En las pequeñas tiendas de los pueblos suelen tener una libreta donde se apunta lo que se fía al cliente. El grueso de los ingresos económicos del año para la mayoría de los vecinos se produce con los que genera la recolección, tanto de cereal como de aceituna. Las expectativas se frustran en muchas ocasiones por sequías, inundaciones o pedriscos y las deudas de la manoseada libreta crecen y se añejan. Hay que esperar una mejor ocasión para saldarlas.
Una modalidad de venta muy extendida en años pasados fue a la dita. El ditero pasaba con su gruesa libreta de hojas individuales para cada cliente. Estas hojas se atornillaban con dos barras apretadas con tuercas de mariposa. Cada hoja correspondía a un cliente y en ella se anotaba la cantidad convenida que debía pagarse periódicamente hasta saldar la deuda y poder empezar una nueva línea de crédito. Había cierta flexibilidad si se alegaba que ese día no se tenía suelto y que al día siguiente se pagarían las dos cuotas. El ditero iba casa por casa y tan asidua y familiar se hizo su presencia que las personas que ejercieron esta profesión quedaban bautizadas con este sobrenombre.
Surgen estas pinceladas, diversas y asimétricas de tres situaciones que tuvieron como referencia al pueblo de Reina y que, en conjunto, conforman un pequeño ramillete de vivencias evocadas ahora con añoranza.
La primera de ellas ocurrió una tarde de primavera del año 1964 cuando en la capilla del Seminario Menor celebrábamos el mes de mayo. El padre espiritual del los Gramáticos interrumpió las plegarias para darnos la triste noticia de la muerte de D. Juan Portero Muñoz, el cura de Feria que ejercía sus funciones sacerdotales en Reina. Tenía yo entonces doce años y la fuerte impresión que me produjo este hecho se debió a que lo conocía personalmente, pues coincidimos en el Seminario, él ya en su último curso de Teología cuando fue misacantano, y a que el lugar donde ocurrió el suceso estaba muy próximo a Ahillones. Aquella sotana enredada en sus pies, la pronunciada ladera del castillo, la luz difusa del atardecer, el derrame interno, su traslado hasta Badajoz… Todo quedó guardado para siempre en el arcón de la memoria. Cada vez que veo el monolito blanco erigido en el lugar donde se produjo el accidente: “Aquí sufrió mortal caída nuestro párroco D. Juan Portero Muñoz. En testimonio de gratitud y afecto sus feligreses. Reina 11 de mayo de 1964”, mi imaginación vuela hacia aquella tarde en que la canción “Rosa de abril morena de los vientos…” quedó teñida de rojo con la sangre vigorosa y joven de tan buena persona.
Otras tardes de los años 72 y 73 generaron recuerdos más agradables. Un amigo que intentaba ennoviar en Reina me pedía en algunas ocasiones que lo acompañara en su furgoneta DKW. Él me recogía en Llerena, lugar donde residía entonces por mi trabajo. En una sala interior del bar de La Perla poníamos un pequeño casete con una cinta de Rumba Tres y así organizábamos algo parecido a un baile. Una noche, después de una tormenta que descargó por la tarde, paseando por la carretera que enlaza con la de Llerena – Fuente del Arco, pude disfrutar las bellezas que me ofrecía tan privilegiado lugar: contemplé las luces lejanas y tenues de otros pueblos diseminados por la campiña, observé la inmensidad del cielo estrellado que aquí parecía estar más cerca, respiré los aromas del tomillo y del cantueso remojados en la tarde y sobre todo me introduje en el ropaje envolvente del silencio que anudaba todo como un regalo para los sentidos, roto sólo por el canto punzante de los grillos que parecían tejer las costuras de la noche para que nada escapara de aquella burbuja tan acogedora. A mi espalda el castillo, desdentado y viejo, pero majestuoso y digno, conservando el abolengo y la hidalguía de pasados esplendores.
