Bella

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Perdone mi indiscreción

si vuelvo atrás la cabeza

tras ese andar tan garboso

que va dejando una estela

de gloria, fragancia  y arte,

señora.

¡Qué curvas tan bien mecidas

en los columpios del aire

por los goznes de su talle!

Almendra y miel en sus ojos,

sus brazos de piel morena

y sus pechos…

Debió bajarse del cielo,

luz, encanto y esplendor,

la diosa Venus al suelo.

Uniformados

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La colación más común en las navidades de hace muchos años  era  una caja de mantecados de Estepa y una botella  de anís de Cazalla.

Lentamente  fue llegando  el desahogo  y con él la televisión  nos enseñó otras formas de celebrar estas fiestas,  otras comidas y bebidas  que fueron incorporándose  a nuestros menús.

Saltaron tapones de champán  que certificaban en el techo con  matasellos la arribada  de la prosperidad  y el derroche. Las mesas  se llenaron de mariscos, carnes, turrones y refinados licores.

Papá Noel no había llegado aún con su trineo tirado por renos desde las lejanas  tierras nórdicas para usurparle a los Magos su protagonismo, ni el acebo ni el muérdago adornaban nuestras casas. Sólo el portal con las lavanderas en el arroyo, los pastores a la lumbre y la  estrella del rabo plateada señalando a los Reyes Magos  el lugar donde se hallaba  el establo con  una mula y un buey junto  al recién nacido. La noche de la ilusión, la de la magia entraba por fogones y ventanas y dejaba un balón, una muñeca,  un diábolo y  un puñado de caramelos esparcidos por el suelo, cuando  aún había niños que encontraban en los días que derriban las puertas, sus abarcas vacías, sus abarcas desiertas, como magistralmente escribió Miguel Hernández. Tornó la mesura  a saciedad de juguetes, olvidados en un rincón al día siguiente. Llegaron  los móviles de última generación,  que no son  juego, sino absorción de las seseras. Y en esas estamos. 

Mantecados-típicos

La Nochevieja era  entonces una noche más en nuestros pueblos que  daba  entrada sigilosa  al año nuevo.  Pero nos llegaban imágenes  de  saraos llenos de guirnaldas, serpentinas  y confetis festejando alborozadamente  la despedida del año y nos fuimos uniendo al cortejo unificador de costumbres. Primero se hicieron reuniones en casas o cocheras donde se bebía y se bailaba con  música de radiocasete o tocadiscos. Después nos incorporamos  de lleno  a la vorágine de despedidas ebrias con bullanga y besos de buenos deseos y prosperidad  a discreción. Todos unidos en la resaca de Año Nuevo.

Vacaciones de Navidad.

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Columna Raíces en el periódico HOY de ayer viernes

 El prefecto nos recomendaba  hacer un horario para las vacaciones. Había tiempo para todo si lo distribuíamos bien.  Así que en los días  anteriores   a las mismas nos dedicábamos  con gran regocijo  a su confección,  más por recrearnos mentalmente en el  disfrute que preveíamos  que en los beneficios organizativos que pudiera  depararnos su aplicación. Hacíamos dos y los repasábamos y retocábamos con frecuencia: uno por si llovía  y otro por si hacía sol.

 Esa anticipo programado de lo que pensábamos hacer  nos transportaba imaginariamente a nuestros pueblos,  a los que no íbamos  desde octubre y añorábamos constantemente.

 Distribuíamos  las horas   entre paseos  en  bicicleta, partidos de fútbol, comidas, misas,  rosarios, televisión, que entonces era novedosa, y  lecturas, por indicación imperativa del superior.  Esos eran los propósitos, aunque cuando llegaba el momento  de llevarlos a la práctica nos adaptábamos sin problemas  a  las circunstancias  sobrevenidas   y que no eran otras que dilatar  el tiempo de juego de orilla a orilla de la jornada. Los primeros días de vacaciones ayudábamos a montar el portal en nuestras casas o  en la de  algún amigo.  Íbamos al ejido con  azadón y cuchillo para recortar y extraer   “magro”, que así llamamos por aquí a pedazos  de hierba  con sus raíces. Buscábamos  el papel de plata que traían  las libras de chocolate para simular el río donde lavaban las lavanderas, mocos de los desechos de las fraguas para los montes y papel  de   celofán rojo para la lumbre alrededor de la que  pasaban la noche los pastores.

