Los quintos.

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Publicado en el periódico HOY, sección Raíces.

 Pertenecer a la misma  quinta creaba, por las vivencias compartidas,  lazos de afecto y complicidad entre sus miembros, que eran  más intensos y estrechos si el servicio militar se hacía  en el mismo cuartel o en la misma ciudad. 

 Un hombre mayor puede que no recuerde  la fecha de su nacimiento, pero lo que no olvida es el año en el que entró en quinta. Es la referencia para saber  su edad y la manera de averiguar la de sus conocidos: Ese es  una quinta mayor que yo o dos quintas más pequeño. Eran entonces veintiuno los años con los que se reclutaba   a los mozos.  En el mes de marzo se realizaba  el marqueo.  El salón del ayuntamiento se  llenaba de amigos y familiares. El funcionario encargado nombraba  a los jóvenes  y estos  subían  al estrado. Se les preguntaba si tenían algo que alegar que les  eximiera de la obligación de incorporarse a filas. El tallador les sujetaba la barbilla para que la cabeza quedara en posición erguida, horizontal a la tabla que marcaba la estatura y los  instruía sobre la forma de colocar los pies, juntos y pegados al medidor. En voz alta pronunciaba  la talla de cada uno.  Después pasaban  a una sala contigua donde eran pesados y reconocidos por el médico.

Archivo Rafael Solaz

Archivo de Rafael Solaz

 Terminado el acto,  los mozos desbordados de jarana y bullanga, con los números de la talla escritos con tiza en las espaldas, recorrían las calles del pueblo, bien provistos del fruto de la vid y haciendo extravagancias que todos comprendían y justificaban como  cosas de los quintos. Visitaban las casas de cada uno de ellos donde eran agasajados y los que estaban novios o andaban queriendo enamorar enderezaban porte y repartían miradas por si la mocita  estuviera en la puerta o detrás de la ventana observando. Les esperaba después dar cuenta de una caldereta que algún amigo o familiar se había prestado gustosamente  a prepararles. No era la única comida en grupo que  acarreaba tan señalada festividad, pues  en semanas y meses precedentes siempre se buscaba fecha  para compartir alguna por tal motivo.

 Recuerdo cuando yo  era pequeño los cantos de los quintos en la madrugada: “Esta noche ha llovido, mañana hay barro…”,  “Quinto levanta, tira de la manta…” ¡Los creía yo entonces tan mayores y después los vi tan niños!

 En noviembre  se celebraba  el sorteo. Desde la sede de la  zona de reclutamiento  enviaban a los ayuntamientos el resultado del mismo y esta vez  con el nombre de los destinos  en las espaldas recorrían  las calles del pueblo con idéntico bagaje de calderetas, bulla y cantos.  Cuando España conservaba aún posesiones en África: Guinea, Sidi Ifni, Sahara,  la peor noticia para las familias era que  el sorteo los  hubiera destinado allí.

 Al año siguiente  se iban incorporando a sus destinos en sus respectivos  reemplazos.  La noche antes de irse, los amigos y vecinos acudían a sus casas a despedirlos y a desearles suerte.

 Concluida la mili se suponía, como el valor, la madurez necesaria para asentar cabeza y fijar casamiento.

Sanidad de cabecera.

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Publicado ayer viernes en el periódico HOY, sección Raíces.

No eran los tiempos   que describe Felipe Trigo en su obra  “El médico rural” en que relata  el viaje épico de   un mozo  en mula  al pueblo más cercano en medio de una gran tormenta nocturna para buscar suero contra la difteria.  Pero tampoco se contaba a principios de los años sesenta con los medios  técnicos, humanos y organizativos de los que disponemos actualmente.

