Cartas violadas.

 

 

 

 

 

En el Seminario la correspondencia estaba intervenida. Los alumnos escribíamos las cartas y las entregábamos abiertas. Cuando nos escribían de fuera nos las daban abiertas también.

Bajaba el prefecto al recreo de la tarde con las cartas en las manos, generalmente cruzadas detrás. Intentábamos mirar de quiénes eran, pero sólo lográbamos ver algunas veces  la que estaba en la parte exterior y enseguida buscábamos al destinatario para darle la noticia. Los que esperábamos correspondencia merodeábamos alrededor del superior  a que las repartiera, cosa que hacía con una parsimonia desesperante.

Especial cuidado había que tener con las cartas que se salían  del estricto círculo familiar. Las analizaban con lupa. Había que  valerse de algún medio, como las visitas que esporádicamente recibíamos, para evitar la inspección. Así que el artículo 13 del entonces  vigente Fuero de los Españoles que garantizaba la inviolabilidad de la correspondencia no regía intramuros.

Del Seminario, en la cañada de Sancha Brava,  sólo salíamos en formación de terna y con sotana, beca  y birrete. Si se necesitaba algo de lo que no se dispusiese en el pequeño comercio de comunidad se le encargaba a Manolo el recadero, un señor que iba todos los días al centro de Badajoz para este menester.

Recuerdos de Badajoz.

El primer año de carrera, allá por septiembre del 69, me hospedé en la Residencia Fátima. Estaba detrás de la antigua  central lechera, con cuyo ronroneo nos dormíamos todas las noches,  cerca del viejo campo del Vivero. Por una calleja se accedía  a la carretera de Portugal, que estaba a unos cien metros. Esta Residencia  estaba regentada por una congregación  religiosa llamada “Cruzados de Santa María o “Milicias de Santa María” fundada por el P. Morales y dirigida durante mucho tiempo por Abelardo de Armas. Era una congregación de laicos y tenía su sede principal en la provincia de Badajoz en el colegio Santa Ana de Almendralejo, donde estaba Laureano Yubero como director.

Por Fátima pasaron como capellanes don Santiago Moreno Porqueras, el padre Barthe, holandés, y don Julio Fernández Nieva.

Preparaba entonces don Julio su tesis doctoral y nos producía  admiración a nosotros, principiantes en la carrera y más dados a deambular por Badajoz que al estudio, el tiempo  que pasaba en su cuarto con la única compañía del tabaco.

A la Escuela Normal íbamos andando la mayoría de los días, salvo lluvia intensa en que cogíamos el autobús. Pasábamos por el bar Azcona, famoso por los chipirones en su tinta y enfilábamos el puente Nuevo hasta la avenida de santa Marina cruce con Colón, frente a las Josefinas.

Los días que no había clase solíamos pasarlo en  lugares  cercanos. El bar La Toja,  regentado por un gallego, era uno de los sitios más habituales para nuestras libaciones . Una noche que boxeaba Urtain decidimos ir a ver el combate por televisión a una tasca que había bajando por la izquierda del Pipos, sala de fiestas con luces insinuantes que nosotros mirábamos con morbo y con la imaginación a tope y  que por nuestro presupuesto y timidez esquivábamos. En el barrio abundaban los contrabandistas de café. Cuando llegamos los tres compañeros a las diez de la noche en pleno invierno y con unas gabardinas blancas cruzadas, que estaban de moda por entonces, a lo Colombo, la sorpresa y la  desconfianza de los asiduos fue mayúscula. Pensaban  que éramos de la policía. Se produjo un penetrante y denso silencio con miradas cómplices entre ellos hasta que transcurrió una media hora y sentados con una botella de vino blanco por delante, el ambiente fue haciéndose más distendido, previa aclaración de nuestra procedencia e intenciones.

El teatro Mari Paqui.

 

 

 

El teatro Mari Paqui se instaló en la Plazuela.  Pepe  se llamaba el  empleado  que  organizaba el montaje de toda la infraestructura: sillas, escenario, telones… Le faltaba un ojo. Los que éramos niños entonces, principios de los sesenta, andábamos detrás de él porque si le ayudábamos en algo nos regalaba entradas. También se las regalaba a los vecinos que le prestaban alguna silla o algún cuadro para las representaciones.  Había una función infantil y otra para mayores.”El crimen de D. Benito”, con la desafortunada Inés María como protagonista, era una de las obras que traían en su repertorio y que más gustó al respetable. Los actores que componían el plantel de aquel teatro ambulante eran  bastante buenos.  Como aún no había televisión, el recinto se llenaba  todas las noches. Quedó en el recuerdo una canción, que era como su carta de presentación: “Mari Paqui, el teatro de las grandes simpatías…” Aún perdura su recuerdo entre quienes lo conocimos.

