“La siega: la recolección”, obra realizada en 1895 de Gonzalo de Bilbao, pintor impresionista sevillano.
Circos.
“Han venido los húngaros, hermana, /osos de tardo andar, monos ladinos/lleva la miserable caravana…” escribió el poeta extremeño Enrique Díaz Canedo.
Gente errante que espantaba el hambre con trompeta, escalera y cabra. Sus domicilios, los caminos, su posada en el pueblo la pared de un huerto en las afueras a cobijo de los aires del norte. Una lona sujeta con cuerdas y palos los protegía del recencio de la noche y de la lluvia. Su patria, el viento y las estrellas. Acudían, como Melquiades y los suyos, cada año a buscarse el pan con sus cabriolas y sus artes.
Fueron los primeros artistas ambulantes que recuerdo, sin más equipaje que sus cuerpos y algunos animales amaestrados.
Después empezaron a venir otros mejor provistos de intendencia. Montaban el circo en la Plazuela, pero sus pertenencias principales no iban mucho más allá de un vetusto carromato o un destartalado camión, un madero para colocar las bombillas y unos tablones que servían de escenario.
La función se desarrollaba por la noche al aire libre si el tiempo ponía algo de su parte. Los espectadores llevaban de sus casas las sillas y se sentaban alrededor formando círculo. El que no, a pie firme. Al final de la función pasaban gorra, pandereta o bandeja. La voluntad del respetable, movida casi siempre por la pena, dejaba las monedas que creía conveniente.
Para completar ingresos hacían una rifa mediado el espectáculo. Una botella de anís o una muñeca solía ser el premio. A los pocos días desmontaban la modesta instalación y desaparecían en busca de otros destinos pasajeros, según soplaran los vientos del hambre. Decían por aquí que los años en que acudían varios grupos eran señal de escaseces y penurias.
Con el tiempo empezaron a llegar otros circos mejor dotados de medios materiales. Disponían de cerramientos de lonas o plásticos, tablones y tubos para montar los asientos del gallinero y sillas de tijeras que, bordeando la pista, constituían los asientos de preferencia.
Las atracciones más frecuentes solían ser las que hacían con los animales, las de los contorsionistas, niñas casi púberes que arqueaban sus cuerpos con flexiones increíbles, los trapecistas, aquel salto mortal acompañado de redobles de caja y final estridente de platillos. Se sentaban en una silla sobre la maroma y se dejaban caer hacia atrás quedando prendidos de los pies cabeza abajo, los malabaristas…Y cómo no, los payasos que gustaban a niños y mayores. Chaqueta de retales de colores, bombín y nariz redonda y colorada vestía el que hacía de tonto, que después era el más listo,
Los que andaban descalzos sobre cristales de botellas rotas o por las brasas del fuego…
Quedó en la memoria y referencia por la dureza aquel hombre al que, tendido entre dos sillas, le partían con un mazo pilón de fragua una piedra sobre su pecho desnudo.
Verdaderos y dignos artistas forjados en la necesidad que hicieron nuestras delicias y avivaron nuestra fantasía.
“Mi espíritu lleváis en compañía:/vuestras faces morenas le son tratas, / ama vuestra tenaz melancolía/vuestras noches, que alumbran las fogatas”
Pregoneros
Los ayuntamientos utilizan actualmente una aplicación informática, llamada bando móvil, por la que los vecinos son informados a través de sus teléfonos de las noticias que van surgiendo en el gobierno municipal.
Hubo un tiempo en el que la voz de los pregoneros era el medio más eficaz para dar a conocer a la vecindad los asuntos que le concernían.
El pregonero de mi pueblo era una persona de ocupaciones varias y escasos estipendios con los que cubría escasamente las necesidades básicas de su numerosa familia. Su profesión principal era la de zapatero. Disponía para estos menesteres de los avíos imprescindibles con los que reparar el calzado y echar medias suelas y tacones: chavetas, tenazas, leznas, puntas, tachuelas, cerote e hilo. Su otra ocupación era la de sacristán, que le proporcionó apodo a él y a su descendencia. El Ayuntamiento además lo requería esporádicamente para difundir pregones por las esquinas cuando la noticia era importante y urgía su conocimiento para la convivencia vecinal y el buen gobierno del municipio, como el uso del muladar, estercoleros del ejido, escombreras, ubicación de las eras, arrendamientos de la dehesa boyal o la llegada del cobrador de las contribuciones.
