Las permanencias.

Las permanencias eran las clases que los maestros impartían a los alumnos después  del horario escolar en el mismo edificio. Eran particulares y había que abonarlas (sobre una 50 pesetas mensuales a principios de los años sesenta).

Así que los que estaban apuntados a ellas permanecían una hora más en el aula para  continuar las actividades.

Con esto se conseguían dos cosas: que los maestros incrementaran sus exiguos ingresos y los alumnos recibieran una enseñanza más individualizada que la que podían recibir con matrículas que rondaban los cuarenta  por aula y además con  niveles diferentes.

Fundamentalmente las clases consistían en ir a la mesa del profesor de uno en uno a leer y en hacer cuentas.

Una de las actividades más placenteras para mí era la plana. El maestro  escribía en la pizarra la muestra y  nosotros la repetíamos en una carilla de la libreta. Había que hacerla con especial cuidado y evitar que se  torcieran los renglones. Cuando el maestro nos ponía “Muy Bien” regresábamos a nuestro pupitre enseñándosela a los compañeros con gran satisfacción. ¡Dónde estarán aquellos pupitres bipersonales con el agujerito para el tintero!

Lluvia y campo.

 

 

 

 

 

 

El campo con la lluvia acorta límites

y me integra envolvente en su cobijo

con flecos de cortinas acüosas

y arrullos de baquetas por sonido.

Acompañan mis pasos por la vega

este otoño lluvioso y verdecido.

Ahormadas a la tierra  y a la brega

mis viejas botas van dejando huellas,

estelas de andarín empedernido.

A lo lejos, perdido entre la siembra,

el canto de perdiz repiquetea.

Visita al cementerio

Viento y lluvia en los cipreses,

calor  de tórridas  siestas,

heladas del mes de enero…

¡Poco importan  ya a los muertos

el viento de las veletas

y los cambios atmosféricos!

He estado en el cementerio

viendo lápidas con fechas

que el dolor dejó marcadas

en el mármol del recuerdo.

Epitafios en los nichos

del último adiós labrado

en un pañuelo de piedra

con el  cincel de la ausencia.

Hay una tumba en el suelo

con unas rosas marchitas

sobre su blanco silencio.

Aquí anduvieron un día

bebiendo vino en las fiestas

y comiendo en calderetas.

Se perdieron para siempre

en el fondo de sus ojos

el pardo de las besanas,

el dorado de las mieses

y el intenso  azul del cielo.

¡Cuánta vida en cada nombre

queda  enterrada en la tierra!

Se extinguirá su recuerdo

en la noche de los tiempos.

Morirán sus deudos

y los hijos de sus deudos

con el paso de los años.

Quedarán de su pasado

una letras ilegibles

en el mármol desgastado

…y ya todo será historia.

Sólo los ecos de bronce

a primeros de noviembre,

anónimos y lejanos,

recordarán  su memoria.

 

Silla y sillón.

De la sillería de casa recuerdo especialmente dos: el sillón de niño y la silla costurera. El primero nos sirvió para llegar a la mesa  y estar a la misma altura que los adultos. Nos subían y nos bajaban  de él los mayores. Tenía sus apoyabrazos  que impedían que nos cayéramos por los lados. Cuando fuimos adquiriendo destrezas intentábamos subir solos trepando por los tarugos para encaramarnos al asiento de enea. En ese trono nos tomábamos las papillas que nuestra madre soplaba y probaba antes  para que no nos quemásemos. Allí también hicimos nuestros primeras prácticas de batería golpeando  con los cubiertos sobre la mesa.

La silla costurera era baja y ancha y casi siempre colocada cerca de alguna ventana o detrás de la puerta del corral o de la calle. La asocio con las gafas de cerca de mi abuela sujetas con un elástico y con  el cesto de la costura donde había un huevo de madera para ayudar a los zurcidos. Cuando se sentaba por las tardes, entraba una tira de sol por la rendija de la puerta entreabierta y ella  en el silencio  enhebraba la aguja con dificultad y cosía mientras nosotros jugábamos fuera.

Amigo de la infancia.

Aquel amigo de la infancia, ágil, vivaz, y travieso que recorría conmigo los solitarios  caminos de los campos y gateaba  a las moreras a coger  hojas verdes para los gusanos de seda, que aguantaba jugando al fútbol en las largas tardes de verano hasta que no se veía el balón, que se bañaba en el río buscando en las covachas los peces escurridizos… ¿Cómo ha cambiado tanto?  Apenas lo reconozco.

¿Y yo, cómo estaré a sus ojos? ¿Seré también para él una persona diferente?

¿Qué queda de nosotros debajo de las escamas del tiempo?

Muy dentro debe haber un núcleo  que guarde lo permanente, aunque, como dijo Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Nos transformamos lenta, pero irremediablemente y cuando dos personas se ven después de muchos años ya son otros. Sólo los recuerdos, limadas las aristas  con azúcar, conservan   posos de lo  que fuimos.

