicación muestra el que pasa

de honor, celebridad y honra  señeros

con estudiada farsa sostenidos

a  ladrón que desfalca  los dineros.

Chivos con  leche  ajena mantenidos

fiados de los demás   en la quietud,

cucos que desvalijan otros nidos,

sólo muestran pesar por su actitud

al verse impunemente sorprendidos.

Tus brazos.

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Tu pelo mojado

dejaba en tu frente

mechón descuidado.

Llovía mansamente.

Tu mirada  perdida

se iba calle abajo

con el agua rota

caída en el suelo.

Quise abrazar

la redondez morena

de tus brazos desnudos,

frescor erizado

del primer aguacero.

No me atreví

a poner mi cuerpo

tan cerca del tuyo. 

Botarates.

puñal

Quizás a usted también le habrá pasado:

salir de casa en busca de solaz

y volver con jaqueca contumaz

por mor de un exabrupto inesperado

 

que cualquier botarate te ha soltado

con modales de fiera  montaraz,

dicción desatinada y lenguaraz

y ademán pedantesco y achulado.

 

Hay cretinos, a veces,  al acecho

a quienes sin que tú estés al corriente

les motivan la envidia y el  despecho.

 

Con la guardia bajada y aquiescente

te sorprenden puñaladas en el pecho

cuando estás descuidado y complaciente.

Soltando lastre.

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Voy a mis adentros,

cada vez más distante de las cosas,

absorto en mis asuntos,

sin atender llamadas ni  siseos.

Y no es que esté tocado

de ningún mal de la cabeza,

es que cada vez me afectan menos

los tópicos y los cumplidos.

Aprendí con  el tiempo

a relativizar sucesos

y a intentar saber   el  porqué

de las conductas de la gente,

fieras muchas veces,

héroes de calamidades

o de lágrima fácil

cuando ven salir  a las imágenes.

La madurez me va quedando solo,

pero más libre y más ligero,

soltando amarras en el puerto

 y extendiendo velas en el mar,  

a solas con mis pensamientos. 

Belleza o impostura.

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Sucede a veces que las mujeres muy bellas cohíben a los hombres de acercarse a ellas. 

Subí por roquedales escarpados

hasta la vecindad  de su figura,

temeroso de hallar la sepultura

en los riscos  de los acantilados.

 

Tales eran de regios sus tocados

que varones  de apuesta compostura

desistían por miedo a la apretura

de verse en su terreno desarmados.

 

Llegué al temido trono con paciencia

y a medida que hablaba mitigué

la aprensión que inspiraba su presencia.

 

Con el tiempo y el trato  averigüé

qué secreto guardaba su apariencia:

sólo era brillo de papel  cuché.

Los dos tercetos anteriores pueden sustituirse  por los dos siguientes, pues cierto es que  los dos casos podemos encontrarnos en la vida.  

Cerca  de su cuerpo y su semblante

comprobé la  verdad de su hermosura,  

de encanto   natural, fresco y radiante.

 

No había  aderezo ni impostura:

lo que de lejos  parecía arrogante

era la brillantez  de  su figura.

 

Agua y fuego.

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Cuando llovía nos poníamos debajo de los canalones con un paraguas. Era un placer sentir el chapoteo estrepitoso del agua sobre nuestras cabezas sin que nos mojara. Reminiscencias del claustro materno, quizás, esa protección  de las inclemencias externas, aunque nos mojásemos los pies, que por eso nos reñían los adultos.

Otro goce era meternos con las katiuskas en todos los charcos. La sensación de estar en el agua y no mojarnos debe ser también un regreso al mundo subconsciente de la protección.

Los dos arroyos que pasan por Ahillones  confluyen un poco más allá de las escuelas. Son  conocidos como  el primero y  el segundo. El primero, que pasa por el puente Nuevo, no tenía hecho aún el muro de contención que tiene hoy  y hacía en su recorrido un arco más pronunciado, viniendo a desembocar en lo que es el tramo final de la calle, cerca de los pasiles.  Allí nos metíamos con nuestras katiuskas e inmóviles fijábamos nuestra mirada en el agua durante largo rato. Al poco parecía que no era la corriente la que se movía, sino nosotros que navegábamos arroyo arriba sin movernos del sitio.  El agua y el fuego siempre nos atraen como algo mágico y atávico.

¿Quién no se ha ensimismado mirando el fuego,  oyendo el crepitar de los leños y contemplando el vaivén caprichoso de las llamas?

Nos embelesan y nos atraen como los polos de un imán, antagónicos y complementarios al mismo tiempo.

Con el fuego calentamos el agua, con el agua apagamos el fuego. La lucha, la eterna contradicción,  la búsqueda del equilibrio. El bien y el mal son dos polos inestables que se repelen y se buscan.