El médico de mi pueblo  pasaba consulta oficial a primera hora de la mañana en un edificio de propiedad municipal anejo al del   ayuntamiento. Posteriormente visitaba a los enfermos en sus casas   y de dos a tres pasaba de nuevo consulta en su domicilio para los igualados. El edificio público   tenía  en su fachada una placa  con letras blancas sobre  fondo azul con la inscripción: “Dispensario Antipalúdico”,  vestigio  de  aquellas fiebres  que se manifestaban  cada tres o cuatro días y que con toda lógica llamaban tercianas  o cuartanas. Madoz en su obra enciclopédica las  cita como endémicas de esta zona.

Era habitual  en la sanidad el sistema de  igualas.  Como el derecho a la asistencia sanitaria no era universal,  los pacientes, mediante  el abono periódico  de una cantidad,  se aseguraban la  atención y los galenos  complementaban su sueldo.

El médico visitaba diariamente a los enfermos que guardaban cama. En un primer reconocimiento preguntaba por los síntomas, auscultaba con el fonendoscopio, tomaba el pulso y palpaba los ganglios del cuello. Prescribía el tratamiento y régimen  de comidas. En días posteriores comprobaba la evolución del paciente  y  era informado de las posibles incidencias ocurridas desde  su anterior visita.

Para casos que  no estaban en sus manos y ciencia  informaba del especialista al que, según su entender, debía ser enviado el enfermo.

Cuando surgía alguna urgencia   a cualquier hora del día o de la noche  se  le  localizaba   donde estuviera. Veinticuatro horas de servicio permanente.

La confianza  y la cercanía suplían la falta de  medios. El médico de cabecera era  el único asidero  al que recurrir cuando  la  urgencia intempestiva de la enfermedad se presentaba, sobre todo de madrugada.

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Temíamos al practicante  más que a una vara verde. Entonces  se recetaban inyecciones con más frecuencia y  las familias no se sentían totalmente satisfechas del tratamiento si no era así.    En un estuche metálico  llevaba la jeringa y las agujas.   Las hervía con agua  en  la parte más grande de la caja y en la tapa ponía el alcohol como combustible, que aportaba la familia, así como el algodón. Extraía el disolvente de la ampolla de cristal previamente cortada, lo introducía   por el tapón de goma donde se mezclaba con el medicamento en polvo. Llenaba la jeringa y   apretaba el émbolo hasta que salían unas gotas por la aguja. Era el momento en que el pánico daba rienda suelta a sus manifestaciones. Entre todos trataban de  convencernos de que esta vez no dolía. El practicante con oficio y paciencia  ponía de su parte para desviar la atención del pinchazo dando un golpe con el envés de la mano en la nalga endurecida por la tensión.

Invierno.

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Publicado el viernes día 22 de enero en el periódico HOY, sección Raíces.

En invierno la vida del pueblo transcurre  entre temporales de vientos ábregos y días  de tibio sol. La lluvia se anuncia  con sus  escuderos,  que llegan del poniente  con forma  de vellones de lana.  “Cielo aborregado, antes de tres días suelo mojado”.  Preceden a  las nubes espesas y cerradas,   que  descargan copiosas.   En las calles de  tierra  la lluvia forma regajos donde los niños hacemos presas con muros de barro en un vano intento de almacenar el agua. Con dos latas y cuerdas construimos zancos para andar por los charcos sin mojarnos.  Los hombres  aprovechan estos días en que no se trabaja en el campo para hacer  reparaciones y puestas a punto de herramientas y maquinaria. Acuden a  fraguas y carpinterías  donde  conversan  entre yunques, martillos y manos de garlopa, sin prisas, pespunteando aquí y allá  temas que van surgiendo por las ocurrencias de unos y otros. De vez en cuando alguno se asoma para comprobar  la evolución de las nubes, aspecto de la sierra y  cambios de viento en la veleta de la torre.  Por las tardes  juegan a las cartas en los bares llenos de humo. Las mujeres, después de realizar las faenas domésticas, se sientan a hacer punto   tras los visillos de las ventanas.

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 Por la noche, sin luz eléctrica muchas veces,  los ruidos del  temporal se adueñan del pueblo. El viento racheado fustiga   las esquinas y silba por cables y cornisas. El agua de los canalones se estrella  estrepitosa contra el suelo y crujen las puertas azotadas por las acometidas del vendaval.

