Foto de familia numerosa.

Con  fondo de una pared desconchada

posa el padre con chaqueta raída,

la esposa  discreta y luchadora al lado,

enlutada hasta los pies, ambos sentados.

En derredor,  los hijos repeinados

para tan señalada ocasión.

Al menor lo sostiene

la madre en el regazo.

El que le sigue tiene

una mano en el pitín y otra en los labios.

El mayor,  taciturno,

mira como esperando aparición.

Otro, en la pierna del padre recostado.

 Escaseces, sudores y trabajos,

obligada y miedosa sumisión

quedaron en la foto reflejados

Siesta cochinera.

Fotografía de Juan Sevilla:http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

Cuando el ganado junta sus cabezas

duerme el pastor la siesta cochinera

donde la brisa lija su aspereza

y el negro tordo encuentra su despensa

de negras y jugosas brevas frescas.

Hay una fuente con mastranto y hiedra

que despide el aroma de la menta

y una rana curiosa en una piedra

a la criba del sol que el junco deja.

Reina el silencio en toda la dehesa.

Si hay Dios deberá andar por aquí cerca

Bodas antiguas.

Con sus ritos, costumbres, protocolos y servidumbres, la celebración de las bodas ha ido, como todo, evolucionando con el transcurrir de los años.

Los primeros recuerdos que conservo de estas celebraciones, finales de los cincuenta y principios de los sesenta,  son referentes a la estancia  de los niños y las niñas en la puerta donde se agasajaba a los invitados esperando a que nos dieran alguna dulzaina. Así probábamos algún mimo o alguna perrunilla, siempre que alguien de dentro nos conociera y ya tuviese hecha provisión para sus compromisos, pues era costumbre reservar algunos de los dulces en un pañuelo o en el bolso para los familiares y vecinos  que no habían ido a la boda.

La mayoría de los enlaces se celebraban  durante los meses  de agosto y septiembre al final de la  recolección de cereales, pues con los ingresos que proporcionaba su venta  había que ayudar a sufragar los cuantiosos gastos que se originaban. El número de esponsales  aumentaba los años de abundantes cosechas.

Las familias de los contrayentes pasaban los días previos con el lógico ajetreo que conllevaba preparar todos los detalles.

Había que tener cuidado de que nada fallara, sobre todo en lo que concernía a las invitaciones. La noche anterior, a pesar de estar ya avisados todos los invitados con suficiente antelación, los familiares de los novios organizaban sus grupos e iban de casa en casa recordando que la boda sería a la hora ya  determinada. Era una breve visita que duraba el tiempo imprescindible para tal comunicación. Pero que no se olvidara a nadie porque podía ser motivo de no asistencia por los que, muy susceptiblemente, consideraban ese olvido como un agravio.

Si en alguna casa había una invitada soltera sin acompañante, pasaba algún familiar del contrayente  correspondiente el día de la boda para que no fuera sola a casa del novio o la novia.

Iban acudiendo los invitados a la casa que les correspondía, según por parte de quien habían sido llamados.

Cuando se aproximaba la hora de la ceremonia, la comitiva de la parte del varón contrayente se dirigía a la casa de la novia, donde aguardaba ésta con sus invitados. Desde allí dándose el brazo la novia con el padrino y el novio con la madrina, iban a la iglesia para la  ceremonia. En las esquinas los curiosos aguardaban para ver el paso del  cortejo nupcial.

Acabada la celebración eclesiástica, se dirigían todos a  la casa de la nueva esposa. Allí era el primer convite, generalmente de dulces y aguardiente. Pasaban los familiares con bandejas. Una con dulces y otra con aguardiente. La del aguardiente con una copa que se llenaba inmediatamente que alguien se la bebía. Vueltas y más vueltas y a medida que las rondas se iban sucediendo,  las camisas de los que servían iban saliiéndose  de los pantalones  (“desatacándose”, que decimos por aquí ) y las bandejas llenándose de un melote pegajoso.  Posteriormente todos los invitados llegaban a la casa del novio donde se repetían las operaciones descritas.

