Otras Nocheviejas

Estos días que van de la gula de Nochebuena a la bacanal de Nochevieja son más tranquilos que los picos que forman su valle.  La luz del sol empieza a abandonar la verticalidad sobre el trópico de Capricornio y ya gatea por las paredes del invierno hacia el norte para cruzar el ecuador en primavera y alcanzar el trópico de Cáncer en el solsticio de verano. El poeta Ángel González describió magistralmente, presintiendo ya el final, la luz de ahora: “Deja que pasen estos días, /deja que pasen estos años/y entre tanto/agradece el regalo de la luz/ del cielo de diciembre/tan discreta/que es casi solo transparencia/no ofende y es muy bella”.  
Su delicadeza, oblicua y tenue, me recuerda otras navidades porque, aunque los hombres cambiemos de costumbres, la tierra en su periplo alrededor del sol sigue trayendo a cada estación su peculiar luz año tras año.
Y la de estas fechas me recuerda en los días soleados a los paseos después de comer por los verdes prados del ejido, a las amanecidas con escarcha en los tejados y en los días de lluvia o frío a un niño que mira a través de los cristales de la ventana a gente que pasa por la calle sentado al calor de las enagüillas y el brasero.
La Nochevieja era una fiesta que celebraban los que estaban más allá del muro, ajena a ese niño que todavía pasaba más tiempo jugando al balón que trasnochando por las tierras ignotas de la adolescencia.
Las primeras noticias que escuchamos de su celebración los de mi edad provenían de los relatos de los jóvenes que iban a los bailes de Azuaga, celebrados y famosos entonces.   En el mío aún la noche de san Silvestre pasaba como una más.
Mas llegó el momento de descubrir un año cómo eran esos bailes que llamaban cotillones de los que hablaban con entusiasmo nuestros adelantados en edad.
Así que, siendo aún mozalbetes imberbes en la frontera difusa de la pubertad, un grupo de amigos decidimos poner rumbo a la aventura. Buscamos medios y planificamos estrategias para que no se enterasen nuestros padres y poder disfrutar de ese El Dorado festivo que en nuestras mentes habían creado los relatos de los que asistían a sus celebraciones.
 En una furgoneta que cobraba por plazas emprendimos entusiasmados y expectantes, oliendo a ‘Varón Dandy’, nuestro viaje a la gran noche.
El problema se presentó cuando no nos dejaron entrar en el local porque éramos menores de edad, así que tuvimos que disfrutar como espectadores desde el exterior del ambiente y el jolgorio que había dentro. Globos colgados del techo, capiruchos, serpentinas y confetis.  Las mujeres de Azuaga, con merecida fama de guapas, bailaban con sus parejas al ritmo de la orquesta Capitol de la que formaba parte el gran músico Quico, el Espartero, que actualmente me honra con su amistad.
Al día siguiente nos preguntaban los amigos por detalles de la fiesta y de cómo nos lo habíamos pasado. Respondíamos, haciéndonos los interesantes, con sonrisas cómplices y cara de pícaros avezados en juergas y aventuras amorosas: ¡No os podéis ni hacer idea!  Eso no es para contarlo, sino para vivirlo. Aunque aquella noche nos quedamos a las puertas del paraíso y solo vislumbramos la gloria a través de los barrotes de una ventana. 

Cuaderno de rotación

 

En la escuela había un cuaderno en el que cada día hacía los deberes un alumno distinto. Pasaba de mano en mano y lo guardaba el maestro en el cajón de su mesa como oro en paño. Al empezar las tareas cada mañana se lo entregaba al alumno que le tocaba. Este ponía la máxima atención y esmero en la realización de las actividades.

El día que llegaba el inspector de educación lo revisaba para comprobar los trabajos que se habían hecho y que podían diferir de los programados.

Algunas tardes soleadas de otoño y primavera, la luz esplendorosa y la temperatura agradable nos llamaban como a Ulises las sirenas a disfrutar de sus encantos al aire libre. A nuestra petición jubilosa se unía la buena disposición de los maestros que tenían tantas ganas como nosotros de pasar la sesión vespertina fuera de las aulas.

