Aquellas mañanas de invierno.

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El carbón de encina en el anafre enrojece a golpe de soplillo.

Mi madre prepara el café migado con  tostadas

y sobre ellas,  la nata, en el tazón de  porcelana.

Con los ojos aún hinchados de dormir,

el aseo en la palangana al lado del brasero.

En los tejados el humo de las chimeneas…

Con cartera de cuero,  pizarra y pizarrín  me voy a la escuela

por los caminos que bordean el arroyo entre carámbanos y helada.

El sol, débil, dorado y oblicuo todavía, levanta la bruma  en la cañada…

Los pupitres con tinteros…

El olor a goma de borrar…

El maestro pronunciando los dictados…

Aún perduran, abrigados de ternura

los recuerdos…tan lejanos.

Puerto de Guadalcanal.

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Mi primer año de estancia en Guadalcanal subía por las tardes después de las clases al puerto que llaman de Llerena y desde allí contemplaba las llanuras de la Campiña. Un lugar privilegiado desde donde se divisan paisajes maravillosos.

Algunos sábados iba,   por una querencia irresistible,  desde Ahillones, después de haberme ido el día anterior,  a la entonces famosa discoteca que regentaba Curro y que reunía a muchas personas de los pueblos de alrededor.  Dos veces pasaba por el puerto, ida y vuelta. Temeraria, alocada y añorada edad.

No temía las noches de niebla  ni de lluvia que en otoño y en invierno son frecuentes. En la pequeña barra de la discoteca me  acodaba por ver si ligaba  a algunas de las bellas que por allí  siempre había. Mi  timidez, disfrazada de conversación, me ponía vallas y la mayoría de las veces volvía a pasar el puerto de regreso solo con mis pensamientos. Abundaban las palabras más que los roces de mejillas, muy a mi pesar. Como compensación disfrutaba de un ambiente muy  agradable. ¡Qué se le iba a hacer!

Allí  traté a personas de variada índole y condición.  A Felipe  Uceda, maguillento y casado en Guadalcanal, siempre un señor, me lo encontré alguna que otra vez tomando una copa en el rincón de la izquierda, según se entraba.

También traté  con José, el carpintero, recientemente fallecido. Al verlo en algunas fotografías del homenaje que le hicieron antes de su muerte me costó trabajo reconocerlo.

Aún conservo en mi retina aquel enmoquetado rojo y en mi memoria auditiva unas sevillanas que ponían por entonces: “Viva mi Andalucía, viva mi pueblo…”

 

Sevilla

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Fotografía de Jesús Sánchez González (Zu Sánchez)

Yo, que escuchaba al Pali en el bar “El Túnel” citando amores  en la puerta correo e invitando a comer bacalao en “Las Lumbreras”, tengo un recuerdo de Sevilla indeleblemente unido al azahar y a la luz.

El Túnel era un bar  pequeño y cutre muy frecuentado por soldados con guerrera y tabardo en tardes  y fines de semana de paseo.

Nos cogía de paso en nuestra ruta liberadora desde la avenida de la Borbolla hasta el centro, por el parque de María Luisa,  el hotel  Alfonso XIII y el Cristina.

Ramón, viejo jugador bético  y sevillista, pero de corazón sólo verdiblanco, de Triana, antiguo chófer de Belmonte, era mi amigo,  por serlo de mi padre y trabajar con un señor de Ahillones, y mi guía por los vericuetos esenciales y profundos de la Sevilla que él tan bien conocía.

Me enseñó las figuras que forman los rollitos de la plaza Nueva, bebimos vino en la “Bodeguita Sancho”, donde yo te conocí”,  en la  “Romero”,  cuando estaba detrás de Sierpes y  en  el bar  “Mestre”, entre otros lugares.

Una tarde lluviosa de feria de Abril del año 74, fuimos a comer a  Calvillo, en Sierpes, cerca de Los Corales.  Bajamos directamente a la cocina del restaurante.  Allí  nos honró la generosidad de sus amistades.

Nos  despedimos en las cercanías de la Maestranza, donde aquella tarde toreaban Curro y  Paco Camino.  

Olía a  romero y a azahar  y en los árboles de María Luisa piaban bulliciosos los pajarillos.

Ausencia

IMG_0095Cuando murió la  echamos de menos  en sus cosas.

Presentíamos  sus pasos como sombras de algodón en zapatillas por la casa.

 A bocanadas de añoranza el silencio dejaba entre nosotros la estela de su voz.  

Quedó la forma de su cuerpo en  los vestidos, colgados en las perchas del ropero.

El sillón, donde pasaba tantas horas detrás de la ventana, conservaba los límites de su figura.

Siguió la marcha el tiempo  en el reloj, ya sin los latidos de su pulso.