Esa  noche cenaban todos los invitados en casa de la novia.

El día siguiente de la boda tenía también sus ritos. Era la tornaboda. Por la mañana se iba a dar los días a los recién casados. Los educados visitantes eran obsequiados de nuevo con aguardiente y dulces. También existía la costumbre, esa misma mañana, de que los padrinos se llegasen a la casa de los vecinos a ofrecer esos mismos presentes. Ese día los invitados del novio iban a  comer la casa de éste y  los de la novia a la de ella.

El día de la tornaboda había baile toda la jornada. Éste se empezó celebrando en la misma casa de los novios y años después empezó a hacerse en salones contratados para la ocasión.

 

 

En los descansos que daban los músicos durante el baile, la gente más joven hacía corros y se cantaban canciones del estilo de “Qué hace usted pobre viejo que no se casa, que se está usted arrugando como una pasa…” “Que salga usted que lo quiero ver bailar, saltar y brincar…” “Estando el señor don gato sentadito en su tejado…” “De Cataluña vengo de servir al rey…”

Algunas de estas canciones eran acompañadas por el baile de una pareja de jóvenes que iban saliendo al centro del corro y con las manos  en la cintura y enfrente uno del otro, movían el tronco alternativamente a derecha e izquierda al son de la música.

Después se cruzaban dos o tres veces en el centro, cogiéndose de la mano y apoyando un pie  y otro alternativamente.

Cuando acababa una canción, cada uno de los que habían bailado invitaba a salir al centro a otro del sexo opuesto. Si insistías dos veces con la misma persona podía ser indicio de que esa persona te gustaba, por lo menos eso comentaban los demás entre risitas y complicidades.

Al llegar la noche se dejaba entrar en el baile a los que no estaban invitados a la boda y que esperaban en la puerta, pero éstos debían abandonar el salón cuando los músicos tocaban el “Quinto levanta”. Era la señal para que permanecieran sólo los invitados.

Charla de bar.

Un lugar de  macilenta luz

acoge melancólicas veladas

de añorantes borrachos trasnochados

que farfullan  confusas parrafadas

de lamentos y  amores que han perdido

sin  haberlos siquiera disfrutado.

 Fuera, la madrugada se dispersa

en el difuso espacio  sin contornos

que la niebla ha tejido silenciosa

entre el brillo frío de las estrellas.

 Con los últimos flecos del derroche

dibuja la alborada sigilosa

un gran cartel de pinceladas  rosas

en las lejanas crestas de los montes.

  Descansan los alardes y las poses

…y quedan en los labios entreabiertos

los rescoldos de espinas resacosas,

que los osados duendes de las copas

roban  a las quimeras de la noche.

Viejos cortijos.

Si llegas al cortijo verás que tiene las paredes exteriores de  piedra y tierra desgarradas por los temporales. Está situado en una ladera elevada desde donde se divisan en la lejanía Ahillones y Berlanga. Las paredes de su solana sirven de abrigo a los cazadores mientras almuerzan en los días fríos. Casi todo el techo de maderos está hundido sobre el habitáculo, donde crece la hierba sin control entre los cascajos caídos del techo.  En el corral, que está en la parte trasera, hay un arado muy viejo y oxidado y restos de un carro: el yugo y trozos de una rueda. En la esquina  que da al noreste  se yerguen dos encinas de mediano tamaño. En la parte que da al poniente quedan restos de lo que fue una pequeña cochinera. 

Al  final de la ladera, por la parte septentrional, discurre el regajo del Monte. Por la parte meridional, ascendiendo un poco, se llega al cordel de las Garzonas-Navafría, límite del coto de caza de Ahillones y de Valverde.

