Aceitunas

DSC_0648-crop

La cosecha de aceitunas para aceite era penosa  por la climatología y por las condiciones  de trabajo.  Se vareaban los olivos y se recogían de la tierra   manualmente  y  de rodillas  entre los surcos endurecidos  por las heladas o embarrados por la lluvia. Para aliviar el frío y desentumecer las manos hacían candelas  cerca del tajo.  Ahora son máquinas las que  zarandean a los olivos,  que con estremecidos  estertores sueltan el fruto sobre una especie de paraguas invertido, como  una antena parabólica que observara el cosmos y tras los temblores se le precipitara el universo  encima.  Las que están   caídas se amontonan  con aire a presión  sobre la tierra allanada por rulos.

Antes de coger las aceitunas  destinadas al  aceite se verdea para el aderezo.   Unas pocas se seleccionan  para consumo propio en las tres modalidades de preparación: machacadas, sajadas y  del año. Ya se verdea bastante menos. Cuando  era más intensa esta modalidad hacían falta  cuadrillas numerosas para las casas grandes y muchos años había que recurrir a los pueblos vecinos para completarlas.

 Algunos estudiantes, faltos  de otros ingresos,  aprovechábamos estos jornales  para nuestros gastos  durante el curso.

Cada aceitunero   se colgaba al cuello  un capacho de goma, que por aquí llaman  macaco. Se ordeñaban las ramas procurando que las aceitunas cayeran en él. Cuando estaba más que mediado  se vaciaba en una sera común para cada grupo.  A la primera  que  al principio de la jornada se echaba en el remolque se le llamaba “la moza” y había una competencia entre los grupos-de tres o cuatro personas por olivo-  por ver cuál era el primero que lo conseguía. El logro se  voceaba  para que los demás se enteraran.

 La primera vez que fui al verdeo me llamó la atención que al poco tiempo de haber empezado a trabajar  el manijero dio la voz  de parar para el almuerzo, esa comida que hace la gente del campo y  que puede equipararse con el café de media mañana de ciertos trabajadores urbanos, pero bastante más consistente. Como desconocía esta costumbre  me pareció pronto, ya que había  desayunado hacía poco en casa.  Así que en días posteriores sólo tomaba  el café para  tener hambre a la hora de almorzar.

 La labor en el tajo se acompañaba de amenas conversaciones. Los temas eran variados. Se comentaban las novedades que habían ocurrido o  historias   antiguas del pueblo. Enriquecía  las charlas el hecho de que en cada grupo se mezclaban personas mayores y jóvenes. Estos se encargaban del  banco, una especie de escalera de tijeras.  Era pesado de mover  y había que subirse en él para alcanzar la parte alta de los olivos. Los de mayor edad se encargaban de coger las bajeras.  Cuando en las charlas se abordaban algunas cuestiones, que por haber ropa tendida pudieran rozar la indiscreción, se bajaba la voz al referirlos. Querencias, rencillas, amores desairados, orígenes de capitales venidos a más o a menos… y las malditas guerra y posguerra que tanta huella descarnada  dejaron y de las que todavía se hablaba con miedo.

Dobles de campanas

 

IMG_0026-crop

(Mi columna Raíces en el  periódico HOY  ayer 30-10 2015)

Los  dobles de campanas  empezaban  la tarde de Todos los Santos y continuaban durante  todo el  día de los Difuntos.  Unas jornadas antes el sacristán y un par de monaguillos habían recorrido las calles del pueblo recolectando viandas  por las casas.  Iban vestidos con roquetes y  acompañaban  su peregrinaje con una gran sera de esparto y con el toque de una campanilla,  la misma que blandían cuando iban con el cura llevando el viático a los  enfermos.  Con lo que les daban tenían para pasar la noche y el día sobrados de yantares  en el  campanario. Hacían  migas y no faltaba el vinillo que ayudaba a soportar  la vigilia mientras el pueblo intentaba conciliar el sueño bajo las sonoras sábanas de bronce que las campanas extendían sobre los tejados.

Tendría  yo siete u ocho años cuando me llevó mi padre por primera vez  a visitar el  cementerio, como es tradición en estas fechas.  Era una tarde muy  fría y  muy azul, de ese azul nítido  que da el aire del norte.