La tercera pincelada que rememoro ocurrió durante las celebraciones en honor de La Virgen de las Nieves, que han sido siempre muy visitadas y celebradas por los vecinos de Ahillones. Un año, de hace muchos, unos amigos se personaron el primer día de fiesta y copa tras copa, ración tras ración, no se dieron cuenta del paso de las horas. Tan bien lo pasaban que habían transcurrido dos días desde su arribada al pueblo. Las familias preocupadas, pero sabedoras de sus paraderos, decidieron recurrir a tres personas de orden para que se acercasen a Reina y convencieran a los festeros de que ya era hora de regresar. Al bar de Mauricio llegaron los encomendados en plan rescate para, con sus mejores argumentos, intentar conseguir el noble objetivo de llevárselos consigo. Así que comenzaron aceptando la invitación a una copa que les hicieron los trasnochadores paisanos. Y claro, no está bien que te inviten y no corresponder: llénanos que ahora invitamos nosotros. Así empezó a liarse la madeja.
Como consecuencia, la expedición fue un fracaso, pues no sólo no regresaron los hijos pródigos, sino que se incrementó su número con uno de los emisarios.
Estas son las tres pinceladas, los tres recuerdos que he querido narrar de forma breve. Después de muchos años la vida continúa y Reina, paloma alada con dos fuentes, sigue reposando en un pliegue alargado de la sierra. Su castillo, vigía de la Campiña, recibe antes que nadie los primeros rayos del sol cada mañana y, a la tarde, alarga las manos presurosas de su sombra hasta el pueblo y lo envuelve protectoramente a la espera de la noche, mientras a sus espaldas, en dirección a Torres, el astro enrojecido se hunde en las estribaciones azules de Sierra Morena.
Los niños de la escuela asistíamos los domingos a la misa de diez acompañados de los maestros. Nos colocaban en los primeros bancos y ellos vigilaban nuestro comportamiento durante la celebración. Al salir el cura de la sacristía precedido por los dos monaguillos se cantaba el “Vayamos jubilosos…” El cura se ponía en el altar mayor. La misa era en latín y de espaldas a los fieles. Sólo se volvía de vez en cuando para decir “dominus vobiscum” y contestar nosotros “et cum spiritu tuo”. La orden de retirada era: “Ite, misa est” y entonábamos: “La misa ha terminado, cantemos con fervor, que nuestra vida sea una misa Señor…” El celebrante recogía el bonete que le traía un monaguillo de unos asientos rojos y dorados que había en la parte derecha del altar, donde lo había llevado el mismo monaguillo al empezar el oficio. Los maestros con un chasquido de dedos nos indicaban la salida en orden, fila a fila. El lunes siguiente nos reprenderán en la escuela a los más revoltosos e inquirirán sobre la ausencia de otros al acto religioso. La relación de la escuela con la Iglesia no se limitaba al precepto dominical. Los jueves a las doce terminaban las actividades docentes y subíamos a recibir la doctrina cristiana. En esa hora del mediodía, hora del Ángelus, el sol daba de lleno en las vidrieras y toda su variedad cromática se proyectaba sobre las baldosas del suelo. Un sinfín de motitas de polvo se movía a través del cañón de luz que penetraba por los ventanales refulgentes. Nos distraíamos siguiendo el camino de algunas hasta que desaparecían fuera del espacio iluminado.
Cuando llegaban los ejercicios espirituales asistíamos durante una semana a las charlas que nos daba D.Josécomo preparación para la Semana Santa. “El día siete de marzo comienzan los ejercicios para los niños cristianos que quieren amar a Cristo. Venid cristianos, venid porque la iglesia abierta está”. Estas pláticas vespertinas nos las impartía D. José con las luces apagadas, sólo con un flexo que iluminaba sus apuntes en una mesita situada próxima a la escalera del púlpito, en el presbiterio. Intentaba lograr así un ambiente más íntimo y recogido. Toda la preparación terminaba con la parábola del Hijo Pródigo. La vuelta a casa y el perdón. La Acción Católica era también el lugar donde se celebraban los Círculos, charlas y cambio de impresiones de D. José con personas adultas. De este tiempo eran los Cursillos de Cristiandad, a los que asistían muchos hombres del pueblo y de los que algunos regresaban con un profundo cambio de actitud hacia la vida religiosa. También se impartían clases nocturnas de alfabetización para adultos que por motivos laborales no tenían otras oportunidades de aprender durante el día.
