Pesimismo.

Fotografía de Juan Sevilla http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

 

 

A la larga nos puede el sufrimiento

y el alegre disfraz que nos ponemos

difumina el dolor que padecemos

y mitiga el sufrir de algún tormento.

Pasajero placer de ruin momento

al calor de las copas que bebemos,

engañando  las penas que tenemos

y fingir que gozamos de contento.

Es la fe de futura eternidad

resplandor de un señuelo que nos ciega

en la busca y afán de libertad.

Esperamos la dicha que no llega

y  nos cubre de amarga soledad

la vida ingrata que hacia el fin navega.

Leche en polvo y queso de bola.

La ayuda americana llegaba a la escuela  en forma de leche en polvo y queso de bola. La leche se hacía en una cuba de cinc dándole vueltas con un palo, labor que encargaban los maestros a los alumnos mayores. Al salir a recreo  nos ponían en fila y nos la echaban en los tazones que llevábamos de casa.

Cuando se cansaron de darle vueltas a la leche con el palo nos daban el polvo para que cada uno hiciese con él lo que le pareciera. La mayoría nos lo comíamos así, poniéndonos la cara como se puede imaginar y la garganta a punto de provocarnos asfixia.

 

Después  de bebernos el tazón, con el bigote blanqueado nos íbamos al arroyo  que pasaba por la parte trasera  del edificio escolar a pescar renacuajos y peces en las covachuelas (“covacheras”, les decíamos nosotros). Algunos compañeros, en una práctica cruel, atravesaban los renacuajos con un junco y engañando a cualquier incauto le decían, con el pretexto de realizarle una operación quirúrgica al animalito, que sujetasen el junco por los extremos, poniendo el junco entre los dedos de ambas manos. Cuando más absorto  y confiado estaba el cándido  esperando el resultado de la operación le juntaban las manos de dos tortazos sincronizados destripando al renacuajo entre ellas.

Al salir de la escuela por la mañana, volvíamos al arroyo, pero esta vez para buscar en sus orillas tierra seca y echarla sobre las punteras mojadas de los zapatos. Intentábamos disimularlas  de esta  manera para que no nos riñeran en casa.

 

El queso de bola se repartía por la tarde para  merendar.  Los maestros lo partían en una mesa que estaba en un rincón de la clase. El queso venía en envases  de metal amarillento con forma de prisma cuadrangular.

Algunas tardes de primavera  o de  otoño  en que lucía el sol, sacábamos los pupitres a las “corralillas”, que eran una especie de porche  orientados al poniente  y que se  comunicaban con las aulas mediante una puerta. Allí hacíamos las tareas. La parte de la cara  en que nos daba el sol se nos ponía como una amapola y el moscón de los sueños zumbaba de pupitre en pupitre.

Lavar sin botones.

Cuando no había  lavadoras   la ropa se lavaba en la panera con agua del pozo y jabón verde  y se frotaba en el “batiero”, que es una  tabla con la superficie formando relieves.  Los detergentes con marcas como “Ese”,  “Saquito” , “Tutú” y “Omo” llegarían más tarde.  La lavandera, de rodillas sobre un trozo de corcho, batía la ropa sucia una y otra vez  con los puños hasta dejarla limpia.  Después se enjuagada  sacando nuevas cubas de agua del pozo y se colgaba  a secar.

Había lavanderas profesionales  que iban a la orilla del arroyo o a pozos que estaban en el campo y allí relizaban esta labor, bien con paneras y “batieros” o sobre piedras. Tendían la ropa ya limpia sobre aulagas y  tomillos. Ya seca la transportaban en canastos de mimbre a casa para plancharla.

Eran las  mujeres las que lavaban  y planchaban la ropa. En los tiempos a los que hago referencia  no vi nunca a ningún hombre  haciendo esta faena.

Trabajo duro y mal pagado del que pueden dar referencias  muchas mujeres mayores de nuestros pueblos. Las  jóvenes  generaciones deben saber el sacrificio que costaba  cualquier faena doméstica que hoy se resuelve apretando  un botón, sobre todo  porque a veces nos cuesta trabajo llevar la ropa sucia desde la habitación a la lavadora.

Nos queda la liturgia

Queda el incienso en las solemnidades,

los cánticos gregorianos,

nocturnas adoraciones

y el amor de los amores;

capas pluviales, manteos,

amitos, cíngulos, albas,

roquetes y solideos;

la cadenciosa oratoria

de grandes   predicadores,

el sol roto en las  vidrieras

en un mapa de  colores;

oficios de  primavera,

y altares llenos de flores,

las velas y procesiones

y el negro de las sotanas,

repiques alegres,  dobles de muerto,

sones lejanos en el campo abierto.

Nos quedó al fin  la liturgia.

Huyó Dios por las ventanas

en un caballo de  incienso.

La sombra de Caín.

Me dan miedo las tapias de los cementerios. Sus cicatrices de cal  guardan dentro el plomo denso de balas asesinas.

Me dan miedo los sicarios  llamando a las puertas cerradas de las casas.

Siento el ruido  del coche  que los lleva y vuelve, cobarde, en busca de otros nuevos inocentes.