Maestro, ¿qué pongo en el cuaderno rotación? Pon lección ocasional práctica de ciencias naturales.  Y nos íbamos arroyo arriba buscando peces y renacuajos, jugábamos en el prado, cogíamos hormigas de alas y las metíamos en botes de cristal cuando salían de los hormigueros con las primeras lluvias otoñales. También flores y plantas en primavera y cantos rodados de distintos colores.

La enseñanza de las matemáticas iba encaminada a mecanizar el uso de las cuatro reglas y el sistema métrico decimal. ¡Cuántos caldeos de cabeza con la memorización de la tabla de multiplicar!  El libro básico de trabajo era la enciclopedia. El kilogramo, el litro y el metro, con sus múltiplos y submúltiplos aportaban material suficiente para plantear y resolver infinidad de problemas. En los niveles superiores y en las clases nocturnas de adultos se planteaban y resolvían los de regla de tres, repartimientos proporcionales o regla de compañía, interés simple e interés compuesto. Indeleblemente grabada en la memoria quedó aquella fórmula de ‘carrete partido por cien’ para resolver los de interés, capital, rédito y tiempo.

Llegó mucho más tarde el sistema de fichas a la enseñanza. El alumno tenía que contestar a una serie de preguntas buscando información en libros de consulta. En una puesta en común posterior el maestro aclaraba las posibles dudas. Era un método que buscaba la adaptación a las individualidades educativas de cada alumno.

Posteriormente aparecieron en las aulas los conjuntos y subconjuntos con sus uniones e intersecciones. Ahora están con la enseñanza por proyectos y el desarrollo de competencias, ‘basadas en la integración y activación de conocimientos, habilidades, destrezas, actitudes y valores’.

En el transcurso de todo este tiempo se han sucedido multitud de leyes educativas, lo que ha generado una selva enmarañada de siglas.

El informe PISA del año 2018 para alumnos de quince años revela que España está estancada en el aprendizaje y aplicación de conocimientos matemáticos.

Diversas causas habrá y profesionales debe de tener la enseñanza para detectarlas y corregirlas. Quizás tantos cambios de leyes, la falta de un pacto nacional sobre educación… A lo mejor no estaban tan errados algunos viejos maestros que enseñaban mediante problemas y problemas la utilización de las matemáticas para saber cuántas baldosas se necesitaban para enlosar un suelo, cuántos litros de agua se gastan al cabo de un año con un grifo mal cerrado o cuánto dinero pierdes por comisiones de los bancos. O sea, las  matemáticas aplicadas a la vida.

Frío, el de antes

En mis primeros años de escuela no había calefacción. Los sabañones anidaban en las orejas como las cigüeñas en los campanarios. Unos rojos, otros despellejados y siempre con un picor insoportable.  Para protegernos del frío llevábamos, además de guantes y bufandas, braseros de cisco en latas con un alambre de asa y papel de chocolate encima.

Los dos edificios escolares, uno para niños y otro para niñas, estaban al final del pueblo, donde confluyen dos pequeños arroyos. De camino de casa a la escuela, en las mañanas en que crujían nuestras pisadas en la escarcha de sus riberas, nos asomábamos para ver el carámbano que se había formado con la pelona de la noche anterior. Así denominábamos a las heladas que cubrían de blanco los tejados y los campos.

No sé si será apreciación mía deformada por el tiempo, pero por entonces los carámbanos me parecían más gruesos y resistentes.  En las zonas más umbrías permanecían de un día para otro. Los de ahora son como cristales de Bohemia, que no aguantan un mal golpe y menos, como hacíamos entonces, las pedradas que les tirábamos para romperlos.  Era la prueba para saber si se podía andar sobre ellos. A veces un mal cálculo o un resbalón hacían que termináramos en el fondo del arroyo. Llegábamos a la escuela ateridos y para comprobar el grado de entumecimiento intentábamos hacer el huevo con los dedos de la mano, que consistía en juntarlos todos por las yemas. Solución para lograrlo: el aliento cálido de nuestra boca que salía con baño de vapor incluido.

