Miedo

Hemos vivido parte de nuestras vidas con miedo. Nuestros padres y abuelos en los límites del pánico por el tiempo cainita que les tocó vivir.  Madrugadas de aldaba y cerrojo, los golpes en la puerta, los paseos, las sacas…
Nos amedrentaban con las llamas eternas del infierno, el llanto y rechinar de dientes. También aparecían cada cierto tiempo visionarios que anunciaban catástrofes planetarias y el fin del mundo.  Muchas noches me acosté temiendo que con nocturnidad y alevosía la parca con calavera y guadaña me arrastrara a las calderas de Pedro Botero, culpable por despertar a la vida descubriendo mi cuerpo.
A comienzos de los años sesenta nos alarmaban con los efectos de la lluvia radiactiva. Los gases y el polvo que generaban las pruebas nucleares se elevaban hasta la troposfera y después caían cuando llovía en lugares alejados de donde se había producido la explosión.
 El paso de cometas cerca de la tierra ha provocado que augures de medio pelo con mucho cuento y poca ciencia asustaran a los terrestres con calamidades apocalípticas. En 1910 dijeron que el Halley envenenaría la Tierra con el gas cianógeno que traía en la cola.
Nostradamus dejó material suficiente para que cualquier exegeta agorero interprete a su manera las enigmáticas e imprecisas cuartetas que escribió y nos sobresalte con vaticinios catastróficos. La incultura y la ignorancia abonan el terreno para que profetas y visionarios siembren el desconcierto.
Contaban personas mayores que en el verano del año 1936, días antes de la guerra civil, se produjo una intensa lluvia de estrellas, lo que hizo asociar ese fenómeno astronómico con la contienda que se avecinaba. ‘Señales en el cielo calamidades en la tierra’. Sería por eso por lo que ciertas personas crédulas y temerosas se santiguaban cada vez que veían la estela blanca rayar la bóveda del cielo.
Algunas noches los amigos nos reuníamos en un rincón de la calle y contábamos historias que habíamos escuchado sobre marimantas, apariciones, muertos que enterraron sin estarlo, peleas a la luz de la luna con brillo de facas, venganzas por celos…Nuestra fantasía las recreaba y les añadía detalles que nos inventábamos para hacerlas más intrigantes.
Muchos de estos relatos eran comunes a los que se contaban en otros pueblos. Unos jóvenes apostaron con el valor que da el vino quién sería capaz de ir al cementerio una noche de invierno oscura, con lluvia y viento.
Yo sí soy capaz. ¿Y cómo sabremos que has ido? Llévate este saco y lo tiras por la pared al interior. Mañana iremos nosotros a recogerlo y sabremos si es verdad. Los amigos se habían adelantado y cuando el osado tiró el saco se lo devolvieron desde dentro. ¡Pies para qué os quiero!
Con el coronavirus diaria y machaconamente en todos los medios de comunicación, bulos incluidos en las redes y tertulianos deslenguados, ya han conseguido, otra vez, meternos el miedo en el cuerpo.