 A la mañana siguiente se entreabren los postigos. Una cuchillada de luz ceniza lavada por la lluvia  corta la penumbra de las casas.

 Los hombres  hacen  corrillos en el ejido. Observan la orilla  y comentan las incidencias de la noche. Si las crestas de la sierra tienen  bardas y el viento no ha girado hacia  arriba la lluvia seguirá, aseguran  quienes generación tras generación  están acostumbrados a observar el cielo y a esperar el fruto de la tierra. Cada pueblo tiene sus referencias y sus tópicos del tiempo. Por aquí otro indicio  de lluvia es escuchar el  silbido del tren desde Fuente del Arco, que  queda en dirección suroeste.

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 Otros días del invierno son  fríos y despejados, con la claridad que da el viento del norte, el del azul más puro,  que recorta y destaca la silueta roja de la torre sobre el añil de su lienzo.  En la solana hay grupos de hombres con gorras viseras y manos en los bolsillos que charlan a su amparo. Durante esas noches rasas y frías se producen intensas heladas  que cubren de escarcha los tejados y los campos. Por la mañana, cuando los rayos oblicuos del sol apenas rozan los cerros, vamos los muchachos al arroyo a caminar sobre el carámbano que se ha formado y a tirar piedras para romperlo. Nuestras pisadas dejan estelas de huellas crujientes sobre las orillas. El  pueblo  despierta. Algunas chimeneas entre los tejados blancos despiden columnas de humo. Las campanas de la torre llaman al avemaría.

La casa cerrada.

Visité hace días con un amigo la casa de sus abuelos. Estaba cerrada y con evidentes signos de abandono, pero él conservaba vivos y nítidos los recuerdos de cuando era niño. De la charla que mantuvimos y de la impresión que me causó esta visita surge este poema.

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Está la  vieja casa  tan vacía

que hasta mi voz se da la vuelta

en sus estancias solitarias

y regresa con  ecos  temblorosos

a alojarse de nuevo en mi garganta.

Hay jaramagos secos en el patio

donde ayer había macetas

por  cuidadosas manos cultivadas.  

Una  capa de polvo cubre

las fotos de los que se fueron

y alguna telaraña cuelga

en  los rincones de la sala.

Sigue la luz dorada de la tarde

entrando por la puerta del  poniente,

donde antaño en otros días dichosos,

refulgían los bastidores

de excelentes  bordadoras.

Risas de niños  iban y venían del juego

a por la jícara de chocolate

y  a echarse el agua del botijo  a pecho.

De aquella vida que bullía alegre

sólo quedan  recuerdos.

Faltan ya los referentes  

que alegraron nuestra infancia.

Cuando el sol se está poniendo  me marcho.

Chirrían los goznes  con el óxido

y al echar la llave

mi corazón, de par en par,

abre las puertas de sus sentimientos.

 

Emigrantes.

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Columna Raíces. Periódico HOY

A  mediodía pasa el cartero. Las esposas de los  emigrantes  esperan   tras la puerta entornada que les traiga las  cartas  con bordes de rayas oblicuas  azules y rojas  con noticias de sus maridos.

Cada mes reciben  también el   aviso del  giro postal que les  sirve para mantener a la familia.          

En los pueblos hay poco trabajo.  Sólo  el estacional   en tiempos de sementera, recolección,  escarda y esquila. Los ayuntamientos ofrecen muy pocas peonadas. Los pequeños propietarios agrícolas  y los  artesanos aguantan a duras penas la larga y profunda crisis económica. La emigración es  una  salida a la que agarrarse para  mejorar la situación.

Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Holanda y Suiza pactan con los países del sur de Europa contratos de trabajo para cubrir sus necesidades laborales.

