La Pascua en Ahillones

El domingo de Resurrección se celebra en el pueblo con la gente  de punta en blanco, o sea, con los trajes y vestidos de fiestas de guardar. Comienza el día con la procesión de los “Encuentros”, donde la virgen, que sale de la iglesia parroquial, se encuentra en la calle del Cristo con su hijo que baja de la ermita del mismo nombre.

Los alabarderos se colocaban entre los dos pasos  y cruzaban entre sí las espadas y alabardas hasta que se producía la máxima proximidad posible y entonces los costaleros inclinaban las imágenes simulando el abrazo de la madre y el hijo. Actualmente no existen los alabarderos.

El domingo es día de estar en el pueblo comiendo y bebiendo por los bares. El lunes al campo, a la jira. Antes se llevaban  las rosquillas y la bolla con el huevo cocido incrustado en ella. Ahora a comer y beber desmesuradamente. Es una pena que se perdiera la costumbre de ir todos a la ribera de la Corbacha para este fin y se hayan diseminado los grupos por naves y cortijos con lo que la jira se ha convertido en un día de campo más, actividad que puede hacerse cualquier día del año.

La saeta.

Un reguero de llamas vacilantes

camina tras la cruz

donde  Cristo murió crucificado.

Un blanco lienzo al viento

cuelga en sus desnudos brazos.

Con los puñales del dolor clavados

en un corazón de plata

va la madre detrás

con siete heridas de acero.   

Desde un balcón en penumbra

desgarra la noche una saeta

tal como se  rasgó en el templo el velo

la tarde en que expiró Jesús.

Y estremecido,

el aire se transforma 

con emoción de vello electrizado

en la piel de los presentes.

Yo miro al cielo

por si  estuviera  Dios,  

apoyado en un balcón de plata

de la luna llena esplendorosa 

viendo pasar el cortejo.

Llena.

Queda noche y queda pena,

así que llena el vaso

con el turbio licor de las   heridas.

Y si me acuerdo de ella

que bajen las candelas del olvido

a quemar el rastro de su estela.

¡Qué más da!

Ya el indómito potro del deseo

se montó en el viento de las crines

y huyó veloz por las praderas.

Quedó un  sabor  profundo y apacible

de bodega vieja

que  guarda el  paladar de la memoria

en el dulce dormir de  la solera.

Muerte de una madre joven.

No lloraba ante sus hijos

por no  añadir un dolor

al que minaba su cuerpo.

Cuando se quedaba sola

se metía en su habitación

y entonces se desahogaba.

No eran lágrimas por ella,

¡eso bien lo sabe Dios!

Eran lágrimas por ellos,

de pensar que si moría

sufrirían el desconsuelo

y el vacío de  su ausencia

al regreso de la escuela

sin que nadie respondiera

a la voces de  ¡mamá!

¿Quién le dará los  abrazos

y los cubrirá de besos

cada noche al acostarse?

¿Quién se sentará en sus camas

para ahuyentarles los miedos

si despiertan asustados

en la oscura madrugada?

Por eso lloraba sola.

Esa pena la agobiaba

más que el peor sufrimiento

que castigara  a su cuerpo.

Una tarde de febrero

la vida estaba de huida

 y la muerte le acechaba

al borde de sus ojeras.

Desea que vengan  sus hijos,

pero sin que ellos se enteren

de la cruda realidad.

Les narra un cuento de viajes

que emprenderá en primavera

por regiones celestiales.

No podrán acompañarla,

pero ella desde allá arriba

los verá todas las noches

cuando salgan las estrellas.

El viaje será muy largo,

pero no se cansará

porque irá siempre dormida

entre pétalos de rosas.

Y les dice que algún día

se volverán a encontrar

en una casa encantada

donde no hay que trabajar

ni hacer deberes del cole.

Cuando pasó una semana

llegó la muerte a por ella

para un viaje sin regreso

más allá de los luceros.

Y cada noche, anhelantes,

las miradas de sus hijos

la buscan por las estrellas

y le tiran unos besos

porque su madre les dijo

que aunque se encuentre muy lejos

ella los estará viendo

desde un trocito del cielo.