Perros

No hay vacío más lleno de ausencias que el que queda en las pertenencias de los que mueren. Un halo de vida sin cuerpo permanece en el sitio que ocuparon en la mesa, en su ropa, en su reloj…. 
Rafael Morales lo describe magistralmente en su ‘Soneto para mi última chaqueta’: “Esta tibia chaqueta rumorosa…se quedará colgada una mañana…cobijará una ausencia, una lejana memoria de la vida presurosa…”
Los objetos son las hormas huecas que albergaron una vida. Tras su marcha nos recuerdan al difunto cada vez que los miramos. Sus animales llevan consigo la pena que vaga sin rumbo, buscando la estela del dueño. 
Hay casos que conmueven, como el de perro argentino ‘Capitán’, que acompañó durante más de diez años a su amo en la tumba donde estaba enterrado. De día deambulaba por los alrededores del cementerio y al anochecer se echaba sobre la cripta para dormir. Así estuvo hasta que una mañana apareció sin vida en una de las dependencias del mismo.
No es el único caso. ‘Toto’, un perro labrador, permaneció varias jornadas en las puertas del hospital donde había sido ingresado su propietario. Esperaba que saliera por el mismo sitio por el que entró, pero nunca más lo hizo porque falleció dentro.
El perro japonés ‘Hachiko’ acompañaba todos los días a su dueño hasta la estación de ferrocarril donde este tomaba el tren hacia la universidad en la que impartía clases.  Al anochecer volvía al andén. Pero un día el profesor no regresó porque una hemorragia cerebral le había ocasionado la muerte mientras trabajaba. ‘Hachiko’ tampoco volvió a casa. Se quedó durante nueve años merodeando por la estación y a la caída de la tarde se acercaba al tren donde esperaba encontrarlo. La gente que conocía la historia le llevó comida y agua durante todo el tiempo que duró la angustiosa espera. Lo llamaron ‘perro fiel’. Le erigieron una estatua de bronce en el mismo lugar donde pasó tantos días, como homenaje y reconocimiento. Él mismo asistió a la inauguración.
Estas historias conmovieron a millones de personas de todo el mundo.
Se les coge cariño a los animales. Casi todos conocemos a personas que han sufrido gran dolor por las pérdidas de alguno de ellos, si no nos ha sucedido a nosotros mismos.
Los perros prestan grandes servicios al hombre. En el trabajo, como a pastores y policías, a las personas invidentes como guías, como compañía a los solitarios…
Una nueva actividad está surgiendo en los últimos años. La de ayudar a indigentes en la humillante necesidad de tener que pedir para comer. En las cercanías de los centros comerciales y los templos se les ve atados, mansos, resignados, narcotizados, tal vez, pero confiados a quienes los cuidan. Nos hemos acostumbrado e insensibilizado ante estas situaciones vergonzantes.  Quizás nos muevan más a la compasión ahora los perritos que las personas que los tienen a su lado. 

Ama Rosa en el patio

En un rincón del patio tenía sus macetas. La primera ocupación de todas las mañanas consistía en cuidarlas. Las regaba, las revisaba una por una, cortaba las hojas secas y cambiaba de sitio a algunas de ellas. En una vieja tinaja, descolorida por el sol, crecía un jazmín que expandía su fragancia por toda la casa.
Había tiestos con geranios colgados de la pared. En el suelo, pendientes de la reina, alegrías de la casa, azucenas, varitas de san José… Atraían mi la atención por su forma de campana, color blanco y rejón amarillo en el centro, las calas, conocidas como oídos del profeta y en otros lugares, como cartuchos. Siempre quise descubrir de dónde arrancaba ese pirulí y cómo era al tacto su intenso color. Cuando les daba levemente el sol, la tentación se hacía irresistible y al menor descuido de los mayores los tocaba llenándome los dedos de amarillo.
 En medio del patio había una acacia que por mayo echaba flores blancas en racimos. Todos estos nombres de plantas junto al variado colorido de sus flores componen poemas visuales y sonoros que la memoria de la infancia guarda y evoca en estos días luminosos de febrero. Con lo que le roba el otoño retrasando su retirada y la primavera adelantando su entrada el invierno se está quedando en los huesos. 
 Allí se reunían familiares y vecinas por las tardes a charlar y a coser. A la hora taurina de los clarines sonaba la sintonía de la novela. Y entonces hasta se sentía el roce de las agujas en la tela de los bastidores. Alguna lágrima resbaló por las mejillas y cayó sobre los bordados, traslúcida de sal y pena ajena. El argumento de aquella serie radiofónica llamada Ama Rosa reunía todos los ingredientes para conmover al auditorio, mayoritariamente femenino. Una mujer viuda, sintiendo cercana la hora de su muerte entrega a su hijo recién nacido en adopción a una familia adinerada que había perdido el suyo. Pero por obra y gracia de Sautier Casaseca y Rafael Barón la mujer supera la enfermedad. Para poder estar con su hijo el mayor tiempo posible entra como sirvienta en la casa de los adoptantes. Ni el hijo ni la madre que adopta saben nada. Él trata a la natural con despótica impiedad. Ella lo soporta todo. Solo al final, en el lecho de muerte, el hijo conoce la verdad.  Cada capítulo de la serie cerraba con un pico de emoción que enganchaba a los oyentes para el próximo. Ardid o técnica narrativa utilizada por el folletín, muy en boga en siglos pasados, que sigue vigente en las series televisivas. Recibe este nombre por la forma de publicación en cuadernillos o pequeños folletos. Se publicaban periódicamente en la prensa y aunque sus argumentos eran poco verosímiles, o quizás por eso, atraían la atención de sus seguidores porque avivaban los sentimientos más primarios. 