 Aún éramos pequeños para los guateques y reuniones que vendrían en años posteriores y que ocuparon muchas horas  de nuestro tiempo adolescente.

 Antes de que el consumo y las disponibilidades económicas degeneraran en hartazgos y derroches,  el plato principal de la cena de Nochebuena solía ser  arroz con bacalao o un pollo de corral en escabeche acompañados por vino  de la tierra para los mayores. Postres  sencillos, pero exquisitos, como el arroz con leche y las “puchas”,  a base de agua, harina, canela,  leche y azúcar que  las manos diestras de las madres y abuelas elaboraban.

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 Lo peor era el regreso al internado. Los buenos ratos con los amigos, los juegos, la familia… Arrancar de cuajo esas vivencias y  las  entrañables  horas al brasero para llegar al mármol frío y la  humedad de los pasillos   era un golpe cruel a nuestros cuerpos y sal para el sentimiento en carne viva. Éramos poco más que unos  niños.

 En la maleta llevábamos las manos de nuestras  madres en los pliegues de la ropa y los olores de la casa recién abandonada. Abrirla en aquel dormitorio del internado era esparcir añoranzas, sobre todo  en    los anochecidos, esas horas de luz entreverada e incierta en que arrecian las tristezas.

 Los recreos de los primeros días los pasábamos en los rincones del patio rumiando recuerdos  y rememorando  con los paisanos vivencias recientemente compartidas  en el pueblo. Tardábamos varias jornadas en superar la murria; algunos más, tanto que eran llamados por los superiores para intentar aliviar su abatimiento.

Aquella escuela

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Columna semanal Raíces en el periódico HOY

Los pupitres eran bipersonales y para delimitar fronteras cuando las relaciones vecinales  se deterioraban por algunas de las múltiples y efímeras disputas infantiles  trazábamos una raya con  lápiz o con  tiza que lo dividía en dos partes iguales. Si uno de los dos ocupantes traspasaba la medianería  recibía un codazo del compañero como aviso y castigo por la invasión. Si coincidía con el momento en que hacíamos  caligrafía  el  envite podía ocasionar que la hoja se  llenara   de manchas de tinta,  porque entonces la usábamos con plumilla para este fin.  La tinta la elaboraba el maestro mezclando unos polvos azules con agua. Los tinteros eran de plomo o cerámica y estaban en los agujeros que tenían los pupitres en  la parte superior. Cada día el alumno encargado  los llenaba..

 Hacer la plana era una de las actividades más placenteras para mí. El maestro  escribía en el encerado la muestra y  nosotros la repetíamos en la libreta de dos rayas, dejando nuestra impronta en los  trazos  cercanos al arte del  dibujo que subían, bajaban y se curvaban con cambios de grosor y rasgos arabescos en aquellas libretas de la marca Balandro con dos futbolistas en portada.  Había que hacerla con especial esmero, sin que las vocales desbordaran los límites del suelo y el techo de las rayas paralelas.  Cuando el maestro nos calificaba con  “Muy Bien” regresábamos   a nuestro pupitre  mostrándola a los compañeros con gran satisfacción.  Sentí que  la caligrafía se eliminara de nuestro aprendizaje.

 Las cuentas las hacíamos   en una  pizarra pequeña e individual  donde escribíamos con  pizarrín blanco, redondo y duro.  El borrador consistía en un retazo  de tejido unido a la pizarra por una cuerda al que agregábamos saliva.  En caso de  pérdida del trapo, no había problema, se le reemplazaba  por  la manga del jersey   que después frotábamos con el pantalón para  difuminar la mancha de tiza.

 Cayeron en desuso  la tinta y las pequeñas pizarras y se generalizaron los lápices y las libretas.     La goma de borrar “MILAN” siempre a mano para corregir yerros. A los  tres o cuatro borrados la carilla quedaba ennegrecida y entonces mojábamos un poco la goma con la lengua, procurando no abusar de esta práctica por el riesgo de rotura del papel.

