Juventud que no se atreve…
Quienes todo fían a la mesura
hollan pisadas que dejaron otros
en duros temporales sobre potros,
cara al viento desdeñando la cordura.
Cual cucos viven en nidal ajeno
sin peligro, abarco ni aventura
en fortaleza cómoda y segura
guardados de un mal rayo y de su trueno.
Sayas usadas, juventud valiente,
desechad. Descubrid caminos nuevos
en este vuestro turno de relevos.
Nada gana el cobarde e indolente,
testigo asid del exhausto combatiente
que os ofrece caído desde el suelo.
El pan
(Cartas en el periódico HOY 14-11-2014)
Desde la maldición bíblica que nos condenó al hombre y a la mujer, aunque aún no existía la costumbre de diferenciar masculino y femenino ni la grafía @ para unir los géneros, a comer el pan con el sudor de nuestra frente, hasta nuestros días, este alimento ha sufrido desde las más encendidas alabanzas hasta los más hirientes menosprecios y acusaciones de culpabilidad de obesidades.
Inalcanzable para muchas familias en tiempos de penurias, cuando costaba más un pan que una jornada de trabajo. Tiempos hubo en que se le daba un beso reverencial y agradecido si caía al suelo o se dejaba en una ventana para que otro lo aprovechara.
Formó parte de la niñez de los que hoy peinamos canas, acompañando con queso o chocolate, aceite y azúcar la merienda en las tardes de nuestra infancia. Era el rey de la mesa que los padres partían y repartían a todos los comensales.
Después lo degeneraron en forma de barras con vocación de chicle y prisas de ejecutivo. Tan poco se tarda en hacerlas como en convertirse en gomas elásticas.
Ahora vuelven a ponerlo de moda en las llamadas boutiques del pan, a vestirlo de pijo en tiendas exclusivas, acicalado con aditamentos y relleno de pasas, nueces o hierbas aromáticas.Bien para los que les guste, pero el pan no necesita tanto para estar bueno, sólo buenas materias primas maduradas al sol y a los aires morenos de nuestra tierra y tiempo adecuado de cocción en el horno.
Casa abandonada.
(Pintura de Manuel García Rodríguez 1863-1925)
Las fragancias del jazmín, que el descuido embraveció, penetran desde el patio cubierto de hierbajos hasta las estancias vacías de la casa abandonada. El aire huele a viejo, a ausencias disecadas por el tiempo, cual flor olvidada entre las páginas de un libro. La camilla en que se platicaba reunidos al brasero está cual la dejaron: en derredor las sillas y un tapete de hule con un dibujo desgastado. Marca el ritmo del silencio un reloj en la pared parado. Aletea la vida, sin embargo, en la patria del recuerdo: la abuela y sus geranios, la costura en la tarde sobre las sillas de anea, apacible charla de comadres; un tinajón lleno de voces en busca de sus ecos… y canciones infantiles:
“Mañana domingo
se casa Respingo
con una mujer
que no tiene manos
y sabe coser”.
Hay telas de araña en los rincones, pero quedan gestos y palabras que nunca he olvidado. Presiento pasos, familiares y queridos, en el trajín de los quehaceres…¡Cuánta vida entre cuatro paredes!
Se está poniendo el sol y un haz de moteada luz, como entonces, despide a la tarde desde el corazón del aire.
Algunos recuerdos de Llerena.
A Domingo, que tenía la barbería en la esquina de la calle Armas con la calle Santiago, lo conocí un día que entré a su local para pelarme. Se reunían allí colegas de la pitanza y el tonel, de beber hondo y pausado, a los que poco agobiaban los tictac de las horas cuando en buena armonía compartían charla y buen vino, como su amigo don Luis, alias “El Corcha”, sin ánimo de ofender y sólo a efectos identificativos.
Pues entré, como digo, a rebajar de pelo mi cabeza y sentado en el sillón frente al espejo, veía la calle y las albérchigas, caminillos y veredas de vides, que ornaban sus pómulos.
