Presentación del libro de Tere Montero “Llerena en el corazón”

 

 

 

Aunque en una entrada anterior publiqué el soneto con el que terminaba mi presentación del libro de la escritora llerenense Tere Montero, hoy la  publico integra. El acto tuvo lugar en el salón cultural  la Merced de Llerena el día 28 de julio de 2012.

 

Tere Montero ha tenido la gentileza de invitarme para que presente este año el que es su cuarto trabajo, acto  que, como en años anteriores,  tiene lugar por estos días de julio, alrededor del día de Santiago. Gesto por el que le estoy agradecido.

Aceptar el reto de la presentación generó en mí cierta inquietud por no defraudar al auditorio, teniendo  en cuenta  sobre todo la calidad del mismo, por lo que de antemano pido disculpas si cometo  errores, y confiado en su tolerancia, agradezco su segura comprensión.

Esta vez Tere ha titulado su libro “Llerena en el corazón”.  Después de los anteriores,  Los hombres, Las mujeres y Retazos de Llerena, le toca el turno  al corazón, cuyos latidos han estado también presentes en los anteriores, aunque ahora suba, palabra tan cordial, al  altar del título.

El tema central  que da sentido  y unidad a  toda esta producción, como  es evidente,  es Llerena. Su gente,  con sus  pequeñas o grandes historias,  siempre relatadas con respeto, cariño y profunda humanidad.

En esta ocasión el corazón  impulsa y bombea las emociones y los recuerdos  dándole  vida   para que todos los  que se introduzcan en la lectura  y contemplación  de las fotografías que en abundancia  contiene el libro, vuelvan a vivir de nuevo o a conocer por primera vez, en el caso de los más jóvenes, parte de la historia común que conforma la identidad de la muy noble, leal y antigua ciudad de Llerena.

El libro está prologado por Diego Algaba Mansilla, que estuvo trabajando en el Centro de Salud  y viviendo en Llerena durante veinte años. Asiduo del periódico HOY con sus cartas al director y en su sección semanal de Plaza Alta. Su evocadora y amena  sencillez escribiendo encajan perfectamente con el contenido del libro.

En  este cuarto trabajo   que nos ocupa esta noche, hay muestras de la nostalgia que produce el tiempo y la que origina la distancia que nos separa de alguno de los  lugares  donde alguna vez fuimos más o menos felices.

Tere, en su labor recopiladora e investigadora ha solicitado testimonio a otros llerenenses para  que cuenten ellos mismos  sus impresiones y narren parte de sus  vidas y recuerdos, producidos y anclados en la ciudad que les vio nacer o con la que tuvieron intensa relación. En otros casos, escudriñando en los entresijos de su fecunda memoria, rememora  sus vivencias  que  narra con su gracejo característico.

Se escribe fundamentalmente para comunicar y para que el lector disfrute y se emocione. Ella lo hace con sencillez, sin artilugios enrevesados,  ni expresiones  barrocas que dificulten la comprensión.  El lenguaje no debe ser una barrera entre el que escribe y el que lee. Eso, que aparentemente parece tan sencillo no lo es y se comprueba cuando uno se pone a  la tarea de escribir,  porque sencillez no es sinónimo de facilidad. La prosa de Tere es una prosa que va directa al torrente sanguíneo de las sensaciones, sin alambicados y retorcidos recursos gramaticales y sintácticos.

Otra característica de su forma de escribir es la  fina ironía  que entre líneas  introduce a hechos o situaciones que ella cree criticables por algún motivo. Y deslizándonos por el estilo llano de su prosa podemos encontrarnos de improviso  un rejón clavado con singular soltura de amazona rejoneadora en el hoyo de las agujas, que dicen los taurinos. Siempre, claro está, con educación y elegancia, pero directo,  claro y certero.