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  Después  de las cartillas de “Rayas” de los primeros cursos,  cuyo autor fue el extremeño de Serradilla Ángel Rodríguez Álvarez,   llegó  el “Nuevo Catón”, que introdujo los colores en los dibujos que ilustraban las  lecturas. En los cursos superiores   la enciclopedia “Álvarez” en sus distintos grados-“intuitiva, sintética y práctica” fue el libro básico y único que comenzaba con la historia sagrada y terminaba  con las  efemérides  conmemorativas  de personajes y hechos  afines  a  la causa vencedora  de la incivil contienda.

  Algunas tardes en que lucía el sol sacábamos los pupitres a las “corralillas”, denominación  que dábamos en Ahillones  a los porches de las traseras de la escuela orientados al poniente. Allí hacíamos las tareas, con el sol en la cara  y el moscón de los sueños zumbando de pupitre en pupitre.

Hasta después de la muerte

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Surge este poema de la inspiración  de la letra de un fandango que, ¡quién no ha cantado alguna  vez!

“Hasta después de la muerte

te tengo que estar queriendo,

que muerto tambien se quiere,

yo te quiero con el alma

y el alma nunca se muere”

Si me dejan soñar después de muerto,

aunque ya no despierte,

no te perderé nunca.

Te llevaré en el subconsciente

y seguro que aflora

en un tiempo sin horas,

libre de ataduras, tu recuerdo.

Iremos  en una permanente  juventud

por  prados verdes bajo cielo azul,

asidos de la mano de nuestros sentimientos.

Te llamaré a mis sueños

para unir los tuyos  con los míos.

Crearemos historias con bellos argumentos.

Así debe de ser la gloria,

la que esta tarde de diciembre,

acordándome de ti, presiento. 

 

Matanzas

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Columna semanal Raíces en el periódico HOY

 Eran días especiales y el maestro  sabía que en esas fechas tan señaladas faltábamos a la escuela. Cuando pasaba lista  los compañeros confirmaban escuetamente el motivo de la  ausencia: “Está de matanza”.

 La noche anterior el ajo machacado, el pan rebanado y las tripas  en remojo habían tirado las salvas olorosas  del inicio del acontecimiento.

 Hacer que entre un cochino en una casa requiere más astucia que fuerza, salvo aquel caso  referido como chanza en   que un cerril  mozo, enojado y sudoroso tras bregar inútilmente después de múltiples intentos, le espetó al obstinado animal: “A conocimiento me ganarás, pero a cojones no” y  a rastras lo llevó hasta  el corral con todas las fuerzas que  su enojo  enardecía.  Nada mejor  para guiarlo que hacer sonar unas pocas de bellotas  dentro de medio almud.

 A las matanzas se invitaba a los familiares más allegados  y al novio y a la novia de los hijos cuando las relaciones ya estaban formalizadas. Acto social recíproco  que estrechaba lazos y compartía tareas. Las había que por tradición se reservaban para las novias, como  las del llenado de la chacina. La futura familia política  procuraba aliviar a los pretendientes  de los trabajos  más penosos.

 Unos días después de terminar las faenas se  enviaba a los invitados como agradecimiento y cortesía un pequeño lote de productos de la matanza, que por aquí llaman caldillo.

 Al lado de la  candela había siempre cubas o cántaros con agua caliente para lavarse  las manos el matarife, la  matancera y los ayudantes y para la limpieza de orejas, patas, rabo, pestorejo y tripas del cerdo. Los hombres, por lo general, hacían los trabajos que requerían más fuerza. Las mujeres  los de destreza y  habilidad.  Y  organizar, porque eran ellas las que distribuían tiempos, lugares y  funciones.

 No tenían mucho reposo la botella de aguardiente y las perrunillas en las primeras horas del día.

 A media mañana se comían migas con aceitunas, ajos,  sardinas y vino.

 La matanza solía durar dos días, dejando que  reposara la carne ya aliñada en artesas y lebrillos para llenar al día siguiente.

 El momento  de las “probaíllas” era especialmente esperado. Todos  opinábamos del punto de sal, pimienta  y pimentón  de  chorizos, morcillas y salchichones. Exquisiteces  que degustábamos fritas  con un poco de pan.