No llevaba más de cinco minutos con la tarea cuando, ante la falta de conversación, empezó a canturrear y silbar un famoso bolero que desde entonces recuerdo en algunas ocasiones cuando paso por allí.
El referido bolero decía: “Antes, mucho antes de enamorarme te voy a contar mi vida…” No entonaba mal la melodía y la letra se la sabía desde la cruz a la firma. Alternaba ésta con silbos que llegaban a mí con aromas vinateros, escanciados seguramente en el Bodegón, el Gato Negro, o en el bar de Pedro Martín, aquel hombre elegante y educado que ponía resecos con salsa de tomate.
Con don Luis tuve más relación. En los dos años que estuve estudiando en el colegio de don Isidoro él daba Educación Física y vigilaba algunas horas los estudios cuando faltaba el profesor correspondiente.
Esta vigilancia en las sesiones de tarde era más testimonial que efectiva. Llegaba con su abrigo largo de color gris marengo y se sentaba en el sillón de la tribuna. Después de unas frases de aliño y prevención disciplinaria al comienzo de la sesión entraba en el sopor digestivo de viandas y caldos que lo eclipsaba y trasladaba a los acogedores brazos del Morfeo sestero.
Si el ruido elevaba su intensidad, sin abrir los ojos, profería siempre la misma muletilla: “Verás, verás”. Las primeras veces disminuía el jaleo, pero duraba poco tiempo. El segundo aviso no tardaba en llegar: “Verás, verás ese”. Con esa admonición demostrativa quería personificar en alguien el aviso, que él no veía, pues continuaba con los párpados cerrados o abiertos leve y brevemente, pero suponía que alguno andaba fuera de sitio y compostura. Al final nos pasaba como a los gorriones con los espantapájaros, que se acostumbran a él y emiten sus trinos en lo alto del sombrero, o como quien oye llover con ese ajeno murmullo de libar de los panales.
En la última parte de su vida invitaba a comer a su casa a los alumnos mayores de sexto de bachiller con los que tenía más amistad. Me acuerdo ahora de Antonio Ortiz Barrientos, de Villafranca, que nos refería la esplendidez del anfitrión.
Le dieron dos o tres congestiones, esas que ahora llaman ictus. A pesar de eso seguía acudiendo al colegio. Cuando llegaba o se iba algunos de los que estaban próximos le ayudaban a ponerse o quitarse su abrigo largo gris marengo que colgaba en la percha del pasillo que daba al patio de recreo. No interrumpió, sin embargo, su costumbre de chatear, en el sentido noble de compartir vasos de vino y charla con los amigos, hasta que su naturaleza declinó definitivamente. Gente entrañable.
El rebusco, en el horizonte.
(Carta en el periódico HOY 27-10-2014)
Los pómulos prominentes eran colinas donde anidaba el hambre y en las cuencas profundas de los ojos había ansiedad y miedo. En la posguerra y muchos años después hubo quien tuvo que agarrarse a la vida en las cáscaras de los deshechos. Frágiles y escasas briznas para no morir mirando al cielo a la espera de milagros que nunca llegaban.
Costaba más un pan que un jornal de sol a sol. Mientras unos se enriquecían con el estraperlo, otros construían artesanales hornos en tinajas para elaborar panes caseros.
El rebusco, con permiso de los dueños, era una solución estacional que aliviaba estrecheces. Por esta zona de olivar y cereales los asideros para no perder el carro de la vida, del que muchos tempranamente se apearon, fueron espigas caídas al suelo en el bregar de la hoz del jornalero y aceitunas de terroso aceite, perdidas en las grietas del barbecho, unas gotas para mojar en los exangües calderos.
Las circunstancias, afortunadamente, no son las mismas, pero la penuria enseña sus orejas negras a muchas familias.. No estaría de más que se regulara esta actividad con la aquiescencia de todos los que estén interesados, evitando los abusos de los pícaros.