Finales de agosto.

 

 

Al final de agosto amarillea el sol en su puesta,   y su luz, que se hacía de oro en los montones de grano,  se va  gateando por los tejados y las tapias. El ejido ya no tiene el ajetreo laborioso que tuvo cuando las eras lo ocupaban. Los agricultores lanzaban a la marea  gallega las palas  de cereal para  su limpia, mientras los niños jugábamos al esconder entre los haces

Los rastrojos quedan ahora desdentados, ralos, casi a  la altura parda de la encía grieteada. Las cosechadoras y empacadoras aprovechan  al máximo el corte.  Poco queda para el  agostadero y los rebaños de ovejas van de un sitio a otro levantando nubes de polvo a su paso  por  este erial en que se han convertido los campos. La tórtola africana que rasgaba el aire con su raudo y sinuoso  vuelo ya no sestea en el encinar y en la alameda. Casi ha desaparecido de estos lares.   Están tristes los campos en este epílogo veraniego. Las hojas de la encina y el olivo pardean polvorientas y  mustias.  Las escasas pozas que aguantaban el estío son este  año  bocas resecas y angustiosas a la espera del agua de otoño.

 

 

Tópicos del tiempo.

 

Los días son  ya más cortos
y por las noches  refresca.
Ya se sabe que en agosto,
frío en rostro
Pero no creas, que otros años
duró hasta octubre el calor,
y  septiembre  seca fuentes
o se lleva muchos  puentes.
¡El tiempo se ha vuelto loco!
Pero  no se lo come el lobo.
Cuentan los viejos que un año
no llovió hasta navidad.
 En enero, qué  pelonas
cuando crujen las pisadas
camino del olivar.
No son malas las invierno
que  enraízan a las plantas,
las malas son las tardías
cuando grana el cereal
y los brotes están tiernos.
Mucha agua va siendo ya,
que aquí los años lluviosos
nunca dan buenas senaras.
En invierno todo es noche
y las nieblas de la Pura
bastan para  la humedad
que las siembras necesitan.
Lo malo son los  solanos
que llegan en primavera
y arrebatan las espigas
cuando el campo ya está en flor.
El solano, agua en la mano
pero no en verano.
Aquí en verano,  el gallego
que  refresca y no reseca.
Ni buen prao ni buen centeno
si no llueve por febrero.
Yerbera  el agua en marzo
y en abril,  las aguas mil,
pero cien años viví
y uno bueno conocí.
Estas lluvias de san Juan
quitan vino y no dan pan.
Poco me gusta esa nube,
que donde le dé en caer…
Dios nos libre del granizo
como están las sementeras.
Parece que hay revolá
y el aire se fue hacia abajo.
Esa no  puede fallar:
mañana tierra mojá.

Mi cartera.

En mi cartera de cuero

transportaba la pizarra

y el trapito de borrar,

un lapicero con goma

y lápices de colores

con un cuaderno de rayas

 para hacer la letra clara

de la muestra principal.

La enciclopedia de Álvarez,

restos de tardes de sol

y algunos días de lluvia,

el recuerdo del maestro

y de muchos compañeros.

Hoy me la he vuelto a encontrar

en un rincón del doblado

con el broche de cerrar

y  dos hebillas al lado.

 

Anécdotas de la escuela.

En la convivencia diaria de la escuela  surgen anécdotas y situaciones  curiosas derivadas de la espontaneidad y viveza propias  de la edad escolar.

Refiero a continuación tres  de las que me han sucedido en mis años de docencia.

Estábamos tratando sobre locuciones relacionadas con la  manera de decir la hora que hacían referencia a expresiones coloquiales como y cuarto, menos cuarto,  las ochos pasadas, y pico…

Más o menos todos sabían el significado de frases como por ejemplo son las siete y cuarto, traduciendo su significado a los  minutos que pasaban o faltaban de la hora señalada, pero al llegarle el turno a una niña de sexto de Primaria, inteligente y trabajadora, y tener que explicar qué entendía ella cuando decimos que  “es la una y pico”,  con total naturalidad manifestó que era la una y era hora de comer algo, de picar algo,  para apaciguar el hambre que se produce a esas horas.