Los Quintos, antes de irse a sus respectivos destinos, recibían allí los consejos del párroco que, como pastor de sus almas, quería advertirles de los peligros que podían acecharles en la ciudad, sobre todo en lo concerniente a los pecados de la carne.
Los niños y los más jóvenes teníamos también a la Acción Católica como lugar de esparcimiento y reunión. Las televisiones eran escasas. Las primeras llegaron a principios de los años sesenta. Cuando toreaba “El Cordobés” la expectación era máxima y a pesar de estar las labores de recolección en pleno desarrollo, a eso de las cinco menos cuarto se venían los hombres de las eras, con el sombrero de paja incluido, a coger sitio en los pocos bares que disponían de televisión. Los niños y jóvenes acudíamos a la Acción Católica para ver nuestros programas. Nos cobraban un real por el servicio. Cuando se amortizó la compra la entrada fue libre. Catalina, sobrina de don José, se encargaba del cobro y también de mantener el orden en el salón cuando, sobre todo los domingos por la tarde, se formaba demasiado jaleo. Eran los tiempos de Herta Frankel con su perrita Marilín y las marionetas de Pepito, el Tonto y el Gruñón. Por las noches también abría la Acción Católica y personas mayores subían para ver allí los programas nocturnos. Las sillas de tijera estaban colocadas como si de un cine se tratara.
Los domingos por la mañana jugábamos en el futbolínque estaba situado en la última nave, cerca del balcón que daba al patio de la casa. El suelo del futbolín era de pizarra moteada y los futbolistas de hierro. El ruido que se producía era estruendoso. Para que no se metieran las bolas y durase más la partida tapábamos las porterías o nos colocamos detrás para, en un acto rapidísimo, atraparlas antes que cayeran al cajón de abajo. De tanto uso, el futbolín acabó con un boquete cerca de unas de las porterías que intentaron arreglar con una chapa. La bola salía muchas veces disparada fuera del recinto de juego con el peligro consiguiente para los cristales. “Seña” María, hermana de don José, siempre bondadosa y en misión de apostolado, subía de vez en cuando a intentar poner un poco de orden. Las niñas y jóvenes con sus pandillas entraban y salían, charlaban y comían pipas alrededor de las camillas.
Juan el sacristán vendía vasos de “Casera” fresca a peseta. Nos los tomabamos con las burbujitas dándonos en la nariz y tan de golpe que se nos saltaban las lágrimas por efecto del gas. Tenía su mesa para despachar inmediatamente a la izquierda después de subir las escaleras. En una pequeña nevera de color marfil, que antes perteneció al bar del Sindicato, enfriaba las botellas. La barra de hielo se colocaba en la parte superior. Juan Diego el del carrillo traía las barras de la fábrica de Berlangaen el portamaletas de su bicicleta, envueltas en sacos con paja. Se la encargaban, bien los bares o los particulares. Otra forma de enfriar las bebidas era introducirlas en el pozo en una cesta de mimbre sujeta con una cuerda, y el botijo, en verano, al sereno, al “resencio” de la noche en el corral. Se le tapaba la pipa y la parte trasera para que no entrasen insectos.