Hace mucho tiempo tuvo moradores. El pan  se metía en una tinaja para que no se pusiera duro tan pronto. Se comía en la primera nave, reservando la última para las bestias, pues aún se conserva allí el pesebre. Por las noches, después de la faena se sentaban al fresco bajo el cielo estrellado con el canto de los grillos y las ranas de ruidosa compañía.

Los días de invierno se calentaban a la lumbre los campesinos,  mientras la leña chisporroteaba y desde el interior, a través del postigo, contemplaban la lluvia y las nubes agarradas a la sierra.

Una romana colgaba de la pared al lado de la foto de un hijo en el servicio militar.

Ahora está abandonado,  con las puertas rotas y abiertas de par en par. De una de las paredes que se mantiene parcialmente en pie cuelga un cuadro pequeño con la imagen desleída de una santa.

Éste, como tantos otros antiguos cortijos, se ha ido desmoronando poco a poco. Tuvieron su tiempo de vida y ajetreo cuando familias enteras  vivían en ellos o pasaban allí largas temporadas en los períodos de siembra y recolección. El límite de las faenas las marcaba  el sol y el canto de los gallos. 

Alegría y tristeza.

 

 

 

 

 

 

Hay tristezas

con leves tonos de melancolía

y color sepia  de añoranza.

Hay ácidas tristezas

con caminos que no tienen salida.

Alegrías

de apacible luz

y ruido de  agua clara en la rivera.

También estentóreas alegrías,

forzadas risotadas estridentes

que encubren y disfrazan las más agria

de todas las tristezas: el vacío.

A un hijo.

 

 

 

 

 

Para  el  grana de tu cara traigo

tibias aguas claras de jazmines.

A tus pies, caminos sin hollar

sembrados de tiernas margaritas

para que el frágil lirio de tu  talle

no soporte la brega

de   inhóspitos  caminos.

Mi capa  llegará hasta donde pueda,

pero no cubre  todo el recorrido.

Es más grande el trayecto que el deseo

y ya mi mano tiembla

al sostener el peso

del cáliz de la vida que me queda.

Si pudiera prolongar  arrullos

al sueño placentero de tu infancia

sería  el  guardián  querube de tu cuna,

sombra de silencio

y lecho de algodón,

pero el mar embravecido brama

y rompe su  brusca furia en los acantilados.

La escarcha del invierno resquebraja

la tez de los terrenos

en la fría y helada madrugada.

El viento  de solano abrasa

las amapolas  tiernas de tus labios

y no tengo escudos para desviar su curso.

ni templadas auras para suavizar su abrojo.

Debes seguir solo el camino

donde esperan fieras al acecho.

Protege tu cuerpo de inclemencias

y forja tu espíritu en el temple.

Brillos acerados de puñales

buscarán tu espalda sigilosos,

envueltos en fingidas alabanzas.

Sé fiel a tu palabra

y consecuente en tus ideas.

Confía en quien te quiera,

pero no olvides nunca

que el amor de tus padres

será siempre el más puro y verdadero.

Los sogueros.

 

 

 

 

 

Hace más de cincuenta años venían por los pueblos sogueros gallegos.  Colocaban sus pertrechos en una calle espaciosa. En un extremo fijaban al suelo el torno, que tenía unos ganchos a los que ataban uno de los cabos de las cuerdas. Enfrente del torno ponían una especie de carro al que unían los cabos opuestos. Según se quisiese la soga más o menos gruesa variaba el número de cuerdas. Acudía la gente, sobre todo la del campo,  a hacerles los encargos y se pasaban varios días en el pueblo hasta que terminaban.

 

 

 

 

 

Para que la soga saliese lo más tensa posible se necesitaba  un contrapeso en el carro y es allí donde nos montábamos los muchachos para ser arrastrados hasta el torno.