Antigua Semana Santa.

 

 

Antigua Semana Santa,

la de los bares cerrados

al paso de los cortejos.

La del toque de matraca

que anunciaba los sermones

a las parejas de novios

que estaban por los Mesones.

La de los santos tapados,

con las túnicas moradas,

oficios del Jueves Santo

con comuniones masivas

y vela de madrugada.

Visita a los Monumentos

en la mañana del viernes,

Santo Entierro por la tarde

y la Soledad de noche

con el silencio y las velas

y a su luz las caras bellas

de mocitas deseadas.

Sermón de siete palabras,

siete largas parrafadas

que los curas enhebraban

en encendidos sermones.

Los monaguillos bostezan

en los bancos del altar

y las personas adultas

con caras de circunstancias

siguen el ritmo elocuente

del  exaltado orador

dando alguna cabezada.

¡Domingo, Resurrección!

Repiques al vuelo alegres,

don José con voz en grito

cantando el “Resucitó”.

¡Alabarderos, uncíos

a la espada y la alabarda

que en la mitad de la  calle

se producirá el Encuentro

de esa madre con su hijo !

Después de la procesión,

en la puerta de la iglesia

daban el agua bendita

para echar por los rincones

y espantar a Lucifer.

El agua que tú llevabas

se convertía en sagrada

cuando allí te la mezclaba

el bueno del sacristán

en la cuba de metal.

¡Milagro al simple contacto!

Las rosquillas y las bollas

rodando por los ejidos.

Y en la jira, como siempre,

“diviértanse honestamente”.

Ignoraba el viejo cura

que con los trigales altos

se levantaban enhiestos

los ánimos de los mozos

buscando a las amapolas

entre los campos abiertos.

Los retratos.

 

 

 

 

 

 

 

Con vocación de eterna permanencia, los eximios regidores de la patria dan al óleo de pintor famoso encargo de inmortal recuerdo para brillo orlado de su cargo. Generaciones venideras contemplarán estos retratos de prohombres encumbrados a los más altos designios que alcanzar pueda ser vivo por la fuerza de los votos. Su autoestima y narcisismo quedan  satisfechos en el lienzo para asombro de paisanos  y orgullo de sus deudos. Pero la pátina de su grandeza luciría inconmensurable si el importe  de la obra la costeasen  con su peculio y no con el dinero de todos.

 

Tras los cristales.

Tras las gotas de lluvia en los cristales
la sombra gris y la mirada vana,
el infinito hastío y la desgana
de las eternas noches invernales.
 Vaciedad de figuras fantasmales
que el humo vacuo del tabaco hilvana
alrededor de una cabeza cana
temerosa de penas y de males.
Así las horas de sus norias pasan
en negros pozos del vivir perdido,
mientras sus lentas vueltas acompasan
 el sopor de una vida sin sentido
hacia la mar ignota en que descansan
la luz, la negra sombra o el olvido.

Fichajes de los consortes.

 

 

 

 

 

Carta publicada en el periódico HOY ( domingo 25/03/2012)

 

No dudamos de sus méritos profesionales ni de su  esfuerzo  y capacidad. Creencias que hacemos extensibles a sus consortes, parejas y demás parentela. Pero  esos fichajes que  empresas de campanillas les ofrecen  a algunos de ustedes o  a sus familiares y que aceptan encantados, salvo honrosa renuncia, una vez en conocimiento de la opinión pública la noticia y  por consejo de superior rango, nos desconciertan  a los ciudadanos en tiempos ya suficientemente procelosos por motivos bien conocidos y sufridos. Es cierto que tienen el mismo derecho a ocupar esos puestos que cualquier otra persona tocada con la varita de la designación directa para tan golosos destinos, pero tratándose de ustedes, que tienen el poder constitucional de  legislar, el asunto puede añadir una más que justificada desconfianza entre quienes se  las ven  y se las desean para llegar a fin de mes. Puede suceder que cuando nos suban el recibo de la luz, del gas, del teléfono, algún malpensado crea que con   referidas alzas está pagando parte de esos fichajes millonarios y  que las empresas, que no fichan por fichar,   están devolviendo favores recibidos o que esperan recibir. Seguro que no  así, que no puede ser así, aunque las apariencias pueden inducir a malentendidos. Así que estamos un poco mosqueados. A buen seguro que son elucubraciones nuestras  sin fundamento y que eso que pregonan ustedes en sus mítines de honradez y lucha por el bien común es cierto y que cuando legislan lo hacen velando  por el interés general.