No existe animal más difamado que los cerdos en sus nombres (puercos, marranos, cochinos, guarros)  ni más ensalzado por el gusto de sus carnes.

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 En hileras negras, rojas y marrones quedaba  en ordenada formación la chacina durante el invierno. Los jamones y tocinos cubiertos de sal y los huesos y costillas adobados y colgados en varas. Los productos de la matanza eran la base de la alimentación. La comida más habitual, casi diaria, era el cocido con tan suculentos complementos.

Muchas noches de invierno cenábamos  presas de lomo, hígado y magro, conservadas en manteca  y calentadas  para que soltaran la pringue.

Mención aparte merecen las mañanas con los tejados cubiertos de escarcha, sentados  al lado de la lumbre y  untando tostadas  con manteca “colorá”.  

Lutos

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 (Publicado ayer en el periódico HOY en mi columna Raíces.)

Algunas  costumbres han supuesto una carga y un castigo para quienes las  hubieron de observar presionados por una sociedad de mentalidad pacata y agobiante que basaba su identidad en preservar lo que de siempre habían hecho sus antepasados, sin más atisbo de razonamiento.

  Si a una mocita  se le moría un familiar  en su juventud no sólo sufría  la pena por la ausencia del ser querido, sino la condena de su clausura   y el corsé de  los ropajes negros de los lutos sobre su cuerpo.

 Federico García Lorca describió magistralmente en la Casa de Bernarda Alba esa situación de angustia y encierro. Reflejaba una tradición  profundamente arraigada  en nuestros pueblos   que mustió y cercenó  la flor de la mocedad de muchas mujeres porque los hombres, al   tener que salir a trabajar fuera de casa, cumplían los lutos con una franja negra en la manga de la chaqueta, el revestimiento de un botón o un pico negro en  la solapa.

  Mujeres hubo que encadenaron por la desgracia de muertes próximas en el tiempo dos o tres lutos seguidos y cuando terminaron de cumplir con todos  la lozanía  se les había escapado por las rendijas de la puerta.

 Las primeras semanas  las amigas  más cercanas hacían los recados de las enlutadas para evitar que  salieran a la calle.  Dentro de la casa una procesión de sombras silenciosas vagaba por las habitaciones  haciendo los  quehaceres. Si el primer año tenían que salir por obligaciones ineludibles se cubrían la cabeza con el velo y sobre las espaldas el manto. De estas vestimentas se iban desprendiendo  poco a poco, por etapas,  como crisálidas en mutación. Primero dejaban el manto y usaban sólo el velo. Posteriormente vestían sin los dos complementos, pero con trajes  negros. La última fase abría  una celosía a la esperanza  con las pintas blancas del medio luto, celdillas de panales por donde comenzaba a entrar la luz o quizás por dónde se asomaba la vida que bullía en sus cuerpos  jóvenes, privados de bailes, fiestas y romerías bajo la opresión de  tradiciones  y rutinas y  la  no menos agobiante abrazadera del respeto humano que constreñía sus conductas a la aquiescencia  de estrictos censores. Rémoras de las que las nuevas generaciones afortunadamente se han desembarazado. 

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  Los lutos eran una clausura de angustias con suspiros hondos tras los visillos de las ventanas. Veían  pasar la vida entre rezos de rosarios con la compañía de las  vecinas  que acudían a la caída de la tarde a acompañar a las dolientes. Un murmullo de abejas iba  desgranando plegarias y rogando por el alma de los muertos en la penumbra de la sala. Después,  reinaba el  silencio, pespunteado sólo  por el monótono tictac del reloj  que seguía impasible carcomiendo  las sienes del tiempo. 

  Cuando la losa de los lutos se quitaba de encima   descubrían que la vida seguía fuera  bullendo por las calles. En muchas ocasiones ya era tarde para unirse al cortejo que había pasado por sus puertas tocando el pífano y el tambor de la primavera.

 

Haikús para pasar un rato.

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La enredadera

en el rincón sombrío

de la mañana

 

Arde la leña

en el hondo silencio

de las miradas.

En la ribera

anudé el pañuelo

sobre tu pecho.

Yo  te miraba

entre los verdes trigos

de primavera.

No te besé

aquel día de jira

y aún me pesa.

