Matanzas

manteca

¿Dónde están aquellos días

al calor de la candela

untando el pan con cachuela

y fuera las  nieblas frías?

Entonces tú no sabías

que cuando el tiempo se fuera

volverían  a tu mollera

la manteca colorá,

con la sabrosa pringá 

de la matanza casera.

¡Qué recuerdos, mire usted: 

las chacinas recién hechas

en tan señaladas fechas

y en el techo y la pared,

atienda  vuestra merced:

chorizos y salchichones,

morcillas y chicharrones.

Nuestra edad que era dichosa

aguantaba jubilosa

tan pesadas digestiones

Juventud que no se atreve…

Relevo_antorcha_1

Quienes todo  fían  a la mesura

hollan  pisadas  que dejaron   otros

en duros temporales sobre potros,

cara al viento desdeñando la cordura.

 

Cual cucos  viven en nidal ajeno

sin peligro,  abarco  ni aventura

en fortaleza cómoda y segura

guardados de un mal rayo y de su trueno.

 

Sayas  usadas, juventud valiente,

desechad. Descubrid caminos  nuevos

en este vuestro turno  de relevos.

 

Nada gana el  cobarde e indolente,

testigo  asid del exhausto combatiente

que os ofrece caído desde el suelo.

El pan

pan

(Cartas en el periódico HOY 14-11-2014)

Desde la maldición bíblica que nos condenó al hombre y a la mujer, aunque aún no existía la costumbre de diferenciar masculino y femenino ni la grafía @ para unir los géneros, a comer el pan con el sudor de nuestra frente, hasta nuestros días, este alimento ha sufrido desde las más encendidas alabanzas hasta los más hirientes menosprecios y acusaciones de  culpabilidad de obesidades.

Inalcanzable para muchas familias en tiempos de penurias, cuando costaba más un pan que una jornada de trabajo. Tiempos hubo en que  se le daba un beso reverencial y agradecido si caía al suelo o se dejaba en una ventana  para que otro lo aprovechara.

Formó parte de la niñez de los que hoy peinamos canas, acompañando con queso o chocolate, aceite y azúcar  la merienda en las tardes de nuestra infancia. Era el rey de la mesa que los padres partían y repartían a todos los comensales.

Después lo degeneraron en forma de  barras con vocación de chicle y prisas de ejecutivo. Tan poco se tarda en hacerlas como en convertirse en gomas elásticas.

Ahora  vuelven a ponerlo de moda en las llamadas boutiques del pan,  a vestirlo de pijo en tiendas exclusivas, acicalado con aditamentos  y relleno de  pasas, nueces o hierbas aromáticas.Bien para los que les guste, pero el pan no necesita tanto para estar bueno, sólo buenas materias primas maduradas al sol  y a  los aires morenos  de nuestra tierra y tiempo adecuado de cocción en el horno.

Casa abandonada.

manuel García Rodríguez 1863-1925

(Pintura de Manuel García Rodríguez 1863-1925)

Las fragancias del jazmín, que el descuido embraveció, penetran desde el patio  cubierto de hierbajos  hasta las estancias vacías de la casa  abandonada. El  aire huele a viejo, a  ausencias disecadas por el tiempo, cual flor olvidada entre las páginas de un libro. La camilla en que se platicaba reunidos al brasero está cual la dejaron: en derredor las sillas  y un tapete de hule con  un dibujo desgastado. Marca el ritmo del silencio  un reloj en la pared parado. Aletea la vida, sin embargo, en la patria del recuerdo: la abuela y sus geranios, la costura en la tarde sobre las  sillas de anea, apacible charla de comadres; un tinajón lleno de voces en busca de sus ecos… y canciones infantiles:

“Mañana domingo

se casa Respingo

con una mujer

que no tiene manos

y sabe coser”.

Hay  telas de araña en los rincones,  pero quedan  gestos y palabras que nunca he olvidado. Presiento  pasos, familiares y queridos, en el trajín de los quehaceres…¡Cuánta vida entre cuatro paredes!

Se está poniendo el sol y un haz de moteada luz, como  entonces, despide a la tarde desde el corazón del aire.

 

 

Algunos recuerdos de Llerena.

barberíadomingo.

A Domingo, que tenía la barbería en la  esquina de la  calle Armas con la calle Santiago, lo conocí un día que entré a su local para pelarme.  Se reunían allí colegas de la pitanza y el tonel, de beber hondo y pausado, a los que poco agobiaban los tictac de las horas cuando en buena armonía compartían charla y buen vino, como su amigo don Luis, alias   “El Corcha”, sin ánimo de ofender y sólo a efectos identificativos.