Este no es un trabajo de citas  eruditas ni llamadas aclaratorias que nos remitan a otras fuentes. Es un libro de sentimientos. De tiempos pasados o  actuales, pero con el riego  caliente  de la vida corriendo por sus renglones. Quizás, cuando pasen muchos años, algún etnógrafo tendrá que recurrir a estos  libros  que Tere va presentando para conocer  usos y costumbres desaparecidos. Esta historia cercana, de vecindad común, necesita plasmarse por escrito para que generaciones venideras sepan cómo se vivía por estos pagos. Los personajes sobresalientes de la historia ya tienen sus estudiosos y sus panegiristas. Ahora le toca el turno al vecino corriente y cercano que se cruza con nosotros en la calle, a las costumbres enraizadas y a los lugares que compartimos.

Pues bien,  en los comienzos otoñales, cuando nos ponemos la primera ropa de abrigo, comenzó la autora a elaborar este cuarto trabajo. Esa añoranza que traen las primeras aguas y el primer viento fresco del Atlántico, abocado ya el tiempo  a las cortas tardes de  tibio sol amarillo, le sirven para hacer un recorrido histórico sentimental por la feria de san Miguel, culminado por un trabajo de su suegro, D. Luis Domínguez, que  recoge a su vez otro del padre de éste, D. Rafael Domínguez, abogado, periodista y cronista de Llerena, con interesantes  y amenos datos de la evolución de la feria cuando el núcleo de la misma eran el  rodeo, el  teatro y las corridas de toros.

Muchos hijos de esta tierra, que nacieron a la luz en la dilatada claridad de la Campiña,  custodiada por las primeras estribaciones de sierra Morena en Extremadura, dejaron, unas veces forzados y otras voluntariamente por diversas razones, el pueblo que les vio nacer.

Se alejaron de aquí físicamente, pero  guardados  en su corazón, se llevaron consigo el hato lleno de sensaciones, recuerdos  y vivencias que  no se olvidan jamás y que   forman parte para siempre de la identidad de cada uno.

Naturales  de Llerena  hicieron las Américas en tiempos de conquista y colonización. Naturales de Llerena, como de muchos pueblos de la España rural, tuvieron que buscar trabajo y porvenir en los grises años de la posguerra y  décadas de los cincuenta y sesenta  en  otras   regiones y países.

Actualmente también se marchan  fuera  muchos llerenenses, pero ya no llevan como carta de presentación sólo  la fuerza y destreza de sus brazos. Llevan cultura, carreras  universitarias y talento, bagaje cultural que les sirve para desempeñar brillantemente sus profesiones en muchos y variados puntos  del planeta.

Esta expansión de Llerena  a través de sus naturales ha llevado el espíritu de esta ciudad a lejanos lugares.  Una forma de ser, un estilo,  eso que conforma la médula de nuestra  vida  y  la raíz emotiva y sentimental de cada uno de nosotros  y que deja,  a donde quiera que se llega, constancia orgullosa de la impronta de la cuna.

De todo encontramos testimonios en este trabajo de Tere. Se llevan las cosas en el corazón cuando abandonamos el lugar donde hemos vivido y lo recreamos en la imaginación, añorándolo, pero también cuando lo que se interpone entre nosotros y el pasado  es el  tiempo, aunque permanezcamos en el mismo sitio,   porque ese lugar y las personas que coincidimos en un momento determinado de nuestra existencia  quedan para siempre como fósiles envueltos en la resina del cariño y  la nostalgia.

“Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”, dejó escrito Neruda en inmortal poema. No hay  nada más que ver una fotografía  antigua y comprobar el trabajo que nos cuesta  reconocer e identificar  a amigos, compañeros y conocidos que un día  compartieron con nosotros parte de nuestras vidas.

El parque donde dimos el primer beso,  sigue ahí, pero la conjunción de nosotros  con él,  las coordenadas de tiempo y espacio  en que se produjo tan placentero hecho sólo vive dentro de nosotros.

Otros capítulos del libro están  dedicados a hechos y personas que podían haber estado  en sus obras anteriores y que  Tere incluye ahora  en esta. Unas por su  filantropía,  como Antonio Ríos por su encomiable labor  con los niños del Sahara. Otros, como Paco el de telégrafos, por ser emisario de alegrías y tristezas, de vida y de muerte vestidas de azul doblado con  economía terminológica,   precursora de los actuales mensajes de móviles.