 De todas formas apreciamos la identidad de  aspiraciones e intereses que demuestran en esos fichajes,  independientemente  del partido en el que militan y  deseamos que esa confluencia  se refleje  en asuntos que nos conciernen a todos los ciudadanos. La democracia se lo agradecerá y nosotros también.

Recuerdos de un interno.

Cuando los graznidos de los grajos rayan el final de la tarde y sus cuerpos negros asaetan la torre, D. Manuel pasea y repasa las cuentas del rosario dentro de la balaustrada encadenada de la iglesia. Suenan los últimos toques de las campanas anunciando el comienzo de la misa y por las bocacalles  estrechas afluyen a la plaza los fieles presurosos y  rezagados.

Tardes frías de  cristales helados que arañan ceñidos  las paredes del Pasquín y encorchan los rostros  de los paseantes, formando siluetas encorvadas que se tapan con las manos las rendijas que dejan los abrigos.

Tardes de domingo, de Pelicanas en su casa de la plaza de Cervantes, con palmeras y barquitos y una mesita camilla coronada con dos gatos negros que mueven sus rabos complacidos por las caricias de sus dueñas.

Las chicas de las Angelinas se cruzan con nosotros una y otra vez  mientras alguna mirada  esquiva  o algún guiño cómplice nos alegra la tarde desabrida.

Manoli y Regina en la tienda de la Granja san Benito de la calle Santiago ponen límites de galletas a los sabores cuadrados de turrón y chocolate.

Rosario en la  misma calle, más abajo y enfrente, con su puesto de chucherías se resguarda detrás de una puerta grande y vetusta  cuando el frío aprieta.

Unos papelillos semiclandestinos de un Domingo de Piñata quedan, pisoteados y olvidados, sobre el suelo mojado de la calle de Las Armas. Mientras, los dulceros han anotado en la pizarra el último gol del Atlético de Bilbao y los huesos de santo reposan en el escaparate.

Siluetas ambulantes recortadas por el tibio sol de la tarde se proyectan largas y en continuo movimiento este-oeste sobre las losetas de la plaza.

Miradas bovinas atraviesan lánguidas los cristales oscuros del reservado dela Casineta.

Leonardo vocifera al viento una queja lastimosa y airada con gestos desgarbados.

El bar Vitaminas y los partidos televisados de los domingos ante un café caliente, reconfortan la tarde tras la ventana acristalada.

Al anochecer, en un rincón de la calle Carolina Coronado, en las Medias, suenan las notas almibaradas del Hey Jude de los Beatles, guateques que dejan su poso de recuerdos placenteros para el resto de la semana.

Unos vinos al  regreso que nos sirve Manolo en el Gato Negro completan una tarde fría de paseos de ida y vuelta por las calles del centro.

Las sombras han borrado las siluetas del suelo  de la plaza, pero quedan paseantes que aguantan impasibles el primer asomo del recencio.

En riadas melancólicas y tristes los internos desembocamos en la calle Concepción.

Mediodía.

 

 

 

 

 

El abuelo pasea

con las  manos cruzadas por  detrás

desde la  portezuela del corral

hasta la emparejada  puerta de la  calle.

Se asoma y mira,

ausente y pensativo,

el transitar de las personas

que van a sus tareas.

En sus idas y venidas,

a escondidas de la abuela,

que zurce viejas sayas

a la  sombra en jirones de la parra,

entreabre la alacena

y bebe  con deleite

un buen vaso de vino.

Hay  membrillos en tazas

de blanca porcelana

sobre el saliente “topetón”

de una espaciosa chimenea.

En la calle, al tibio sol del mediodía,

un hortelano vocea

los frutos de la huerta.

Borbollea el puchero en la candela

y en un corral vecino,

la gallina  ponedora cacarea.