Pues entré, como digo, a  rebajar de pelo mi cabeza y sentado en el sillón frente al espejo, veía la calle y  las albérchigas, caminillos y veredas de vides, que ornaban  sus pómulos.

No llevaba más de cinco minutos con la tarea cuando,  ante la falta de conversación, empezó a canturrear y silbar un famoso bolero que desde entonces recuerdo en algunas ocasiones  cuando paso por allí.

El referido bolero decía: “Antes, mucho antes de enamorarme te voy a contar mi vida…” No entonaba mal la melodía y la letra se la sabía desde la cruz a la firma. Alternaba ésta con silbos que llegaban a mí con aromas vinateros, escanciados seguramente en el Bodegón, el Gato Negro, o en el bar de Pedro Martín, aquel hombre elegante y educado que ponía resecos con salsa de tomate.

Con don Luis tuve más relación. En los dos años que estuve estudiando en el  colegio de don Isidoro él daba Educación Física y vigilaba algunas horas los estudios cuando faltaba el profesor correspondiente.

Esta vigilancia en las sesiones de tarde era más testimonial que efectiva. Llegaba con su abrigo largo de color gris marengo y se sentaba en el sillón de la tribuna. Después de unas frases de aliño y prevención disciplinaria al comienzo de la sesión entraba en el sopor digestivo de viandas y caldos que lo eclipsaba y trasladaba a los acogedores brazos del Morfeo sestero.

Si el ruido elevaba su intensidad, sin abrir los ojos, profería siempre la misma muletilla: “Verás, verás”.  Las primeras veces disminuía el jaleo, pero duraba poco tiempo. El segundo aviso no tardaba en llegar: “Verás, verás ese”. Con esa  admonición demostrativa quería personificar en alguien el aviso, que él no veía, pues continuaba con los párpados cerrados o abiertos leve y brevemente, pero suponía que alguno andaba fuera de sitio y compostura. Al final nos  pasaba como a los gorriones  con los espantapájaros, que se acostumbran a él y emiten sus trinos en lo alto del sombrero, o como quien oye llover con ese ajeno murmullo de libar de los  panales.

En la última parte de su vida invitaba a comer a su casa a los alumnos mayores  de sexto de bachiller con los que tenía más amistad. Me acuerdo ahora de Antonio Ortiz Barrientos, de Villafranca, que nos refería la esplendidez del anfitrión.

Le dieron  dos o tres congestiones, esas que ahora llaman ictus. A pesar de eso seguía acudiendo al colegio. Cuando llegaba o se iba algunos de los que  estaban próximos le ayudaban a ponerse o quitarse su abrigo largo gris marengo que colgaba en la percha del pasillo que daba al patio de recreo. No interrumpió, sin embargo,  su costumbre de chatear, en el sentido noble de compartir vasos de vino y charla con los amigos, hasta que su naturaleza  declinó definitivamente. Gente entrañable.

El rebusco, en el horizonte.

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(Carta en el periódico HOY  27-10-2014)

Los pómulos prominentes  eran colinas donde anidaba el hambre y en las cuencas profundas de los ojos había ansiedad y miedo. En la posguerra y muchos años después hubo quien tuvo que agarrarse a la vida en las cáscaras de los deshechos. Frágiles y escasas briznas para no morir mirando al cielo a la espera de milagros que nunca llegaban.

Costaba más un pan que un jornal de sol a sol. Mientras unos se enriquecían con el estraperlo, otros construían  artesanales hornos en tinajas para elaborar panes caseros.

El rebusco, con permiso de los dueños, era una  solución estacional que aliviaba estrecheces. Por esta zona de olivar  y cereales los asideros para no perder el carro de la vida, del que muchos tempranamente se apearon,  fueron espigas caídas al suelo en el bregar de la hoz del  jornalero y aceitunas de terroso aceite, perdidas en las grietas del barbecho, unas gotas  para mojar en los exangües calderos.

Las circunstancias, afortunadamente,  no son las mismas, pero la penuria enseña sus orejas negras a muchas familias.. No estaría de más que se regulara esta actividad con la aquiescencia de todos los que estén  interesados, evitando los abusos de los pícaros.

Agua y fuego.

