Nubes pasajeras.

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Pasan  dispersas las nubes  delante de la luna. Me contaban de niño que venían del mar a regar los campos y a surtir fuentes  y veneros. Vaciaban y regresaban después   cargadas con sus aguaderas grises. Por las sierras de Fuente del Arco, justo por la ruta del  Pencón, llegaban las más copiosas.  Recostado esta noche  en la pared color marfil, que la luna presta y las nubes pasajeras  quitan, las sigo hasta que se pierden en lo más oscuro del cielo. Deben ser pajes o escuderas que abren paso a las portadoras de lluvia. Desde una hoja  salta  la rana al agua y la luna se quiebra en temblores de plata sobre el fondo oscuro de la alberca. Por un momento se oscurece todo, después el cielo queda limpio con la luna en lo más alto  y  clarean como arterias de alpaca  los caminos  que serpean en los olivos. Lejanas, diviso las luces del pueblo… 

¡Qué bien se está mientras pasa el tiempo de puntillas sin que el reloj  trocee su marcha con las tijeras del tictac!

Retratistas

Con Guaditoca-crop

 Mi hermana y yo con Guaditoca en la feria de Ahillones

El retratista  llegaba al pueblo  con el trípode,  la cámara de fuelle y la cubita colgada en un lateral para lavar y aclarar las fotos. En la feria se ponía frente a la fachada del ayuntamiento y allí colocaba un tapiz de fondo con grabados de exóticos lugares. Acudían los padres con sus hijos lavados y repeinados y  los novios de acaramelada expresión para hacerse la instantánea, que no era tal, pues los preparativos y acabados llevaban su tiempo. Disponía también el profesional  de un peine para dar los últimos retoques al cabello por si era menester a causa del viento o  a que algún roce lo hubiese desordenado. Después de colocar a los clientes en el sitio adecuado,  empezaba a maniobrar en la máquina, mano por aquí, mirada al interior   por allá,  y cuando todo estaba listo metía la cabeza  debajo de un trapo negro para accionar el mecanismo que perpetuara por los años de los años el instante supremo. El fotografiado tenía que recomponer posición y sonrisa, pues dado el tiempo transcurrido desde que lo ubicó allí el artista la expresión   se le había mustiado como una flor en un vaso vacío. Los niños salíamos  casi todos con cara de expectación y asombro, buscando el pajarito que surgiría en cualquier momento de la mano mágica del retratista.

Entonces hacerse una  foto tenía su ceremonial  y sus poses. Los niños el día de su primera comunión con sus libritos de nácar,  sus rosarios y sus trajes de marinero. Todo ello después de muchos retoques, de mirarse en el espejo y de que el fotógrafo te cogiese varias veces por la barbilla para rectificar la posición.

Ahora vas a cualquier celebración y cuando te das cuenta estás rodeado de cámaras digitales y móviles que disparan a discreción en todas direcciones.  Al instante te suben a las redes sociales donde tus parientes y amigos  en cualquier lugar del mundo se enterarán de tus andanzas festeras. Y qué decir del “selfie”, ese enroque  de la cámara y el fotógrafo, que  convierte a éste en desertor de su puesto de centinela, dejando al objetivo de la máquina al albur de la buena puntería del brazo extendido…

Amor y contrato.

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El amor entre  Margarita Gautier y Armando Duval  en La Dama de las Camelias, entre Yuri Andréyevich Zhivago y Lara en  Doctor Zhivago, entre  Calixto y Melibea en La Celestina, entre Oliver y Jenny en Love story …Los amores adolescentes, recíprocamente sentidos, los que dibujan lunas en el agua de la fuente de  arrayán y enredadera,  el verdadero por incontaminado y desprendido…

Ante el cura o el juez  se refrendan y declaran esos  sentimientos, pero ya no es lo mismo. Porque  eso es un  contrato y los contratos son negocios entre partes, que se otorgan y reciben ante ministros y  testigos. ¿Cómo se pueden mezclar los sentimientos con un negocio mercantil?

Cuando el amor es puro y se rompe, queda tristeza, vacío, ansiedad y noches en vela. Cuando se rompe el contrato hay más: se reparten los trastos, la casa familiar, la  pensión compensatoria y el régimen de visitas a los hijos.

En eso queda la promesa ante el altar lleno de flores con  los compases de Meldelson o ante la Constitución. El  amor, el verdadero, se hace eterno en el recuerdo, en el suspiro que añora.  El amor no necesita ceremonias, ni firmas  en sacristías,  ayuntamientos  y juzgados.  Vuela libre y se recrea cada momento. No se rompe si alguna vez se acaba. Se llora o se lamenta, o simplemente se posa suavemente en el recuerdo. El contrato mercantiliza el amor,  lo ata, lo encierra en una jaula y  a veces los arrullos de palomas se convierten en zarpas de león enfurecido, aunque haya amores refrendados ante oficiantes, eclesiásticos o civiles,   que duren toda  vida.