Después de la misa de los domingos, mientras algunas personas mayores se quedaban charlando en la puerta de la iglesia, subíamos con Dª. Virtudes, andando ya dificultosamente, a la Acción Católica y allí nos impartía unas charlas informales sobre asuntos religiosos adaptadas a los escolares. Nos relataba con entonaciones y silencios de efecto algún cuento moralizante. Al final, como premio por nuestra atención, nos repartía o rifaba hojas con relatos e ilustraciones de colores referidas a vidas de santos o personas dignas de imitación. Nos colocábamos en el salón que existe a la izquierda, según se acaba de subir la escalera. Dª. Virtudes, mujer bondadosa y afable, ya mayor, con sus gafas de concha negra, su velo de luto permanente y un rosario negro enlazado en la mano, se sentaba en un sillón al fondo de una mesa alargada, de espaldas a la pared que tapaba una vitrina acristalada flanqueada por dos banderas con el escudo de la Acción Católica. Nosotros, a su alrededor, en sillas verdes de enea. Su rostro estaba surcado por profundas arrugas y en la barbilla tenía un lunar del que brotaban algunos pelos rebeldes. A principios de los sesenta se le tributó un merecido homenaje con motivo de su jubilación al que acudieron vecinos de Fuentes de León, pueblo en el que dejó un grato recuerdo como maestra
En mayo comenzaba la esquila. Traían los pastores, bajo la dirección de los mayorales, las ovejas a los guaches, las naves donde se esquilaba, para quitarles la lana que en invierno las había abrigado. Los esquiladores usaban aún tijeras para este menester y era admirable la destreza de algunos de ellos. A éstos más diestros y experimentados se les solía encomendar la pela de los carneros por su mayor dificultad. En Ahillones hubo tres guaches que funcionaban durante dos meses a pleno rendimiento, con cuadrilla de más de cincuenta en alguno.
Un muchacho, el morenero, paseaba por el local con una lata en la que llevaba restos de carbonilla que traían de las fraguas. A la voz de “¡moreno!” acudía presto a echarle a la oveja ese polvo negro en la herida. Servía para que no le picara la mosca y se “bicheara”. El manijero era el encargado de preparar los vellones de lana y meterlos en sacos que almacenaban en el lanero hasta que unos grandes camiones procedentes del norte venían a por ellos a principios de otoño.
Después de esquilado el rebaño, los pastores llevaban las ovejas a las fincas a pastar. Pasaban blancas y descargadas de lana por las calles, siguiendo el tañido del cencerro que llevaba el manso.
Una plácida tarde de principios de otoño he salido después de comer a dar un paseo por el ejido. El sol de membrillos y miel aún calienta algo y se refleja brillante sobre las hierbas primerizas, que asoman sus puntas, animadas por las lluvias que cayeron por san Miguel. He llegado al Cerro del Santo donde culmina el Vía Crucis de redondeadas formas blancas que recorre el ejido y que en esta última estación representa la muerte de los dos ladrones y de Jesucristo en el Monte Calvario. También destaca en el cerro una estatua en mármol del Corazón de Jesús.
Me he tendido boca arriba, relajado y sin prisas, abandonado al hedonismo de los sentidos. Contemplo los vellones blancos de nubes desplazándose muy despacio sobre el azul del cielo. Me adormezco.
Oigo lejanos los gritos de unos niños que juegan al fútbol en el prado de la fuente y el ruido de algún coche que pasa por la carretera. El sonido de unas esquilas me llega tenue, casi como una débil hebra sonora. Los ruidos se alejan, difuminándose en una lejanía semiinconsciente y marginal. En este duermevela placentero soy parte de las nubes y del cielo, mecido suavemente dentro de la inmensidad y abstraído en pensamientos inconexos y sensuales. Una ligera brisa me transporta sobre grandes dehesas azules sembradas de algodón.
Pasado un tiempo indeterminado me incorporo, apoyándome sobre uno de mis codos y cambio el azul y blanco por el verde de los prados. Sobre el arroyo, allá por el charco de Tía Espina, se ha levantado una difusa bruma que confunde los contornos de las lomas cercanas y ahonda y profundiza la pequeña cañada cercana a la Cantera, borrando sus límites verdes que van tornándose pardos, pues la tarde declina. Por uno de los caminos de regreso de la fuente del Horno diviso a una mujer que porta dos cántaros: uno en el cuadril, otro en la cabeza sobre una rosquilla de paño con forma de corona circular que le amortigua el peso y de la mano contraria cuelga un botijo. En el pilar de la fuente abrevan dos mulas y una burra, mientras su dueño, con la mirada perdida en el agua, fuma parsimoniosamente montado en ella.
