Retratistas
Mi hermana y yo con Guaditoca en la feria de Ahillones
El retratista llegaba al pueblo con el trípode, la cámara de fuelle y la cubita colgada en un lateral para lavar y aclarar las fotos. En la feria se ponía frente a la fachada del ayuntamiento y allí colocaba un tapiz de fondo con grabados de exóticos lugares. Acudían los padres con sus hijos lavados y repeinados y los novios de acaramelada expresión para hacerse la instantánea, que no era tal, pues los preparativos y acabados llevaban su tiempo. Disponía también el profesional de un peine para dar los últimos retoques al cabello por si era menester a causa del viento o a que algún roce lo hubiese desordenado. Después de colocar a los clientes en el sitio adecuado, empezaba a maniobrar en la máquina, mano por aquí, mirada al interior por allá, y cuando todo estaba listo metía la cabeza debajo de un trapo negro para accionar el mecanismo que perpetuara por los años de los años el instante supremo. El fotografiado tenía que recomponer posición y sonrisa, pues dado el tiempo transcurrido desde que lo ubicó allí el artista la expresión se le había mustiado como una flor en un vaso vacío. Los niños salíamos casi todos con cara de expectación y asombro, buscando el pajarito que surgiría en cualquier momento de la mano mágica del retratista.
Entonces hacerse una foto tenía su ceremonial y sus poses. Los niños el día de su primera comunión con sus libritos de nácar, sus rosarios y sus trajes de marinero. Todo ello después de muchos retoques, de mirarse en el espejo y de que el fotógrafo te cogiese varias veces por la barbilla para rectificar la posición.
Ahora vas a cualquier celebración y cuando te das cuenta estás rodeado de cámaras digitales y móviles que disparan a discreción en todas direcciones. Al instante te suben a las redes sociales donde tus parientes y amigos en cualquier lugar del mundo se enterarán de tus andanzas festeras. Y qué decir del “selfie”, ese enroque de la cámara y el fotógrafo, que convierte a éste en desertor de su puesto de centinela, dejando al objetivo de la máquina al albur de la buena puntería del brazo extendido…
Amor y contrato.
El amor entre Margarita Gautier y Armando Duval en La Dama de las Camelias, entre Yuri Andréyevich Zhivago y Lara en Doctor Zhivago, entre Calixto y Melibea en La Celestina, entre Oliver y Jenny en Love story …Los amores adolescentes, recíprocamente sentidos, los que dibujan lunas en el agua de la fuente de arrayán y enredadera, el verdadero por incontaminado y desprendido…
Ante el cura o el juez se refrendan y declaran esos sentimientos, pero ya no es lo mismo. Porque eso es un contrato y los contratos son negocios entre partes, que se otorgan y reciben ante ministros y testigos. ¿Cómo se pueden mezclar los sentimientos con un negocio mercantil?
Cuando el amor es puro y se rompe, queda tristeza, vacío, ansiedad y noches en vela. Cuando se rompe el contrato hay más: se reparten los trastos, la casa familiar, la pensión compensatoria y el régimen de visitas a los hijos.
En eso queda la promesa ante el altar lleno de flores con los compases de Meldelson o ante la Constitución. El amor, el verdadero, se hace eterno en el recuerdo, en el suspiro que añora. El amor no necesita ceremonias, ni firmas en sacristías, ayuntamientos y juzgados. Vuela libre y se recrea cada momento. No se rompe si alguna vez se acaba. Se llora o se lamenta, o simplemente se posa suavemente en el recuerdo. El contrato mercantiliza el amor, lo ata, lo encierra en una jaula y a veces los arrullos de palomas se convierten en zarpas de león enfurecido, aunque haya amores refrendados ante oficiantes, eclesiásticos o civiles, que duren toda vida.
Permanencia.
Como la adolescencia es tan viva
parece que la vida es siempre nueva.
¡El resplandor azul de aquellos ojos
entre el verde frescor de las espigas!
Su corazón de par en par abierto,
sin límites de afecto y de cariño,
puro, como la nieve en la cumbre
y la mirada limpia de los niños.
Ya no tiene la luz el mismo brillo
ni el aura tibia de las alamedas
mueve igual las hojas en la tarde,
pero siguen conmigo, como entonces,
detenidos en el tiempo su belleza
y el mar de sus ojos insondables.