Como la lectura no era hábito extendido entre la población por falta de uso o desidia, los regidores no se fiaban de que el comunicado expuesto en el tablón de anuncios llegara a todos los interesados ni de la correcta interpretación que del mismo pudiera hacerse, pues se sabe que de la letra impresa a las entendederas hay caminos tortuosos, así que le daban un cuarto al pregonero y lanzaban al aire sus reconvenciones, proclamas y avisos. El toque de una trompetilla era el prolegómeno que captaba la atención del vecindario: “De orden del señor alcalde se hace saber…”
Los muchachos lo seguíamos de parada en parada, más atentos al rito que al contenido del mensaje.
Era suficiente con que se enterasen unos cuantos vecinos en cada calle. El boca a boca extendía la novedad por todo el pueblo. Algunas mujeres interrumpían sus quehaceres y salían a la puerta con el delantal recogido al oír el aviso metálico de la trompetilla. En las tiendas se propagaba la información como fuego en rastrojo. La mayoría de los hombres, ocupados en las tareas el campo, eran informados cuando llegaban al anochecido a sus casas.
Al pregonero-sacristán y zapatero lo sustituyó el latero, que, como su antecesor, completaba los escasos ingresos de su oficio principal con los que ocasionalmente le generaba prestar su voz al viento, cascada de tabaco y aguardiente. Recorría con su anafe de brasas las calles para reparar canalones, jarras, palanganas, cacerolas, regaderas,… que arreglaba en la misma casa del cliente si el daño era leve o se llevaba a casa los objetos en ristras sobre el hombro si el deterioro era mayor. Con un soldador con mango de madera calentado en el anafe y un poco de estaño restañaba las picaduras. Remataba la reparación con martillo, trapo y estropajo para dar finura y lustre a su labor.
Los quintos.
Publicado en el periódico HOY, sección Raíces.
Pertenecer a la misma quinta creaba, por las vivencias compartidas, lazos de afecto y complicidad entre sus miembros, que eran más intensos y estrechos si el servicio militar se hacía en el mismo cuartel o en la misma ciudad.
Un hombre mayor puede que no recuerde la fecha de su nacimiento, pero lo que no olvida es el año en el que entró en quinta. Es la referencia para saber su edad y la manera de averiguar la de sus conocidos: Ese es una quinta mayor que yo o dos quintas más pequeño. Eran entonces veintiuno los años con los que se reclutaba a los mozos. En el mes de marzo se realizaba el marqueo. El salón del ayuntamiento se llenaba de amigos y familiares. El funcionario encargado nombraba a los jóvenes y estos subían al estrado. Se les preguntaba si tenían algo que alegar que les eximiera de la obligación de incorporarse a filas. El tallador les sujetaba la barbilla para que la cabeza quedara en posición erguida, horizontal a la tabla que marcaba la estatura y los instruía sobre la forma de colocar los pies, juntos y pegados al medidor. En voz alta pronunciaba la talla de cada uno. Después pasaban a una sala contigua donde eran pesados y reconocidos por el médico.
Archivo de Rafael Solaz
Terminado el acto, los mozos desbordados de jarana y bullanga, con los números de la talla escritos con tiza en las espaldas, recorrían las calles del pueblo, bien provistos del fruto de la vid y haciendo extravagancias que todos comprendían y justificaban como cosas de los quintos. Visitaban las casas de cada uno de ellos donde eran agasajados y los que estaban novios o andaban queriendo enamorar enderezaban porte y repartían miradas por si la mocita estuviera en la puerta o detrás de la ventana observando. Les esperaba después dar cuenta de una caldereta que algún amigo o familiar se había prestado gustosamente a prepararles. No era la única comida en grupo que acarreaba tan señalada festividad, pues en semanas y meses precedentes siempre se buscaba fecha para compartir alguna por tal motivo.
Recuerdo cuando yo era pequeño los cantos de los quintos en la madrugada: “Esta noche ha llovido, mañana hay barro…”, “Quinto levanta, tira de la manta…” ¡Los creía yo entonces tan mayores y después los vi tan niños!
En noviembre se celebraba el sorteo. Desde la sede de la zona de reclutamiento enviaban a los ayuntamientos el resultado del mismo y esta vez con el nombre de los destinos en las espaldas recorrían las calles del pueblo con idéntico bagaje de calderetas, bulla y cantos. Cuando España conservaba aún posesiones en África: Guinea, Sidi Ifni, Sahara, la peor noticia para las familias era que el sorteo los hubiera destinado allí.
Al año siguiente se iban incorporando a sus destinos en sus respectivos reemplazos. La noche antes de irse, los amigos y vecinos acudían a sus casas a despedirlos y a desearles suerte.
Concluida la mili se suponía, como el valor, la madurez necesaria para asentar cabeza y fijar casamiento.
Sanidad de cabecera.
Publicado ayer viernes en el periódico HOY, sección Raíces.