Siendo ya maestro pusieron estufas de butano que calentaban a los que estaban cerca y quitaban el oxígeno a todos.  Posteriormente las de leña. Esas sí caldeaban. El docente hacía de fogonero, recebando e intentando meter algunos trozos que no cabían por la boca de la estufa. Al final llegaron los radiadores con combustible de gasoil y agua en su circuito.

En el Seminario, con altos techos, escaleras y largos pasillos de mármol o cemento fino los inviernos eran crudos.

Tampoco había calefacción. Ni picón, ni butano, ni electricidad ni gasoil. Durante las horas libres, que eran pocas, nos quitábamos el frío corriendo y jugando. En las clases, con el calor que cada cuerpo aportaba. Cuando tuvimos camarillas individuales las acondicionábamos para hacerlas más confortables. Una manta sobre la mesa de estudio hacía de enagüillas. El calor de la bombilla del flexo de fuente de calor para calentar las manos de vez en cuando.

Alguien ideó un sistema más práctico. No hay mejor acicate para la inventiva que la necesidad.  Compró escayola y fabricó una plataforma con ranuras. Una resistencia, unos cables, un enchufe y construyó un brasero. Mientras fueron él y otros escasos amigos los que estuvieron en posesión de la fórmula el sistema funcionó. Pero la noticia se divulgó de boca en boca y proliferaron los artilugios como setas.

Algún susto de esos que despelucan el pelo debió sufrir el administrador al recibir la factura de la compañía eléctrica. Un anochecido junto con dos fieles escuderos pasaron requisando braseros por todas las camarillas.

Solo en la cama, después de todo el día en aulas y pasillos por cuyos zócalos resbalaban hileras de agua cuando les pasábamos los dedos, encontrábamos calor, cubriéndonos con las mantas hasta las orejas.

Estatura

Nací en un pueblo donde la estatura de sus naturales está por encima de la media. Como en todas las estadísticas hay quienes se pasan y otros que no llegan. Es conocido el caso de los dos comensales que estadísticamente se habían comido medio pollo cada uno, pero en realidad uno salió a dos velas y al otro le brillaba el aceite en la barbilla.
 Pues en esto de la alzada también hay quienes suman y restan a la media. Estar por debajo en un lugar en el que hay hombres y mujeres tan altos, no desmerece en otros lares, pero aquí parece que achica la figura de los más pequeños. La relatividad de las apreciaciones.
 De adulto importa menos, pero en la adolescencia y en la juventud, la estatura sí condiciona. Hay puestos de trabajo que exigen explícitamente un mínimo para acceder a ellos, como en las Fuerzas Armadas. Un metro cincuenta y cinco para las mujeres y uno sesenta para los varones. Así se recoge lo dispuesto en una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de la Unión Europea para que se diferenciara el límite por sexos, pues la estatura media de las mujeres en España es de un metro con sesenta y tres y la de los hombres uno con setenta y cuatro.
Los que no descollamos, siempre tenemos el recurso de saber que los buenos perfumes se venden en frascos pequeños y que la estatura de un hombre (úsese sin distinción de sexo) no se mide del suelo a la cabeza, sino de la cabeza al cielo, como dicen que dijo Napoleón, pero la realidad diaria tiene menos retórica y presenta situaciones variopintas.
En los bailes de salón, si la pareja es dispar, puede parecerle al observador que uno de ellos baila solo hasta que, en las revoleras de los pasodobles, aparece el partenaire procedente del lado oculto de la luna. Por eso antes de ofrecer gentil invitación para compartir baile se descartan las que son mucho más altas, so pena de que el atrevimiento conduzca a una situación incómoda si la invitada acepta o a encontrarse con la negativa de la requerida que opta por no verse en situación comprometida. Esta limitación priva de bellas compañías para los bailes y limita las posibilidades de elección. En los casos de boleros resultaría muy complicado, si llegado fuera el caso, de juntar mejilla con mejilla cuando la cabeza solo llega a la pechera.
 Yo, en un pueblo de tan altas cumbres, marcaba la evolución de mi crecimiento haciendo una raya cada dos o tres meses a donde llegaba la cabeza en un madero del doblado que seguía la vertiente del agua. Pero los estirones fueron cortos y espaciados. Ni con fiebre de cuarenta, que decían las vecinas que eso era porque estaba creciendo, logré aproximarme a cimas tan señeras. Y me quedé más cerca del alero que del caballete.
Dejando el tono liviano y humorístico de lo expuesto, la poca estatura o la excesiva, que también es posible, pueden crear complejos y frustraciones en las etapas de la vida en las que se lucha por ser aceptado por los demás y el físico sí importa.  No se valoran en muchas circunstancias la inteligencia y otros valores porque en desfiles, pasarelas y bailes de salón son prescindibles.