Las sonrisas de otros días  quedan en las fotos para siempre retenidas.

Se posó en sus pertenencias, huérfanas de su calor, la muerte. 

Al frío de enero maullaba  lastimoso el gato tras la puerta cerrada del corral.

El vacío lo llenó todo de un gris monótono y lluvioso,

espesa estela de recuerdo conmovido.

Matanzas caseras

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(Carta en el periódico HOY 29/12/2013)

Las milicias ciudadanas han tomado los caminos que rodean el pueblo para alejar de sus contornos  la grasa, el azúcar y la sal. No hay hora de la mañana o de la tarde en las  que no se vean   entusiastas centinelas de la salud con paso firme y dispuesto disuadiendo a estos declarados enemigos para que se abstengan de penetrar en el recinto amurallado de la buena alimentación.

Tal es su disposición que costumbres enraizadas como las matanzas caseras han descendido de forma considerable. No ha mucho,  en estas mañanas de invierno, con los tejados blancos de la helada y el humo saliendo por las chimeneas se oían los agudos gruñidos del sacrificio matancero.  Ya son contadas  las familias  que conservan esta tradición que surtía despensas y alacenas.

El plato de aceitunas con pan ha sido proscrito y culpado  de los más abominables problemas de hipertensión y colesterol.

¿Dónde fueron aquellos desayunos a la vera de la candela con manteca “colorá”?

¿Y aquellas cenas con las presas conservadas en manteca?

¿Y los cocidos con tocino fresco y costillas adobadas?

 ¡Ay, análisis, no dudo del bien que hacéis y de que nos alargáis  la vida, pero qué precio más alto estamos pagando!

Cartas de puño y letra.

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 (Carta en el periódico HOY 19/12/2013)

Ya no se escriben esas cartas. Los teclados y el lenguaje abreviado, casi criptográfico para los no iniciados,  han sustituido al papel y la pluma. El telegrama, que  por economía nos obligaba a la utilización de  enclíticos y a condensar pensamientos, es el digno ancestro de los nuevos mensajes digitales.

La caligrafía se ha convertido en una reliquia, pero a mí  me gustan las cartas escritas de puño y letra, esas que contienen sentimientos  trabados en las colinas y los valles de los trazos. Da igual que los renglones salgan torcidos, lo  que importa es que sean propios de quienes los escriben. Al recibir una carta imaginas las circunstancias en que  te la han escrito. Yo, en mi época de internado,  pensaba en mis padres, sentados al brasero  en las horas tranquilas del anochecido, tras el trajinar diario. Una carta escrita a mano  es un retrato del ánimo en un momento concreto que termina siempre con un abrazo firmado.

Cuando pasa el tiempo y vuelves a releer sus líneas  en las cuartillas ya pajizas,  notas aún los  latidos del corazón azul de la tinta. La misma sensación que te produce  una flor seca  guardada entre las hojas de un libro.  

¡Felices fiestas!

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Portal de Belén,

junto a la rivera

donde lavanderas

lavan  en el agua

con la luna clara

de papel de plata.

Los pastores velan

junto a la candela

de fuego escarlata.

¡Quimeras de niños

en busca de magro

y mocos de fragua

para el portalito!

Con esta letrilla

de recuerdos hecha

quiero para todos

muy felices fiestas.

 

Recuerdos de Guadalcanal (II)

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 En esta casa de los dos balcones fue donde viví un año. Teníamos de vecino al bar del Chato, donde tomaba de vez en cuando  algunas copas con unos peces que tenía por temporada.

Algunas  tardes, Baldomero (maestro que procedía de Azuaga) y yo, con un grupo de alumnos, íbamos después de las clases de la tarde a jugar al fútbol al coso. El 23 de febrero de 1981  después del partido me acerqué a comprar al supermercado Escote  y le oí preguntar al  hijo de la dueña, que estaba en la caja,  qué era un golpe de estado. Yo, ajeno a todo lo que estaba pasando, pensé que sería una pregunta de algún tema del colegio. Al llegar a la casa donde vivía, que estaba enfrente del supermercado y que ese año habíamos   arrendado Antonio, un maestro de Córdoba, y yo,  puse la  radio y sintonicé RNE que emitía  música militar. Entonces empecé a comprender el motivo de la pregunta del niño.

Bajé al bar Nuevo, de Antonio Osorio. Los clientes que había  estaban  en silencio viendo la televisión. Pregunté que qué pasaba. Noté cierto miedo y nadie se explayó en explicaciones,  así que me uní al grupo de espectadores y pude ir hilvanando los hechos. Intenté llamar a casa por teléfono, pero no había línea. 

