Amanece.

Fotografía de Nunci Fernández Herrero

 

 

 

 

 

 

El sol, semilla de granada abierta,

levanta poderoso entre la bruma

el cuchillo brillante de sus  rayos

cortando los perfiles  de la sierra.

Entre el silencio húmedo del río

se yergue  una alameda en su ribera,

rizado viento en la mañana fresca.

Las sombras de los valles se repliegan

entre haces de luz tornasolada.

Bucles de trinos en zarzas sombrías

anuncian bulliciosos la alborada.

Los caminos se abren a pisadas nuevas.

El fin del pequeño comercio.

Carta al director del periódico HOY 05/02/2012

 

 

 

 

 

Muchas de las pequeñas tiendas de nuestros pueblos y barrios tienen los días de actividad contados, si no han cerrado ya. El  comerciante de tejidos que enseñaba las piezas de raso,  de pana, de terciopelo,  de franela,  de seda,  de lino… extendiéndolas sobre el mostrador  para que la clientela tocase con un leve roce de sus dedos la calidad y textura de las mismas, el dueño del ultramarino que pesaba cuarto y mitad de mortadela y abría latas de bonito para despacharlas con un poco de aceite, están desapareciendo. Conocían a todo el vecindario y fiaban hasta que se recogía la senara.  No tenían hora de cierre, ni prisas.  A la tienda se iba a comprar y a intercambiar novedades de lo que  sucedía en el barrio o en el pueblo.  Si  le pedían algún artículo nunca decían que no lo tenían: “Está pedido, si no llega esta tarde  mañana está aquí  sin falta”.

La facilidad de locomoción, el cambio de las costumbres,  los impuestos, los súper, los híper, y el resto de grandes superficies, donde se compra en silencio y con carrito, hacen muy difícil su pervivencia.

En los  últimos años  hemos ido  comprobando su irremediable decadencia. En el fondo del local  el tendero revisa  albaranes y facturas cada anochecido.  Cuando oye pasos  de gente que camina por la acera mira por lo alto  de sus gafas, pero entra  poca gente ya. La mayoría pasa de largo.

Una lágrima.

 

 

 

 

 

La lágrima resbala en la mejilla

sin palabras ni aspavientos.

Baja  el pómulo

y acelera su caída

hasta unos labios temblorosos,

en silencio:

sal de carne dolorida,

ave sin alas  que se pudre dentro

de  lacerada herida,

asoma en la pupila neblinosa

y fluye por los surcos del olvido

hacia el mar seco de los sufrimientos.

 

Guapeza altiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para escalar la  cima de tu  altura

necesito la ayuda del destino

y una  luz que ilumine mi camino

para poder andar esa largura.

Has llevado tan lejos tu hermosura

que el intento revierte en desatino

sin que pueda cambiar mi tenaz  sino

de no poder gozar de tu figura.

Baja hasta donde estamos los mortales

y acorta las  distancias que has marcado

entre suelo y  regiones celestiales

donde tu altiva pose te ha llevado

envuelta en las bellezas corporales

que natura donosa te ha otorgado.

 

 

 

Regreso a lo imposible.

 

 

 

 

 

 

Del olvido a la  sombra

y la desesperanza

bebo el vino de siniestras bodegas.

Borracho de recuerdos

paseo por  las calles de la infancia

a  la busca de la  niñez perdida.

No hay lumbre en el hogar

ni susurros debajo del reloj.

Se pararon las horas en los  ecos

y en agrio despertar

de cruel  resaca acerba

encuentro los caminos

destrozados por  duras huellas secas

en un lugar quemado

por la furia de torvos remolinos.

 

El cine.

 Para José Antonio, Luisa y Manolo, descendientes de los últimos dueños del cine.

 

 

 

 

El salón del cine tenía sillas de enea, un  suelo todo a la misma altura de baldosas rojas  y un techo recubierto de sacos para evitar los ecos y mejorar la audición.

El abundante humo de tabaco, los chasquidos continuos de pipas y la voz de  gaseosas a peseta del vendedor acompañaban la proyección de cualquier película. Cuando alguien salía para utilizar los servicios que estaban en el exterior una bocanada de aire fresco entraba en el salón.

Los domingos y días de fiesta eran por lo general los días de función. Si el día era de los gordos de fiesta las entradas eran numeradas; si no, un abrigo o dos extendidos sobre las sillas servían de reserva. La película empezaba después de que lo anunciasen tres toques de timbre que eran coreados por toda la chiquillería:” ¡una, dos, tres!”

Los que empezaban a fumar aprovechaban la oscuridad para hacerlo a escondidas con golpes de tos incluidos o algún mareo por hacer varias “p”, Esto de hacer la “p” era tragarse el humo, mientras más hondo llegase y más tardase en salir más experiencia demostraban.

No era infrecuente que la proyección se interrumpiese por algún corte inoportuno y que nuestras miradas de niños al buscar el agujerito por donde salía la imagen descubriese las rosetas encarnadas de algunos pómulos que delataban, además del ambiente cargado, el juego amoroso de los novios, que poco les importaba a ellos la película de turno.

Si nos aburríamos durante la sesión nos entreteníamos mirando el chorro cónico de niebla blanca que iba desde la cabina  a la pantalla y por donde pululaban pequeñas partículas flotantes.