La mayoría de las personas regresaban ya a casa después de haber visitado las tumbas de sus familiares por el camino en cuyas cunetas crecen los hinojos. 

 Cuando llegamos al camposanto  quedaban ya pocos visitantes. Unos estaban  parados  en silencio delante de algún nicho  y otros paseaban lentamente viendo lápidas.

Con mi edad no tenía aún clara la trascendencia  de la muerte, pero aquella tarde intuí la desolación y el vacío que debía producir la ausencia definitiva de quienes has querido.  Un hombre ya mayor, vestido de negro y con la cabeza descubierta de su mascota,  que   sostenía entre sus manos, rezaba ¿o tal vez hablaba con alguien? estático y  levemente inclinado  ante una tumba.   Su  calva blanca  contrastaba con el resto de su cara  morena curtida   por el sol  y por los vientos en su trabajo campesino a la intemperie. Yo, que lo que quería era seguir andando para ver todas las cosas, tiraba de la mano de mi padre cada vez que se detenía, pero esta vez me detuve sorprendido al observar  a este señor.  Nunca había visto llorar a un hombre ¡Qué profunda impresión y pena me produjo esta imagen en el silencio del cementerio, cuando ya los restos dorados de un débil sol escalaban   los vértices de los cipreses!

De regreso a casa  no corrí, ni salté, ni cogí hinojos de las cunetas. Bajé sin soltarme de la mano de mi padre y  sin hablar.  Oscurecía y un frío  de finos cristales se metía cortante  entre la ropa.

Llegaban desde el pueblo los ecos desmayados de los dobles  de las campanas, que se posaban  en los pliegues del anochecido como las  alondras en los barbechos.

 En la torre destacaba la luz de la candela.  Las  siluetas de los que estaban allí eran  arrojadas una y otra vez contra las paredes rojas del campanario, impulsadas por el movimiento caprichoso de las llamas. Aquella noche me acosté hecho un ovillo de dudas, cavilando con mi fantasioso razonamiento infantil, sobre el destino de los muertos.

Leche en polvo

Reparto-de-leche-en-polvo-años-60-Fotografía de la la página web del colegio “Carmen Benítez” de Sevilla.

Segunda colaboración en el periódico HOY. Sección RAÍCES

Eran todavía tiempos de escaseces y silencios. La escuela,  doctrina, consigna y efemérides victoriosas. Las cuatro reglas, dictados, lecturas y caligrafía, el armazón del aprendizaje para valerse  en la vida. La mayoría abandonaba antes de tiempo las aulas. Numerosos padres se veían obligados  a desapuntar a los hijos, como decían,  para colaborar en las paupérrimas economías familiares, bien como  ayudantes de sus pequeñas explotaciones o buscándoles un puesto  de aprendiz,  de  pastor o porquero,  sin más beneficio que ir a casa comidos todos los días y aprender el oficio.

Pocos eran los que llegaban a la regla de tres y a los repartimientos proporcionales. Pero había voluntad y ganas de aprender. Muchos de los que tuvieron que abandonar acudían  por las noches  a clases particulares después de todo el día trabajando.

Las aulas eran numerosas de alumnado, escasas de medios y separadas por sexos. El mapa de España,  el encerado, la bola del mundo y poco más componían los materiales didácticos fundamentales. En los pueblos pequeños la escuela  era unitaria, o sea,  todos los niveles con el mismo maestro,  que desempeñaba sus funciones  como mejor sabía y  podía. Estaban mal pagados, pero iban a la escuela dignamente trajeados.  

Por su santo los regalos que más agradecían  en el alma y en el cuerpo eran vituallas, como una caja de galletas o una docena de huevos.

Los alumnos acudíamos a la mesa del maestro a enseñarle los ejercicios. Nos colocábamos en  fila y rotábamos a su alrededor,  esperando el beneplácito, la corrección y el encargo de nuevos deberes. Allí percibíamos el único calorcito que se desprendía en la clase aparte del de nuestros cuerpos: el del brasero de picón, que aquí llamamos cisco,  debajo de  su  mesa.

