El recuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

Queda noche y queda pena,

así que llena el vaso

con el turbio licor de las heridas.

Y si me acuerdo de ella

que bajen las candelas del olvido

a quemar el rastro de su estela.

¡Qué más da!

Ya el indómito potro del deseo

se montó en el viento de las crines

y huyó veloz por las praderas.

Quedó un gusto profundo y apacible

de bodega vieja

que guarda el paladar de la memoria

en el dulce dormir de la solera.

 

Presuntuosos.

 

 

 

 

 

 

 

No me gustan exóticos placeres

ni afanes gasto por cubrir mi mesa

con lujosos bordados de manteles

que simulen  honores y nobleza.

No me gustan adornos de oropeles

ni deslumbrantes fastos  de  grandeza,

como cuadras de  rápidos corceles

o abundantes blasones y riqueza.

Ignoran los apuestos mequetrefes

que virtudes, blasones y nobleza

lucen más si te muestras como  eres

que con buscadas poses de altiveza.

 

Juicio sereno.

 

 

 

 

 

A medida que envejeces

te vas llenando por dentro.

Con cada cana aumenta tu experiencia,

con cada arruga, tu sabiduría.

Desengaño que sufres pule tu razonamiento,

puro y  denso, más brillante,

liberado de prejuicios,

descarnado, limpio y hondo

Mientras se desconcha  la fachada de tu cuerpo.

gana en brillo la luz clara de tu pensamiento.

Serenatas

 

 

 

 

 

En los  días de fiesta  había baile por la mañana y por la noche y era habitual, una vez acabado, prolongar los horarios de las libaciones después de irse las mujeres a sus casas,  pues ellas, en esta época,  aún no se habían equiparado en el tiempo de holganza   tabernaria con los hombres. Ni en los bares, ni en las prolongaciones extras que continuaban en la calle con la botella del camino después de haber cerrado los establecimientos, pues la hora de cierre  era muy  temprana y se vigilaba por los agentes municipales su estricto cumplimiento. Se aprovechaban estos días festivos para las  manifestaciones públicas de los primeros escarceos amorosos.

Las serenatas que se daban iban acompañadas generalmente de  cogorzas que se  paseaban  de madrugada por las calles solitarias. Se iba en grupo y al llegar a la casa en la que alguno tenía interés en manifestar el gozo que le provocaba la flecha con la que Cupido había traspasado su corazón, comenzaba el grupo a intentar enderezar los primeros compases de la canción tunanta, un desentonado “Sal al balcón” que  debía desanimar a la más complaciente  de las damas por muy deseosa que estuviera de cortejo.

 

 

 

 

 

 Dudo que con estas desacompasadas interpretaciones se le enterneciera alguna vez el corazón a la requerida por el ardoroso Calixto de turno.

Al primer ruido de cerrojo, que se abría al oír los moradores de la vivienda el jaleo de la calle a tan intempestivas horas, salían  corriendo los mozos en tropel hacia la  esquina  más cercana para esconderse y evitar ser reconocidos. Pasado un tiempo prudencial, regresaban a las cercanías de la puerta y, por si la aludida no se había enterado bien de parte de quien  iba el requiebro, una voz estentórea salía del grupo: “¡Esto va  de parte de Fulanito!”, y a correr otra vez, esta vez sin esperar el cerrojazo.

Dominio.

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino. 

 

 

 

 

La roca en campo abierto,

altiva, resistente,  agreste y dura,

refugio de rapaces voladoras,

abrigo  de ganado,

cobijo de pastores

al   soplo helado del temible cierzo.

Sombra amable en el ábrego caliente

con horas de calinas cegadoras.

Aquí baten solanos,

ventiscas, turbonadas, vendavales.

Es punta de diamante al sol primero,

caricia de las brisas a la tarde

y brasa roja con el sol postrero.

Muralla donde rompen temporales

su furia en remolinos invernales.

