Fotografía de Nunci Fernández Herrero

El Blog de Juan Francisco Caro
Blog personal de Juan Francisco Caro Pilar, maestro y abogado.
Fotografía de Nunci Fernández Herrero
Carta al director del periódico HOY 05/02/2012
Muchas de las pequeñas tiendas de nuestros pueblos y barrios tienen los días de actividad contados, si no han cerrado ya. El comerciante de tejidos que enseñaba las piezas de raso, de pana, de terciopelo, de franela, de seda, de lino… extendiéndolas sobre el mostrador para que la clientela tocase con un leve roce de sus dedos la calidad y textura de las mismas, el dueño del ultramarino que pesaba cuarto y mitad de mortadela y abría latas de bonito para despacharlas con un poco de aceite, están desapareciendo. Conocían a todo el vecindario y fiaban hasta que se recogía la senara. No tenían hora de cierre, ni prisas. A la tienda se iba a comprar y a intercambiar novedades de lo que sucedía en el barrio o en el pueblo. Si le pedían algún artículo nunca decían que no lo tenían: “Está pedido, si no llega esta tarde mañana está aquí sin falta”.
La facilidad de locomoción, el cambio de las costumbres, los impuestos, los súper, los híper, y el resto de grandes superficies, donde se compra en silencio y con carrito, hacen muy difícil su pervivencia.
En los últimos años hemos ido comprobando su irremediable decadencia. En el fondo del local el tendero revisa albaranes y facturas cada anochecido. Cuando oye pasos de gente que camina por la acera mira por lo alto de sus gafas, pero entra poca gente ya. La mayoría pasa de largo.
La lágrima resbala en la mejilla
sin palabras ni aspavientos.
Baja el pómulo
y acelera su caída
hasta unos labios temblorosos,
en silencio:
sal de carne dolorida,
ave sin alas que se pudre dentro
de lacerada herida,
asoma en la pupila neblinosa
y fluye por los surcos del olvido
hacia el mar seco de los sufrimientos.
Del olvido a la sombra
y la desesperanza
bebo el vino de siniestras bodegas.
Borracho de recuerdos
paseo por las calles de la infancia
a la busca de la niñez perdida.
No hay lumbre en el hogar
ni susurros debajo del reloj.
Se pararon las horas en los ecos
y en agrio despertar
de cruel resaca acerba
encuentro los caminos
destrozados por duras huellas secas
en un lugar quemado
por la furia de torvos remolinos.
Para José Antonio, Luisa y Manolo, descendientes de los últimos dueños del cine.
La primavera llama con los nudillos del almendro a los cristales de la casa del invierno. Lo hace con delicadas manos de dedos blancos y rosas. No quiere molestar al hosco dueño de la casa sentado con aspecto taciturno al fuego de la chimenea. Sus toques son alas de mariposa, tiernas caricias aladas.
Escudero del equinoccio, el almendro avisa al dueño del solsticio invernal de que en las templadas auras del sur vienen flotando legiones de aromas y colores posándose en las ramas de árboles. Es un aviso silencioso y florido para que el invierno retire de los valles y riberas el crujiente manto de la escarcha. El céfiro trae colores nuevos para hacer vestidos con aromáticos tomillos, cantuesos y romeros, aromas de azahar para esparcirlos por los campos y ciudades y luz radiante para robar espacio a las umbrías.
Al atardecer, después de regresar del trabajo, los labradores llevaban a las fraguas las rejas y los escoplos de los arados, romos y gastados de tanto roturar la tierra, para que los herreros los aguzasen. Los ponían al rojo vivo a base de soplar con el fuelle el carbón. El maestro herrero y su ayudante los moldeaban y forjaban sobre el yunque para dejarlos otra vez punzantes y afilados con el macho pilón y el martillo, dando golpes con ellos alternativa y acompasadamente. A veces eran dos los ayudantes con un macho cada uno. ¡Qué gran habilidad tenían para no estorbarse!
Era una auténtica melodía metálica, base de los cantes de fragua. Posteriormente introducían el escoplo en un bidón de agua para enfriarlo, produciéndose un chisporroteo, brusco, sonoro y humeante.
En las calles donde estaban ubicadas las fraguas siempre había maquinaria para ser reparada. Los muchachos nos montábamos en el asiento de hierro de las segadoras, simulando su conducción, y manipulábamos los pocos mandos de que disponían, pues eran aún de las tiradas por bestias.
En los peines de pinchos que cortaban los tallos de las espigas tuvimos más de uno algún que otro percance.
Cuando se empezó a usar la soldadura autógena nuestras sombras se reflejaban en la pared de enfrente de la fragua. El resplandor de relámpagos artificiales que se desprendía al soldar nos producía la ilusión de estar haciendo cine con nuestras posturas y brincos extravagantes.
Fotografía de Manuel Rodríguez Espino
http://www.flickr.com/photos/majanublao/