Juegos peligrosos

Después de acabar la escuela en su sesión de tarde, a falta de otras cosas de más provecho que hacer, jugábamos en la calle hasta la hora en que nos llamaban para la cena. ¡Fulanito! ¿Qué? ¡A cenar! ¡Ya voy! Si al tercer aviso no acudías porque estabas muy entretenido con el juego, al día siguiente no te retrasabas. El motivo de tan presta respuesta podría deberse al pescozón que te habían intentado dar el día anterior al entrar por la puerta, de resultas del cual, por esquivarlo, habías pasado del zaguán a la puerta del corral trompicando y cayendo.
Una de estas tardes decidimos poner en práctica lo que nos había enseñado Eusebio, mañoso artesano que lo mismo herraba caballerías que arreglaba pinchazos de bicicleta. Era de Fuente del Arco y recaló en mi pueblo donde montó un pequeño taller en una de las callejas que salen al ejido.
 Empezaba por aquellos años a oírse lo de la carrera espacial. El ruso Yuri Gagarin había sido el primer humano en viajar al espacio exterior en la nave Vostok 1. Y nosotros queríamos comprobar cómo subían esos cohetes con las instrucciones que nos dio Eusebio.
El montaje era sencillo y los materiales fáciles de conseguir. Una lata vacía de tomates, agua y carburo. De base de lanzamiento servía cualquier lugar donde se pudiera hacer un agujero en la tierra. Mis amigos y yo llevamos a cabo nuestra primera prueba en mitad de la Plazuela para que hubiera testigos de nuestra proeza.
A la lata, más larga que ancha, le hicimos un agujero en el asiento.  Cavamos el hoyo, lo llenamos de agua y metimos dentro un pedazo de carburo. Muy ajenos a nuestros conocimientos estaban todavía las reacciones químicas y el gas acetileno. Inmediatamente colocamos la lata invertida encima y tapamos la ranura con un dedo. Esperamos un rato para que el carburo y el agua produjeran el gas. Otro miembro de la pandilla ya tenía preparado un papel ardiendo. Lo aproximó al orificio de la lata, que salió despedida hacia arriba produciendo un gran estruendo.  Nosotros esperábamos el aplauso de los vecinos que en ese momento salían a las puertas alarmados por el ruido, pero en lugar de felicitaciones recibimos reprimendas y advertencias del peligro que corríamos. El periodo de lanzamientos en la Plazuela duró poco. Nuestros padres, con buen criterio, nos lo prohibieron. Así que buscamos otros sitios más apartados en los ejidos.
Aprendimos también a provocar estallidos con las ‘restallaeras’ de fósforo, esas que venían pegadas en cartones como si fueran uñas rojas. En lugar de restregarlas, las colocábamos en el suelo con una piedra en lo alto.  Poníamos un pie sobre ella y girábamos el cuerpo bruscamente.
No veíamos los riesgos de estas prácticas.
Los niños y adolescentes van por libres en su descubrimiento de la vida. Lo ‘del viejo, el consejo’ es un martilleo insoportable en esas edades. Piensan que les están coartando su autonomía. Hasta que se llega a una edad en la que se echa en falta y se aprecia el juicio sereno de quienes por experiencia saben más. Entonces has alcanzado la madurez. Cuando eres padre aconsejas a tus hijos, como hacían tus padres contigo. Ellos hacen lo mismo que hacíamos nosotros con su edad. Nadie escarmienta en cabeza ajena. 

