La saeta.
Un reguero de llamas vacilantes
camina tras la cruz
donde Cristo murió crucificado.
Un blanco lienzo al viento
cuelga en sus desnudos brazos.
Con los puñales del dolor clavados
en un corazón de plata
va la madre detrás
con siete heridas de acero.
Desde un balcón en penumbra
desgarra la noche una saeta
tal como se rasgó en el templo el velo
la tarde en que expiró Jesús.
Y estremecido,
el aire se transforma
con emoción de vello electrizado
en la piel de los presentes.
Yo miro al cielo
por si estuviera Dios,
apoyado en un balcón de plata
de la luna llena esplendorosa
viendo pasar el cortejo.
Llena.
Queda noche y queda pena,
así que llena el vaso
con el turbio licor de las heridas.
Y si me acuerdo de ella
que bajen las candelas del olvido
a quemar el rastro de su estela.
¡Qué más da!
Ya el indómito potro del deseo
se montó en el viento de las crines
y huyó veloz por las praderas.
Quedó un sabor profundo y apacible
de bodega vieja
que guarda el paladar de la memoria
en el dulce dormir de la solera.
Muerte de una madre joven.
No lloraba ante sus hijos
por no añadir un dolor
al que minaba su cuerpo.
Cuando se quedaba sola
se metía en su habitación
y entonces se desahogaba.
No eran lágrimas por ella,
¡eso bien lo sabe Dios!
Eran lágrimas por ellos,
de pensar que si moría
sufrirían el desconsuelo
y el vacío de su ausencia
al regreso de la escuela
sin que nadie respondiera
a la voces de ¡mamá!
¿Quién le dará los abrazos
y los cubrirá de besos
cada noche al acostarse?
¿Quién se sentará en sus camas
para ahuyentarles los miedos
si despiertan asustados
en la oscura madrugada?
Por eso lloraba sola.
Esa pena la agobiaba
más que el peor sufrimiento
que castigara a su cuerpo.
Una tarde de febrero
la vida estaba de huida
y la muerte le acechaba
al borde de sus ojeras.
Desea que vengan sus hijos,
pero sin que ellos se enteren
de la cruda realidad.
Les narra un cuento de viajes
que emprenderá en primavera
por regiones celestiales.
No podrán acompañarla,
pero ella desde allá arriba
los verá todas las noches
cuando salgan las estrellas.
El viaje será muy largo,
pero no se cansará
porque irá siempre dormida
entre pétalos de rosas.
Y les dice que algún día
se volverán a encontrar
en una casa encantada
donde no hay que trabajar
ni hacer deberes del cole.
Cuando pasó una semana
llegó la muerte a por ella
para un viaje sin regreso
más allá de los luceros.
Y cada noche, anhelantes,
las miradas de sus hijos
la buscan por las estrellas
y le tiran unos besos
porque su madre les dijo
que aunque se encuentre muy lejos
ella los estará viendo
desde un trocito del cielo.
Antigua Semana Santa.
Antigua Semana Santa,
la de los bares cerrados
al paso de los cortejos.
La del toque de matraca
que anunciaba los sermones
a las parejas de novios
que estaban por los Mesones.
La de los santos tapados,
con las túnicas moradas,
oficios del Jueves Santo
con comuniones masivas
y vela de madrugada.
Visita a los Monumentos
en la mañana del viernes,
Santo Entierro por la tarde
y la Soledad de noche
con el silencio y las velas
y a su luz las caras bellas
de mocitas deseadas.
Sermón de siete palabras,
siete largas parrafadas
que los curas enhebraban
en encendidos sermones.
Los monaguillos bostezan
en los bancos del altar
y las personas adultas
con caras de circunstancias
siguen el ritmo elocuente
del exaltado orador
dando alguna cabezada.
¡Domingo, Resurrección!
Repiques al vuelo alegres,
don José con voz en grito
cantando el “Resucitó”.
¡Alabarderos, uncíos
a la espada y la alabarda
que en la mitad de la calle
se producirá el Encuentro
de esa madre con su hijo !
Después de la procesión,
en la puerta de la iglesia
daban el agua bendita
para echar por los rincones
y espantar a Lucifer.
El agua que tú llevabas
se convertía en sagrada
cuando allí te la mezclaba
el bueno del sacristán
en la cuba de metal.
¡Milagro al simple contacto!
Las rosquillas y las bollas
rodando por los ejidos.
Y en la jira, como siempre,
“diviértanse honestamente”.
Ignoraba el viejo cura
que con los trigales altos
se levantaban enhiestos
los ánimos de los mozos
buscando a las amapolas
entre los campos abiertos.
Los retratos.
Con vocación de eterna permanencia, los eximios regidores de la patria dan al óleo de pintor famoso encargo de inmortal recuerdo para brillo orlado de su cargo. Generaciones venideras contemplarán estos retratos de prohombres encumbrados a los más altos designios que alcanzar pueda ser vivo por la fuerza de los votos. Su autoestima y narcisismo quedan satisfechos en el lienzo para asombro de paisanos y orgullo de sus deudos. Pero la pátina de su grandeza luciría inconmensurable si el importe de la obra la costeasen con su peculio y no con el dinero de todos.