En los días más fríos del invierno nos permitían  llevar los nuestros de casa. Una lata redonda de pescado con un alambre  asido en  dos agujeros y un pedazo de papel de chocolate en lo alto tapando las ascuas.

Así combatíamos los sabañones que  nos salían en las orejas y en las manos.

La ayuda norteamericana llegaba  en forma de leche en polvo y queso. Los maestros escogían a los alumnos mayores para disolver el polvo en una cuba de cinc  dándole vueltas con un palo. A la hora de recreo nos ponían en fila y nos la servían en un tazón que llevábamos de casa. Recuerdo los bigotes blancos que, por supuesto, nos limpiábamos en las mangas del abrigo.

La experiencia y la comodidad aconsejaron dejar de hacer la mezcla en la escuela y decidieron entregarnos  el polvo para que  cada uno hiciera lo que creyera más conveniente. Y lo más conveniente para la mayoría de nosotros era comernos los polvos directamente, poniéndonos la cara como se pueden imaginar y la garganta a punto de provocarnos asfixia con las bolas que se formaban en la boca.

El queso, amarillo y bastante apetitoso, venía en unas latas metálicas. Lo troceaban y  nos lo repartían por las tardes como merendilla. 

A pesar de todo fuimos felices. O al menos así lo recordamos.

Nuevo año

trato

 (Foto de El Periódico del Tiétar )

Primera colaboración en el periódico HOY. Sección RAÍCES

A principios de otoño,  con  las primeras lluvias y el olor a tierra mojada que llega desde el campo envuelto en  vientos ábregos, comienza un nuevo año, el agrícola, el que  determina las faenas y descansos  en nuestros pueblos.  La dureza de las labores campesinas ha mejorado  con las  modernas maquinarias y el  penoso bregar de antaño se ha suavizado ostensiblemente. Terminados de apurar los últimos rastrojos por los rebaños de ovejas, los agricultores con tractores equipados  con cabinas  y  modernos aperos  se disponen a comenzar la sementera.

Antes  la tierra labrantía  se volteaba con arados tirados por bestias y con las manos del labriego asidas fuertemente  a la mancera, apretando  para  meter  la reja en la tierra. A la intemperie y de sol a sol.  En un costal  al hombro   portaban  la simiente que  esparcían a  voleo sobre la amelga  en las recién abiertas entrañas  de las hazas.

Sólo quedan reliquias de aquellos  aperos en cortijos  o adornando ventas y mesones.

El rodeo era el lugar donde la gente del campo acudía a  hacer tratos para  vender, comprar o cambiar los animales que ayudaban a la labranza.

Los de mi pueblo iban a Llerena.  Al  alba tenían todo preparado: las bestias aparejadas, la merienda en la hortera y la botella de vino a buen recaudo dentro la alforja.

Montados a mujeriega, por caminos hoy perdidos por el desuso  o apropiados por linderos, se dirigían  allí  cuando el sol comenzaba a  dorar  rastrojos y besanas. En el trayecto comentaban entre ellos la forma de abordar el trato.  Después de casi dos horas de  viaje llegaban al lugar, situado en las afueras.  Delante de los tratantes que los habían visto llegar  disimulaban sus verdaderas  intenciones de compra, venta o cambio. Había que examinar primero el ambiente. Tras el humo de un  cigarro    pasaban por  los distintos grupos, viendo, oyendo y callando, mientras los animales   abrevaban  en el pilar después de la caminata.

La experiencia les aconsejaba no dejarse embaucar por las primeras impresiones. Los profesionales, generalmente de raza gitana, conocían las triquiñuelas  del trato y una mula azuzada por la vara de mimbre podía mostrar unos movimientos ágiles y, vueltos  a casa, llevarse un desengaño al descubrir que el animal,  boyante en el rodeo, sin saber cómo, se convertía en torpe o falso.

Tras muchos tiras y aflojas se cerraba el trato  con un apretón de manos. Nada de cajeros automáticos. El dinero en mano.  