Las autoridades españolas gestionan las ofertas y demandas de trabajo a través del Instituto Español de Emigración. En los pueblos son las Hermandades Sindicales  de Labradores y Ganaderos  las encargadas de realizar  los trámites, informar y confeccionar los listados de solicitantes.   Badajoz es el lugar  a donde deben  dirigirse para un primer  reconocimiento médico. Superado éste, regresan a casa y  son llamados  posteriormente  para  emprender la marcha a sus puntos de destino.    Los viajes desde sus pueblos  hasta Badajoz los abonaba cada trabajador y desde Badajoz, en tren  hasta los lugares de trabajo,  corren  por cuenta de las empresas contratantes.  Siempre es un apoyo ir acompañado de algún paisano o gente conocida de un  pueblo cercano. Las empresas les ofrecen la posibilidad de alojarse en  barracones acondicionados  donde disponen de una cocina para cada  cuatro o cinco personas.

“Era duro dejar a  la mujer y  a los hijos, sabiendo que ibas a estar un año sin verlos. Cuando regresabas  los más pequeños  no te reconocían y extrañaban   tus brazos”, me cuenta uno de los  que emigraron en aquellos tiempos. “El trabajo no me acobardaba ni lo rehuía  por penoso que fuese, pero dejarlos aquí  tan pequeños me echaba el alma a los pies”.

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Una vez al año  vuelven  de vacaciones.  Las noticias e impresiones que refieren  a amigos y familiares  alientan o desaniman   a otros que dudan si emprender o no el  camino de la emigración.

Hay quienes  se llevan a sus mujeres y a  sus hijos.  “Yo preferí que se quedaran aquí porque quise evitar que  cuando decidiera venirme ellos hubiesen hecho amistades y empezado a enraizar allí, como les pasó a otros, y entonces hubiese sido más difícil el regreso de todos”. 

 Muchos vuelven  a los pocos años a sus pueblos. Intentan montar algún negocio con los ahorros o emigran ya con la familia completa  al  País Vasco, Cataluña o Madrid. Comienzan entonces a cerrarse muchas casas. Los hijos estudian  o encuentran trabajo   en los lugares  a donde se han ido. Allí  encauzan sus vidas. Los primeros que se fueron volvían  todos los años. Los nietos vienen de vez en cuando al pueblo donde nacieron y se criaron  sus abuelos y del que tantas historias les contaban de  su infancia y mocedad.

Uniformados

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La colación más común en las navidades de hace muchos años  era  una caja de mantecados de Estepa y una botella  de anís de Cazalla.

Lentamente  fue llegando  el desahogo  y con él la televisión  nos enseñó otras formas de celebrar estas fiestas,  otras comidas y bebidas  que fueron incorporándose  a nuestros menús.

Saltaron tapones de champán  que certificaban en el techo con  matasellos la arribada  de la prosperidad  y el derroche. Las mesas  se llenaron de mariscos, carnes, turrones y refinados licores.

Papá Noel no había llegado aún con su trineo tirado por renos desde las lejanas  tierras nórdicas para usurparle a los Magos su protagonismo, ni el acebo ni el muérdago adornaban nuestras casas. Sólo el portal con las lavanderas en el arroyo, los pastores a la lumbre y la  estrella del rabo plateada señalando a los Reyes Magos  el lugar donde se hallaba  el establo con  una mula y un buey junto  al recién nacido. La noche de la ilusión, la de la magia entraba por fogones y ventanas y dejaba un balón, una muñeca,  un diábolo y  un puñado de caramelos esparcidos por el suelo, cuando  aún había niños que encontraban en los días que derriban las puertas, sus abarcas vacías, sus abarcas desiertas, como magistralmente escribió Miguel Hernández. Tornó la mesura  a saciedad de juguetes, olvidados en un rincón al día siguiente. Llegaron  los móviles de última generación,  que no son  juego, sino absorción de las seseras. Y en esas estamos. 