No eran los tiempos que describe Felipe Trigo en su obra “El médico rural” en que relata el viaje épico de un mozo en mula al pueblo más cercano en medio de una gran tormenta nocturna para buscar suero contra la difteria. Pero tampoco se contaba a principios de los años sesenta con los medios técnicos, humanos y organizativos de los que disponemos actualmente.
El médico de mi pueblo pasaba consulta oficial a primera hora de la mañana en un edificio de propiedad municipal anejo al del ayuntamiento. Posteriormente visitaba a los enfermos en sus casas y de dos a tres pasaba de nuevo consulta en su domicilio para los igualados. El edificio público tenía en su fachada una placa con letras blancas sobre fondo azul con la inscripción: “Dispensario Antipalúdico”, vestigio de aquellas fiebres que se manifestaban cada tres o cuatro días y que con toda lógica llamaban tercianas o cuartanas. Madoz en su obra enciclopédica las cita como endémicas de esta zona.
Era habitual en la sanidad el sistema de igualas. Como el derecho a la asistencia sanitaria no era universal, los pacientes, mediante el abono periódico de una cantidad, se aseguraban la atención y los galenos complementaban su sueldo.
El médico visitaba diariamente a los enfermos que guardaban cama. En un primer reconocimiento preguntaba por los síntomas, auscultaba con el fonendoscopio, tomaba el pulso y palpaba los ganglios del cuello. Prescribía el tratamiento y régimen de comidas. En días posteriores comprobaba la evolución del paciente y era informado de las posibles incidencias ocurridas desde su anterior visita.
Para casos que no estaban en sus manos y ciencia informaba del especialista al que, según su entender, debía ser enviado el enfermo.
Cuando surgía alguna urgencia a cualquier hora del día o de la noche se le localizaba donde estuviera. Veinticuatro horas de servicio permanente.
La confianza y la cercanía suplían la falta de medios. El médico de cabecera era el único asidero al que recurrir cuando la urgencia intempestiva de la enfermedad se presentaba, sobre todo de madrugada.
Temíamos al practicante más que a una vara verde. Entonces se recetaban inyecciones con más frecuencia y las familias no se sentían totalmente satisfechas del tratamiento si no era así. En un estuche metálico llevaba la jeringa y las agujas. Las hervía con agua en la parte más grande de la caja y en la tapa ponía el alcohol como combustible, que aportaba la familia, así como el algodón. Extraía el disolvente de la ampolla de cristal previamente cortada, lo introducía por el tapón de goma donde se mezclaba con el medicamento en polvo. Llenaba la jeringa y apretaba el émbolo hasta que salían unas gotas por la aguja. Era el momento en que el pánico daba rienda suelta a sus manifestaciones. Entre todos trataban de convencernos de que esta vez no dolía. El practicante con oficio y paciencia ponía de su parte para desviar la atención del pinchazo dando un golpe con el envés de la mano en la nalga endurecida por la tensión.
La radio.
Publicado en el periódico HOY el viernes 29 en la sección Raíces.
La radio siempre acompaña. Incluso en estos tiempos de internet sigue ocupando un lugar en nuestras vidas. Se puede escuchar sin dejar de hacer otras tareas en la cocina, en el taller, en el coche o colgada de un olivo. No sustrae la vista de ocupación u oficio.
Antes, sin televisiones ni redes sociales, su predominio era mayor. Hubo programas que marcaron época y dejaron huella. “Ustedes son formidables”, con Alberto Oliveras, voz cálida y persuasiva en la noche que, con el fondo musical de la sinfonía del “Nuevo Mundo”, tocaba el corazón de los oyentes para solicitar su colaboración en casos humanitarios. El veinticinco de noviembre del año 1961 se desbordó el arroyo Tamarguillo, un aprendiz de río al que se le hincharon las narices y que con desaforado ímpetu rompió un dique de contención e inundó Sevilla. El programa, en una edición especial, consiguió recaudar tres millones de pesetas, cantidad considerable en aquellos tiempos.
También se escuchaba radio Andorra. “Aquí radio Andorra, emisora del principado de Andorra”. Emitían discos dedicados a petición del público, moda extendida entonces por muchas emisoras. Los jueves difundían un espacio llamado “Rinomicine le busca”, patrocinado por este medicamento. Lo presentaba Enrique Rubio, precursor de Paco Lobatón, que intentaba, con la colaboración de la policía, encontrar a gente desaparecida. Consiguió reunir a muchos niños con sus padres separados durante la guerra civil.
La “Pirenaica, creada por el P.C.E, como medio de oposición al régimen de Franco, emitía desde fuera de España y se escuchaba con el volumen al mínimo, con muchas interferencias y con el cerrojo de la puerta bien echado por razones obvias. Al menor ruido en la calle se apagaba. Había mucho miedo todavía.