Tras los cristales.
Tras las gotas de lluvia en los cristales
la sombra gris y la mirada vana,
el infinito hastío y la desgana
de las eternas noches invernales.
Vaciedad de figuras fantasmales
que el humo vacuo del tabaco hilvana
alrededor de una cabeza cana
temerosa de penas y de males.
Así las horas de sus norias pasan
en negros pozos del vivir perdido,
mientras sus lentas vueltas acompasan
el sopor de una vida sin sentido
hacia la mar ignota en que descansan
la luz, la negra sombra o el olvido.
Fichajes de los consortes.
Carta publicada en el periódico HOY ( domingo 25/03/2012)
No dudamos de sus méritos profesionales ni de su esfuerzo y capacidad. Creencias que hacemos extensibles a sus consortes, parejas y demás parentela. Pero esos fichajes que empresas de campanillas les ofrecen a algunos de ustedes o a sus familiares y que aceptan encantados, salvo honrosa renuncia, una vez en conocimiento de la opinión pública la noticia y por consejo de superior rango, nos desconciertan a los ciudadanos en tiempos ya suficientemente procelosos por motivos bien conocidos y sufridos. Es cierto que tienen el mismo derecho a ocupar esos puestos que cualquier otra persona tocada con la varita de la designación directa para tan golosos destinos, pero tratándose de ustedes, que tienen el poder constitucional de legislar, el asunto puede añadir una más que justificada desconfianza entre quienes se las ven y se las desean para llegar a fin de mes. Puede suceder que cuando nos suban el recibo de la luz, del gas, del teléfono, algún malpensado crea que con referidas alzas está pagando parte de esos fichajes millonarios y que las empresas, que no fichan por fichar, están devolviendo favores recibidos o que esperan recibir. Seguro que no así, que no puede ser así, aunque las apariencias pueden inducir a malentendidos. Así que estamos un poco mosqueados. A buen seguro que son elucubraciones nuestras sin fundamento y que eso que pregonan ustedes en sus mítines de honradez y lucha por el bien común es cierto y que cuando legislan lo hacen velando por el interés general.
De todas formas apreciamos la identidad de aspiraciones e intereses que demuestran en esos fichajes, independientemente del partido en el que militan y deseamos que esa confluencia se refleje en asuntos que nos conciernen a todos los ciudadanos. La democracia se lo agradecerá y nosotros también.
Recuerdos de un interno.
Cuando los graznidos de los grajos rayan el final de la tarde y sus cuerpos negros asaetan la torre, D. Manuel pasea y repasa las cuentas del rosario dentro de la balaustrada encadenada de la iglesia. Suenan los últimos toques de las campanas anunciando el comienzo de la misa y por las bocacalles estrechas afluyen a la plaza los fieles presurosos y rezagados.
Tardes frías de cristales helados que arañan ceñidos las paredes del Pasquín y encorchan los rostros de los paseantes, formando siluetas encorvadas que se tapan con las manos las rendijas que dejan los abrigos.
Tardes de domingo, de Pelicanas en su casa de la plaza de Cervantes, con palmeras y barquitos y una mesita camilla coronada con dos gatos negros que mueven sus rabos complacidos por las caricias de sus dueñas.
Las chicas de las Angelinas se cruzan con nosotros una y otra vez mientras alguna mirada esquiva o algún guiño cómplice nos alegra la tarde desabrida.
Manoli y Regina en la tienda de la Granja san Benito de la calle Santiago ponen límites de galletas a los sabores cuadrados de turrón y chocolate.
Rosario en la misma calle, más abajo y enfrente, con su puesto de chucherías se resguarda detrás de una puerta grande y vetusta cuando el frío aprieta.
Unos papelillos semiclandestinos de un Domingo de Piñata quedan, pisoteados y olvidados, sobre el suelo mojado de la calle de Las Armas. Mientras, los dulceros han anotado en la pizarra el último gol del Atlético de Bilbao y los huesos de santo reposan en el escaparate.
Siluetas ambulantes recortadas por el tibio sol de la tarde se proyectan largas y en continuo movimiento este-oeste sobre las losetas de la plaza.
Miradas bovinas atraviesan lánguidas los cristales oscuros del reservado dela Casineta.
Leonardo vocifera al viento una queja lastimosa y airada con gestos desgarbados.
El bar Vitaminas y los partidos televisados de los domingos ante un café caliente, reconfortan la tarde tras la ventana acristalada.
Al anochecer, en un rincón de la calle Carolina Coronado, en las Medias, suenan las notas almibaradas del Hey Jude de los Beatles, guateques que dejan su poso de recuerdos placenteros para el resto de la semana.
Unos vinos al regreso que nos sirve Manolo en el Gato Negro completan una tarde fría de paseos de ida y vuelta por las calles del centro.
Las sombras han borrado las siluetas del suelo de la plaza, pero quedan paseantes que aguantan impasibles el primer asomo del recencio.
En riadas melancólicas y tristes los internos desembocamos en la calle Concepción.
Mediodía.