Por estas fechas también se celebraban los contratos verbales entre las grandes casas de labor y algunos de sus empleados: yunteros, pastores, gañanes, porqueros, cabreros…  Trabajaban durante un año  a las órdenes de aperadores y mayorales. Si el trabajo era satisfactorio renovaban al año siguiente el pacto. La situación  laboral  de estos trabajadores  era intermedia entre los  fijos y los eventuales. Los llamaban acomodados.

Antes, como  ahora,   la tierra se abre a la esperanza de un nuevo ciclo. Eso sí, con la mirada en el cielo del que se aguarda y se teme todo, que en eso  pocas cosas  han cambiado.

 

Pastores

torrucamontero1

La Junta de Extremadura tiene la intención de crear una escuela de pastores en Castuera.

La profesión más bucólica y cantada de todas las que se realizan en el campo. Los relatos bíblicos les otorgaron la primacía en la visita al niño recién nacido, imagen inmortalizada durante siglos en las representaciones del portal de Belén con los pastores bajo las estrellas pasando la noche alrededor de la lumbre. Antes del nacimiento de Jesús fueron glosados  en las églogas,  composiciones líricas donde los pastores cuentan sus amores y cuitas, siendo el poeta romano Virgilio, siglo I a. de C,  ejemplo señero con sus Bucólicas. Incluso antes el griego Teócrito, siglo III a. de C,  compuso pequeños poemas con temática pastoril, sin olvidar a los poetas españoles del Renacimiento y el Siglo de Oro, como Garcilaso, Boscán o Lope de Vega, entre otros. Nadie como los pastores para presentir los cambios de tiempo, conocer palmo a palmo el terreno, saber de cobijos en los temporales, de solanas en invierno y de umbrías y frescura en los veranos, de constelaciones, amaneceres y anochecidos en el medio natural.

chozo

Hasta que llegaron las motos de 49cc el medio de transporte para ir y venir de las majadas eran las bestias, generalmente burros. Hacían  el trayecto que duraba varias horas en algunos casos  cada tres días, permaneciendo un compañero en el tajo hasta que regresaba el otro del pueblo, se supone que descansado y con viandas.

Decía antes que ha sido la profesión campestre más loada, pero tan idealizada que se olvidan los aspectos más penosos y específicos de su labor, que requieren preparación y destreza. “Con los soles todos son pastores”, pero los inviernos son duros y la soledad concome el ánimo.

El saber popular ha recogido en refranes y dichos los avatares de este quehacer tan dependiente de la meteorología. “Gansos para arriba, pastores de barriga, gansos para abajo, pastores al trabajo”. La temporada de las  “parieras” requiere atención, pericia y oficio.

En tiempos no muy lejanos, los hijos, que abandonaban pronto la escuela para ayudar a las depauperadas economías familiares, aprendían el oficio junto a sus padres y no faltaba mano de obra en los apriscos, pero los tiempos cambian y con toda lógica y justicia los jóvenes buscan otros horizontes más prósperos.

Los chozos eran sus viviendas en el campo. Los más rústicos construidos   con varas y cubierta vegetal como la retama. Otros eran de mampostería o piedra, llamados por aquí bujardas o turrucas.

Su interior disponía de una tabla circular alrededor del perímetro, que servía de cama y de sostén a la estructura. Allí guardaban sus escasas pertenencias. En el centro un poco de lumbre para calentar la comida y dar calor al habitáculo y colgado el candil.  Fuera un trípode con unas llares  donde al fuego  elaboraban la comida.

Las alambradas han reducido el número de pastores, los medios de locomoción mecánicos las estancias nocturnas en los chozos y las reivindicaciones sindicales las jornadas interminables de pastoreo, pero aún faltan profesionales en una de las actividades más antiguas del planeta, más loada sobre el papel, pero menos conocida en su trajín diario y por supuesto, mal remunerada.

 

 

 

 

 

Adiós de palomas

farolillos_zps2745a443

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los farolillos se movían ligeramente. Desde el mar lejano la música de la orquesta  traía por caminos de coral  a Alfonsina con cinco sirenitas.  La melena rubia de la joven ondeaba levemente con la brisa. Los ojos del muchacho brillaban en la noche  con el fulgor adolescente de los enamorados.