El soguero introducía el husillo  entre las cuerdas y  las pasaba por sus acanaladuras.  Al mismo tiempo, una persona comenzaba a dar vueltas a la manivela del torno. El soguero deslizaba  el husillo entre las cuerdas caminando hacia atrás.De ahí deriva la expresión:

” Ir para atrás como el soguero”.  De esta forma quedaban trenzadas las cuerdas formando la soga. Pues a ver quién es el soguero que con tres cuerdas: recesión, recorte de la inversión pública y falta de créditos bancarios consigue hacer una soga que estimule el consumo, disminuya el paro y reactive la economía. Con estas cuerdas más que sogueros, quizás hagan falta ilusionistas y encantadores.

Amable lector/a:

Cuando se escribe una obra literaria no se expresan necesariamente los propios sentimientos en ella.  Ni Shakespeare era Otelo ni Calderón Segismundo ni Machado Alvargonzález. La condición humana da para muchas creaciones  en variados  géneros. Las grandes pasiones- celos, odio, amor, venganza…- ya están recogidas en las obras clásicas hace más de dos mil años y se van versionando y recreando con la historia. Son distintas visiones de comportamientos parecidos con otros personajes y en distintas épocas. El que escribe participa de ellas en la medida que también es humano. Pero hay una diferencia entre observar, estudiar y expresar y asociarle al autor completamente  la identidad entre lo escrito y su vida. El que lee y siente placer estético por la lectura,  por ejemplo de  un poema, lo transforma en algo  suyo, lo recrea y le evoca sensaciones distintas  a las que el autor intentó reflejar originariamente , pues cada uno tiene un bagaje de experiencias y emociones que son difícilmente transferibles.

Campesinos.

 

 

 

 

 

 

Como homenaje a los hombres y mujeres  del campo de cuando se besaba el trozo de pan que se caía al suelo.

 

“Son asina los cachorros de la raza

de castúos labraores  extremeños,

que, inorantes de las cencias d´hoy en día,

cavilando tras las yuntas , descubrieron

que los campos de su Patria

y la madre de sus hijos, son lo mesmo”

Luis Chamizo.

Los veía pasar por la Plazuela en las anochecidas de otoño y de invierno. Venían montados a mujeriega sobre las mulas que andaban cabeceando con paso lento y rítmico por las calles empedradas después de un día de intenso trabajo. Los capotes negros y ásperos de duro hule  revestidos de alquitrán, sobre los hombros. Las luces de la calle recién encendidas, tenues y vacilantes, se reflejaban en los charcos y regajos que formaba la lluvia.

Desde  la preparación de los barbechos hasta que se recolectaba la senara se dejaban muchos sudores sobre la tierra.

La siembra se hacía  a mano, esparciendo el grano sobre los surcos abiertos con el movimiento  acompasado del brazo en forma de abanico a derecha e izquierda para repartir la simiente del modo más uniforme posible.  Se denomina amelga la faja de terreno que el labrador abarca en cada pasada. El grano se llevaba  en una collera que iba colgada  de los hombros del sembrador. La collera es un  saco doblado  por la mitad, juntas la boca y la base y cosidas por uno de sus extremos. Ahí se llevaba el grano. Le daban este nombre por similitud con el que se ponía a  las bestias, que el diccionario de la RAE define así: “Collar de cuero o lona, relleno de borra o paja, que se pone al cuello a las caballerías o a los bueyes para que no les haga daño el horcate.

Para arar llevaban el cuerpo inclinado y tenso sobre el arado que iba tirado por la yunta, las manos apretadas sobre la mancera, ahondando y enderezando el surco para dejar lista la besana. Si había dos personas  una araba y la otra detrás iba sembrando; si no, tenía que arreglárselas uno solo, abandonando una faena y reiniciando otra.

Cuando la siembra estaba nacida se escardaba para quitar las malas hierbas con azadas, paso a paso, surco a surco, en cuadrillas de varios trabajadores, que avanzaban sobre las hazas en formación horizontal.