El kiosco

Juan fue un buen hombre con alma de niño y corazón de gominola. Trabajó de panadero en Zafra, pero una enfermedad lo obligó a dejar esa profesión. Recaló en Ahillones y ahí formó su familia.   Lo empecé a tratar entre incienso, velas y campanas cuando yo empezaba a frecuentar la sacristía. Fue sacristán a la vieja usanza, con sotana negra y roquete blanco con bordes de encaje en las celebraciones solemnes.  Y no había de ser menos cuando la liturgia era rito y sustancia y los curas usaban manteos y sombreros de teja.
El ser jefe de los monaguillos le otorgaba ascendencia sobre ellos en una institución donde la jerarquía es excelencia. Pero nunca imponía.  Las hostias las sacaba de la oblea con máquina y repartía los recortes que sobraban entre los veteranos de la plantilla, que por algo es un grado. Pan ácimo fino y blanco que se deshacía en la boca casi al instante.
Un día lo sorprendí echando un trinque del vino de la consagración que estaba en un camarín de la sacristía. A mí me pareció normal que lo hiciera porque era el encargado de su custodia y reposición. Me ofreció un trago para hacerme partícipe del secreto. Por cierto, el vino estaba riquísimo. 
Los estipendios que cobraba por sus funciones no debían de ser sobrados y empezó a buscar la forma de incrementarlos. 
En aquellos tiempos la televisión era una novedad y había pocas en el pueblo. En el amplio salón de la Acción Católica había una. Se llenaba todas las tardes para ver los programas infantiles y películas como Bonanza, El llanero solitario o El Virginiano… Y ahí metió punta para sacar reja.  La sobrina de don José, que este era el nombre del párroco, fue su prestamista sin intereses. Cinco duros, veinticinco pesetas de principios de los sesenta. Compró botellas de ‘La Casera’ y empezó a venderlas por vasos.  Cuando llegó el primer verano se hizo con una nevera antigua, de esas que se cargaban con barras de hielo. Era de un bar vecino y ya no la necesitaban. No enfriaba demasiado, pero las burbujas saltándonos a la nariz suplían lo que faltaba de frío.
Amplió la oferta con chucherías y adquirió un frigorífico eléctrico. Allí empezó a hacer polos con refrescos de naranja y limón en los moldes de los cubitos, con palillos que siempre salían ladeados.
El negocio marchaba y por fin llegó el kiosco.  Solicitó permiso al ayuntamiento y en una carpintería del pueblo se lo construyeron. Verde y cuadrangular, con portillo abatible delantero que graduaba en los laterales con clavijas, según luz o agua hubiera. En invierno le ponía cristales y dejaba solo una ventanilla para despachar, como en las taquillas de los cines.
En un alambre sujetas con pinzas de la ropa estaban las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, las amorosas de Corín Tellado y las calcomanías.  Por allí pasaban los hombres, las parejas de novios y los niños. Unos cuantos le ayudaban encantados a hacer cucuruchos de papel de estraza y llenarlos de avellanas, calentitas, recién sacadas del brasero. Él era uno más.
 El kiosco, un poco de isla, de oasis y de confesionario se convirtió en referencia y lugar de encuentro. Hoy solo está abierto en el recuerdo de quienes lo conocimos. 