Ella se fue al día siguiente arrastrando su tristeza, cuando los rizos negros de la madrugada se deshacían  en la luz difusa  del amanecer. Fue un adiós de pocas palabras y melancólicas miradas. Protegía sus brazos desnudos del relente recogiéndolos sobre su pecho. Sus labios ateridos recibieron el beso tibio de sol  amarillo.

Septiembre bordaba ya con hilachas de bruma las amanecidas. 

Un adiós de seda dibujó en el aire el pañuelo alado de la despedida. La mirada del muchacho la siguió  hasta que desapareció por la esquina. La melena clara y sedosa fue la última imagen que conserva de aquel amor primero,  tan corto, pero tan intenso, que nunca olvidó. Cada  dieciséis de septiembre la recuerda.

Paseó como un sonámbulo por las calles del pueblo el vacío que su marcha le dejó.

Todavía  hoy, después de tantos años, un rescoldo escondido entre cenizas reaviva su añoranza  cuando  la brisa fresca de la madrugada mueve los farolillos el último día de feria.

 

La vieja Castellana

 caste

En recuerdo de José Delgado Guerrero, con quien tantas horas compartí hablando  de nuestro pueblo.

Las cuatro esquinas  eran el mentidero donde los hombres se reunían al anochecido,  esa hora del  cambio de luces, del sol que se iba y del palo largo que traía la mortecina luz a las calles. Charlaban y  contemplaban  el trasiego de mujeres al rezo.  Cruce de monotonías, de cadencias que sólo quebraba el cine de  los domingos.   En el rincón del bocado  en que la calle se abre con un bostezo estaba la Castellana,   crisálida  donde maduramos  la pavera de rubores inoportunos  cuando la voz es aún un gallo de altibajos discordantes.  Sólo los varones  teníamos acceso a esa incubadora decadente, vestigio de otros tiempos,  donde ingresábamos pollos imberbes  y salíamos pisándole los talones a la leva. El acceso necesitaba  filtro y  aquiescencia de los dueños que, según fobias, filias y cálculo de edad   a ojo de buen cubero, era concedido o denegado.  Nada de  extraño  tenía entonces la  ausencia   de  mujeres en    el local cuando aún los bares, salvo causa de fiesta mayor, eran también lugares casi exclusivos de solaz varonil  y  las escuelas   separaban por   sexo al alumnado.

 Con pocos recursos económicos para dispendios de mayor calado y a falta de otras distracciones, los mozos aún imberbes nos metíamos  en la Castellana para pasar el tiempo  entre charlas y carambolas.

El local  tenía suelo de baldosas que en su día fueron rojas  y que con el uso  además de perder el colorido  formaron  badenes  por la cesión del terreno.  Con macilenta iluminación, anémica de vatios, la única  bombilla  colgaba  sobre el  verde y recosido paño  con un reflector circular picado  de porcelana para concentrar  la luz. La mesa de billar estaba  en el centro del local donde el  abollado marfil de las bolas sorteaba  remontes de cosidos  para cumplir el proceloso azar de su destino.  El mobiliario,  escaso: unas pocas sillas de anea, un pequeño mostrador de madera al fondo y  una mesita redonda con tapete desgastado  y ralas enagüillas junto a la primera ventana. Ahí los más madrugadores se arracimaban en invierno al calor del brasero donde José  nos entretenía con su charla,  hiperbólica  y aliñada con invenciones, pero que  agradecíamos,  pues  fábula y fantasía  amenizaban las veladas.

La peculiar familia, de pasado más  boyante  y  solariego, vino a menos en haciendas, pero no en orgullo  y conservaba ese poso de alcurnia desvaída  que disimula   la decadencia  con modales y vajillas cuando faltan los esplendores del dinero. El patriarca, que  recibía apodos por el oficio y el poblado mostacho, vestía de pana  negra lisa con chaleco y reloj de bolsillo.  Un pariente, al que conocí poco y que llamaban Berlanga. Las hijas, que revoleaban vigilantes para que la afición a las libaciones  vinateras del elenco masculino no sobrepasase los límites del decoro, y José, el hijo, verdadero alma mater del negocio. Su  afición al morapio hacía veredas de la mesa al  cuartillo que estaba detrás del mostrador donde escondía el vino que escanciaba en el gaznate con la asiduidad que le permitían la charla y el control de los juegos. Frase para nuestra pequeña historia era aquella que anunciaba el fin del tiempo de juego: “tirando tres veces sin ésta…” Según avanzaba la noche la imaginación desbordada engrandecía la fabulación de sus relatos.  Buena gente José a pesar de todo y de las pre ferias y post ferias que se montaba gestionando orquestas y telones para los bailes de la Parra.