Guadalupe Ortiz de la Tabla nos cuenta los azares de  la emigración en busca de una vida mejor con añoranza de juegos y lugares comunes en las Ollerías hasta su asentamiento en tierras catalanas.

Hay un recuerdo entrañable para los barrenderos que con tanto oficio y profesionalidad adecentaban las calles al venir el día.

La vida no era de color de rosa, ni siquiera del color amarillo con el que se tiñen las fotos con el paso del tiempo.  Más bien de color castaño oscuro tirando a negro, como aquellos largos lutos de velo y manto, aunque  recordemos nuestra infancia con gozoso regodeo porque el transcurso del tiempo por ley natural, lima aristas y mitiga el dolor, vistiendo el recuerdo de suaves redondeces.

Algunas mujeres tuvieron que sacar a sus familias adelante cuidando los hijos de otras familias.  Micaela Núñez  y Carmen Maldonado Murillo  son ejemplos entre los muchos que existían en aquellos tiempos y que quedan recogidos  en el libro con descarnada sinceridad.

El día de Extremadura que tan bien organizaba el barrio del Pilar, es recordado y coronado por una emotiva carta de los vecinos dirigida a Pepe Moro, escrita con la tinta azul del cielo.

Las excursiones, actividades al aire libre  y una forma sana de vida a cargo de José Luis Santana, que evoca a aquella asociación de jóvenes que eran los scouts.

Refiere Tere recuerdos tristes también que su  familia, igual que otras muchas, sufrieron. Aquellas enfermedades infantiles,  como la polio y  la viruela que desgraciadamente dejaron sus secuelas y que Tere recuerda con sentimiento y dolor. Los remedios para algunas de aquellas enfermedades no iban mucho más allá de lo que suministraba la botica de la abuela, salvados estos inconvenientes por la profesionalidad  y entrega de médicos y practicantes de la época.

Hay referencias en el libro de Tere que sólo con leerlas abren las compuertas de la presa del recuerdo y nos inundan de imágenes y estampas pasadas ¿Quién no probó aquel estimulante del apetito  que era medicina y  golosina, que nos sacaba unas chapetas sonrosadas y nos ponía a los niños tan contentos y optimistas bajo la atenta mirada de la beatífica monja de hábito?

La historia de la  antigua tradición de san Antón, con sus candelas y sus tizones, capítulo que ha elaborado  Tere a partir de los datos que le suministra José Tena.

El pan de san Antonio desde sus orígenes a la actualidad es recordado con curiosos detalles.

Otro capítulo  es el dedicado a un grupo de llerenenses, enmarcados bajo el título de “Allende los mares”,  donde sus protagonistas relatan sus experiencias y vivencias personales. Son llerenenses de las últimas generaciones, con gran preparación académica y profesional, como dije antes.  Juan Antonio Hurtado, Cristina Romero Mimbrero, Francis Zamorano, Marisa Rodríguez Palop, Anastasio Sánchez Zamorano. Es sólo una muestra  de una generación pujante y cosmopolita que puede completarse con muchas más personas y que está dejando el nombre de Llerena a la altura que le corresponde. Desgraciadamente la situación económica nos dejará huérfanos cada vez más de jóvenes brillantes que habrán de buscar horizontes nuevos fuera de su tierra.

D.  José Gutiérrez Maesso,  relacionado con Llerena por sus estancias en la finca familiar de los Ángeles.  Director, productor y guionista de renombre  también tiene su capítulo en la obra.

El antiguamente denominado paseo del Progreso, hoy parque de la Constitución, lugar  que Tere  evoca  y que guarda tantos recuerdos para todos los llerenenses,  sirvió de ensayo algunas tardes a un  grupo de jóvenes  que quisieron dar una serenata a una bella señorita de la localidad. Serenata que terminó de  forma rocambolesca. Hay que leer los detalles de esta aventura noctámbula a la luz de la luna para paladear todo el retrato de una época con la gracia  y la espontaneidad que Tere sabe darle a sus relatos.