Los domingos por la tarde la palma se la llevaba “Carrusel Deportivo”. Era director Vicente Marco y animaba Joaquín Prat. La mágica finta que quebraba la cintura de un fornido defensa en la frontal del área de castigo, el regate seco, el oportuno desmarque, el pase de tiralíneas, la veloz carrera de Francisco Gento, la Galerna del Cantábrico, el prodigio malabar de Alfredo Di Stéfano, la Saeta Rubia, el coordinado avance de los Cinco Magníficos sobre el césped de la Romareda, el “¡uy!” de Juan Tribuna, aunque el balón pasase a dos metros del larguero, la voz de Pepe Bermejo desde el Bernabeu…
Íbamos del Sardinero a Altabix, del Carlos Tartiere al Manzanares, al Benito Villamarín, al Sánchez Pizjuán…, sin movernos del resguardo de la solana, del calor de la camilla, o paseando en las tardes apacibles por el ejido del pueblo. Todos los estadios a nuestro alcance desde el asiento reservado en el voladizo sonoro de la fantasía. Un espectáculo alentado por las voces exultantes de los comentaristas que nos describían con un lenguaje hiperbólico y guerrero las hazañas de nuestros héroes. Las tardes de los domingos, con todos los partidos casi a la misma hora, la radio se convertía para los aficionados al fútbol en parte fundamental de su asueto, animado por el continuo vaivén de resultados en los estadios.
Invierno.
Publicado el viernes día 22 de enero en el periódico HOY, sección Raíces.
En invierno la vida del pueblo transcurre entre temporales de vientos ábregos y días de tibio sol. La lluvia se anuncia con sus escuderos, que llegan del poniente con forma de vellones de lana. “Cielo aborregado, antes de tres días suelo mojado”. Preceden a las nubes espesas y cerradas, que descargan copiosas. En las calles de tierra la lluvia forma regajos donde los niños hacemos presas con muros de barro en un vano intento de almacenar el agua. Con dos latas y cuerdas construimos zancos para andar por los charcos sin mojarnos. Los hombres aprovechan estos días en que no se trabaja en el campo para hacer reparaciones y puestas a punto de herramientas y maquinaria. Acuden a fraguas y carpinterías donde conversan entre yunques, martillos y manos de garlopa, sin prisas, pespunteando aquí y allá temas que van surgiendo por las ocurrencias de unos y otros. De vez en cuando alguno se asoma para comprobar la evolución de las nubes, aspecto de la sierra y cambios de viento en la veleta de la torre. Por las tardes juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Las mujeres, después de realizar las faenas domésticas, se sientan a hacer punto tras los visillos de las ventanas.
Por la noche, sin luz eléctrica muchas veces, los ruidos del temporal se adueñan del pueblo. El viento racheado fustiga las esquinas y silba por cables y cornisas. El agua de los canalones se estrella estrepitosa contra el suelo y crujen las puertas azotadas por las acometidas del vendaval.
A la mañana siguiente se entreabren los postigos. Una cuchillada de luz ceniza lavada por la lluvia corta la penumbra de las casas.
Los hombres hacen corrillos en el ejido. Observan la orilla y comentan las incidencias de la noche. Si las crestas de la sierra tienen bardas y el viento no ha girado hacia arriba la lluvia seguirá, aseguran quienes generación tras generación están acostumbrados a observar el cielo y a esperar el fruto de la tierra. Cada pueblo tiene sus referencias y sus tópicos del tiempo. Por aquí otro indicio de lluvia es escuchar el silbido del tren desde Fuente del Arco, que queda en dirección suroeste.
Otros días del invierno son fríos y despejados, con la claridad que da el viento del norte, el del azul más puro, que recorta y destaca la silueta roja de la torre sobre el añil de su lienzo. En la solana hay grupos de hombres con gorras viseras y manos en los bolsillos que charlan a su amparo. Durante esas noches rasas y frías se producen intensas heladas que cubren de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a caminar sobre el carámbano que se ha formado y a tirar piedras para romperlo. Nuestras pisadas dejan estelas de huellas crujientes sobre las orillas. El pueblo despierta. Algunas chimeneas entre los tejados blancos despiden columnas de humo. Las campanas de la torre llaman al avemaría.
La casa cerrada.
Visité hace días con un amigo la casa de sus abuelos. Estaba cerrada y con evidentes signos de abandono, pero él conservaba vivos y nítidos los recuerdos de cuando era niño. De la charla que mantuvimos y de la impresión que me causó esta visita surge este poema.






