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La Nochevieja era  entonces una noche más en nuestros pueblos que  daba  entrada sigilosa  al año nuevo.  Pero nos llegaban imágenes  de  saraos llenos de guirnaldas, serpentinas  y confetis festejando alborozadamente  la despedida del año y nos fuimos uniendo al cortejo unificador de costumbres. Primero se hicieron reuniones en casas o cocheras donde se bebía y se bailaba con  música de radiocasete o tocadiscos. Después nos incorporamos  de lleno  a la vorágine de despedidas ebrias con bullanga y besos de buenos deseos y prosperidad  a discreción. Todos unidos en la resaca de Año Nuevo.

Vacaciones de Navidad.

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Columna Raíces en el periódico HOY de ayer viernes

 El prefecto nos recomendaba  hacer un horario para las vacaciones. Había tiempo para todo si lo distribuíamos bien.  Así que en los días  anteriores   a las mismas nos dedicábamos  con gran regocijo  a su confección,  más por recrearnos mentalmente en el  disfrute que preveíamos  que en los beneficios organizativos que pudiera  depararnos su aplicación. Hacíamos dos y los repasábamos y retocábamos con frecuencia: uno por si llovía  y otro por si hacía sol.

 Esa anticipo programado de lo que pensábamos hacer  nos transportaba imaginariamente a nuestros pueblos,  a los que no íbamos  desde octubre y añorábamos constantemente.

 Distribuíamos  las horas   entre paseos  en  bicicleta, partidos de fútbol, comidas, misas,  rosarios, televisión, que entonces era novedosa, y  lecturas, por indicación imperativa del superior.  Esos eran los propósitos, aunque cuando llegaba el momento  de llevarlos a la práctica nos adaptábamos sin problemas  a  las circunstancias  sobrevenidas   y que no eran otras que dilatar  el tiempo de juego de orilla a orilla de la jornada. Los primeros días de vacaciones ayudábamos a montar el portal en nuestras casas o  en la de  algún amigo.  Íbamos al ejido con  azadón y cuchillo para recortar y extraer   “magro”, que así llamamos por aquí a pedazos  de hierba  con sus raíces. Buscábamos  el papel de plata que traían  las libras de chocolate para simular el río donde lavaban las lavanderas, mocos de los desechos de las fraguas para los montes y papel  de   celofán rojo para la lumbre alrededor de la que  pasaban la noche los pastores.

 Aún éramos pequeños para los guateques y reuniones que vendrían en años posteriores y que ocuparon muchas horas  de nuestro tiempo adolescente.

 Antes de que el consumo y las disponibilidades económicas degeneraran en hartazgos y derroches,  el plato principal de la cena de Nochebuena solía ser  arroz con bacalao o un pollo de corral en escabeche acompañados por vino  de la tierra para los mayores. Postres  sencillos, pero exquisitos, como el arroz con leche y las “puchas”,  a base de agua, harina, canela,  leche y azúcar que  las manos diestras de las madres y abuelas elaboraban.

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 Lo peor era el regreso al internado. Los buenos ratos con los amigos, los juegos, la familia… Arrancar de cuajo esas vivencias y  las  entrañables  horas al brasero para llegar al mármol frío y la  humedad de los pasillos   era un golpe cruel a nuestros cuerpos y sal para el sentimiento en carne viva. Éramos poco más que unos  niños.

 En la maleta llevábamos las manos de nuestras  madres en los pliegues de la ropa y los olores de la casa recién abandonada. Abrirla en aquel dormitorio del internado era esparcir añoranzas, sobre todo  en    los anochecidos, esas horas de luz entreverada e incierta en que arrecian las tristezas.

 Los recreos de los primeros días los pasábamos en los rincones del patio rumiando recuerdos  y rememorando  con los paisanos vivencias recientemente compartidas  en el pueblo. Tardábamos varias jornadas en superar la murria; algunos más, tanto que eran llamados por los superiores para intentar aliviar su abatimiento.