¿Por qué no dices

la verdad que atesora

tu pensamiento?

Yo sí te quiero,

te lo dije aquel día

en la ribera.

Con agua clara

y el olor del romero

el campo es nuevo.

 

No la despiertes

a la alondra en el campo

que el sol se encarga.

 

Oscurecido

tus ojos me parecen

brasa y candela.

Hoy me despido,

que me espera despierta

la madrugada.

Misioneros

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Cruz que se conserva en el cancel de la puerta del perdón de la iglesia de la Granada.

Publicado ayer viernes en el periódico HOY. Columna Raíces.

Con el pronto declinar de la luz y el avance de las sombras se apoderaba del pueblo un ambiente de recogimiento.  A dos luces regresaban los hombres del campo sobre sus cabalgaduras y las mujeres con paso diligente  se dirigían a los ultramarinos a realizar las últimas compras  antes de sentarse al calor de los braseros.

 En este tiempo  de sementera,  de pastoreo otoñal y recogida de aceitunas llegaron los misioneros a romper la cadencia rutinaria de los quehaceres.

 Se alojaron  en la casa solariega de una familia de abolengo por  cuyo acerado paseaban en las  mañanas de tibio sol con las manos protegidas dentro de las bocamangas.

 La principal función religiosa comenzaba al anochecido. La anunciaban con tres repiques de campanas a intervalos de media hora.

 En los prolegómenos de los actos centrales se rezaba el rosario. Vaivenes de avemarías, como olas de la cresta a la resaca, eran musitadas  en murmullos  decadentes. Al final quien lo dirigía  desgranaba la monocorde y rutinaria  letanía, tal que podía intercalar con las bíblicas advocaciones términos impíos y los orantes seguirían respondiendo “ora pro nobis”.

 Acto fundamental de la noche misionera era el sermón. Celebrados fueron los del padre Rodríguez  por los años sesenta. “Todos pecadores” es una frase suya que se trae a colación  en ocasiones para rebajar los humos a quienes presumen de perfección en sus conductas.

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 El orador con sotana, roquete y estola salía de la sacristía y se dirigía ceremoniosamente al púlpito acompañado por dos monaguillos. Comenzaba a hablar con un tono bajo, casi inaudible, con saludos protocolarios a las autoridades civiles y religiosas y fieles en general.  Una cita bíblica en latín  y  poco a poco iba subiendo el tono de la plática.

 Experto en conmover auditorios, modulaba, enfatizaba,  y sobre todo utilizaba los silencios estratégicamente. Después de una afirmación rotunda o una pregunta inquietante  callaba unos segundos.

 Durante estos silencios, con el personal sobrecogido,  sólo se oía caer la lluvia fuera.

 Acto relevante también de las misiones era el rosario de la aurora: “El demonio en la oreja te está diciendo, no reces el rosario, sigue durmiendo”. Aguijón a las conciencias de los perezosos que no se habían atrevido a madrugar y recorrer las calles con el frío de la amanecida.

  ¡Oh, imaginación inducida  de nuestras ingenuas mentes infantiles! Atemorizados por el fuego y el tridente figurábamos tras el cielo nublado  un hueco azul radiante por donde se escapaban los rayos de sol.  Allí volaban huyendo  de temores nuestros anhelos. Tras las nubes,  limpios de  culpas cargadas en nuestro haber sin saber bien  el motivo,  gozaríamos envueltos en  cánticos de querubes  de todo lo que nos apeteciese con sólo desearlo.

  El otoño avanzaba y los misioneros, cumplida su misión, se iban a otros pueblos llamando a hijos pródigos para el regreso.  El labrador, uncido a la mancera, a su besana,  el ama de casa  a sus labores y los niños a la escuela. Las conciencias en paz, el pueblo  en orden, purgado y  envuelto en la  rutina  de las norias.

Besos de despedida

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A mitad de la calleja

está sola la farola.

Resonaron hace horas

los  ecos de los últimos pasos presurosos

y bajó la madrugada

con su traje de escarcha

a posarse brillante entre las tejas.

La  salamanquesa acecha

el vuelo de una palomilla.

En el aire quedaron  los besos de una despedida,

dos chiquillos casi,

asomados   al despertar amoroso de la vida.