El juego por antonomasia eran las carambolas. En algunas tiradas estorbaba la columna de hierro  que sostenía la techumbre del local y había que   acomodar el taco para sortearla, haciendo lo que en el argot se conoce como un lujo, que consiste  en  pasar el taco por detrás de la espalda  a guisa de capote de lidia en el toreo  por gaoneras. 

Otro juego habitual eran las cuarenta y una. De una  liara cónica forrada en cuero sacaba el regente  tras impúdico meneo una bola  para  cada jugador. Estaban  numeradas del uno al diecisiete y se guardaban en un casillero  sin que los compañeros de juego supiesen el número que les había correspondido a cada uno.  Ganaba quien primero conseguía anotar cuarenta y un tantos mediante el derribo de figuritas de marfil  parecidas a los peones  de ajedrez,  descontando el número de la bola guardada.  Hacer la real consistía en derribar de una tacada las  colocadas en el  centro  y suponía  el fin de la partida. El habilidoso jugador se llevaba el premio pecuniario que habíamos aportado cada uno de los jugadores,  descontado el corretaje de la casa.

Allí pasamos muchas noches consumiendo tiempo, pipas y conversación. Fuera  el mundo nos aguardaba, pasado ese  ciclo de metamorfosis quiescente. El aún incipiente adulto  se disponía a volar por  otros prados menos verdes, pero quizás con más zurcidos,  con más  luz de satén diluida en los guateques  donde comenzamos a enamorarnos reprimiendo impulsos y donde   todo  tuvo  su fin al ritmo melódico que nos marcaron los Módulos.

Juan Francisco Caro Pilar. Revista de feria 2015

Tertulianos

tertulianos

La tertulia del café Pombo, de José Gutiérrez Solana.

No sabían los vecinos de mi calle el capital que estaban dejando de ganar con sus charlas, sentados al fresco en las noches de verano, si en aquellos tiempos hubiese habido televisión y se hubiesen puesto de moda las tertulias. Daban un repaso a todo lo noticiable que había sucedido durante el día y si el devenir cotidiano no había dado mucho de sí, no por eso faltaba conversación. De una cuestión se pasaba a otra por mínimo  que fuese el vínculo que existiera entre ellas. Bifurcaciones y ramales que hacían inagotables los temas. Los niños escuchábamos embelesados  las historias que contaban los mayores y si el contenido entraba en terrenos escabrosos alguien daba el aviso diciendo que había ropa tendida y así eludían o soslayaban lo más descarnado.  Algunos de estos vecinos eran extraordinarios narradores que sin perderse en detalles prolijos daban los justos para hacer amena la charla, con gracia, precisión e intriga. Don natural el de saber contar las cosas que no todos poseemos.

Viene a cuento esta reflexión por los programas de debate que hay en las televisiones. Salvo honrosas excepciones los tertulianos  dan pena y a veces  provocan  irritación en  los espectadores. Estos charlatanes de la cháchara televisiva hablan atropelladamente, no se escuchan unos a otros, sino que están pensando qué van a decir cuando les dejen, venga a cuento o no con lo que  acaba de referir el interlocutor anterior, hablan a la vez, gritan…y además cobran un dineral la mayoría de ellos por decir obviedades o tonterías o por meter las narices donde no debieran.

Quizás sea la expresión oral la asignatura pendiente de nuestro sistema educativo, más volcado en la expresión escrita, que tampoco está para tirar cohetes pues  muchas veces se limita a cumplir la ley del mínimo esfuerzo poniendo cruces  o verdadero o falso.