La asociación Nª Sª de la Granada  que aglutinó a tantos llerenenses allá en el madrileño barrio de Vallecas y que tan  gran labor desarrolló con actividades culturales y recreativas, tiene también cabida en la obra.

En paralelismo con el poema que Manuel Machado dedica a las provincias de Andalucía  “Cádiz, salada claridad; Granada/ agua oculta que llora./ Romana y mora, Córdoba callada./ Málaga cantaora./ Almería, dorada./ Plateado Jaén. Huelva, la orilla/ de las tres carabelas…/ y Sevilla”, dando a entender que no hay palabra que mejor defina a Sevilla que su propio nombre… Y yo digo…y Jesús Montero, iconoclasta descarnado, tumbador de tópicos, y rompedor de corsés, quien con peculiar estilo rememora algunas de sus innumerables y pintorescas peripecias. Una forma de encarar las situaciones ajena a prejuicios y componendas.

El libro contiene una abundante cantidad de fotografías que completan y amplían su  contenido literario. Esas hay que verlas para trasladarse al tiempo en que fueron realizadas y que ese instante de vida detenido para siempre se desenrosque dentro de nosotros y en catarata surjan otras tantas imágenes que conservamos en la cámara oculta de nuestra memoria.

Llerena en el corazón es   una combinación de vivencias y de imágenes, distanciadas en el espacio y en el tiempo, que regresan ahora en letra impresa  a cobrar vida en las páginas del libro, como sangre que fluye impulsada por el vigoroso corazón del recuerdo  recreando en nuestra imaginación tiempos y espacios comunes ya pasados.

 

 La imagen de las  calles, los sonidos  de las campanas de sus torres y espadañas, del  bregar del viento en los  temporales de otoño  y  el chapoteo del agua de canales. Los juegos infantiles, los aromas, los amigos, las horas que se pasan sin reloj que las controle, el  baño y  muda limpia al calor de la camilla con brasero y alambrera las tardes de los sábados,  el “Bendito” y “Cuatro esquinitas tiene mi cama”, es parte del equipaje  que conservamos   guardado con cariño en nuestro corazón.

Para terminar quiero hacerlo con un soneto, que con más o menos fortuna, recoge el sentir de este humilde servidor de todos ustedes.

El pasado se aviva  remozado

y en nosotros otra vez se hace presente,

traído de la mano dulcemente

para ser  con nostalgia recordado.

La autora con denuedo ha preguntado

para hallar testimonio entre la gente

de otro tiempo fugaz y   evanescente

que vuelve a nuestras mentes añorado.

Ofrece con primor Tere Montero

el corazón abierto de Llerena

para gozo y solaz de sus paisanos

y desde aquí quiero ser el primero

en darle  la cordial enhorabuena

por el libro que  hoy pone en nuestras manos.

 

Muchas gracias a todos. Buenas noches.

Nota:. Las fotografías de éste trabajo las he cogido de la web del Ayuntamiento de Llerena y otros lugares de internet. Si algún interesado quiere que las elimine no tiene nada más que comunicármelo. Muchas gracias.

Herbicidas. ¿Sólo las hierbas?

Carta en el periódico HOY 21/02/2012.

Cuando yo era niño  para quitar las malas hierbas  se escardaban los sembrados.  Las cuadrillas de trabajadores recorrían las sementeras con las azadas y las quedaban limpias de ballicos, gramas y cardos.

 En el arroyo del pueblo, que pasaba pegando a la escuela,  había peces, renacuajos y lampreas.  Como no había recinto cerrado para el recreo, los escolares nos íbamos allí  a buscarlos en las covachuelas y  debajo de la arena.  En el campo podía beberse el agua clara  que corría por  las gavias. 

Ahora para quitar las hierbas de  las hazas y olivares pasan los tractores  con un depósito y  unas largas barras  tirando  los herbicidas o lo hacen  mismos agricultores cargándolo  en mochilas a sus espaldas.  Cuando llueve abundantemente la lluvia corre hacia los regajos que desembocan en la presa de donde nos surtimos de agua  potable los pueblos de la Campiña. Entre el 2001 y el 2002 la Dirección General de Salud Pública de la Junta de Extremadura realizó 2.553 análisis a la red de agua de consumo público, de los que 484 tenían restos de herbicidas.