Pesadillas

La soledad es un vacío donde los pensamientos tienden a expandirse sin más contención que la fantasía de cada cual, así que, sueltas las bridas de la mía, lo primero que hace es trotar desbocada hacia los prados de la infancia.
Los fantasmas de las pesadillas provocaban que en medio de la noche pidiese auxilio. “¿Ves? Aquí no hay nadie y en la habitación de al lado tampoco”. Pero a veces era tal el miedo, que me iba a la cama de mis padres porque temía que volvieran. Allí en su compañía me sentía protegido del capricho de los sueños.
Yo sabía que mi voz o mi llanto los alertaban y que al poco estarían a mi lado tranquilizándome y aplacando mi agitación.
Ahora no me asustan los sueños, sino la vigilia y temo a otros peligros, que no son fantasmas ni alucinaciones de una noche de fiebre.
Cuando he tenido que quedarme solo en casa, sin tener ya la edad ni el ingenio del niño Kevin para salvar situaciones comprometidas, adopto ciertas precauciones.
 Temo que durante la madrugada me ocurra algún percance y no pueda llamar la atención de nadie y que si al día siguiente vienen a buscarme no puedan entrar a socorrerme.  Por eso no cierro por dentro con cerrojo ni dejo la llave en la cerradura y tengo el teléfono siempre a mano.  Con esas cuitas me adentro en el sueño. Al abrir los ojos por la mañana siento la alegría de encontrarme de frente con la luz que entra por la ventana anunciando un nuevo día.
 Leí en el mes de agosto en este periódico la noticia de que una mujer fue encontrada en su casa de Cáceres con síntomas de deshidratación, tras haber caído al suelo por un desvanecimiento y estar más de cuarenta y ocho horas sin comer ni beber. Afortunadamente, pudo ser rescatada a tiempo por los bomberos.
Más triste e irremediable ha sido el caso de la señora del distrito madrileño de Ciudad Lineal, hallada el pasado mes de octubre momificada después de llevar quince años muerta en el baño de su vivienda.
Estaba administrativamente viva porque pagaba religiosamente sus facturas y mientras el voraz dragón satisfacía su apetito pecuniario la supusieron viva y nadie pensó que su ausencia pudiera ser eterna.
En los pueblos pequeños se echa más pronto en falta a quien se ausenta por existir un trato habitual y más cercano. En las grandes ciudades, en que algunas relaciones vecinales son de aceite y agua, de adiós y buenos días en la escalera, como mucho, es más fácil que pasen inadvertidas las desapariciones. Los pisos son como celdas de colmenas, próximos, pero aislados, donde a veces los moradores saben poco de sus vecinos y la muerte entra en alpargatas de espuma, sin tan siquiera darle a la cisterna cuando ha terminado su misión.
En edades avanzadas, cuando se vive solo, las pesadillas no son soñadas, sino reales, sin nadie en la habitación contigua que escuche la llamada de angustia o los sollozos. Mientras los vecinos entran y salen del bloque a sus faenas puede suceder, como en los casos descritos, que alguien yazca en el suelo inconsciente o que de un baño se pase a un proceso de momificación en un periodo de quince años de olvido.

Amigos de la mili

Ya hace diecisiete años que no pasan los quintos por las calles juntando lluvia y barro en sus canciones con el retratito de su moza en la cartera, junto al pecho, donde se guardan los tesoros más queridos.
En noviembre se celebraba el sorteo. Cuando yo era pequeño los quintos llevaban escritos en sus espaldas con tiza blanca los destinos que les habían correspondido. En los padres quedaba la preocupación por su suerte, sobre todo si les había tocado África. En la memoria de los más viejos aún echaban humo y olían a pólvora los desastres del Barranco del Lobo y Annual. “Ni me lavo ni me peino/ni me pongo la mantilla/hasta que venga mi novio de la guerra de Melilla”. Claro que en aquella época los patriotas adinerados pagaban para que otros tuvieran la oportunidad y el honor de alcanzar medalla y féretro en las guerras.
Mi padre, de la quinta del cuarenta y cuatro, hizo el servicio militar en Segovia y Madrid. El año de la leva es, además de referencia para muchas personas que averiguan así el año de nacimiento, una fecha sentimental. Decir ‘ese es quinto mío’ o ‘fulano sirvió conmigo’ es como expresar un grado de parentesco entre personas de diversa condición que han compartido vivencias y parrandas cuando la vida asoma pletórica por las costuras de la juventud.
Regresó mi padre muchos años después a la capital de España y aprovechó el viaje para intentar encontrar lo que ya no estaba.  Yo le acompañé. Era mi primer viaje a la ciudad, rompeolas de todas las Españas, como la calificó Antonio Machado.
No me dijo nada, pero yo sabía que buscaba los sitios por donde había andado en sus tiempos de soldado. Miraba confuso hacia arriba, girando la cabeza hacia torres y edificios altos para localizar referencias.  Aquí había una taberna, allí una tienda de comestibles… pero estaba todo tan cambiado que le resultó difícil anclar su memoria en el pasado. Creo que sintió como si le hubiesen robado algo que le pertenecía, como pez en una ciudad sin agua que buscaba, difuminadas las malas vivencias por el tiempo, lugares donde, a pesar de todo, fue feliz a su manera e hizo amigos que perduraron hasta la muerte.
Uno de ellos nos invitó a toda la familia a la boda de su hijo a Guadalupe.  Era de Castilblanco y se llamaba Cristeto Casasola.  En el abrazo que se dieron al lado de la fuente que está enfrente de monasterio había un aprecio sincero y una emoción contagiosa.
Yo he vuelto también a Sevilla, a la avenida de la Borbolla, cerca de la hermosa plaza de España.  Allí estaba el cuartel de Ingenieros, con sus dos garitas de torres almenadas a la entrada. El edificio, en el que vivió Luis Cernuda, se conserva perfectamente, dedicado a otros usos por el ejército.  En el recuerdo están los buenos y malos ratos y muchos amigos a los que no he vuelto a ver.  Sentí, como mi padre, que el tiempo me hurtó algo.
El día que nos licenciaron y nos entregaron aquella cartilla blanca, tan evocada en coplas, gorra de granito al aire, jubilosamente, al grito de rompan filas, experimenté también un poco de pena por la despedida porque sabía que la mayoría no volveríamos a vernos nunca más.