En los descansos los altavoces sonaban estridentemente con canciones como “¡Ay campanera” o “Cuando yo era un chavalillo que apenas sabía fumar”. Se aprovechaba para preguntar a los amigos si habían cogido el hilo. Recuerdo que en cierta ocasión le pregunté a un amigote de esos mayores, que estaba detrás con su novia, si lo había cogido y me respondió que él no, pero su novia había cogido el hilo y el ovillo entero.

Si alguna escena escabrosa para la moral de la época levantaba silbidos del respetable o gritos más o menos groseros por parte de los  gamberros, el acomodador acudía con su linterna alumbrando las caras de los que creía culpables del alboroto. Como última instancia, D. José el cura, que era coparticipe en la propiedad del cine, mandaba encender las luces y en medio del pasillo intentaba calmar los ánimos.

Poco tiempo después D. José se salió de la empresa y empezó a poner las calificaciones morales en la ventana de la Acción Católica: 1, para todos los públicos, 2, menores acompañados, 3, mayores, 3R mayores con reparos y 4, gravemente peligrosas.

Al final de la función con los ojos irritados por el humo, la cara ardiendo  y los pies como témpanos,  salíamos a la calle tapándonos la boca con un pañuelo para que el frío de la noche  no nos  resfriara.

 

 

Almendros en flor

La primavera llama con los nudillos del almendro a los cristales de la casa del invierno. Lo hace con delicadas manos  de dedos blancos y rosas. No quiere molestar al hosco dueño de la casa sentado con aspecto taciturno al fuego de la chimenea. Sus toques son alas de mariposa, tiernas  caricias aladas.

Escudero del equinoccio, el almendro avisa al dueño del solsticio invernal  de que  en las  templadas auras del sur vienen flotando legiones de aromas y colores posándose en las ramas de árboles. Es un aviso silencioso y florido para que el invierno retire de los valles y riberas  el crujiente manto de la escarcha. El céfiro trae colores nuevos para hacer vestidos con aromáticos tomillos, cantuesos y romeros, aromas de azahar para esparcirlos por  los campos y  ciudades y  luz radiante para robar  espacio a las umbrías.

Las fraguas.

 

 

 

 

 

Al atardecer, después de regresar del trabajo, los labradores llevaban a las fraguas  las rejas y los escoplos  de los arados,  romos y gastados de tanto roturar la tierra,  para que los herreros los aguzasen. Los ponían al rojo vivo a base de soplar con el fuelle el carbón.  El maestro herrero y su ayudante  los moldeaban  y forjaban sobre el yunque para dejarlos otra vez punzantes y afilados con el macho pilón y el martillo, dando  golpes con ellos  alternativa y acompasadamente. A veces eran dos los  ayudantes con un macho cada uno. ¡Qué gran habilidad tenían para no estorbarse!

Era una auténtica melodía metálica, base de los cantes de fragua. Posteriormente introducían  el escoplo en un bidón de agua para enfriarlo, produciéndose un  chisporroteo, brusco, sonoro y humeante.

En las calles donde estaban ubicadas las fraguas siempre había maquinaria para ser reparada. Los muchachos nos montábamos en el asiento de hierro de las segadoras, simulando su conducción,  y manipulábamos los pocos mandos de que disponían, pues eran  aún de las tiradas por bestias.

En los peines de pinchos que cortaban los tallos de las espigas tuvimos más de uno algún que otro percance.

Cuando se empezó a usar la soldadura autógena  nuestras sombras se reflejaban  en la pared de enfrente de la fragua. El resplandor de relámpagos artificiales que se desprendía al soldar nos producía la ilusión de estar haciendo cine con nuestras posturas y brincos extravagantes.

 

 

Vendrán otros.

Fotografía de Manuel Rodríguez  Espino

http://www.flickr.com/photos/majanublao/

 

 

 

 

 

 

Dejar que el tiempo pase

en aleteo suave

sin que apenas me roce.

Esperar que me devore la noche

oscura  paso a paso,

y al pasar de los años

que germine en las mentes venideras

el halo del recuerdo

de haber andado  un día

por estos mismos prados

con  otras margaritas

de hermosas primaveras.

Ya no serán las mismas

que observo yo esta tarde.

Al refugio del frío en las solanas

otros ojos mirarán,  no los míos,

el lento transcurrir de las mañanas

por las calles del pueblo.

Allí vivió, dirán los más cercanos,

murió hace muchos años.

Los más ajenos, nada;

habrán oído algo,

alguna referencia

de algún hecho lejano.

El tiempo desvanece la memoria

lo mismo que la mar  borra la estela

de  barcos que se alejan

buscando el horizonte.

Solamente la piedra permanece,

callada eternamente,

eterna piedra muerta

atada por los pies

a  la  alargada sombra

que el sol traza en sus puestas.

Perdiz con reclamo.

 

 

 

 

 

La perdiz canta brava y altanera

con gallardos reclamos cuando empieza

a dar albor a  la  Naturaleza

la vida de incipiente primavera.

 

El cazador detrás de la tronera

observa todo el campo con fijeza

y espera que otro macho con braveza

acuda a defender hembra y  frontera

 

Acechos  con reclamos encelados

traídos  al señuelo traicionero

por otros semejantes enjaulados.

 

Rompe la placidez del cazadero

el disparo que barre los  sembrados

y enmudece la tarde de febrero.