Tenía yo por costumbre, para  aliviar la  pesadez y el cansancio después de las actividades de las materias fundamentales, organizar un turno de preguntas con adivinanzas y trabalenguas. Lo hacíamos en corro de tal manera que el que acertaba la respuesta subía de lugar, hecho que les producía gran motivación y también nerviosismo. A un alumno que no era de estas tierras, sino aragonés, muy trabajador y ávido lector, le inquirí rápidamente que me dijera de qué color era el caballo blanco de Santiago. Se quedó pensativo y extrañado y me dice” ¿Qué Santiago es ese?”. El consiguiente jolgorio de los que,  por repetida, sabían la respuesta. Uno de ellos, con elevado tono de voz le respondió: “¡Del que sale en las procesiones!”

La tercera anécdota sucedió con un alumno que necesitaba ayuda extra para su aprendizaje y lo sacaba yo del grupo para que recibiera una enseñanza más individualizada. Le planteé un problema cuya redacción era: “En un banquete hay 200 personas sentadas y 100 de pie, ¿cuántas personas hay en total?”. Le dejé un tiempo prudencial para que razonase y me diese la respuesta. Pasaba el tiempo y de vez en cuando me miraba fijamente con los ojos muy abiertos. Le volví a plantear la pregunta leyéndosela despacio y haciendo hincapié en los datos. Pero él seguía mirándome  de hito en hito sin pestañear. Ya cuando le urgí a que me dijera qué era lo que no entendía del enunciado me espetó: “Pero D. Juan Francisco, ¿cómo va a haber  en un banquete 200 personas  sentadas  si lo más que cabe en un banquete es uno?”. Pensaba  yo después qué pasaría por la cabeza del  alumno cuando me miraba tan fijamente. Seguro que pensaría: “Este hombre ha perdido la cabeza”.

Pizarra y pizarrín.

 

 

 

Los pupitres de la escuela  fueron durante años bipersonales y para delimitar la parte que nos correspondía a cada uno, si las relaciones  se deterioraban por algunas de las múltiples disputas de la infancia,  trazábamos con el lápiz o con una tiza una raya que lo dividía en dos partes iguales. Cuando uno de los dos convecinos  invadía la parte contraria le daba un codazo, con el consiguiente estropicio  de borrones de tinta en la libreta porque  escribíamos con plumillas que mojábamos en tinteros de porcelana  que se metían  en los agujeros que tenían los pupitres. Para hacer las cuentas teníamos la pizarra y el pizarrín blanco y redondo,  así no gastábamos libretas.  Para borrar uníamos un trapo con una cuerda a un extremo de la pizarra y  un salivazo sobre ésta. Si el trapo se había perdido, se borraba con el antebrazo y éste se frotaba después  contra el pantalón para que no se notara lo blanco en el jersey.

 

Al fresco.

(Fotografía de José Jurado)

Una  cálida noche  de verano

el grillo pespuntea  su negra pena

y luce esplendorosa luna llena

derramada de plata sobre el grano.

Llega el canto monótono y lejano

de ranas que entre junco y agua suena.

En los chopos el viento se serena

a esperar el rojizo sol temprano.

Al fresco de la calle los vecinos

un momento de paz han encontrado

tras los pasos de inhóspitos  caminos.

Merecido, legítimo y honrado

el descanso después de los hocinos

bajo el cielo tan alto y estrellado.

Camino de Santiago.

En las noches de verano contemplábamos el camino de Santiago, esa ancha franja  de leche estrellada, y creía  yo que carros de cristales transparentes y barrocas formas, tirados por constelaciones de caballos, transitaban cada noche por él.

Decían que si contábamos estrellas nos saldrían espundias en la piel. Pero yo las contaba y las unía con imaginarios hilos formando  caprichosas figuras.

A veces una línea rápida y fugaz sorprendía  nuestra mirada absorta con  una rúbrica blanca en la cóncava negrura. “Una estrella se ha corrido, una vieja se ha dormido”.

Refrescaba y otra vez la imaginación infantil buscaba mágica explicación al relente: los brillos de las estrellas  eran trocitos de hielo que  se deshacían  según se acercaba la mañana y enviaban  soplos frescos a través de las  ramas invisibles de un sauce gigante y luminoso, bajando como los cohetes  en las noches de  fiesta.

Bien entrada la madrugada, la esfera,  en lento giro, había cambiado las posiciones de las constelaciones, como si alguien desde fuera intentase abrirla por la mitad. El amanecer llegaba cuando la invisible y gigante mano lo conseguía y el sol se colaba por la rendija  abierta del oriente.