Las permanencias eran las clases que los maestros impartían a los alumnos después del horario escolar en el mismo edificio. Eran particulares y había que abonarlas (sobre una 50 pesetas mensuales a principios de los años sesenta).
Así que los que estaban apuntados a ellas permanecían una hora más en el aula para continuar las actividades.
Con esto se conseguían dos cosas: que los maestros incrementaran sus exiguos ingresos y los alumnos recibieran una enseñanza más individualizada que la que podían recibir con matrículas que rondaban los cuarenta por aula y además con niveles diferentes.
Fundamentalmente las clases consistían en ir a la mesa del profesor de uno en uno a leer y en hacer cuentas.
Una de las actividades más placenteras para mí era la plana. El maestro escribía en la pizarra la muestra y nosotros la repetíamos en una carilla de la libreta. Había que hacerla con especial cuidado y evitar que se torcieran los renglones. Cuando el maestro nos ponía “Muy Bien” regresábamos a nuestro pupitre enseñándosela a los compañeros con gran satisfacción. ¡Dónde estarán aquellos pupitres bipersonales con el agujerito para el tintero!
De la sillería de casa recuerdo especialmente dos: el sillón de niño y la silla costurera. El primero nos sirvió para llegar a la mesa y estar a la misma altura que los adultos. Nos subían y nos bajaban de él los mayores. Tenía sus apoyabrazos que impedían que nos cayéramos por los lados. Cuando fuimos adquiriendo destrezas intentábamos subir solos trepando por los tarugos para encaramarnos al asiento de enea. En ese trono nos tomábamos las papillas que nuestra madre soplaba y probaba antes para que no nos quemásemos. Allí también hicimos nuestros primeras prácticas de batería golpeando con los cubiertos sobre la mesa.
La silla costurera era baja y ancha y casi siempre colocada cerca de alguna ventana o detrás de la puerta del corral o de la calle. La asocio con las gafas de cerca de mi abuela sujetas con un elástico y con el cesto de la costura donde había un huevo de madera para ayudar a los zurcidos. Cuando se sentaba por las tardes, entraba una tira de sol por la rendija de la puerta entreabierta y ella en el silencio enhebraba la aguja con dificultad y cosía mientras nosotros jugábamos fuera.
Aquel amigo de la infancia, ágil, vivaz, y travieso que recorría conmigo los solitarios caminos de los campos y gateaba a las moreras a coger hojas verdes para los gusanos de seda, que aguantaba jugando al fútbol en las largas tardes de verano hasta que no se veía el balón, que se bañaba en el río buscando en las covachas los peces escurridizos… ¿Cómo ha cambiado tanto? Apenas lo reconozco.
¿Y yo, cómo estaré a sus ojos? ¿Seré también para él una persona diferente?
¿Qué queda de nosotros debajo de las escamas del tiempo?
Muy dentro debe haber un núcleo que guarde lo permanente, aunque, como dijo Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Nos transformamos lenta, pero irremediablemente y cuando dos personas se ven después de muchos años ya son otros. Sólo los recuerdos, limadas las aristas con azúcar, conservan posos de lo que fuimos.
Al final de agosto amarillea el sol en su puesta, y su luz, que se hacía de oro en los montones de grano, se va gateando por los tejados y las tapias. El ejido ya no tiene el ajetreo laborioso que tuvo cuando las eras lo ocupaban. Los agricultores lanzaban a la marea gallega las palas de cereal para su limpia, mientras los niños jugábamos al esconder entre los haces
Los rastrojos quedan ahora desdentados, ralos, casi a la altura parda de la encía grieteada. Las cosechadoras y empacadoras aprovechan al máximo el corte. Poco queda para el agostadero y los rebaños de ovejas van de un sitio a otro levantando nubes de polvo a su paso por este erial en que se han convertido los campos. La tórtola africana que rasgaba el aire con su raudo y sinuoso vuelo ya no sestea en el encinar y en la alameda. Casi ha desaparecido de estos lares. Están tristes los campos en este epílogo veraniego. Las hojas de la encina y el olivo pardean polvorientas y mustias. Las escasas pozas que aguantaban el estío son este año bocas resecas y angustiosas a la espera del agua de otoño.
Los pupitres de la escuela fueron durante años bipersonales y para delimitar la parte que nos correspondía a cada uno, si las relaciones se deterioraban por algunas de las múltiples disputas de la infancia, trazábamos con el lápiz o con una tiza una raya que lo dividía en dos partes iguales. Cuando uno de los dos convecinos invadía la parte contraria le daba un codazo, con el consiguiente estropicio de borrones de tinta en la libreta porque escribíamos con plumillas que mojábamos en tinteros de porcelana que se metían en los agujeros que tenían los pupitres. Para hacer las cuentas teníamos la pizarra y el pizarrín blanco y redondo, así no gastábamos libretas. Para borrar uníamos un trapo con una cuerda a un extremo de la pizarra y un salivazo sobre ésta. Si el trapo se había perdido, se borraba con el antebrazo y éste se frotaba después contra el pantalón para que no se notara lo blanco en el jersey.