Alzheimer.
Si llega el olvido y no conozco a nadie ni recuerdo dónde estoy, no podré decir lo que ahora siento.
Y antes que esto ocurra, antes que mis ojos vaguen por las cosas sin pararse en ellas, quiero que sepáis mis sentimientos.
Con el paso de los días iré olvidando todo y no sabré quién soy ni conoceré a los que ahora quiero.
Me iré despegando de personas y de afectos. Me quedarán las caricias que me deis, aunque no pueda responderos.
Huirá mi mente y dejará aquí un montón de carne vegetando. No seré ya el mismo que ahora escribe. Desde una sima insondable os miraré sin veros. Tendréis entre vosotros a un muerto respirando.
Agujero negro.
Habrá de venir un día
que el sol devore a la Tierra
y al resto de sus planetas
en un giro de exterminio.
Después silencio absoluto.
El inmenso firmamento
seguirá con sus estrellas,
con sus soles y cometas
flotando en la inmensidad.
¿Latirán más corazones
en lugares ignorados
y algún insomne poeta
escribirá madrigales
a alguna dama soñada.
a la luz de alguna luna
que tenga brillo de plata ?
¡Es tan grande el Universo!
¿Qué quedará de la Tierra?
Será una mancha en el cielo
y en su lugar, negro olvido
por los siglos de los siglos.
¿Dónde irán mis sentimientos?
¿Quedará de pasión algún vestigio,
un querer, un dolor, algún suspiro,
el jadeo gozoso de un amor?
Sólo el tiempo lo sabe
y la mano que mueve sus manillas
si es que hay.
En la cola de un cometa
viajará guarecida una semilla.
De allí surgirá otra vez
a la luz y al calor de un nuevo sol,
el germen de otro ciclo de la vida.
El “machacaó”
Después del aporreo vertiginoso de estos días sobre el sufrido fondo del mortero, descansa su redonda corpulencia al final del cajón. Sus porrudas fauces conservan aún olores de ajos, pimientas, comino y nuez moscada. Apurados los restos de las cercanas bacanales, cuando se remanse el tiempo en la rutina, y a media mañana o a la caída de la tarde el apetito cosquillee en mi estómago y abra el cajón del aparador, buscando el reconfortante alivio en el resto tortilla de la noche anterior o en la chacina fresca para calmar las urgentes embestidas del hambre, mi deseo es que detenga su marcha hacia mi con algunos de los obstáculos citados. Por el contrario, si desciende a tumba abierta por la pista solitaria del cajón y se estrella ruidoso contra el borde cercano a mi mano me estará confirmando la carencia de viandas en la despensa alimenticia y se agravará la espera hasta la hora del almuerzo o de la cena con la rebelión sonora de las tripas.
Enero.
Fotografía de Juan Sevilla. http://www.flickr.com/photos/juaninda/
La luna reina sobre los luceros
mientras el hilo de la escarcha hilvana
un vestido de luz a las riberas
para alumbrar de blanco a la mañana.
Está enero tejiendo en los senderos
alfombras blancas de crujiente escarcha
para el paso temprano del labriego.
Gotitas de rocío en la retama
aguardan las caricias de la luz
para darle un diamante a la alborada.
Compran oro.
Cuando yo era niño venían de Zafra los Doblas comprando oro por las casas de mi pueblo. Eran malos tiempos todavía y el oro una inversión segura para el futuro. Había pocos que pudieran comprarlo y muchos los que tuvieron necesidad de vender. Las familias no solo se desprendían del anillo o la pulsera, también se iban, vestidos de amarillo, jirones de sentimientos.
Entonces no había televisión y los dos o tres periódicos que llegaban al pueblo lo hacían con días de retraso a casas de algunas familias pudientes.
Las consecuencias de la mala situación económica no se avisaban ni se divulgaban en los medios de comunicación. Se manifestaban en remiendos y zurcidos y en la privación de gastos que no fuesen los estrictamente necesarios. No ponían octavillas en las puertas anunciando recogida de ropa usada para el lunes porque cuando se desechaba una prenda sólo servía para trapo del “sacuidor”.
Han vuelto los compradores de oro. Planean con vuelo sostenido, sus sombras se proyectan amenazantes sobre nuestras cabezas. Los políticos y financieros con el altavoz de los medios de difusión han conseguido meternos el miedo en el cuerpo. Por eso, como corderos, no respondemos a los golpes. Callamos y miramos a nuestro matarife con ojos enormemente abiertos, suplicando al menos clemencia en el sacrificio.
La taberna.
Había una taberna que parecía sacada de un dibujo de almanaque. El dueño tenía la nariz aporrillada y recorrida por hilillos violetas que se asemejaban al mapa de cualquier confederación hidrográfica.
No existía entonces agua corriente y la limpieza de la escasa loza se hacía en un lebrillo con agua de pozo que se echaba por la mañana y se cambiaba al día siguiente. Los restos del vino que quedaban en los vasos después de la última ronda se vaciaban en una cuba.
La iluminación del local procedía de una bombilla de no más de cuarenta vatios colgada del techo de un cordón trenzado que un día fue blanco y que se había ido poblando de motitas negras y tono amarillento con el paso del tiempo, provenientes de cagadas de moscas y del humo del tabaco.