 

 

 

 

Amor y muerte

 

 

 

 

 

 

 

Cuando somos jóvenes las vegas fecundas del amor están labradas para que cualquier simiente enraíce.  Hasta de inhóspitos eriales las trae el cálido viento de las glándulas a las feraces tierras de la mocedad.  Un gesto, una mirada, un roce son suficientes. Tan impulsiva como efímera es la atracción en ocasiones. Lo que queda después, si no se agosta, es el amor sereno.

En mis tiempos de estudiante aparecía el encerado de la clase con frases de amor copiadas de poetas. “¡Hoy la he visto…la he visto y me ha mirado…, / ¡hoy creo en Dios!” O la de las golondrinas, también de Bécquer, que nunca más volvieron. Una pavera inacabada.

Cada edad tiene sus formas de amar.  Desde la pasión adolescente a las caricias de la vejez, arrugada la piel, pero tersa el alma.

No sé cómo fue su declaración de amor, si por medio de carta, de una fiesta o bailando un bolero. Ignoro si intervino alguna celestina casamentera.  Pudo también ser un matrimonio de conveniencia y el afecto llegó después con el roce y el trato.  Dicen que a veces duran más que los de contigo pan y cebolla.

Como fuere, la unión resultó muy duradera.  Envejecieron juntos bajo el mismo techo.  Vivían solos y se ayudaron uno al otro hasta que no pudieron valerse por sí mismos. Aquella tarde en que murió ella, él yacía enfermo en la cama, vencido el cuerpo por la edad y el duro trabajo del campo, guerra incivil por medio.

 

 

 

 

 

 

 

No había aún tanatorio en el pueblo.  La primera noche de la eternidad se pasaba en casa. El féretro con una vela a cada lado, en una habitación en penumbra.  

A la tarde siguiente sonaron dobles de campanas a lo lejos, señal de que el cura con el sacristán y monaguillos venían ya calle abajo a llevarse a la difunta.  De la sala sacaron el ataúd. Al pasar por delante del dormitorio donde estaba su marido, este pronunció unas palabras que conmovieron a todos los presentes: “Adiós, compañera, volveremos a encontrarnos pronto”.  El sacerdote desde la puerta asperjó la caja con el hisopo.  Se produjo un profundo y emotivo silencio.

Pensarán ustedes, amables lectores, que vaya temita les traigo el día de san Valentín.  Mas no hay contradicción ni despropósito. Estar enamorado no es un estado exclusivo de la juventud. Tiene vocación de permanencia.  Lo dicen los poetas, como Francisco de Quevedo: “…serán ceniza, más tendrá sentido/polvo serán, más polvo enamorado” y emana del sentir del pueblo: “Hasta después de la muerte, te tengo que estar queriendo, que muerto también se quiere. Yo te quiero con el alma y el alma nunca se muere”. Terminada la vida y cumplida su función la parca, queda el amor, compendio de toda una vida. Inmortal por los siglos de los siglos. Lo que sea el alma que lo averigüen científicos, filósofos, místicos o ascetas.