Ignoro si  con las nuevas técnicas de depuración  se eliminan totalmente  los restos de tantos productos químicos como se le echan al campo. Los  acuíferos subterráneos  no se depuran y seguro que reciben también parte  de esos productos.  No hacen falta análisis para saber que  en el arroyo de mi pueblo ya no hay peces, renacuajos ni lampreas, que las alondras y los pájaros  trigueros han disminuido considerablemente  y que los cazadores,  caminantes y labriegos ya no pueden beber el agua  corriente  de las gavias cuando salen  al campo.

Democracia sin rufianes.

 

 

 

 

Carta publicada en el periódico HOY ( 2/2/2013)

A los presuntos cuando les  llegue la hora y a los corruptos convictos y confesos  ya, hay que cargarles en su debe, aparte de las penas que les correspondan por sus delitos,  la felonía de haber llevado a la democracia al desprestigio.

Ya dijo  W.Churchill que era el menos malo de los sistemas conocidos y aunque siempre hay quienes  están dispuestos a empeorar su estado sigue siendo preferible    a cualquier dictadura.

Los de mi generación vislumbramos, con muchas imperfecciones aún,  la luz de los derechos  y  de las libertades con el fondo de la canción “Libertad sin ira” que tan maravillosamente  interpretaba Jarcha. Fue un tiempo de ilusiones que, respetando opiniones que disienten, nos  dio, con no pocas dificultades, la posibilidad de elegir a nuestros representantes y de acceder a la  gestión de los asuntos públicos. 

 Los que vivimos cuando sonaba “Habla pueblo habla”  guardamos grato recuerdo de  aquellos tiempos políticos. Las nuevas generaciones  recordarán probablemente los actuales con desdén y desprecio porque  rufianes y saqueadores se enriquecen con el ejercicio de la actividad política o medrando a su sombra en lugar de procurar el bien común.  Esta herencia es  su mayor delito.  Afortunadamente no  todos los que se dedican a este noble y necesario oficio se sirven de él para enriquecerse ilícitamente. A ellos y a los demás  ciudadanos nos corresponde expulsar a los indeseables de las instituciones públicas.

Días de fragua y carpintería.

Santiago cuando trabajaba  en su fragua de Ahillones)

(Carta en el periódico HOY 24/01/2003)

En mi pueblo, Ahillones, en días como hoy, que llueve con agua de temporal, los hombres del campo no iban a trabajar y echaban sus horas atrás en las fraguas y carpinterías que había en el pueblo.

Estos negocios fueron cerrando  cuando  se jubilaban sus  dueños. También desaparecieron las zapateros  que remendaban, ponían tapas y echaban medias suelas.

En estos locales  se hablaba sin prisas, pespunteando aquí y allá de temas que iban surgiendo por las ocurrencias de unos y otros. Siempre había alguno que se asomaba a la puerta a seguir la evolución de la lluvia y daba su pronóstico según clareara la sierra o se oscureciera, siempre con la referencia de la veleta de la torre. Ahora llueve sin acompañamientos  de yunque martillo  y sierra.

Ha perdido el pueblo parte de su identidad con la desaparición de estos y otros oficios. La urdimbre que unía a sus habitantes con la actividad artesanal  que se heredaba de padres a hijos se ha roto. Se compra  y se gasta fuera y el pueblo se muere lentamente con menos niños y más jubilados.

 

Nochevieja.

Hoy es Nochevieja. Cuando caiga la bola en el reloj de la Puerta del Sol  exageraremos  gestos y efusividad brindando con  tintineo cristalino. Besos, muchos besos  y abrazos, a conocidos y a  menos conocidos.

¡Cuánta felicidad deseada y recibida!

Guirnaldas,  serpentinas, matasuegras y confetis. Música estridente  y  petardos que convulsionan sorpresivamente nuestro cuerpo. Con este estruendo, si queremos hablar, no regalamos palabras, martilleamos el  oído ajeno con gritos como los que  damos  desde el cuarto de baño  para  avisar  que cambien la bombona porque   empieza a salir el agua fría.