Dañan  mis oídos los ecos de disparos en la noche y ciegan mis ojos las ráfagas brillantes de los Mauser .

Presiento  barro y  sangre en los rostros abatidos y aún calientes.

Después, sólo  el canto  negro de los grillos.

Tengo miedo de que el  espíritu cainita se encabrite, que ese no murió, sólo dormita.

Esta tarde una descarga de vello electrizado recorre mi cuerpo e intuyo a un Goya imaginario trazar los cuerpos descompuestos de la muerte en el celaje rojo del poniente.

 

Alzheimer.

 

Si  llega el olvido y no conozco a nadie ni recuerdo dónde estoy, no podré decir lo que ahora siento.

Y antes que esto ocurra, antes que mis ojos vaguen por las cosas sin pararse  en ellas, quiero que sepáis mis sentimientos.

Con el paso de los días iré olvidando todo y no sabré  quién soy ni  conoceré a los que ahora quiero.

Me iré despegando de personas y de afectos. Me quedarán las caricias que me deis, aunque no pueda responderos.

Huirá mi  mente y dejará aquí un montón de carne vegetando. No seré ya el mismo que ahora escribe. Desde una sima insondable os miraré sin veros. Tendréis entre vosotros a un muerto respirando.

Agujero negro.

Habrá de venir un día

que el sol devore a la Tierra

y al resto de sus planetas

en un giro de exterminio.

Después silencio absoluto.

El inmenso firmamento

seguirá con sus estrellas,

con sus  soles y  cometas

flotando en la inmensidad.

¿Latirán más  corazones

en lugares ignorados

y algún insomne poeta

escribirá  madrigales

a alguna dama soñada.

a la luz de alguna luna

que tenga  brillo  de plata ?

¡Es tan grande el Universo!

¿Qué quedará de la Tierra?

Será una mancha en el cielo

y en su lugar,  negro olvido

por los siglos de los siglos.

¿Dónde irán mis sentimientos?

¿Quedará  de pasión algún vestigio,

un querer, un dolor, algún suspiro,

el jadeo gozoso de un amor?

Sólo  el tiempo lo sabe

y la mano que mueve sus manillas

si es que hay.

En  la cola de un cometa

viajará guarecida  una semilla.

De  allí surgirá otra vez

a la luz y al calor de un nuevo sol,

el germen  de otro ciclo de la  vida.

El “machacaó”

Después del aporreo vertiginoso de estos días  sobre el  sufrido fondo del mortero, descansa  su  redonda  corpulencia al final del cajón. Sus porrudas fauces  conservan aún  olores de ajos, pimientas, comino y nuez moscada. Apurados los restos  de las cercanas bacanales, cuando se remanse el tiempo en la rutina, y  a media mañana o a la caída de la tarde el apetito cosquillee en mi  estómago y abra el cajón del aparador, buscando  el reconfortante  alivio en el resto  tortilla de la noche  anterior o  en la  chacina fresca  para calmar las urgentes  embestidas  del hambre, mi deseo  es  que  detenga su  marcha hacia mi con algunos de los obstáculos citados. Por el  contrario,  si  desciende  a tumba abierta por la pista  solitaria  del cajón y se estrella ruidoso contra el borde cercano a  mi mano me estará confirmando la carencia  de viandas en la despensa alimenticia y se agravará la espera hasta la hora del almuerzo o de la cena con la rebelión sonora de las  tripas.

Enero.

Fotografía de Juan Sevilla. http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

La luna reina sobre  los luceros

mientras el hilo de la escarcha hilvana

un vestido de luz a las riberas

para alumbrar de blanco a la mañana.

Está enero tejiendo en los senderos

alfombras blancas  de crujiente escarcha

para el paso temprano del labriego.

Gotitas de rocío  en la retama

aguardan las caricias  de la luz

para darle un  diamante a la alborada.

Compran oro.

Cuando  yo era niño venían de Zafra los Doblas comprando oro por las casas de mi pueblo. Eran malos tiempos todavía y el oro una inversión segura para el futuro. Había  pocos  que pudieran  comprarlo  y muchos los que  tuvieron necesidad de  vender. Las familias no solo se desprendían del anillo o la pulsera, también se iban, vestidos de amarillo, jirones de sentimientos.

Entonces no había televisión y los dos o tres  periódicos que llegaban al pueblo lo hacían con días de retraso a casas de algunas familias pudientes.

Las consecuencias de la mala situación económica  no se  avisaban ni se divulgaban en los medios de comunicación. Se manifestaban en remiendos y zurcidos y en la privación de gastos que no fuesen los estrictamente  necesarios. No ponían octavillas en las puertas anunciando recogida de ropa usada para el lunes porque cuando se desechaba una prenda  sólo servía para trapo del “sacuidor”.

Han vuelto los compradores de oro. Planean con vuelo sostenido, sus sombras se proyectan amenazantes sobre nuestras cabezas. Los políticos y financieros con el altavoz de los medios de difusión han conseguido meternos el miedo en el cuerpo.  Por eso, como corderos, no respondemos a los golpes. Callamos y miramos a nuestro matarife  con ojos enormemente abiertos, suplicando al menos clemencia en el sacrificio.