Agua y fuego.
Cuando llovía nos poníamos debajo de los canalones con un paraguas. Era un placer sentir el chapoteo estrepitoso del agua sobre nuestras cabezas sin que nos mojara. Reminiscencias del claustro materno, quizás, esa protección de las inclemencias externas, aunque nos mojásemos los pies, que por eso nos reñían los adultos.
Otro goce era meternos con las katiuskas en todos los charcos. La sensación de estar en el agua y no mojarnos debe ser también un regreso al mundo subconsciente de la protección.
Los dos arroyos que pasan por Ahillones confluyen un poco más allá de las escuelas. Son conocidos como el primero y el segundo. El primero, que pasa por el puente Nuevo, no tenía hecho aún el muro de contención que tiene hoy y hacía en su recorrido un arco más pronunciado, viniendo a desembocar en lo que es el tramo final de la calle, cerca de los pasiles. Allí nos metíamos con nuestras katiuskas e inmóviles fijábamos nuestra mirada en el agua durante largo rato. Al poco parecía que no era la corriente la que se movía, sino nosotros que navegábamos arroyo arriba sin movernos del sitio. El agua y el fuego siempre nos atraen como algo mágico y atávico.
¿Quién no se ha ensimismado mirando el fuego, oyendo el crepitar de los leños y contemplando el vaivén caprichoso de las llamas?
Nos embelesan y nos atraen como los polos de un imán, antagónicos y complementarios al mismo tiempo.
Con el fuego calentamos el agua, con el agua apagamos el fuego. La lucha, la eterna contradicción, la búsqueda del equilibrio. El bien y el mal son dos polos inestables que se repelen y se buscan.
Licencia para vivir.
Fotografía de Marga Durán.
(Carta en el periódico HOY 26-9-2014)
Por este tiempo de primeros de otoño, si la lluvia y el tempero acompañan, salen por los ejidos de nuestros pueblos y en los posíos de las fincas donde pastan las ovejas los delicados y efímeros hongos, blancos por fuera y rosas en su micelio.
Asados con sólo con un poco de sal constituyen un bocado exquisito. De siempre hemos salido a por ellos niños y mayores.
He barruntado que hay un proyecto por el que quieren implantar una licencia para poder recoger setas. Arguyen que el fin es regular esta actividad. No sé si es el medio adecuado para conseguirlo, pero sí que es seguro para recaudar dinero si cobran por ello.
La próxima regulación pueden ser los espárragos y las siguientes poner tasas por mirar la luna, por contemplar un arco iris o por el desgaste que los senderistas hacen de los atajos y senderos. Hay que pagar por todo, hasta por el chubasco que te sorprende en campo abierto entre jaras y brezos. ¡Ah, y por el aroma que desprende el campo con las primeras lluvias, que eso sí que vale y hasta ahora no tenía precio.
Nubes pasajeras.
Pasan dispersas las nubes delante de la luna. Me contaban de niño que venían del mar a regar los campos y a surtir fuentes y veneros. Vaciaban y regresaban después cargadas con sus aguaderas grises. Por las sierras de Fuente del Arco, justo por la ruta del Pencón, llegaban las más copiosas. Recostado esta noche en la pared color marfil, que la luna presta y las nubes pasajeras quitan, las sigo hasta que se pierden en lo más oscuro del cielo. Deben ser pajes o escuderas que abren paso a las portadoras de lluvia. Desde una hoja salta la rana al agua y la luna se quiebra en temblores de plata sobre el fondo oscuro de la alberca. Por un momento se oscurece todo, después el cielo queda limpio con la luna en lo más alto y clarean como arterias de alpaca los caminos que serpean en los olivos. Lejanas, diviso las luces del pueblo…
¡Qué bien se está mientras pasa el tiempo de puntillas sin que el reloj trocee su marcha con las tijeras del tictac!
Licencia para coger setas.
Con mi respeto y admiración por los auténticos ecologistas.