Al alba, cuando el sol vence al neón sobre un campo de batalla  de cristales rotos, tomaremos chocolate con churros y  farfullaremos  torpemente  las últimas frases  antes de  meternos  en la cama donde seguirán los ruidos batiéndonos la cabeza.

El salto de la linde que separa los predios colindantes de las horas, linde ficticia en la línea continua del tiempo, estará dado. El ayer de un año  que termina y el mañana de otro que comienza se unen en una alcohólica jarana desproporcionada y bullanguera mientras los minutos se suceden impasibles e inexorables en  su lineal cuenta atrás. Pero ya no es ayer, sino mañana,  canta Sabina. El hoy se nos evapora en el aire con las burbujas espirituosas del cava.

La vida sigue.

 

Casi todos tenemos a  algunas personas de quienes nos acordamos en estos días porque ya no están entre nosotros. Para todos  va este pequeño poema. 

 

 

Un año más la Navidad golpea
con los blancos nudillos del invierno
los fríos cristales  del solsticio
para estar con nosotros junto al fuego
en estas fechas de bullicio y fiesta.

Pero hay momentos en la Nochebuena
que evocamos  algunas ausencias,
presentes en nuestras cabezas
y que nadie comenta
por no sentar la tristeza a la mesa.

El recuerdo de los que quisimos
seguirá siendo parte nuestra,
aunque el tiempo atempere su fuerza.

Otros solsticios con los mismos ritos
evocarán también nuestra memoria
cuando con el paso de los años
estemos sepultados bajo tierra.

Navidad imaginada.

 

 

 

 

 

(Carta en el periódico HOY 13/12/12)

 La primera decepción  me la llevé un día en el que dibujaba yo el portal de Belén en un paisaje blanco  envuelto en  copos de nieve. Nos explicaron que en la zona donde nació el niño Jesús la climatología no es propicia para este tipo de fenómeno atmosférico.

Muchos años después Benedicto XVI revela que  el buey y la mula no estaban  entre los acompañantes aquella noche, que los reyes magos no  llegaron  de oriente, sino de Andalucía,  que la estrella del rabo era posiblemente una supernova…

Así será, pues  doctores tiene la Iglesia, pero ya es tarde para desmontar el portal de Belén de nuestras mentes.

La Navidad es una fantasía, una burbuja de sensaciones que seguramente se desinflaría si se analizan racionalmente los acontecimientos. La imaginación popular ha ido alimentando a lo largo de  siglos una quimera con  campanitas, villancicos,  guirnaldas,  bolas de colores,  luces,  arroyos  de plata, lavanderas, pastores al calor de la lumbre de celofán y angelitos cantando “Gloria in excelsis Deo”.

“¡No la toques más, así es la rosa!”, escribió Juan Ramón. Así es la Navidad que nos transmitieron y vivimos cuando niños  y aunque así no sea, dejadla. Déjennos soñar por unos días, reinventar efímeramente  la bondad cada solsticio. Necesitamos emociones nobles, un poco de  buenos sentimientos y creernos que no somos tan malos como parecemos.   

Registro de propiedad.

El Registro Civil,  según el anteproyecto de Ley de Reforma Integral de los Registros  que ha elaborado el  Ministerio de Justicia,  presidido por señor Ruiz Gallardón, pasará  a depender de los registradores de la propiedad. Ahora es competencia de los Juzgados. Uno, que tiene una vaga idea de lo que son los Registros de la Propiedad, piensa que cuando los  padres vayan, a partir de la entrada en vigor de la ley,  a inscribir a un hijo,  en realidad van a que el registrador les otorgue el título oficial de propiedad del nacido.

Y cuando los deudos vayan a  notificar una defunción será para dar de baja la propiedad que  el difunto tenía sobre su vida y que ha perdido, no por venta, sino por traspaso forzoso a la eternidad.

Pienso que uno es dueño de su vida y que la muerte es la única que nos arrebata esa propiedad, aunque  cualquiera sabe si esta cesión a los registradores  no es un paso más del dominio de  la Administración sobre los ciudadanos y  si dejamos  de pagar las tasas, como pasa con  el IBI, nos embarguen la vida.