¡En una persona, cuántos personajes!

Finales de agosto.

 

 

Al final de agosto amarillea el sol en su puesta,   y su luz, que se hacía de oro en los montones de grano,  se va  gateando por los tejados y las tapias. El ejido ya no tiene el ajetreo laborioso que tuvo cuando las eras lo ocupaban. Los agricultores lanzaban a la marea  gallega las palas  de cereal para  su limpia, mientras los niños jugábamos al esconder entre los haces

Los rastrojos quedan ahora desdentados, ralos, casi a  la altura parda de la encía grieteada. Las cosechadoras y empacadoras aprovechan  al máximo el corte.  Poco queda para el  agostadero y los rebaños de ovejas van de un sitio a otro levantando nubes de polvo a su paso  por  este erial en que se han convertido los campos. La tórtola africana que rasgaba el aire con su raudo y sinuoso  vuelo ya no sestea en el encinar y en la alameda. Casi ha desaparecido de estos lares.   Están tristes los campos en este epílogo veraniego. Las hojas de la encina y el olivo pardean polvorientas y  mustias.  Las escasas pozas que aguantaban el estío son este  año  bocas resecas y angustiosas a la espera del agua de otoño.

 

 

Tópicos del tiempo.

 

Los días son  ya más cortos
y por las noches  refresca.
Ya se sabe que en agosto,
frío en rostro
Pero no creas, que otros años
duró hasta octubre el calor,
y  septiembre  seca fuentes
o se lleva muchos  puentes.
¡El tiempo se ha vuelto loco!
Pero  no se lo come el lobo.
Cuentan los viejos que un año
no llovió hasta navidad.
 En enero, qué  pelonas
cuando crujen las pisadas
camino del olivar.
No son malas las invierno
que  enraízan a las plantas,
las malas son las tardías
cuando grana el cereal
y los brotes están tiernos.
Mucha agua va siendo ya,
que aquí los años lluviosos
nunca dan buenas senaras.
En invierno todo es noche
y las nieblas de la Pura
bastan para  la humedad
que las siembras necesitan.
Lo malo son los  solanos
que llegan en primavera
y arrebatan las espigas
cuando el campo ya está en flor.
El solano, agua en la mano
pero no en verano.
Aquí en verano,  el gallego
que  refresca y no reseca.
Ni buen prao ni buen centeno
si no llueve por febrero.
Yerbera  el agua en marzo
y en abril,  las aguas mil,
pero cien años viví
y uno bueno conocí.
Estas lluvias de san Juan
quitan vino y no dan pan.
Poco me gusta esa nube,
que donde le dé en caer…
Dios nos libre del granizo
como están las sementeras.
Parece que hay revolá
y el aire se fue hacia abajo.
Esa no  puede fallar:
mañana tierra mojá.

Mi cartera.

En mi cartera de cuero

transportaba la pizarra

y el trapito de borrar,

un lapicero con goma

y lápices de colores

con un cuaderno de rayas

 para hacer la letra clara

de la muestra principal.

La enciclopedia de Álvarez,

restos de tardes de sol

y algunos días de lluvia,

el recuerdo del maestro

y de muchos compañeros.

Hoy me la he vuelto a encontrar

en un rincón del doblado

con el broche de cerrar

y  dos hebillas al lado.

 

Pizarra y pizarrín.

 

 

 

Los pupitres de la escuela  fueron durante años bipersonales y para delimitar la parte que nos correspondía a cada uno, si las relaciones  se deterioraban por algunas de las múltiples disputas de la infancia,  trazábamos con el lápiz o con una tiza una raya que lo dividía en dos partes iguales. Cuando uno de los dos convecinos  invadía la parte contraria le daba un codazo, con el consiguiente estropicio  de borrones de tinta en la libreta porque  escribíamos con plumillas que mojábamos en tinteros de porcelana  que se metían  en los agujeros que tenían los pupitres. Para hacer las cuentas teníamos la pizarra y el pizarrín blanco y redondo,  así no gastábamos libretas.  Para borrar uníamos un trapo con una cuerda a un extremo de la pizarra y  un salivazo sobre ésta. Si el trapo se había perdido, se borraba con el antebrazo y éste se frotaba después  contra el pantalón para que no se notara lo blanco en el jersey.

 

Al fresco.

(Fotografía de José Jurado)

Una  cálida noche  de verano

el grillo pespuntea  su negra pena

y luce esplendorosa luna llena

derramada de plata sobre el grano.

Llega el canto monótono y lejano

de ranas que entre junco y agua suena.

En los chopos el viento se serena

a esperar el rojizo sol temprano.

Al fresco de la calle los vecinos

un momento de paz han encontrado

tras los pasos de inhóspitos  caminos.

Merecido, legítimo y honrado

el descanso después de los hocinos

bajo el cielo tan alto y estrellado.