Espera

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(Mujer en la ventana de Jozef Israëls)

De la humilde casa donde habita

tiene en la pared  por cabecera

la talla de una virgen de madera

y un vaso con aceite y lamparilla.

Vacilante llama en la penumbra

que bate el aire de tristezas  amarillas.

La madre espera, suspirando anhelos,

el regreso del hijo   a su consuelo.

Está lejos, allá en tierra extranjera,

pan y sudor bajo otro cielo.

La vida  pasa en el pueblo detrás de su ventana

como cine ajeno  de siluetas

que van a sus afanes.

Lento discurrir de horas  calladas:

sombra y luz en monótona  alternancia

y un rosario de cuentas desgastadas.

De vez en cuando mira,

ojos de  acerado brillo,

la  foto del hijo sobre el anaquel del alma.

 

Reencuentro en el Seminario.

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Cuarenta y siete años son muchos para reconocer a una persona a la que no ves desde entonces. La tienes delante y sabes que debe ser uno de los  niños que un veintitrés de enero de 1963 se incorporó contigo al seminario y compartió juegos, estudios, alegrías y tristezas, pero el tiempo ha modificado   la  imagen  que guardabas  de cada uno de ellos y es difícil dar un salto tan extenso sin caer en el error.  Una tarjeta identificadora en el pecho (qué buena idea) o la pronunciación de un  nombre abren las compuertas y originan la avalancha de recuerdos retenidos, pero cuesta unir los extremos  del ayer y del presente en un instante.

Este diecisiete de mayo volvimos a pisar el mismo suelo y subir las mismas escaleras, como hicimos tantas veces cuando bullían por todos sus rincones cientos de seminaristas. Hoy es un conjunto de edificios excelentemente  reparados y conservados, pero casi vacíos de  internos aspirantes al sacerdocio.  

Recorrimos las clases, el comedor, la capilla, el patio de recreo, los dormitorios, donde a solas y en silencio nos acordábamos de nuestras casas en aquellas  noches bajo el manto de las estrellas que don Joaquín Obando nos evocaba a través de la megafonía con fondo de música gregoriana…

Por estas estancias fuimos dejando la piel de niño y adentrándonos en el proceloso mundo de la adolescencia entre confiados y devotos rezos, partidos de fútbol las mañanas  de los domingos,  olor a la flor de los naranjos, nieblas del Guadiana y humedad resbalando por el mármol de aquellos largos pasillos.

El silencio y la palabra  se turnaban al compás de los toques de  campana del patio de las columnas, recogida  hoy la cadena y  sin la mano de Francisco Franco que la blandiera. Aquí quedaron flotando  las vivencias de  una etapa de nuestras vidas que hoy  nos ha salido al encuentro para unirse  a la memoria de  estos maduros y curtidos cuerpos, mediada ya sobradamente la travesía de la vida.

José María Cerqueira, personificación de la bonhomía, ha sido el artífice y alma de este reencuentro que nos ha ayudado a conectar las dos orillas del mar donde cada uno, en particular periplo,  siguió un rumbo y un destino y en el que unos pocos naufragaron tempranamente.

Nos trajo José María en sus palabras petición ajena de perdón y mucho sentimiento. Si hubo algo que perdonar, perdonado queda porque el perdón humaniza a quien lo pide y ennoblece  a quien lo otorga.

Cuando mediada la tarde nos despedíamos me pareció escuchar por los altavoces que dan al patio de tierra   “En un mercado persa” entre el bullicio infantil de los juegos.

Gracias a todos los que habéis colaborado para que este día  nos trajera tantos recuerdos y removiera tantas sensaciones, aunque ya los de antes no seamos los mismos, como escribió  Pablo Neruda. 

Inocencia de niño.

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Se despluman las alas de los ángeles

sobre campos de jara.

Lento descenso a tierra

de las quimeras de niño.

Incienso, vidriera y rezos

las tardes de  los oficios.  

Abril.

Azucenas y lirios.