Supersticiones.

No creo que los números, los colores o un determinado uso de las cosas condicionen  o determinen la vida de las personas. Las supersticiones son producto de la incultura y de la herencia de credos que a falta de explicación científica en épocas remotas  ponían  en el lugar que debía  ocupar la razón  las brujerías, las supercherías y las magias. Crecimos desde niños en un ambiente propicio para ello. Desde aquel agua bendita que echábamos el domingo de Resurrección por los rincones de nuestras casas para espantar al diablo hasta la regañina de nuestras madres cuando le dábamos vueltas al paraguas o a las sillas.

Porque a ver quien me explica que un pobre gato negro sea el augurio de desgracias o mala suerte  y  que la joroba de un tullido me acerque la fortuna si le paso el décimo  de lotería por la chepa. Algunas de los hechos que dan mala suerte:

– Derramar sal

-Romper un espejo

-Tener un cuadro torcido en casa

-Poner el sombrero sobre la cama

-Vestir de amarillo

-Dejar las tijeras abiertas

-Dar vueltas a un paraguas o a una silla

-Poner los pies de la cama mirando hacia la puerta

-Ver el novio a la novia antes de la ceremonia.

-Levantarse con el pie izquierdo

-Abrir el paraguas bajo techo

-Ver a un gato negro

-Encender tres cigarros con la misma cerilla

-Pasar debajo de una escalera

-Caer la montera del torero boca arriba

-Ser martes y trece

-Barrer los pies de una soltera o una viuda

-Echar el mal de ojo

Otros pocos que se asocian a la buena suerte:

-Encontrarse una herradura

-Tirar monedas a un pozo o a una fuente

-Sentir zumbido en los oídos

-Caerse una pestaña

-Tocar la joroba a un jorobado

-Poner un cactus en la ventana

-Poner la escoba al revés detrás de la puerta

-Cruzar losa dedos

-Taparse la boca al bostezar

-El perejil

-Entrar en el nuevo hogar llevando a la desposada en brazos

-Arrojar arroz a los recién casados

-Besarse los novios al final de la ceremonia

-Llevar la novia el día de la boda algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul

-Tocar madera

-Encontrar un trébol de cuatro hojas

-Apagar las velas de un soplido

-Ponerse una prenda del revés

Claro que todas estas supersticiones tienen su explicación en tiempos en los que cualquier cosa que no explicara la lógica causal era atribuida a fuerzas ocultas del más allá, a designios desconocidos En la actualidad, cuando se han desbrozado con la luz de los avances técnicos y sociales los matorrales de prejuicios, equivocadas creencias, tabúes y temores infundados sobre la naturaleza y el universo, creer en estos hechizos, sortilegios y brujerías no es sino  manifestación de miedos  atavismos e incultura sin lógica racional alguna.

 

Ellos.

(Carta en el periódico HOY 02/12/2012)

No hay palabra que cobije a un grupo tan numeroso de personas repudiadas como este pronombre personal. Bajo su velo difuso metemos a los supuestos causantes de nuestras carencias y desventuras, a los que creemos que nos burlan hacienda, peculio y bienestar, a los que tienen poder de decidir sobre nuestras vidas. La mayoría tiene la habilidad innata o el apoyo legal para cargar el peso de la tarea común sobre hombros ajenos. A todos, despojados de sus individualidades, les buscamos acomodo en el lóbrego sótano de este sufrido vocablo que encubre nombres y generaliza culpas. “A ellos les da igual”, “verás como ellos no se lo bajan”, ” a ellos no les afecta la crisis”…
Esta forma pronominal es el banco malo de la gramática a donde derivamos los activos tóxicos que originan nuestros pesares. Reina solo, sin consorte, sin compartir trono con su oponente femenino plural. Aquí el masculino se lleva en solitario la palma y el laurel. No se sabe de ningún grupo feminista que haya reivindicado para la forma pronominal “ellas” la partición de poder para ayudar a soportar tan onerosa carga.