El hato con las viandas se dejaba en el lugar en el que se pensaba almorzar, no lejos del tajo. Para transportar desde casa el aceite y el vinagre  se utilizaban cuernos huecos de asta de toro y en otro utensilio, llamado liara, se solían llevar las aceitunas. El aceite y el vinagre en el mismo cuerno, ya que como no se mezclan pueden utilizarse uno u otro invirtiéndolo. La comida del mediodía era por cuenta del dueño de la tierra que contrataba a los trabajadores. El almuerzo lo llevaba cada uno. Anochecido, hora  de sombras difusas y olores acentuados, se preparaba en los hogares de los agricultores la comida caliente del día para que los que regresaban del campo templaran su cuerpo con algo caliente. El pueblo  a estas horas  recobraba un trasiego intenso: mujeres que iban a por leche o de visita, hombres con fajas negras liadas con varias vueltas a la cintura y boinas o mascotas al estanco a comprar el tabaco y el librito, muchachos que apurábamos los últimos juegos de la tarde, viejas envueltas en sus mantos y velos negros que al toque de la oración se dirigían a la iglesia.

Pero el esfuerzo titánico de los labriegos se producía en la recolección. Mediado junio se empezaba a segar. Era la saca. Primero a mano, con la hoz, juntando gavillas para formar los haces, que se iban amontonando en el rastrojo. Cuando se tenían suficientes haces se cargaba el carro. Un trabajador en lo alto de éste los colocaba adecuadamente y otro se los lanzaba desde el suelo ayudándose del bieldo. El cintero limitaba la carga por arriba y le servía de sujeción cuando ésta estaba completa. Posteriormente por caminos, la mayor parte de ellos en mal estado, balanceándose el carro peligrosamente con el traqueteo, con riego de vuelco, como a veces ocurría, se llevaban las mieses hasta la era.

El carro era el medio de transporte fundamental cuando todavía no existían remolques ni tractores. Se dejaban en las puertas de las casa y era una estampa típica verlos en las calles. El mozo del carro era un palo colocado en el tiro y que apoyado en el suelo se usaba para sostener más elevado este último. Llegada la temporada  se engrasaban los ejes de las ruedas sebo. Para levantar el carro  y poder mover las ruedas se ayudaban  de una cabria que es una especie de palanca, ya que hacerlo de brazos era duro y peligroso.

 

En verano se le añadían al carro las varas y la red para dotarlo de mayor capacidad. La bolsa estaba en la parte inferior, su barriga de esparto. La parte superior estaba limitada por tablas rectangulares que iban más o menos a la altura de los ejes de las ruedas y que servían para separar la bolsa del resto de la parte interior. Estas tablas se quitaban cuando había que aumentar la capacidad. La parte inferior la bolsa se unía mediante dos varas paralelas, llamadas galgas. Los muchachos nos metíamos en ella para jugar al escondite.

Se iban formando las eras en los ejidos con el lento acarreo de las mieses. Por caminos solitarios, a pleno sol, acompañados del ruido aserrado de las chicharras entre los olivos y del continuo traqueteo de las ruedas, cual procesión de hormigas previsoras, los labriegos reunían el fruto de la tierra y de su trabajo, cerca de sus casas.

Había ahora que descargar el carro, deshacer los haces y esparcirlos, pasando sobre ellos las bestias que giraban sujetas por el cabestro alrededor del labriego colocado en el centro del círculo que formaba la parva. Deshechos los haces, se trillaban. Montarnos en el trillo era nuestro deseo más anhelado en el tiempo de las eras. Cuando no era el abuelo de un amigo, era un tío o un vecino, el caso era tener a alguien conocido que nos dejase montar las tardes que acudíamos, ya con el sol vencido, comiéndonos la jícara de chocolate o el pan con aceite y azúcar. Cuando se trillaba la parva por una parte había que darle la vuelta y para eso se usaban unos ganchos curvos con forma de interrogación que se colocaban en la parte trasera del trillo.