Permanencia.

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Como la adolescencia es tan viva

parece que la vida es siempre nueva.

¡El resplandor  azul de aquellos ojos

entre el verde frescor de las espigas!

 

Su corazón de par en par abierto,

sin límites de afecto y de cariño,

puro, como la nieve en la cumbre

y la mirada limpia de los niños.

 

Ya no tiene la luz el mismo brillo

ni el aura tibia  de las alamedas 

mueve igual las  hojas en la tarde,

 

pero  siguen conmigo, como entonces,

detenidos en el tiempo su  belleza

y el  mar de sus ojos insondables. 

 

Reinventarse

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Como si naciera  de nuevo en  cada instante

quiero  estar siempre empezando,

volver al principio de todos los procesos,

a la  inocencia de  la nieve  no pisada.

Sentir  el placer  del primer beso,

salir con el sol de  cada día

y recorrer con la  brisa  las mañanas nuevas.

Volver al manantial origen de la  fuente,

a la primera mirada enamorada,

al suspiro del deseo adolescente.

Regresar a la raíz

de todos los impulsos,

a la ilusión desnuda,

al brillo  de los ojos asombrados

del niño descubriendo los misterios.

Y al mismo tiempo envejecer,

sin ataduras, como resbala la arena en el cristal.

Ser siempre yo mismo, consecuente y libre,

firme,  la cara  contra el viento. 

La señora Carmen.

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Comentaba la señora Carmen mientras  cosía a la luz de una  farola de la avenida de santa Marina que entraba en haz hasta  el salón de su casa, la  pena que debía darles  a los ricos morirse.

Su marido  había sido guardia  de asalto  y ahorró de su exigua pensión en la última parte de su vida para que  cuando falleciera le pusieran una esquela en el periódico HOY donde constase la profesión que había tenido y de la que siempre se sintió orgulloso y quizás algo lastimado por la falta de reconocimiento a sus servicios.  Así lo hicieron su madre y sus dos hijos cumpliendo su última voluntad.

La señora Carmen  vivía  con su hija Luisa en los Grupos de José Antonio y, dados los exiguos ingresos mensuales que percibían, albergaban a estudiantes para poder sobrevivir.

Coincidimos allí  un curso mi cuñado Antonio,  Pelayo, estudiante de peritaje,  que era de Oliva de la Frontera y  Fermín Ayuso, que casualmente había vivido en Llerena porque su padre, oficial de la Guardia Civil, estuvo allí destinado. Recuerdo lo bien que cantaba el tango de Carlos Gardel “Noche de Reyes”. Pelayo tenía la costumbre de tomarse un café cargado para quedarse a estudiar por la noche. El efecto era contrario a sus intenciones, pues no acababa de  abrir el libro cuando empezaba a bostezar y acto seguido se iba a la cama.

La relación nuestra con la señora Carmen y con su hija Luisa era entrañable porque no sólo comíamos y dormíamos en su casa, sino que  echábamos muchos ratos de charla.

Prudentemente la señora Carmen no hablaba  mal de nadie, pero yo aprendí a sacar más conclusiones de lo que callaba  que de sus palabras. Curtida en la vida por privaciones y desengaños bajaba la voz cuando  consideraba que algún tema de conversación pudiese llegar a oídos extraños que, si no a la vista, pudieran esconderse detrás de las paredes. El miedo de tiempos pasados  todavía perduraba. Un anochecido, en vísperas de las vacaciones de Navidad, levantó la cabeza de la costura y mirándonos por encima de las gafas nos dijo: “¡Qué pagazas habrá mañana por ahí!”. 

Siempre que paso por esta zona, donde está también la antigua escuela de magisterio, miro al balcón que da a Santa Marina y, a pesar de los años transcurridos desde entonces,  me acuerdo de ella, recién lavada la cara a la caída de la tarde, con el pelo estirado hacía atrás y el moño recogido con horquillas, cosiendo a la luz de la farola de la calle.

Oquedades

llorar

(Pintura de Bruno Amadio)

Una tristeza de límites  difusos

ha posado sus manos

en las frágiles alas del pasado,

mariposa herida, ya sin vuelo,

que deja lastimoso desconsuelo

en la sombras ausentes de los cuerpos.

La  huella  de la herida en la memoria

reblandece la piel del sentimiento

y  afloran, silenciosas, las  lágrimas,

pétalos de rosas sobre el suelo.

Memoria macerada en la añoranza

que deja  posos agridulces

en el fondo de la tarde.

El  amor, evocado siempre, acude

al  efluvio nostálgico  del vino.

Señales  en la piel de los afectos,

que al  volver a tocar,

producen sarpullidos

de emociones no acabadas.