De espárragos

Hemos ido temprano a buscar espárragos a la sierra. De los verdes, que nacen en esparragueras de fuertes pinchos, tal que si no te pones guantes llegas a casa como si te hubieses peleado con diez gatos. Salimos desde Llerena por la carretera que va a Pallares y enlaza con la Autovía Ruta de la Plata en Monesterio.  Nos dirigimos a la Cañada Real de la Senda, una de las vías pecuarias de la antigua trashumancia, que procedentes de tierras castellanas y leonesas se ramifican por Extremadura. Está relativamente bien conservada y respetada su anchura. Otras cañadas, cordeles, veredas, coladas, sesmos y descansaderos han sufrido considerables mermas, cuando no desaparecido por roturaciones o apropiaciones de fincas colindantes.
Las desamortizaciones de Mendizabal y Madoz, entre otras, produjeron que estas extensas propiedades que ahora contemplamos desde una colina pasaran por obra y milagros del poderoso caballero de manos muertas a las de los vivos. No tenían muchas dificultades para amojonar o deslindar. Los ríos y los caminos servían de límites a los lotes. El dinero recaudado sirvió al Estado sobre todo para sanear las finanzas públicas a través de la compra de deuda, cuyo precio real estaba muy por debajo del nominal.
Me acompaña en este paseo matinal y esparraguero un buen amigo, conocedor de todas estas tierras por haber vivido en uno de estos cortijos.
“Qué bien el nombre ponía/quien puso Sierra Morena/ a esta serranía”.
El río Viar, afluente del Guadalquivir en tierras extremeñas, nos queda a tiro de piedra. A lo largo de su cauce se extienden bancos de niebla. Paraje agreste donde pastan ovejas merinas y vacas coloradas que al sentirnos levantan sus cabezas sorprendidas y después vuelven a la hierba verde de esta primavera adelantada.
Me cuenta el amigo y guía algunos aspectos de la vida de entonces. Aquí se crio con su familia. En la Nochebuena iban recorriendo los cortijos de la zona para felicitarse recíprocamente las pascuas. Villancicos, aguardiente y polvorones. La comitiva incrementada por los moradores de cada finca seguía la ruta hasta que el alba los sorprendía por el horizonte. Asistía a las clases en una dependencia habilitada como escuela en los aledaños del cortijo de los dueños.  Iba andando al caer la tarde, cinco kilómetros para allá y cinco de vuelta.  Los domingos, a misa, como Dios mandaba y la señora disponía, a la capilla de la hacienda. París valió una misa para Enrique IV y para ellos las dominicales el pan y cierta estabilidad en el trabajo.
De sus palabras se desprende un gran amor a las tierras que esta mañana estamos recorriendo. Cada cerro, cada valle le evocan recuerdos de niño y de su primera juventud. Algunos escarceos amorosos entre los juncos de la ribera, paseos con la luna de enero…Lo entrañable de aquella vida a pesar de las dificultades. 
Los crepúsculos de las tardes de verano, el rumoroso musitar de la lluvia en las encinas, las noches estrelladas, las charlas alrededor de la candela. Y el silencio para buscar a ese que marcha siempre contigo y suele ser tu contrario, que nos cuentan los versos de Antonio Machado. 