Los labriegos regresan por los distintos caminos que confluyen en el ejido montados a mujeriega sobre las bestias que, con andar cansino, buscan el cobijo y el calor de las cuadras.
Refresca. Es hora de regresar. Lo hago por los callejones del pueblo, que tiene encendidas sus luces mortecinas. Por el camino me cruzo con una mujer a la que no reconozco porque se tapa su cabeza y su cara con un manto negro. Se dirige a rezar al Santo. La silueta de un hombre por lo alto del cerro Gamo, con sus perros y una cántara de agua, se recorta sobre el fondo rojo del poniente.
Me llegan olores de comida recién hecha para la cena. Venus ya destaca en el cielo su brillo punzante. Suena el toque de oración que me llega lánguido desde el campanario de la torre.
La costumbre de concentrarse en la plaza para formalizar los contratos verbales de trabajo se remonta en España al siglo XIV. En el año 1351 en un Ordenamiento de la ciudad de Madrid se establecía la Plaza Mayor como lugar de contratación ya que la movilidad de la mano de obra representaba un peligro para artesanos establecidos y autoridades. Era una forma de facilitar el contrato y de controlarlos por parte de la administración. Se regulaban así ciertos oficios gremiales.
La plaza de Ahillones, como lugar de contratación de jornaleros, se estable primero en las cuatro esquinas, en la calle del Cristo, donde tenía el bar Arturo y hoy es discoteca. Después, detrás de la iglesia, en el que fue bar de Laureano y hoy es casa y autoservicio de José González.
En el tiempo al que me refiero ahora, desde los años cincuenta hasta comienzos de la etapa democrática, la contratación verbal en la plaza queda circunscrita fundamentalmente a los jornaleros agrícolas y de estos a los que no son contratados por parentesco, amistad o conocimiento de años anteriores, que no tienen necesidad de acudir a la plaza.
El uso de la plaza como lugar de encuentro cobra especial relevancia en las épocas en que las faenas agrícolas demandan mano de obra más numerosa: verdeo, aceituna del aceite, escarda, siembra y recolección de cereales, arranque de garbanzos…
Fuera de estos tiempos la plaza registra poca actividad de contratación, pero los braceros siguen acudiendo allí. Es lo único que hay y acaso puede caer algún trabajo ocasional. Los inviernos y otoños lluviosos son temporadas en que escasea el trabajo y aumentan las penurias de los que dependen exclusivamente de sus brazos. Por estos años, sesenta y setenta, poco trabajo se oferta por los Ayuntamientos y otras instituciones públicas. No existe el empleo comunitario tal como lo conocimos después ni los subsidios por desempleo.
Antes del amanecer van llegando los braceros en traje de faena. El humo del cigarro y el frío de la mañana envuelven la zozobra y la desesperanza del que poco tiene y lo que necesita depende de la voluntad de los demás. Acuden al mercado del trabajo cada mañana a ofrecer su destreza y la fuerza de sus brazos al olivo y la besana. La oferta y la demanda pura y dura. Necesito a tres y escojo a los que considero más idóneos. Nada que objetar. ¡Buenos días! Una copa de aguardiente y el café. La mañana está fresquita, el aire se fue arriba. A ver, para el tiempo que estamos…es lo que se espera…
Latiguillos y tópicos que enmascaran la ansiedad de todos, después el escepticismo de otros y al final la humillación de unos pocos.
La mirada de reojo hacia la puerta cuando entra alguien. Todos saben quienes pueden venir a contratar y cuando entra uno de ellos las voces de la conversación se aminoran y se aguza el oído. El contratante busca con la mirada, bien a su hombre de confianza, que le servirá de enlace o directamente se dirige a los que quiere que vayan con él a trabajar.
Si se llega a formar la cuadrilla el pacto con el patrón se sella con la invitación a una copa de aguardiente.
