
El Blog de Juan Francisco Caro
Blog personal de Juan Francisco Caro Pilar, maestro y abogado.
No me gustan exóticos placeres
ni afanes gasto por cubrir mi mesa
con lujosos bordados de manteles
que simulen honores y nobleza.
No me gustan adornos de oropeles
ni deslumbrantes fastos de grandeza,
como cuadras de rápidos corceles
o abundantes blasones y riqueza.
Ignoran los apuestos mequetrefes
que virtudes, blasones y nobleza
lucen más si te muestras como eres
que con buscadas poses de altiveza.
Fotografía de Manuel Rodríguez Espino.
La roca en campo abierto,
altiva, resistente, agreste y dura,
refugio de rapaces voladoras,
abrigo de ganado,
cobijo de pastores
al soplo helado del temible cierzo.
Sombra amable en el ábrego caliente
con horas de calinas cegadoras.
Aquí baten solanos,
ventiscas, turbonadas, vendavales.
Es punta de diamante al sol primero,
caricia de las brisas a la tarde
y brasa roja con el sol postrero.
Muralla donde rompen temporales
su furia en remolinos invernales.
Crece en su umbría el musgo verdinegro,
luz y sol, la solana acogedora;
por su ladera asciende la tormenta
y ensanchada y negruzca se desploma
inflamando la tarde con sus truenos.
Quiero imitar tu fuerte resistencia,
tu serena altivez sin inmutarte,
obrar con acendrada fortaleza,
actuar en cada caso en consecuencia,
y a la sabia manera del estoico
alcanzar la virtud con el esfuerzo.
Cuentan que los hombres vivían encadenados en una caverna y condenados a ver en el fondo de la misma sus propias imágenes y las de los demás, proyectadas por el fuego que ardía a sus espaldas. No conocían la realidad, sólo las sombras que ella producía.
Pero en cierta ocasión llegó una bella e incitadora hembra y uno de los presos no pudiendo resistir sus insinuantes requerimientos yació holgada y placenteramente con ella.
No era esta doncella sino una de las múltiples transformaciones que La Carne adoptaba para conducir por los caminos de la concupiscencia y la lujuria la frágil voluntad de los humanos.
Por esta razón el complacido preso fue liberado e invitado a volver la cabeza para que pudiese contemplar el origen de las imágenes que estaba acostumbrado a ver en la pared de la caverna.
Lo primero que vio fue el fuego de la candela que proyectaba las imágenes y así empezó a explicarse muchas cosas.
Posteriormente fue guiado hacia la salida ascendiendo por una empinada y escarpada pendiente. Ya en el exterior pudo admirar el poder y grandeza del sol.
Comprendió que el verdadero conocimiento no era el de la pared sino el que estaba a sus espaldas y que al él se llegaba mediante un proceso de abstracción. Era el mundo de las ideas lo que estaba a su alcance ahora.
Pero realizada su experiencia intelectual tenía que regresar a la caverna. ¿Le creerían sus compañeros de prisión lo que iba a contarles? ¡Había conocido la verdadera esencia de las cosas, la complejidad de la naturaleza humana!
Cuando relató su experiencia se rieron de él larga y burlonamente durante días, pero pasados estos y estando ya más sosegados de la impresión hilarante que les produjo, pensaron que por qué no conocer también lo que su compañero les relató, sobre todo teniendo en cuenta que su salida de la caverna fue originada por una fornicación tan placentera.
Invocaron con pasión creciente la presencia de La Carne transformada en cuantas formas y sexos fueran precisos para prestar servicios tan liberadores. Y hubieron de pedir tanto hembras como efebos pues las mujeres en un conato de rebelión adujeron que o todos moros o todos cristianos y que ya se encargarían las Constituciones venideras de recoger en sus textos sus aspiraciones de igualdad.
Escuchadas que fueron sus súplicas hicieron acto de presencia en la cueva apuestos y apolíneos varones y lujuriantes y bellas damas, dispuestos a apagar la sed de conocimiento que mostraban los presos.
Pero la concesión tenía un precio: la estancia fuera sólo duraría cinco días, transcurridos los cuales todos volverían a la caverna y serían de nuevo encadenados y condenados a ver las sombras de la realidad en la pared. Los presos a fuerza de insistir consiguieron una cláusula que les permitiría repetir la experiencia cada año antes de la llegada de la primavera.
Así que cumplido con holganza y regocijo el trámite libidinoso, se dispusieron a subir la escarpada pendiente que daba al exterior. Un grupo de ellos quedó tan exhausto que se negó a conocer más realidad que el prolegómeno que acababan de disfrutar con ardor inusitado en aquella lóbrega estancia.
Los demás presos salieron al exterior y pasaron cinco días de saltos, cantes, bailes, desfiles y piruetas adornados de cómica desmesura y de ruidos estridentes. ¡Por fin se conocían a sí mismos y conocían a los demás en su más pura esencia! Se acababan de inventar los Carnavales.
Pasados esos días de desenfreno y manifestaciones espontáneas volvieron a la caverna asombrados de lo que habían vivido. Ahora tendrían que seguir viendo las sombras de la realidad sobre la pared del fondo hasta que el próximo año, previa coyunda, (según concesión obtenida de sus carceleros en una cláusula secreta) volvieran a la abstracción ascendiendo al mundo de las ideas.
A partir de ahí entraron en una fase de aguda melancolía, añorando la experiencia vivida. El primer hombre que salió de la caverna por la pronunciada pendiente y que había sido pionero en llegar a tan altas metas, sentado en un recoveco de la estancia sombría, con la mirada perdida, recitaba los siguientes versos:
“Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños sueños son.”
Fotografía de Nunci Fernández Herrero
Carta al director del periódico HOY 05/02/2012
Muchas de las pequeñas tiendas de nuestros pueblos y barrios tienen los días de actividad contados, si no han cerrado ya. El comerciante de tejidos que enseñaba las piezas de raso, de pana, de terciopelo, de franela, de seda, de lino… extendiéndolas sobre el mostrador para que la clientela tocase con un leve roce de sus dedos la calidad y textura de las mismas, el dueño del ultramarino que pesaba cuarto y mitad de mortadela y abría latas de bonito para despacharlas con un poco de aceite, están desapareciendo. Conocían a todo el vecindario y fiaban hasta que se recogía la senara. No tenían hora de cierre, ni prisas. A la tienda se iba a comprar y a intercambiar novedades de lo que sucedía en el barrio o en el pueblo. Si le pedían algún artículo nunca decían que no lo tenían: “Está pedido, si no llega esta tarde mañana está aquí sin falta”.
La facilidad de locomoción, el cambio de las costumbres, los impuestos, los súper, los híper, y el resto de grandes superficies, donde se compra en silencio y con carrito, hacen muy difícil su pervivencia.
En los últimos años hemos ido comprobando su irremediable decadencia. En el fondo del local el tendero revisa albaranes y facturas cada anochecido. Cuando oye pasos de gente que camina por la acera mira por lo alto de sus gafas, pero entra poca gente ya. La mayoría pasa de largo.
La lágrima resbala en la mejilla
sin palabras ni aspavientos.
Baja el pómulo
y acelera su caída
hasta unos labios temblorosos,
en silencio:
sal de carne dolorida,
ave sin alas que se pudre dentro
de lacerada herida,
asoma en la pupila neblinosa
y fluye por los surcos del olvido
hacia el mar seco de los sufrimientos.