Reinventarse
Como si naciera de nuevo en cada instante
quiero estar siempre empezando,
volver al principio de todos los procesos,
a la inocencia de la nieve no pisada.
Sentir el placer del primer beso,
salir con el sol de cada día
y recorrer con la brisa las mañanas nuevas.
Volver al manantial origen de la fuente,
a la primera mirada enamorada,
al suspiro del deseo adolescente.
Regresar a la raíz
de todos los impulsos,
a la ilusión desnuda,
al brillo de los ojos asombrados
del niño descubriendo los misterios.
Y al mismo tiempo envejecer,
sin ataduras, como resbala la arena en el cristal.
Ser siempre yo mismo, consecuente y libre,
firme, la cara contra el viento.
La señora Carmen.
Comentaba la señora Carmen mientras cosía a la luz de una farola de la avenida de santa Marina que entraba en haz hasta el salón de su casa, la pena que debía darles a los ricos morirse.
Su marido había sido guardia de asalto y ahorró de su exigua pensión en la última parte de su vida para que cuando falleciera le pusieran una esquela en el periódico HOY donde constase la profesión que había tenido y de la que siempre se sintió orgulloso y quizás algo lastimado por la falta de reconocimiento a sus servicios. Así lo hicieron su madre y sus dos hijos cumpliendo su última voluntad.
La señora Carmen vivía con su hija Luisa en los Grupos de José Antonio y, dados los exiguos ingresos mensuales que percibían, albergaban a estudiantes para poder sobrevivir.
Coincidimos allí un curso mi cuñado Antonio, Pelayo, estudiante de peritaje, que era de Oliva de la Frontera y Fermín Ayuso, que casualmente había vivido en Llerena porque su padre, oficial de la Guardia Civil, estuvo allí destinado. Recuerdo lo bien que cantaba el tango de Carlos Gardel “Noche de Reyes”. Pelayo tenía la costumbre de tomarse un café cargado para quedarse a estudiar por la noche. El efecto era contrario a sus intenciones, pues no acababa de abrir el libro cuando empezaba a bostezar y acto seguido se iba a la cama.
La relación nuestra con la señora Carmen y con su hija Luisa era entrañable porque no sólo comíamos y dormíamos en su casa, sino que echábamos muchos ratos de charla.
Prudentemente la señora Carmen no hablaba mal de nadie, pero yo aprendí a sacar más conclusiones de lo que callaba que de sus palabras. Curtida en la vida por privaciones y desengaños bajaba la voz cuando consideraba que algún tema de conversación pudiese llegar a oídos extraños que, si no a la vista, pudieran esconderse detrás de las paredes. El miedo de tiempos pasados todavía perduraba. Un anochecido, en vísperas de las vacaciones de Navidad, levantó la cabeza de la costura y mirándonos por encima de las gafas nos dijo: “¡Qué pagazas habrá mañana por ahí!”.
Siempre que paso por esta zona, donde está también la antigua escuela de magisterio, miro al balcón que da a Santa Marina y, a pesar de los años transcurridos desde entonces, me acuerdo de ella, recién lavada la cara a la caída de la tarde, con el pelo estirado hacía atrás y el moño recogido con horquillas, cosiendo a la luz de la farola de la calle.
Oquedades
(Pintura de Bruno Amadio)
Una tristeza de límites difusos
ha posado sus manos
en las frágiles alas del pasado,
mariposa herida, ya sin vuelo,
que deja lastimoso desconsuelo
en la sombras ausentes de los cuerpos.
La huella de la herida en la memoria
reblandece la piel del sentimiento
y afloran, silenciosas, las lágrimas,
pétalos de rosas sobre el suelo.
Memoria macerada en la añoranza
que deja posos agridulces
en el fondo de la tarde.
El amor, evocado siempre, acude
al efluvio nostálgico del vino.
Señales en la piel de los afectos,
que al volver a tocar,
producen sarpullidos
de emociones no acabadas.
La ausencia de personas
sobre el anaquel de los recuerdos
en el tiempo amarillo de las fotos.
Palabras que no dije
cuando alguien esperaba mi consuelo,
abrazos que no di
perdidos para siempre
a mitad de camino
entre la timidez y el deseo.
Acordándome de esto
he llorado como niño perdido
de la cálida mano de su madre,
una noche de feria
en el bullicio de la calle.
Siega y trilla antaño.