Después se separaba el grano de la paja, aventando con la pala el resultado de la trilla contra el viento gallego cuando soplaba a media tarde. Si cantaba el alcaraván se consideraba señal propicia para la limpia. Había que aprovechar cualquier momento en que se movía el aire pues en esta época no es frecuente ni constante. Los niños y las niñas, ajenos al laborioso trajinar, jugábamos a escondernos entre los haces. Entre ellos ponían los hombres el barril con agua para mantenerla un poco fresca, dentro de lo que cabe en plena canícula.

Como estaba terminantemente prohibido fumar en el campo en estas fechas, el que no podía evitar el vicio, llevaba los avíos para ello escondidos y aprovechaba con mucho miedo algún momento perdido para darle al cigarro una caladas, pues la Guardia Civil vigilaba y castigaba duramente no sólo el hecho de fumar, sino el de llevar consigo el tabaco o el mechero, produciéndose cacheos y registros para averiguarlo. Entonces el fumar se complicaba más, pues el tabaco se portaba en la petaca, donde se echaba de unos paquetes rojos o  verdes  que vendían en los estancos y se liaba con unos papelillos muy finos que formaban  lo que se conocía como librillo o librito (algunas marcas eran Jean, Indo Rosa, Bambú). Una vez liado se pasaba la lengua por el extremo del papel y se pegaba. Para encenderlo se utilizaba el mechero de mecha y posteriormente el de martillo. Así que la labor no era fácil.

Separado de la paja y limpio el trigo, se llenaban los costales con la cuartilla, se iban atando sus bocas con abacaes y se colocaban  en la era hasta que había cantidad suficiente para llenar un carro. A cuestas se echaban los costales en el carro y a cuestas se subían a los doblados de las casas. A golpe de lomo y riñones. Esta operación se volvía a repetir cuando los jefes de los silos del Servicio Nacional del Trigo daban cita para poder llevarlo.

Para su transporte desde la era a las casa a  la yunta se le unía otro animal de tiro. Al subir la cuesta de la calle del Ejido con los carros cargados, los carreteros se subían al palo principal, el tiro, cerca de los yugo, agarrados a las costillas de estos, arreando a las bestias e intentando servir de contrapeso para que la carga no se fuera hacia atrás. Del  choque de las herraduras con las piedras en el duro bregar de los animales saltaban chispas.  Las  bestias eran jaleadas, zurriago en mano, por el carretero  ante la mirada  y las voces de ánimo de las personas mayores que se reunían en ese lugar para observar la faena de acarreo.

Con la paja se hacía otro tanto. Se llenaban los carros ya con sus redes, se tupían para que la carga  fuera más compacta y se vaciaban en las puertas de las casas para irla metiendo en los pajares con sábanas y mantas. Esta tarea se solía hacer al anochecido, ya con la fresca. También los muchachos disfrutábamos con esta actividad y aprovechábamos para tirarnos y meternos dentro del montón. Cuando llegábamos a casa y nos desnudábamos para meternos en la cama salía paja por todos sitios. Como las calles estaban empedradas, el traqueteo del carro se acentuaba y hacía que la paja  se derramara. Por agosto estaba el suelo de muchas calles plenamente cubierto. La calleja de Misa y la esquina del ejido eran buen ejemplo de ello.

Eran noches de sentarse al fresco en las puertas de las casas que permanecían abiertas de par en par igual que las que daban a los corrales donde se encendía la luz, permaneciendo la casa a oscuras para que no entrasen los mosquitos, pero sí el aire. Cuando el grano todavía dormía en la era, había que guardarlo para que no lo robasen. Allí, con la manta al hombro, se dirigían los agricultores a pasar la madrugada. Los vecinos de eras próximas charlaban largamente para echar la noche atrás. Después cuando el relente  se hacía sentir había que taparse con la manta. Sólo el croar hueco y sonoro de las ranas y el monocorde y metálico canto de los grillos, arañaba el silencio profundo de la noche. A lo lejos, en las esquinas del pueblo, brillaban tenuemente las bombillas. Arriba el cielo, con la franja del camino de Santiago blanqueando,  cubría el cansancio honrado de los campesinos.