Ultimado el contrato verbal cada uno se dirige a su casa para echar la merienda y después dirigirse al lugar concertado para ir al tajo. El bar se va quedando casi solo. Algunos no van con nadie porque nadie los buscó. Beben quizá otra copa de aguardiente o quizás algunas más para echarle un poco de valor cuando lleguen a casa sin poder llevar el jornal que tanta falta hace. Así un día y otro día. Tal vez con la aceituna les den algunos jornales en las casas grandes. Mientras tanto no tienen valor de mirar a los ojos al tabernero al que probablemente deben algo ni a los de los que se encuentran por la calle de regreso de la plaza ni a sus hijos que, ignorantes aún de la crueldad de la vida, se les abrazan gozosos cuando los ven llegar.
Mañana volverán a subir o bajar los jornaleros a la plaza con su traje de faena, su cigarro y su esperanza envueltos en el frío gris de la mañana. Las mujeres esperarán a sus maridos mientras se afanan en el trajín de cada día. Por la forma de entrar saben si ha habido suerte. Se mirarán un instante y sin palabras habrá habido una pregunta y una respuesta.
La Iglesia marca el ritmo vital del pueblo. El silencio y la tristeza entran en las casas vestidas de violáceos tonos con dieta de potaje y bacalao. El incienso se hace cañón de vidrieras en los oficios de jueves y viernes santo. Filas de contritos pecadores llenan el pasillo de la nave central para recibir la comunión masiva del cumplimiento pascual cantando “Perdona a tu pueblo, Señor”.
Después del morado abstinente, el blanco deslumbra la mañana del domingo. La Pascua es el triunfo de la vida y de la luz. Explosión de colores y aromas. La primavera impúdica muestra exultante su eclosión y desecha los mantos violetas que cubren sus encantos de adolescente. Del ayuno y la abstinencia a la carne, al pestiño y al gañote, a la gula y la lujuria. De la matraca al repique alegre del bronce, en un salto milagroso de la muerte a la vida.
A los niños nos regalan bollas y rosquillas, aros blancos con médula de hilo. El pan se enrosca, con un huevo cocido incrustado en lo alto, en forma de serpiente mordiéndose la cola. Alegoría del demonio vencido.
El domingo de Pascua, agua bendita en la puerta de la iglesia para asperjarla por todos los rincones de la casa y, en mágico sortilegio, espantar de allí cualquier rastro de Lucifer.
El lunes, en bestias, carros y tractores, a comer, beber y disfrutar a la ribera del río. Pura bacanal de los sentidos. Trigales, cebadas, margaritas, amapolas, hinojos cantuesos, romeros y tomillos. Cálidos ojos brillantes del primer amor que buscan el engarce cómplice en otros de mirada esquiva. Sonrosada tez de guapa moza, pañuelo anudado al cuello al aura tibia de abril. Bella, esbelta, suelto el cabello, fino talle, zalamero andar. Azules ojos con destellos de tropical aguamarina. Sinuoso y bello cuerpo. Por veredas y caminos floridos me lleva Eros tras su estela de vestal.
Ángeles era una mujer humilde, de expresión triste y mirada llorosa desde sus ojos marcados por profundas ojeras, siempre vestida de oscuro y con un pañuelo cubriéndole la cabeza. Acompañaba a los entierros con una mesa cubierta de tela negra para que los que portaban al difunto a su última morada pudiesen descansar cuando el sacerdote rezaba en los responsos y asperjaba el féretro con agua bendita. Tras esto volvía a cargar con la mesa hasta la próxima parada.
Pasó de puntillas por la vida, sin molestar, quizás con miedo, solventando sus necesidades básicas con esfuerzo, imaginación y alguna ayuda ajena. Ella, como otras muchas mujeres, vivió una época difícil, de muchas privaciones para los que poco tenían.
Estas mujeres cuando llegaba el tiempo de la recolección de cereales en plena canícula, la de garbanzos con la luna de agosto o la de la aceituna en mitad del invierno no se arredraban ante la dureza de la labor y, si las contrataban, allí iban, cobrando, como era normal en esos tiempos, menos que los hombres. Eran sus únicos ingresos en el año.