Falta sosiego, calma. Sobran prisas y estrés. A mi tío abuelo Juan y a su amigo Perico, que eran grandes conversadores, podía sorprenderles el alba en la calle  cuando regresaban a  sus casas. Andaban un poco y se paraban,  haciendo escalas, pero sin dejar de hablar. En otras circunstancias, si mi tío tenía que ausentarse por algún motivo, reanudaba media hora después  el hilo de lo que estaba contando  con un  engarce muy característico:  “ pues como te iba diciendo…”  Eran otros tiempos sin tantas prisas por llegar a ningún sitio.

 

Ahillones

DSC_0230-crop

Mi pueblo, indeleblemente  tatuado  en la piel del recuerdo, donde sigue vivo en la añoranza el tiempo más hermoso. Los juegos, los amigos, las escuelas, mi primer maestro… Aquellas navidades, las matanzas, las noches de verano y el canto de los grillos… Los rincones, las solanas  y las calles, el prado de la fuente y la cañada, donde apurábamos las tardes hasta el anochecido. Donde a la pata la llana cruzaba  los arroyos o resbalaba en los pasiles…Las lluvias, los ejidos y las eras. Allí disfruté  las primeras alegrías y sentí las primeras tristezas, los primeros gozos con mi bicicleta nueva  y también las primeras decepciones,  vivencias todas labradas en la piel tierna del alma cuando ésta es una vega inmaculada y labrantía, abierta a la siembra de la vida. Mi cama donde recibía las primeras claridades del día a través de la ventana y escuchaba la lluvia de la madrugada y el ruido de las canales,  donde  en sueños rumié amores y edifiqué quimeras y sufrí las primeras pesadillas que mi madre espantaba. Donde fui feliz a mi manera, sabiendo que mis padres esperaban siempre mi llegada.  Ahí están mi patria y mis raíces y donde quiera que vaya van  siempre conmigo.

Antiguas centralitas.

cv

Después del cura la telefonista de la central  era la persona más informada del pueblo.  Sus manos combinaban   las clavijas  que ponían en contacto telefónico a los pocos vecinos que en los años cincuenta y sesenta  disponían en su casa de este servicio.

Los que no lo tenían se dirigían  a la central si necesitaban poner una conferencia. En la entrada había un banco para sentarse a esperar pues la comunicación no se establecía inmediatamente y las demoras eran frecuentes y duraderas.

 Si te iban a llamar te enviaban a tu casa un aviso de conferencia para que a una determinada hora estuvieses allí.

Solía haber interferencias y ruidos, quizás por eso nuestros padres tenían el hábito de hablar por el teléfono  a voz en grito, costumbre que conservaron siempre.

Había formulismos que crearon costumbres en los conferenciantes. Del “oiga” del que llama al “diga” del que escucha, pasando por responder “al aparato” cuando preguntaban  por el que  estaba al otro lado de la línea o “¿con quién hablo?” para identificar al  interlocutor.

No había facturas al final de mes. Cuando terminaba  cada llamada pedías el importe y  pagabas en el acto.

Ya no existen estas centrales. Quedan las  cabinas que prestan  este servicio público para casos puntuales de urgencia sin disponer de otros medios.

El decreto 726/2011 obliga a Telefónica, en el artículo 32, a garantizar una oferta de teléfonos públicos hasta diciembre de 2016.  Se exige que haya una cabina por cada 3.000 habitantes en poblaciones pequeñas y grandes, mientras que en los núcleos más pequeños tiene que haber, al menos, uno. O sea, que a partir de 2017 pueden desaparecer.

Pero no hay más privacidad  ahora que entonces, cuando la telefonista de la central podía enterarse en primicia de la muerte de un familiar o del nacimiento de un hijo.  El gran hermano está con  su ojo avizor más potente que nunca. Por muy escondidos que estemos somos vigilados por GPS y nuestras conversaciones,  grabadas. Que se lo pregunten, por citar algunos casos sonados,  al ex duque de Palma, al presunto asesino Sergio Morate detenido por encender el móvil en Portbou (Girona), o a los que un misil  borró del mapa al encenderlos. Estos últimos no van a responder a la llamada.