Cambiando de tema, hay tres sucesos que me sobrecogieron durante mi estancia en Guadalcanal. Cuatro muertes. Una se produjo en la puerta misma de la escuela. Un hombre que arreglaba la rueda de un camión murió por el impacto que le produjo al salir ésta despedida.

Otra tragedia fue la muerte   de una pareja de novios, encontrados sin vida  una mañana en el campo dentro de un coche.  No sé cómo sucedieron los hechos o si los supe alguna vez los he olvidado. Todo lo que se comentaba entonces eran suposiciones y conjeturas. Ignoro también si hubo voluntariedad  en los dos fallecidos o si la chica fue asesinada y el novio posteriormente se suicidó…

Una muerte más cercana y más dolorosa para mí fue la de Josefa María Núñez,  alumna de sexto curso, de trato afable y algo tímida.  Muchas personas  de Guadalcanal se  desplazaron  a Sevilla para donar sangre durante su enfermedad,  pero nada se pudo hacer. Recuerdo hasta el lugar en que se sentaba en  clase. Lo sentí como la pérdida de un familiar.

Hoy ha tocado tristeza. En otra ocasión será alegría.

Recuerdos de Guadalcanal (I).

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Esta fotografía la he cogido de la página web del Ayuntamiento de Guadalcanal.

A mediodía íbamos al casino Nuevo Circulo a tomar las copas.  Antonio Osorio   regentaba  por entonces los servicios de bar y repostería. Del orden y protocolo se encargaba con probada eficacia don Juan Ceballos que tenía su oficina en un rincón del salón, justo enfrente después de  franquear  la puerta de entrada, desde donde iba dando complacidas salutaciones de bienvenida a los clientes.

No siendo yo amigo de asociaciones  cerradas y selectivas, acudía allí, sin embargo, por no apartarme de los compañeros a hora de tan placentero y reconstituyente asueto. Casi todas las personas con las traté en esta institución  eran de trato afable y urbana discreción.  Algún remilgado de abrigo austriaco y sombrero tirolés, más enhiesto por reverencias ajenas que por méritos propios, se dejaba ver por allí esporádicamente. En aquellas dependencias conocí a Casto,  el cartero, a mi paisano Antonio Serna, a Ángel, el médico, a Emilio el practicante y a mucha  gente más.  Después, cuando Antonio Osorio dejó de ser repostero, sustituido por Eduardo, excelente persona y gran profesional también,  alternábamos este lugar con el bar Nuevo, por no abandonar a quien tan bien nos trató y nos siguió tratando después. El grupo lo formábamos habitualmente Pepe, nuestro director, Ramón, Pedro, Alfonso, Paco, Juan y yo.

No era raro el día que, de recogida ya,  tomábamos la espuela en la Puntilla Ramón, Pedro,  Enrique, el farmacéutico y yo. Todos residíamos en la calle san Sebastián. Alfonso, que también compartía fonda en casa del Nene, estaba ennoviando por estas fechas y faltaba a veces a estas libaciones por razones obvias.

En ciertas ocasiones  se unía al grupo Antonio Martín , el cura, que llegaba con su teja y sus manteos, infatigable en sus labores musicales. Un año nos invitó a probar unas presas a la matanza que había hecho su madre, que vivía con él. Antonio  era del Real de la Jara donde yo tenía un pariente político. Por eso y por sus funciones en el colegio, entablamos  relación amistosa. Tal,  que un año la banda de música, que estaba en sus inicios y  que él creó fue a instancias mías  a Ahillones, mi pueblo, a adornar y ensalzar una semana cultural. Una arroba de vino de la bodega de mi cuñado le traje como agradecimiento, correspondiendo así el ayuntamiento  a su desinteresada colaboración.

Por la noche yo solía ir al Cebollino, donde me encontraba al decano de los compañeros, don Andrés Mirón, padre del extraordinario poeta del mismo nombre,  que por cercanía a su domicilio tomaba allí sus chatos de vino. Lo recuerdo en invierno  en el extremo de la barra  con su abrigo largo y su cigarro.  El bar de esta sociedad recreativa lo regentaba Pepe Baños, personaje curioso y entrañable. Por carnavales se disfrazaba  solitariamente y visitaba los sitios que le parecía oportuno. Lo recuerdo un año en la escuela de retratista antiguo  con la máquina fotográfica y  su  trípode a cuestas. 

Las castañas.

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Como todos los años,

llegaron las castañas

con el  corazón color trigueño.

Germinaron en el vientre del erizo

y traen del monte fresco

la rubia  arruga

hecha  apetitoso fruto.

El asador raja sus  pechos

para darle al fuego,

abiertas en canal,  su ardiente entraña. 

Esparcen fragancias en el aire de noviembre,

calientan nuestras manos

en  cucuruchos de papel de estraza

y ya en la boca

abren en  ramilletes de sabores

las esencias del otoño.