Frases célebres

Hay personas que dejan huellas por su forma de ser y de enfrentarse a la vida. A la pata la llana y con originalidad. Dan respuestas inesperadas que saltan las lindes de las convenciones sociales y la lógica.  Se dice de ellos que tienen buenos golpes, que son ocurrentes. ¡Las cosas de Fulanito! Frases que permanecen en el acervo cultural de los pueblos durante muchos años y son citadas cuando se presentan situaciones parecidas o comparables a las que originaron sus ocurrencias.
En las redes sociales se echa mano de citas de la más variada índole que están en el inmenso cajón de sastre de internet. Las hay de alta escuela y más de andar por casa.  Comodines para aplicarlos a nuestro estado de ánimo o situación personal.
El mundo del toreo ofrece algunas célebres. ‘Más cornás da el hambre’, le dijo el Espartero a un periodista cuando le preguntó si valía la pena arriesgar la vida ante un animal que tiene media luna como armas en su frente, en metáfora de Luis de Góngora. Él sabía cómo penetraban en el estómago los estoques de las carencias.
Rafael el Gallo, cuando le presentaron a José Ortega y Gasset, después de preguntar que quien era “aquel gachó con pinta de estudiao”, y de decirle  que era el eminente filósofo, soltó aquello de ‘Hay gente pa tó’
En la reducida y limitada sociedad de nuestros pueblos una metedura de pata, por ejemplo, puede convertirse en chascarrillo para vecinos de varias generaciones. Como la del que fue a dar un pésame y ante el silencio reinante, pero de oídos aguzados, no se le ocurrió mejor condolencia para salir del pasó que soltar a los deudos: “Por fin palmó Miguel”.
Otro buen hombre de mi pueblo fue protagonista de dos anécdotas que se refieren todavía a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte. Estaban en una ocasión en el campo acomodando en el carro los haces recién segados para llevarlos a la era. Él estaba en lo alto, entre las varas, y guardaba el equilibrio a duras penas por la inestabilidad del apoyo. Desde abajo le indicaron que tuviera más cuidado porque los estaba colocando mal y se deshacían.
-Bastante hago con no caerme de aquí, fue su respuesta. Quedó como cita que se menciona cuando se le pide a alguien que ponga más atención en lo que está haciendo.
Una noche se dirigía en bicicleta de Ahillones a Berlanga, distante tres kilómetros. Era el medio de locomoción más utilizado. Muchas bicicletas iban con un faro alimentado con una dinamo unida a la rueda delantera, con lo que costaba más trabajo mover los pedales por el roce. Esta iba con lo indispensable, ligera de equipaje, pero como había luna llena emprendió la marcha confiado a la suerte y a la poca circulación que había entonces. A mitad de camino se topó con la pareja de la guardia civil, que le dio el alto. Paró, se dieron las buenas noches y le dijeron que tenían que multarlo con quinientas pesetas por ir sin luz. El buen hombre sacó tabaco, ofreció, lio parsimoniosamente su cigarro y cuando terminó se acercó al guardia que escribía, dándole amistosamente con el envés de la mano en el antebrazo: “¡Trae, ‘pacá’ candela, el de las quinientas pesetas!”.