Siete puñales clavados

en el corazón de madre

 y una corona de espinas

en la cabeza del hijo.

¡Oh,  los predicadores!

Y el silencio.

La luz del sol tras las nubes

era  corona de Dios.

Fantasías infantiles,

inocentes pecados de la infancia

en el confesionario oscuro.

¿Dónde quedó el paraíso?

Vana rebeldía.

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Ya andaba con dificultad y arrastraba los pies. Un día,  con las pocas fuerzas que quedaban en sus brazos, golpeó el suelo con el bastón y exclamó: “¡Con lo que yo he andado!”.

Había desengaño en esta frase,

decepción,  un envite y un reproche

al  tiempo, por cobranza del derroche,

tal si fuera enemigo que  vengase

 

una antigua afrenta no saldada,

servida con crueldad  en plato frío,

cuando  ya el vigor del bravo río

el delta de  la  muerte vislumbraba.

 

Y vi  en ti, Antonio, aquella tarde

un desplante de vana rebeldía,

una añoranza de la edad perdida.

Al poco de esta acción dejé de verte,

arribadas  las aguas de tu vida 

al mar inevitable  de la muerte.

La fuente del Horno.

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Todavía  se acercan algunos a la fuente  con sus coches a llenar vasijas  de plástico; no 

se fían del agua del pantano y continúan bebiendo ésta que no está clorada y que  sigue

fluyendo continuamente  de su caño dorado y roto.

La fuente del Horno, al lado de la carretera de Llerena y a los pies del cerro del mismo nombre, junto con la denominada del  Lugar y el  pozo del Bañito,  han surtido al vecindario  de Ahillones de agua potable cuando no existía red de abastecimiento público. El pozo del Bañito está  en el cerro cerca de la cruz de la Mota. De éste último tenía la llave de la tapadera del brocal, tía Isabel, conocida como la de las escuelas. Por el  suministro del agua de este pozo se pagaba una pequeña cantidad.

Para el acarreo se utilizaban  asnos, pertrechados con aguaderas o serones. Pernoctaban en las cuadras. Muchas casas disponían de ellas. Hoy están prácticamente desaparecidas. El macho era menos frecuente para estos  menesteres  ya que, si no estaba capado, presentaba armas de momento cuando veía a una hembra. El  escándalo era mayúsculo, con sonoros relinchos de celo y  descomposición de atalajes, compostura  y carga.

Los  tres caminos principales que llegaban a la fuente del Horno partían de las traseras de la calle Nueva, de la esquina del Ejido y de la parte delantera del huerto Blanco, y  confluían, una vez pasado el cerro,  en uno único que  llegaba al manantial.

Como  había que esperar a que tocara el turno para llenar, el lugar se convertía en sitio  de conversación y cotilleo. Se repasaban, con gracejo y pimienta,  los acontecimientos más novedosos del acontecer vecinal.

Tío José,  tío Miguel y Manolito, hijo de éste último, se dedicaron a traer agua al pueblo ,cobrando por ello. Esto fue en los últimos tiempos, antes del agua corriente.  Para los no iniciados aclaro que el título de “tío” que antepongo a algunos nombres es señal en mi pueblo del respeto que inspira la edad madura.

Como casos dignos de mención, por su esfuerzo y habilidad, hay que citar a las mujeres  que portaban dos cántaros y un botijo sin más ayuda que su cuerpo. Uno de los cántaros en la cabeza con una rosquilla que le servía de soporte y amortiguador, otro en el cuadril y el botijo en la mano contraria.

Como dice el refrán: …tanto va el cántaro a la fuente…Y se rompían, claro, con gran quebranto y disgusto de aquellos a los que les sucedía.

Los muchachos, que lo que nos gustaba era poner a la burra a “tos cuatro pies” , cuando  nos encontrábamos con un amigo en el ejido  camino de la fuente, nos echábamos carreras para ver quién llegaba antes. No era extraño que en estas competiciones  el viaje de regreso se precipitara con los restos del naufragio y sin agua.

Solo en casa.