A pesar de lo inhóspito del sitio se creaba allí un intimista ambiente de arrabal argentino y tango despechado que hacía sentirse a los tabernarios a gusto para la confidencia.
Al compás que se vaciaban vasos de vino en los gaznates sedientos de los asiduos clientes nocturnos afloraban a sus conversaciones evocaciones teñidas de deseos insatisfechos y de quejas que nadie atendía. La fantasía llamaba a los duendes del alcohol para que pintaran de rosa los oscuros trazos de la realidad y presentasen como consumados sucesos que sólo existieron en lo más recóndito de sus subconscientes.
Calentados por el vino, comenzaban a extender sus almas descarnadas sobre el mostrador. El tabernero, por no entrometerse en las conversaciones, canturreaba por detrás de la barra limpiando a rosca los vasos con un paño de color indeterminado.
A altas horas, cuando la noche subía al nido del sueño, se asomaba a la puerta y pronunciaba una frase ritual: “Paris duerme”, y cerraba por dentro para no molestar con las altisonantes conversaciones el descanso del vecindario que moraba en aquella zona del pueblo. Se hablaba de todo.La mayor parte de las veces atropelladamente y cortándose unos a otros en las réplicas. Cuando se lanzaban afirmaciones comprometidas el exponente de turno se dirigía al tabernero buscando alguna forma de complicidad o asentimiento a sus aseveraciones. Otras veces, el que hablaba miraba en derredor por si hubiese oídos escuchando, cuando eran ellos hacía tiempo los únicos que permanecían en el local. El tabernero de la tasca tenía como latiguillo una frase cuando escuchaba intimidades familiares comprometidas: “Lo que tapan las tejas”.
Algunas noches, si la clientela era de los incondicionales, se unía él a beber con el grupo y ponía su vaso, que hasta ese momento lo tenía en la parte baja de la barra, junto a los demás. Esas noches el desmadre alcohólico se prolongaba hasta poco antes de la amanecida, después de haber asentado los axiomas y teoremas que mueven e impulsan el devenir de la humanidad.
Para salir del establecimiento el tabernero hacía de escudero y asomaba la cabeza a la fría oscuridad para comprobar si había moros en la costa, comprobado lo cual, ordenaba la salida en imposible fila india para posteriormente dirigirse cada uno a sus casas respectivas, no sin ultimar algunos flecos inconclusos de los debates en la calle y no sin dejar en la retirada regueros sinuosos de meadas sobre el suelo.
Muerte pobre.
Murió el padre de una tristeza amarga,
de un vacío de cueva succionada
por el hondo suspiro de la hiel.
La herencia que a su hijo le dejaba:
los honrados sudores de su piel
y unas manos frías y encallecidas.
Tras años enterrando las semillas
por los surcos del aire, se perdieron
los frutos de la siega y las gavillas.
No hay más rentas anotadas en su haber.
En el lecho de muerte su mirada
expresaba la cruel desolación
de una vida sin nada que ofrecer.
Y si no fuese poca su desdicha
con el último aliento de su voz
y la angustia de verse fenecer
imploraba y pedía la absolución
temeroso de ver a Lucifer
por pecados que nunca cometió.
Doce campanadas
Doce campanadas,
doce ecos de bronce
huyen gong a gong
moviendo cortinas
negras en la noche.
No volverán.
Serán otros sones
los que se oigan otros años.
Los que suenen hoy
enfilarán la senda del olvido
vagando eternamente
entre galaxias y agujeros negros.
Es su cementerio,
donde duermen sueño eterno
las palabras huecas,
las promesas incumplidas,
los sonidos y los ecos,
donde yacen arrullos amorosos
ajados y olvidados por el tiempo.
Debe haber un cementerio para eso,
para palabras que se lleva el viento.
Las esquelas
Las esquelas son las tarjetas de visita de los deudos. Dado el precio de su inserción en los periódicos publicarla da categoría y relevancia social y no hay familia pudiente o de abolengo que se precie que no deje constancia del óbito del finado en papel prensa. A más tamaño, más grandeza. Si a esto se añaden apellidos unidos con conjunciones copulativas, guiones y preposiciones, y se completa el currículo con cruces y bandas terciadas ganadas en vida, el lustre se aviva para que amigos y conocidos sepan las condecoraciones que colgaban sobre el putrefacto pecho del difunto y que ahora con la esquela servirán para realzar el ego de la sobreviviente parentela. Sirven también para que el curioso lector deduzca desavenencias entre la relación de afectados por la desaparición. Omisiones clamorosas y listado aparte en otra esquela nos muestran fracturas familiares que el desaparecido no pudo evitar o quizás provocó.
Conocí en los años setenta a un humilde guardia de asalto jubilado que estuvo ahorrando durante los últimos años de su vida para que la viuda pusiera una esquela en el HOY cuando él falleciera. Quería que su anónima vida tuviese al menos un atisbo de alcurnia impresa, que a él le faltó en vida y que sirviera para enorgullecer a su familia ante amigos y conocidos.