Visitas médicas

Cuando se tienen veinte o treinta años se visita, generalmente, poco a los médicos. A la farmacia se va, si acaso, a comprar pastillas ‘Juanolas’. Por esas décadas donde el caballo de la juventud trota pletórico de fuerza tuve un talonario de recetas que, como a las fotos, se le fue poniendo el tiempo amarillo sobre los bordes en el cajón de la mesilla. Si venía un resfriado, su estancia era liviana y pasajera. Con una aspirina y un vaso de leche caliente le daba el pasaporte.
Pero con los años empezaron a salir goteras en esta vivienda que me alberga y para evitar que por un madero se fuera la techumbre comencé a poner remedio con visitas obligadas a las consultas médicas. Y aquí me encuentro, coleccionando nombres de medicamentos y poniendo botanas según van surgiendo las fallas. Me queda el alivio de que no estoy solo en estos trances. Dicen que el mal de muchos es el consuelo de los tontos. Cuando surgen entre amigos conversaciones de achaques y dolencias te enteras de que esas pastillitas de la tensión que tomas tú las toman también otros. Reconfortado por padecimientos compartidos, afortunadamente leves y evitables hasta ahora, doy gracias a la vida porque, aun con los chirridos propios de los ejes que han andado por muchos caminos polvorientos, el carro sigue animosamente rodando.   
Hay algo, no obstante, que no he logrado superar. El temor que me producen las visitas a los galenos, pese a la repetición de las mismas.  Cada vez que voy, unas garras atenazan la boca de mi estómago, así que si puedo las retardo. Admiro en las salas de espera la tranquilidad que aparentan algunos pacientes. Charlan de cualquier tema, como si no fuera con ellos.
Mientras llega el turno hay tiempo para la observación. Cuando el paciente sale de la consulta, si todo ha ido más o menos bien, el gesto de preocupación con el que entró le cambia la cara y se va con alegría: ¡Ahí se quedan ustedes!  Da la sensación de que ha dejado dentro una piedra de quintal. Y es que hay un componente emocional en las enfermedades que necesita más una palabra de ánimo que un anaquel repleto de medicamentos.
En los interrogatorios protocolarios que los médicos hacen siempre salen el alcohol y el tabaco. Las respuestas tienden a quitarle el colmo a estos datos, tal cual hacía el tío de los ‘tostaos’ a cambio de los crudos. Tiene usted que reducir la ingesta de alcohol. Esta palabra me suena a hazaña y también a cólico de los de estar toda la noche de la escupidera al catre. Me tomo mis copitas. En diminutivo, para que parezcan menos.
Haciéndome una ecografía, mientras el doctor me pasaba el aparato por la barriga, yo me fijaba en su cara. Fue seguramente un gesto involuntario, pero a mí me pareció que puso cara de asombro y arqueó una ceja.  Deduje que algo malo habría visto.
Esperé fuera a que me dieran los resultados. Al poco me entregaron el sobre que pude haber abierto para enterarme, pero no lo hice. Así lo conservé hasta que fui al médico que me prescribió la prueba. Todo está normal, no hay nada anómalo, me dijo.  Las palabras me hicieron efecto de inmediato. ¡Qué alivio sin medicinas!

De paseo

Sentado sobre una piedra, en la linde del camino por el que regreso de uno de mis paseos por el campo, me encuentro con un vecino del pueblo. Es un otero despejado alrededor del que hay extensos olivares y parcelas labrantías.  En los ribazos han florecido ya los primeros almendros de los que destacan sus colores blancos y rosas entre el verdor de la siembra y los olivos.
Dar solo los buenos días y pasar de largo sería descortesía. El tiempo es tema recurrente para iniciar cualquier conversación. Después, como la lluvia que baja por la ladera, la charla deriva a los temas más diversos e inesperados.
Este hombre pertenece a una de las generaciones que trabajó en las duras faenas de labranza y recolección. Es de aquellos que cantó Chamizo…  “un hombre con agallas de los nuestros, d’esos hombres que dispiertan las gallinas cuando salen con los burros del cabresto”. Aró con yuntas, el cuerpo echado sobre la mancera del arado, hundió la reja en las entrañas de la besana a fuerza de brazos y riñones, trazó amelgas y sembró a voleo.  Juntó gavillas a ritmo de brazadas cuando el sol calinoso también se cortaba con el arco de las hoces…
En el olivar que está enfrente cuatro trabajadores recolectan la aceituna de almazara. Usan sopladores para juntar las caídas en el suelo y vibradores y varas para las que aún se mantienen en el árbol, que caen sobre una especie de paraguas invertido. Entre esos cuatro cogen más aceitunas que antes una cuadrilla de veinte. Han mejorado las condiciones de trabajo. Ahora el terreno está prensado con rulos. ¡Qué diferencia cuando, rodilla en tierra, las cogíamos con las manos ateridas entre los surcos helados! Ahora los que están por los suelos son los precios. Treinta y tantos céntimos el kilo. El agricultor es quien menos beneficio recibe en los procesos de elaboración y comercialización de los productos del campo.  Los de cuello blanco, me dice entre decepcionado y resignado, sin mancharse las manos, se embolsican la parte mayor de las ganancias.  Siempre ha sido así. Un razonamiento simple, tal vez simplista, sin entrar en los vericuetos de la economía con gráficas y conceptos que no entiende, pero real.
Al despedirme me dice que espere, que él también se viene. Le cuesta trabajo levantarse y enderezar el cuerpo. Se apoya en el bastón y emprendemos el camino de regreso. Esto es lo que me quedó, dice agarrándose a la cintura. Aquí detrás está la falla tirando de mí hacia la tierra, de donde tan cerca estuvo siempre.
Camino del pueblo sigue la charla. Yo pregunto o asiento escuetamente. Los jornales estacionales por estas campiñas casi han desaparecido y las ‘casas grandes’, que entonces tenían veinte o treinta acomodados cada una entre gañanes, aperadores, yunteros, mayorales, pastores…los han reducido al mínimo. Ahora contratan servicios ajenos para ciertas labores. Lo otro ya no es rentable.
Llegamos a la esquina del ejido, en la entrada del pueblo. Está sola. En ocasiones suelen reunirse aquí los mayores por las mañanas después de una noche de temporal para comentar las incidencias de la lluvia y el viento. Según la posición de las nubes, allá, por el castillo de Reina y la sierra de la Capitana, hacen sus pronósticos meteorológicos para los días venideros. 