Crece en su umbría el musgo verdinegro,

luz y sol, la solana acogedora;

por su ladera asciende la tormenta

y ensanchada y negruzca se desploma

inflamando la tarde con sus truenos.

Quiero imitar tu fuerte  resistencia,

tu serena altivez sin inmutarte,

obrar con  acendrada fortaleza,

actuar en cada caso en consecuencia,

y a la sabia manera del  estoico

alcanzar la virtud con el esfuerzo.

Invención de los carnavales.

 

 

 

 

 

Cuentan que los hombres vivían encadenados en una caverna y condenados a ver en el fondo de la misma sus propias imágenes y las de los demás, proyectadas por el fuego que ardía a sus espaldas. No conocían la realidad, sólo las sombras que ella producía.

Pero en cierta ocasión llegó una bella e incitadora hembra y uno de los presos no pudiendo resistir sus insinuantes requerimientos yació holgada y placenteramente con ella.

No era esta doncella sino una de las múltiples transformaciones que La Carne adoptaba para conducir por los caminos de la concupiscencia y la lujuria la frágil voluntad de los humanos.

 

 

 

 

 

Por esta razón el complacido preso fue liberado e invitado a volver la cabeza para que pudiese contemplar el origen de las imágenes que estaba acostumbrado a ver en la pared de la caverna.

Lo primero que vio fue el fuego de la candela que proyectaba las imágenes y así empezó a explicarse muchas cosas.

Posteriormente fue guiado hacia la salida ascendiendo por una empinada y escarpada pendiente. Ya en el exterior pudo admirar el poder y grandeza del sol.

Comprendió que el verdadero conocimiento no era el de la pared sino el que estaba a sus espaldas y que al él se llegaba mediante un proceso de abstracción. Era el mundo de las ideas lo que estaba a su alcance ahora.

 

 

 

 

 

 

 

Pero realizada su experiencia intelectual tenía que regresar a la caverna. ¿Le creerían sus compañeros de prisión lo que iba a contarles? ¡Había conocido la verdadera esencia de las cosas, la complejidad de la naturaleza humana!

Cuando relató su experiencia se rieron de él larga y burlonamente  durante días, pero pasados estos y estando ya más sosegados  de la impresión hilarante que les produjo, pensaron que por qué no conocer también lo que su compañero les relató, sobre todo teniendo en cuenta que su salida de la caverna fue originada por una fornicación tan placentera.

Invocaron con pasión creciente la presencia de La Carne transformada en cuantas formas y sexos fueran precisos para prestar servicios tan liberadores. Y hubieron de pedir tanto hembras como efebos pues las mujeres en un conato de rebelión adujeron que o todos moros o todos cristianos y que ya se encargarían las Constituciones venideras de recoger en sus textos sus aspiraciones de igualdad.

 

 

 

 

 

 

Escuchadas que fueron sus súplicas hicieron acto de presencia en la cueva apuestos y apolíneos varones y lujuriantes y bellas damas, dispuestos a apagar la sed de conocimiento que mostraban los presos.

Pero la concesión tenía un precio: la estancia fuera sólo duraría cinco días, transcurridos los cuales todos volverían a la caverna y serían de nuevo encadenados y condenados a ver las sombras de la realidad en la pared. Los presos a fuerza de insistir consiguieron una cláusula que les permitiría repetir la experiencia cada año antes de la llegada de la primavera.

 

 

 

 

 

 

 

Así que cumplido con holganza y regocijo el trámite libidinoso, se dispusieron a subir la escarpada pendiente que daba al exterior. Un grupo de ellos quedó tan exhausto que se negó a conocer más realidad que el prolegómeno que acababan de disfrutar con ardor inusitado en aquella lóbrega estancia.

Los demás   presos salieron al exterior y pasaron cinco días de saltos, cantes, bailes, desfiles y piruetas adornados de cómica desmesura y de ruidos estridentes. ¡Por fin se conocían a sí mismos y conocían a los demás en su más pura esencia! Se acababan de inventar los Carnavales.