El garlito

Ya había pasado la primera década prodigiosa de la posguerra.   No por musical, aunque aliviara, porque el que canta su mal espanta, sino por los prodigios que había que hacer para sacar un conejo o una paloma de la chistera, que por supuesto si salía iba a parar a la cazuela. Los pómulos prominentes eran colinas donde anidaba el águila del hambre y en los valles profundos de los ojos se remansaban la ansiedad y miedo.  
Todavía cantaban las cuarenta en bastos sobre el tapete cuarteado de la piel de toro y a los que osaban salir de la formación de filas uniformes se les reconvenía para que a la voz de ¡ya! volvieran a alinearse; así que, prietas estas, se dirigían hacia un horizonte con el sol siempre saliendo entre montañas, una imagen que hizo que muchos lo buscaran más allá de sus fronteras.
De ‘La morena de mi copla’ que cantaba Estrellita Castro con caracol en la frente y bata de cola, se pasó, vía castaño oscuro, al pan negro con molienda de semillas y cáscaras, cocidos en los hornos clandestinos de las casas. A escondidas, porque el trigo había que entregarlo obligatoriamente al Estado. Al aroma era difícil contenerlo entre las cuatro paredes y delataba a los panaderos furtivos.  Los nidales eran despensas de presentes ovalados que las gallinas anunciaban con su cacareo al medio día.  Se estaba a la espera y si no se les palpaba para comprobar si venía de camino. Las cartillas de racionamiento repartían lo que no había.
El rebusco, con permiso de los dueños, era una solución estacional que aliviaba estrecheces. Por esta zona de olivar y cereales los asideros para no perder el carro de la vida, del que muchos tempranamente se apearon, fueron espigas caídas al suelo en el bregar de la hoz del jornalero y aceitunas de terroso aceite, perdidas en las grietas del barbecho. Unas gotas para mojar en los exangües calderos. Y ahora que vengan diciendo los revisionistas de la historia que no era hambre, sino inapetencia y las cartillas, colecciones de cromos.
Si Antonio Molina bajaba cantando a la mina a trabajar en un oficio tan duro como el de barrenero, los demás no iban a ser menos y les echaban agallas a sus duras condiciones. La copla ayudaba a sobrellevar penurias.
La necesidad obliga y aguza el ingenio. El ‘Cano de los peces’ traía la mercancía en una cesta de mimbre atada al portamaletas de la bicicleta. Peces del río Viar, capturados con las artes que, aunque estaban prohibidas, se arriesgaban a practicar con la astucia y la cautela del que se siente perseguido.  El garlito era una de las más utilizadas.  Artilugio de juncos entretejidos que se dejaba durante el día o la noche en un ‘correntón’ estrecho, que era paso obligado para los peces y del que no podían salir los que caían en él. De ahí el dicho de ‘caer en el garlito’, cuando alguien mediante engaño cae en la trampa que le han tendido.
 Después de recorrer más de treinta kilómetros llegaba con la cara abrasada por el sol y el viento, haciendo límite en su frente el ala del sombrero.  Los voceaba por las calles y vendía los que podía. ¡Y  hay quienes dicen que el pescado es caro!