Se sentaban por las tardes en los zaguanes de sus casas, tras la puerta entornada a coser y zurcir la ropa. Al anochecer se acercaban a la tienda de comestibles con un plato metálico bañado de porcelana descascarillada a comprar dos trozos de bonito que vendían de una lata grande, rogándole al comerciante que les echara una cucharada más de aceite sobre el pescado para mojar en él. Era su cena.
El domingo de Resurrección se celebra en el pueblo con la gente de punta en blanco, o sea, con los trajes y vestidos de fiestas de guardar. Comienza el día con la procesión de los “Encuentros”, donde la virgen, que sale de la iglesia parroquial, se encuentra en la calle del Cristo con su hijo que baja de la ermita del mismo nombre.
Los alabarderos se colocaban entre los dos pasos y cruzaban entre sí las espadas y alabardas hasta que se producía la máxima proximidad posible y entonces los costaleros inclinaban las imágenes simulando el abrazo de la madre y el hijo. Actualmente no existen los alabarderos.
El domingo es día de estar en el pueblo comiendo y bebiendo por los bares. El lunes al campo, a la jira. Antes se llevaban las rosquillas y la bolla con el huevo cocido incrustado en ella. Ahora a comer y beber desmesuradamente. Es una pena que se perdiera la costumbre de ir todos a la ribera de la Corbacha para este fin y se hayan diseminado los grupos por naves y cortijos con lo que la jira se ha convertido en un día de campo más, actividad que puede hacerse cualquier día del año.
Cuando los graznidos de los grajos rayan el final de la tarde y sus cuerpos negros asaetan la torre, D. Manuel pasea y repasa las cuentas del rosario dentro de la balaustrada encadenada de la iglesia. Suenan los últimos toques de las campanas anunciando el comienzo de la misa y por las bocacalles estrechas afluyen a la plaza los fieles presurosos y rezagados.
Tardes frías de cristales helados que arañan ceñidos las paredes del Pasquín y encorchan los rostros de los paseantes, formando siluetas encorvadas que se tapan con las manos las rendijas que dejan los abrigos.
Tardes de domingo, de Pelicanas en su casa de la plaza de Cervantes, con palmeras y barquitos y una mesita camilla coronada con dos gatos negros que mueven sus rabos complacidos por las caricias de sus dueñas.
Las chicas de las Angelinas se cruzan con nosotros una y otra vez mientras alguna mirada esquiva o algún guiño cómplice nos alegra la tarde desabrida.
Manoli y Regina en la tienda de la Granja san Benito de la calle Santiago ponen límites de galletas a los sabores cuadrados de turrón y chocolate.
Rosario en la misma calle, más abajo y enfrente, con su puesto de chucherías se resguarda detrás de una puerta grande y vetusta cuando el frío aprieta.
Unos papelillos semiclandestinos de un Domingo de Piñata quedan, pisoteados y olvidados, sobre el suelo mojado de la calle de Las Armas. Mientras, los dulceros han anotado en la pizarra el último gol del Atlético de Bilbao y los huesos de santo reposan en el escaparate.
Siluetas ambulantes recortadas por el tibio sol de la tarde se proyectan largas y en continuo movimiento este-oeste sobre las losetas de la plaza.
Miradas bovinas atraviesan lánguidas los cristales oscuros del reservado dela Casineta.
Leonardo vocifera al viento una queja lastimosa y airada con gestos desgarbados.
El bar Vitaminas y los partidos televisados de los domingos ante un café caliente, reconfortan la tarde tras la ventana acristalada.
Al anochecer, en un rincón de la calle Carolina Coronado, en las Medias, suenan las notas almibaradas del Hey Jude de los Beatles, guateques que dejan su poso de recuerdos placenteros para el resto de la semana.
Unos vinos al regreso que nos sirve Manolo en el Gato Negro completan una tarde fría de paseos de ida y vuelta por las calles del centro.
Las sombras han borrado las siluetas del suelo de la plaza, pero quedan paseantes que aguantan impasibles el primer asomo del recencio.
En riadas melancólicas y tristes los internos desembocamos en la calle Concepción.