Vacunas

Muchos de ustedes conservarán en las piernas, en los brazos o en los hombros unas señales, como sellos de lacre blanco sobre la piel. No era para marcarnos como reses, sino que son las huellas de las vacunas que nos ponían.
A finales de los años cincuenta y principios de los sesenta había brotes de poliomielitis. Hasta 1955 no se dispuso de una vacuna para prevenirla, la del investigador estadounidense Jonas Salk. En 1962 fue autorizada la de Albert Sabin, virólogo polaco de origen judío, nacionalizado estadounidense. Con su administración se ha logrado reducir en un 99 % esta enfermedad que tantos daños de parálisis e invalidez ocasionó. Solo en zonas muy pobres y marginales del mundo constituye todavía una amenaza.
Otra enfermedad vírica frecuente entonces era el sarampión. Fue el microbiólogo estadounidense, Maurice R. Hilleman quien creó la vacuna para combatirlo. Este eminente científico desarrolló más de treinta y seis tipos de vacunas, entre ellas las de la rubeola y la meningitis. Miles de vidas salvadas gracias a estos investigadores.
También se daban casos de tosferina, difteria, viruela… 
El primer diagnóstico cuando se tenía fiebre lo daba la vecina que había ido a visitar al enfermo. Eso es que ha cogido frío. Lo decía para aliviar la preocupación de la familia, eludiendo referirse a esas enfermedades más graves que entonces no eran infrecuentes. Después llegaba el médico de cabecera que, tras  la auscultación con el fonendoscopio y  la bajada de la lengua con una cuchara, prescribía el tratamiento. Los padres no quedaban satisfechos si no mandaba inyecciones de antibióticos.  Tan deseada fue la llegada de la penicilina a España que cuando se produjo la convirtieron en la panacea de todas las curaciones. Así que vengan botes de ‘Farmapen’ y practicantes y barberos con el ritual de la cocción de jeringas y agujas y el miedo de los niños a los pinchazos.
Estando en el seminario nos llevaron al centro sanitario de los Pinos, en Badajoz, cerca del colegio Juan XXIII, para hacernos la prueba de detección de los anticuerpos de la tuberculosis. Nos dieron un pinchacito en el hombro y a esperar la reacción. Con once o doce años no sabíamos si era bueno que se pusiera roja la zona, que salieran ampollas o que picara. La enfermedad del bacilo de Koch, por muy romántica que fuera y la sufrieran personajes literarios como Margarita Gautier, ‘La dama de las camelias’, nos asustaba. Así que pasamos unos días hasta la nueva visita al centro sanitario mirándonos al espejo y comparando la reacción que nos había producido con las de otros compañeros.
En el campamento del servicio militar nos vacunaron en poco tiempo de todo lo habido y por haber. Algunas daban reacciones con un poco de fiebre. Una de las veces, nos pusieron en fila india y teníamos que pasar por lo que yo imaginé como otras horcas caudinas, aunque sin deshonra.   Al pasar por el primer control dos sanitarios, uno a cada lado, nos embadurnaron con yodo los brazos. Un poco más adelante nos esperaban otros dos para ponernos lo que dimos en llamar, las banderillas.   
Actualmente hay un plan de vacunaciones que ha conseguido disminuir considerablemente aquellas enfermedades de nuestra niñez, cuando no eliminarlas en su totalidad, como el caso de la viruela, declarada oficialmente erradicada en 1980.