Maletillas

Pintura de López Canito.
El toreo, además de provocar opiniones encontradas, ha inspirado acordes en los pentagramas, metáforas en la literatura e imágenes a los pinceles y a las manos de los escultores.
Por citar a algunos ejemplos: Ernest Hemingway, Blasco Ibáñez, García Lorca, José Bergamín, Vicente Aleixandre entre los literatos; Goya y Picasso entre los pintores; Mariano Benlliure y Feliciano Giles entre los escultores.  Para los maletillas suponía un medio con el que alcanzar sus sueños.
En la plaza de toros de Vista Alegre se celebraban novilladas nocturnas para aspirantes a toreros.  Las organizaban Domingo Dominguín y los hermanos Lozano. El periódico ‘Pueblo’ se encargaba de darle publicidad a los eventos.
A Manuel García Cuesta, ‘El Espartero’ se le atribuye la frase “más ‘cornás´ da el hambre” cuando le avisaron del peligro de las astas. A estos festivales acudieron los que huían de esas cornadas invisibles que resaltan pómulos y profundizan cuencas y los que querían conseguir fama y cortijos.  Las retransmisiones de estas novilladas por televisión, con el nombre de ‘La Oportunidad’, extendió su divulgación por toda España y el programa fue un éxito. De allí salieron toreros como Palomo Linares, Ángel Teruel y el Niño de la Capea.
Blas Romero González, ‘El Platanito’, natural de Castuera y vecino esporádico de hospicios y correccionales, alcanzó notoriedad con sus exageraciones y aspavientos, lejos de la ortodoxia del arte de Cúchares, pero cayó en gracia en el momento oportuno y triunfó, aunque su gloria fue efímera.  El coche amarillo del practicante de mi pueblo fue bautizado con el apodo de ‘Platanito’.
Las circunstancias sociales favorecieron esta eclosión de jóvenes que querían ser maestros del toreo.
‘El Cordobés’, salido de la nada, pasó de robar gallinas a ser un ídolo de masas, rico y famoso. Espontáneo en la plaza de las Ventas, representaba la rebeldía y las ganas de comerse el mundo para quienes nada tenían que perder y sí mucho que ganar. La televisión abrió la ventana por donde escapar del anonimato y saltar a la fama.
Con todo este caldo de cultivo mi amigo pensó que su vida cuidando ovejas y destripando terrones en los barbechos no tenía futuro. Fue rumiando la idea de marcharse en la soledad de su trabajo en el campo. 
Sentado detrás de la puerta entreabierta por donde entraba un haz de sol a la caída de la tarde, imaginaba que esa era la luz de la plaza y él paseaba por el albero su triunfo mientras la banda de música tocaba el pasodoble ‘Nerva’.
Una madrugada de luna llena con leve hatillo al hombro se fue por las sombras de las paredes en busca de la gloria. De equipaje llevaba ilusiones anudadas en un pañuelo al cuello y zapatillas aladas para sus pasos. Cruzó pedregales, saltó cercados, vadeó arroyos y durmió envuelto en un capote que soñaba verónicas en la Maestranza. Las siluetas de las encinas eran cuatreños que embestían a sus lances naturales, los que se dan con la mano izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio. Imaginó ajustadas chicuelinas, como se ciñe el viento a la retama. Las estrellas en el tendido del cielo eran flores que tiraban al ruedo celebrando su éxito. Anhelos de gloria de jóvenes maletillas que buscaban su redención entre soñados toriles de sangre y blancos pañuelos al aire.