La  ausencia de personas

sobre el anaquel  de los recuerdos

en el tiempo amarillo de las fotos.

Palabras que no dije

cuando alguien  esperaba mi consuelo,

abrazos que no di

perdidos para siempre

a mitad de camino

entre  la timidez y el deseo.

Acordándome de esto

he llorado como niño perdido

de la  cálida mano de su madre,

una noche de feria

en el bullicio  de la calle.

 

 

Siega y trilla antaño.

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“En la siega” de José Llul

Segadores, con sombreros de paja y pañuelos abiertos en la nuca, segaban las mieses con la hoz a pleno sol canicular.

En  el abarco de una mano,  las gavillas con las que formaban  haces  que subían a los carros de varas  con horquillas. Le llamaban saca a estas faenas.

Por caminos de baches  y resecas huellas invernales llegaban a las eras y extendían los haces en parvas. Los deshacían dando vueltas con las bestias. Después  el trillo en rutinarios giros separaba el  grano de la  espiga. Para  quebrar la cadencia del sopor entonaban cantes de trilla entre arreos  a la caballería. A lo lejos reverberaba  la calima.

Bieldos y palas al aire gallego, la marea de media tarde, para apartar el grano de la paja. La cebada, la avena y el trigo, con cuartilla,  a los costales y  de allí  al doblado y los graneros a golpe de  espaldas riñones y rodillas. La paja,  tupida  en  carros con varas y redes, a  las puertas de las casas para entrarla en los pajares con mantas y sábanas uncidas.

Camino de Berlanga.

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Para compartir sentimientos o al menos roces y caricias en la edad, que unos llaman pubertad y otros pavera y que, pletóricas las glándulas,  tienden a desbordarse de los límites del cuerpo, muchos varones salían del término  geográfico del pueblo y  se desplazaban a Berlanga.

Escaseaban por aquellos años sesenta coches y motos, y en tal caso, para dar de sí al exiguo peculio,  el medio más económico era “el coche de san Fernando, un rato a pie y otro andando”.

Unos pocos afortunados disponían de bicicleta dotada con faro de dinamo o de linterna, sujeta en el manillar con cuerdas o  alambres. Para que los pantalones no se  trabaran  o mancharan con la grasa de la cadena se los  sujetaban con unas presillas de chapa a la altura de los tobillos.

Por  la entonces poco transitada carretera, en poco más de media hora, se plantaban en su destino, que era el baile que “La Chocha” organizaba los domingos en el salón del bar Nuevo. Sentado detrás de la puerta en su carrito de inválido controlaba con muleta y boca de arriero furioso  a los posibles intrusos que querían colarse  sin pagar.

Julio el de Alvarito era el alma de aquel grupo musical que a ritmo de saxofón animaba las querencias de los bailantes. Inolvidables boleros con la carita pegada.

Fui algunas veces, siempre en grupo, y el recuerdo más vivo  que tengo es el del camino. El cerro Gordo casi mediaba la ruta era la referencia, una vez traspasado,  de cercanía. Al poco divisábamos  las primeras luces de las afueras, en un sentido o en otro. La luna, el ladrido de los perros… A la ida con la ilusión y a la vuelta contando cada uno cómo había transcurrido la noche. Algunas mentirijillas  exageraban la posible aventura, que de eso, cazadores y conquistadores de féminas mercedes, siempre han usado  con  discrecional fantasía.

Mis manos.

manos abiertas

La vida es  una gota  de lluvia

que irremediablemente  resbala

hacia  el junquillo del cristal.

Cercano  ya el final del recorrido,

¿qué queda entre mis manos

de aquellos puños rosas de algodón

trazando garabatos en la escuela?

Fueron mi primer amarre a la vida

en el puerto seguro de mis padres,

las de las presas de arena

en los regatos de la calle,

las que buscaban lagartijas

en el  sol de las roquedas,

las de mimos  y caricias.

Sellaron tratos de palabra honrada,

alisaron cabellos

y consolaron llantos.

También hirieron

y demandan  perdón.

¿Qué fue de tantos soles

y tantas sementeras,

de las  ubérrimas cosechas,

de la besana y los graneros?

¿Qué queda de su tacto en tu cintura,

de la pasión del sexo adolescente,

de las  andanzas por tu piel desnuda,

lomas y  valles placenteros,

senos de amor, goce y  ternura?

Sólo quedan durezas

donde  antes hubo  espigas.

Un capital  entre  los dedos

se fue por sus rendijas

dilapidando riquezas  y afectos.

Al ofertorio final, nada llevo,

cáliz vacío de viejos sarmientos.

Está dispuesto el cuerpo  a la partida,

mis manos van conmigo.

Por ellas pasó, cual agua entre tejas,

todo lo vivido.