Divisiones

La actual división en provincias procede, salvo ligeras modificaciones, de la que hizo en 1833 Francisco Javier de Burgos, secretario de Estado de Fomento en tiempos de la regente María Cristina. 
Por razones históricas se respetaron los enclaves, zonas rodeadas de una administración política distinta a la que pertenecen. El caso más conocido es el del Condado de Treviño, ubicado en la provincia de Álava, pero perteneciente a la de Burgos.
Según Ramón Carnicer en su obra ‘Viaje por los enclaves españoles’ hay veintiséis en España. El que a los extremeños nos coge más cerca es el denominado Rincón de Anchuras, que administrativamente pertenece a Ciudad Real, pero que está rodeado de pueblos de las provincias de Toledo y uno de Badajoz, Helechosa de los Montes.
Llívia es el único enclave español fuera de nuestras fronteras. Está en territorio francés, pero es una localidad de Girona.
La creación de las Comunidades Autónomas por la Constitución de 1978 supuso una modificación en la agrupación de las provincias, que lo estaban antes por regiones.
Castilla la Vieja con la división que hizo Javier de Burgos constaba de ocho (Burgos, Logroño, Santander, Valladolid, Palencia, Soria, Segovia y Ávila) y la Región Leonesa de tres (León, Zamora y Salamanca).  La creación de la Comunidad de Castilla León se hizo con seis de las antiguas de Castilla la Vieja y las tres de la Región Leonesa. Logroño y Santander se convirtieron en comunidades autónomas de una sola provincia, La Rioja y Cantabria, respectivamente.
A nuestra división territorial cuando no se le afloja un cabo se le va una costura. Hace unos días ha aflorado una propuesta que estaba latente hace tiempo para que León, junto con Zamora y Salamanca se desvinculen de la Comunidad Autónoma de Castilla León y formen una propia. Ha sido presentada por el grupo UPL (Unión del Pueblo Leonés), respaldada por el PSOE y Podemos y aprobada en pleno por el Ayuntamiento de León.  Algunos ayuntamientos más se han unido a la iniciativa. Y ya está formado el lío:  los dirigentes de estos partidos en el ámbito estatal se han desmarcado de las votaciones de sus concejales y el PP, en los municipios en que sus concejales la han apoyado, también. Zamora y Salamanca no respaldan la propuesta leonesa, al menos sus representantes.
Esta situación me origina la siguiente digresión.
Cuando los emigrantes estaban en Alemania, por ejemplo, y se encontraban con otros españoles los consideraban como paisanos y resaltaban las afinidades que los unían. Igual sucede si quien vive en una región española distinta de la nativa se encuentra con quienes tienen el mismo origen. Cuando alguien va a la capital de provincia y se cruza con otro de su pueblo, generalmente, se saludan con una efusividad mayor que el adiós y los buenos días y se interesan por los motivos de sus viajes.
Acentuamos las diferencias con los demás cuanto más cerca estamos y cuanto más nos miramos el ombligo. Hasta de los pueblos más próximos nos sentimos distintos y resaltamos las peculiaridades que nos diferencian.  Nuestras fiestas, nuestras costumbres, nuestras tradiciones… Puestos a hacer divisiones ni siquiera nos sentimos cómodos dentro de los límites de la aldea y buscamos encerrarnos en las espirales de nuestras conchas, donde, como dice el eslogan publicitario, está la república independiente de nuestras casas.