Pasados esos días de desenfreno y manifestaciones espontáneas volvieron a la caverna asombrados de lo que habían vivido. Ahora tendrían que seguir viendo las sombras de la realidad sobre la pared del fondo hasta que el próximo año, previa coyunda, (según concesión obtenida de sus carceleros en una cláusula secreta) volvieran a   la abstracción ascendiendo al mundo de las ideas.

A partir de ahí entraron en una fase de aguda melancolía, añorando la experiencia vivida. El primer hombre que salió de la caverna por la pronunciada pendiente y que había sido pionero en llegar a tan altas metas, sentado en un recoveco de la estancia sombría, con la mirada perdida, recitaba los siguientes versos:

 

 

 

 

 

 

 

“Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra,  una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños sueños son.”

Amanece.

Fotografía de Nunci Fernández Herrero

 

 

 

 

 

 

El sol, semilla de granada abierta,

levanta poderoso entre la bruma

el cuchillo brillante de sus  rayos

cortando los perfiles  de la sierra.

Entre el silencio húmedo del río

se yergue  una alameda en su ribera,

rizado viento en la mañana fresca.

Las sombras de los valles se repliegan

entre haces de luz tornasolada.

Bucles de trinos en zarzas sombrías

anuncian bulliciosos la alborada.

Los caminos se abren a pisadas nuevas.

El fin del pequeño comercio.

Carta al director del periódico HOY 05/02/2012

 

 

 

 

 

Muchas de las pequeñas tiendas de nuestros pueblos y barrios tienen los días de actividad contados, si no han cerrado ya. El  comerciante de tejidos que enseñaba las piezas de raso,  de pana, de terciopelo,  de franela,  de seda,  de lino… extendiéndolas sobre el mostrador  para que la clientela tocase con un leve roce de sus dedos la calidad y textura de las mismas, el dueño del ultramarino que pesaba cuarto y mitad de mortadela y abría latas de bonito para despacharlas con un poco de aceite, están desapareciendo. Conocían a todo el vecindario y fiaban hasta que se recogía la senara.  No tenían hora de cierre, ni prisas.  A la tienda se iba a comprar y a intercambiar novedades de lo que  sucedía en el barrio o en el pueblo.  Si  le pedían algún artículo nunca decían que no lo tenían: “Está pedido, si no llega esta tarde  mañana está aquí  sin falta”.

La facilidad de locomoción, el cambio de las costumbres,  los impuestos, los súper, los híper, y el resto de grandes superficies, donde se compra en silencio y con carrito, hacen muy difícil su pervivencia.

En los  últimos años  hemos ido  comprobando su irremediable decadencia. En el fondo del local  el tendero revisa  albaranes y facturas cada anochecido.  Cuando oye pasos  de gente que camina por la acera mira por lo alto  de sus gafas, pero entra  poca gente ya. La mayoría pasa de largo.

Una lágrima.

 

 

 

 

 

La lágrima resbala en la mejilla

sin palabras ni aspavientos.

Baja  el pómulo

y acelera su caída

hasta unos labios temblorosos,

en silencio:

sal de carne dolorida,

ave sin alas  que se pudre dentro

de  lacerada herida,

asoma en la pupila neblinosa

y fluye por los surcos del olvido

hacia el mar seco de los sufrimientos.

 

Guapeza altiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para escalar la  cima de tu  altura

necesito la ayuda del destino

y una  luz que ilumine mi camino

para poder andar esa largura.

Has llevado tan lejos tu hermosura

que el intento revierte en desatino

sin que pueda cambiar mi tenaz  sino

de no poder gozar de tu figura.

Baja hasta donde estamos los mortales

y acorta las  distancias que has marcado

entre suelo y  regiones celestiales

donde tu altiva pose te ha llevado

envuelta en las bellezas corporales

que natura donosa te ha otorgado.