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Cuando llovía nos poníamos debajo de los canalones con un paraguas. Era un placer sentir el chapoteo estrepitoso del agua sobre nuestras cabezas sin que nos mojara. Reminiscencias del claustro materno, quizás, esa protección  de las inclemencias externas, aunque nos mojásemos los pies, que por eso nos reñían los adultos.

Otro goce era meternos con las katiuskas en todos los charcos. La sensación de estar en el agua y no mojarnos debe ser también un regreso al mundo subconsciente de la protección.

Los dos arroyos que pasan por Ahillones  confluyen un poco más allá de las escuelas. Son  conocidos como  el primero y  el segundo. El primero, que pasa por el puente Nuevo, no tenía hecho aún el muro de contención que tiene hoy  y hacía en su recorrido un arco más pronunciado, viniendo a desembocar en lo que es el tramo final de la calle, cerca de los pasiles.  Allí nos metíamos con nuestras katiuskas e inmóviles fijábamos nuestra mirada en el agua durante largo rato. Al poco parecía que no era la corriente la que se movía, sino nosotros que navegábamos arroyo arriba sin movernos del sitio.  El agua y el fuego siempre nos atraen como algo mágico y atávico.

¿Quién no se ha ensimismado mirando el fuego,  oyendo el crepitar de los leños y contemplando el vaivén caprichoso de las llamas?

Nos embelesan y nos atraen como los polos de un imán, antagónicos y complementarios al mismo tiempo.

Con el fuego calentamos el agua, con el agua apagamos el fuego. La lucha, la eterna contradicción,  la búsqueda del equilibrio. El bien y el mal son dos polos inestables que se repelen y se buscan.

 

Licencia para vivir.

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Fotografía de Marga Durán.

(Carta en el periódico HOY 26-9-2014)

Por este tiempo de primeros de otoño, si la lluvia y el tempero acompañan, salen por los ejidos de nuestros pueblos y en los  posíos de las fincas donde pastan las ovejas  los delicados y efímeros hongos, blancos por fuera y rosas en su micelio.

Asados con sólo con un poco de sal constituyen un bocado exquisito. De siempre hemos salido a por ellos niños y mayores.

He barruntado que hay un proyecto por el que quieren implantar una licencia para poder recoger setas. Arguyen que el fin es  regular esta actividad. No sé si es el medio adecuado para conseguirlo, pero sí que es seguro para recaudar dinero si cobran por ello.

La próxima regulación pueden ser los espárragos y las siguientes poner tasas por mirar la luna, por contemplar un arco iris o por el desgaste que los senderistas hacen de los atajos y senderos. Hay que pagar por todo, hasta por el chubasco que te sorprende en campo abierto entre jaras y brezos. ¡Ah, y por el aroma que desprende el campo con  las primeras lluvias, que eso sí que vale y hasta ahora no tenía precio.

Nubes pasajeras.

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Pasan  dispersas las nubes  delante de la luna. Me contaban de niño que venían del mar a regar los campos y a surtir fuentes  y veneros. Vaciaban y regresaban después   cargadas con sus aguaderas grises. Por las sierras de Fuente del Arco, justo por la ruta del  Pencón, llegaban las más copiosas.  Recostado esta noche  en la pared color marfil, que la luna presta y las nubes pasajeras  quitan, las sigo hasta que se pierden en lo más oscuro del cielo. Deben ser pajes o escuderas que abren paso a las portadoras de lluvia. Desde una hoja  salta  la rana al agua y la luna se quiebra en temblores de plata sobre el fondo oscuro de la alberca. Por un momento se oscurece todo, después el cielo queda limpio con la luna en lo más alto  y  clarean como arterias de alpaca  los caminos  que serpean en los olivos. Lejanas, diviso las luces del pueblo… 

¡Qué bien se está mientras pasa el tiempo de puntillas sin que el reloj  trocee su marcha con las tijeras del tictac!

Licencia para coger setas.

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Con mi respeto y admiración por los auténticos ecologistas.

Ornados con verdosos atavíos

y tocado de pluma el tirolés, 

llegan ecologistas reciclados

de la fina boutique del Corte Inglés.

Recorren el terreno de puntillas

por no manchar de barro su buen paño,

opinando de todo  sin  embargo

con la erudita ciencia que aprendieron

en el blando sillón de sus despachos.

Desde el sumo poder que el cargo presta

decretan que con base en  su experiencia

para  acudir al campo a coger  setas

hará falta obtener una licencia.

Sanado el estupor de su   ocurrencia

para mí, cortésmente, sólo resta

mandarlos muy gustoso  a hacer puñetas.