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El viento en remolinos

ha juntado a la vuelta de la esquina

restos de papeles y hojas secas.

Refresca y amenaza lluvia.

Es hora de cerrar todas  las puertas. 

La noche  llega oculta tras las   sombras.

Ni el albergue ni la leña suplen las  ausencias.

El   aullido  de un perro abandonado

lima triste y lastimoso,

los barrotes de las rejas.

Se extingue la candela lentamente,

en púrpuras llamas  vacilantes.

El viento afila su pecho sonoro

en los salientes

y se aleja.

Después suena

el libar  rumoroso de la lluvia en los  panales de la tierra.

El agua de  canales

chapotea tumultuosa.

El barco de la soledad se echa a la mar oscura de la noche.

Amigo Juan.

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Amigo Juan:

Ya has emprendido el viaje por el camino sin límites y  sin retorno.  Habrás cruzado la frontera donde la luz abandona a los viajeros y los deja solos, sin equipaje, frente al más allá o frente al olvido.  No sé, pero tu recuerdo queda entre nosotros mientras vivamos los que te hemos conocido.

Los lugares que ocupó tu cuerpo  se han llenado de  ausencias y  nos evocan, cuando los miramos, los momentos agradables que compartimos. Esos tiempos  con el reloj parado intercambiando confidencias delante de un vaso de vino.

En la dimensión  azul de los espíritus,  cerca de un luminoso  ventanal, te imagino.

Muy lejos, el  puntito azul de la tierra.

No quiero que llegue, pero cuando irremediablemente sea, allí  seguiremos  la charla que la muerte ha interrumpido, porque  “tarde no es y prisa no hay”.

Por tangos.

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Toma la tercera espuela

invitando  a  las quimeras

en la macilenta luz 

de  una lóbrega taberna.

Mientras sostiene la copa,

un remoto tango llega

mecido en aires de aromas

de la feraz primavera.

Evoca  el canto el desgarro 

en clave de fracaso amargo.

La puerta abierta a la noche

enseña un manto de estrellas.

El acordeón desgrana

notas de melancolía

que  reviven añoranzas.

Va la estela  de su cuerpo,

el cuerpo siempre soñado,

componiendo melodías

con los luceros del cielo.

Vana ilusión de regreso,  

cuando ya nada es lo mismo.

¡Otra copa, tabernero¡

La buena educación.

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(Carta en el periódico HOY 12-02- 02014)

Cuando yo estudiaba en el Seminario cursábamos una asignatura que se llamaba Normas de Urbanidad.  La clase nos la impartía a los Gramáticos (los más pequeños) don José Mendiano, sacerdote natural de Entrín Bajo, del que guardo un grato recuerdo y que actualmente está de misionero en Argentina.

En esas clases de urbanidad se enseñaba a no molestar  a los demás cuando duermen o trabajan,  cómo sentarse y  comportarse en la mesa a la hora de las comidas, el modo de tratar a las personas mayores,  ceder el paso y la preferencia en las aceras,  dar las gracias siempre, pedir disculpas… No creo que la enseñanza de  este tipo de normas, aceptadas universalmente,  sea rechazada por los grupos  políticos que  quieren imponer doctrina e ideología en los currículos cuando gobiernan. Todavía en nuestros pueblos extremeños hay  personas que practican estos buenos usos y costumbres que son cada vez menos frecuentes. Son  pequeños detalles de buenos modales y de buena educación, que cuestan muy poco trabajo, ennoblecen a quienes los practican y hacen la vida más agradable a los demás.

Noche de invierno.

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Con la postura del cuatro

entre algodones  y lana

busco acomodo y abrigo

en el calor de la cama.

Hilandera de recuerdos,

la duermevela devana

en esta noche de invierno

cuentos a la luz del fuego,

antiguos juegos de niño

las noches de la plazuela…

…seminconsciencia difusa

en el sopor placentero…

Rumor de panal lluvioso,

de canales y aguaceros

en la  calle  solitaria…

El reloj marca su ritmo

en el reloj de la sala.