Aquella escuela

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Columna semanal Raíces en el periódico HOY

Los pupitres eran bipersonales y para delimitar fronteras cuando las relaciones vecinales  se deterioraban por algunas de las múltiples y efímeras disputas infantiles  trazábamos una raya con  lápiz o con  tiza que lo dividía en dos partes iguales. Si uno de los dos ocupantes traspasaba la medianería  recibía un codazo del compañero como aviso y castigo por la invasión. Si coincidía con el momento en que hacíamos  caligrafía  el  envite podía ocasionar que la hoja se  llenara   de manchas de tinta,  porque entonces la usábamos con plumilla para este fin.  La tinta la elaboraba el maestro mezclando unos polvos azules con agua. Los tinteros eran de plomo o cerámica y estaban en los agujeros que tenían los pupitres en  la parte superior. Cada día el alumno encargado  los llenaba..

 Hacer la plana era una de las actividades más placenteras para mí. El maestro  escribía en el encerado la muestra y  nosotros la repetíamos en la libreta de dos rayas, dejando nuestra impronta en los  trazos  cercanos al arte del  dibujo que subían, bajaban y se curvaban con cambios de grosor y rasgos arabescos en aquellas libretas de la marca Balandro con dos futbolistas en portada.  Había que hacerla con especial esmero, sin que las vocales desbordaran los límites del suelo y el techo de las rayas paralelas.  Cuando el maestro nos calificaba con  “Muy Bien” regresábamos   a nuestro pupitre  mostrándola a los compañeros con gran satisfacción.  Sentí que  la caligrafía se eliminara de nuestro aprendizaje.

 Las cuentas las hacíamos   en una  pizarra pequeña e individual  donde escribíamos con  pizarrín blanco, redondo y duro.  El borrador consistía en un retazo  de tejido unido a la pizarra por una cuerda al que agregábamos saliva.  En caso de  pérdida del trapo, no había problema, se le reemplazaba  por  la manga del jersey   que después frotábamos con el pantalón para  difuminar la mancha de tiza.

 Cayeron en desuso  la tinta y las pequeñas pizarras y se generalizaron los lápices y las libretas.     La goma de borrar “MILAN” siempre a mano para corregir yerros. A los  tres o cuatro borrados la carilla quedaba ennegrecida y entonces mojábamos un poco la goma con la lengua, procurando no abusar de esta práctica por el riesgo de rotura del papel.

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  Después  de las cartillas de “Rayas” de los primeros cursos,  cuyo autor fue el extremeño de Serradilla Ángel Rodríguez Álvarez,   llegó  el “Nuevo Catón”, que introdujo los colores en los dibujos que ilustraban las  lecturas. En los cursos superiores   la enciclopedia “Álvarez” en sus distintos grados-“intuitiva, sintética y práctica” fue el libro básico y único que comenzaba con la historia sagrada y terminaba  con las  efemérides  conmemorativas  de personajes y hechos  afines  a  la causa vencedora  de la incivil contienda.

  Algunas tardes en que lucía el sol sacábamos los pupitres a las “corralillas”, denominación  que dábamos en Ahillones  a los porches de las traseras de la escuela orientados al poniente. Allí hacíamos las tareas, con el sol en la cara  y el moscón de los sueños zumbando de pupitre en pupitre.

Matanzas

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Columna semanal Raíces en el periódico HOY

 Eran días especiales y el maestro  sabía que en esas fechas tan señaladas faltábamos a la escuela. Cuando pasaba lista  los compañeros confirmaban escuetamente el motivo de la  ausencia: “Está de matanza”.

 La noche anterior el ajo machacado, el pan rebanado y las tripas  en remojo habían tirado las salvas olorosas  del inicio del acontecimiento.

 Hacer que entre un cochino en una casa requiere más astucia que fuerza, salvo aquel caso  referido como chanza en   que un cerril  mozo, enojado y sudoroso tras bregar inútilmente después de múltiples intentos, le espetó al obstinado animal: “A conocimiento me ganarás, pero a cojones no” y  a rastras lo llevó hasta  el corral con todas las fuerzas que  su enojo  enardecía.  Nada mejor  para guiarlo que hacer sonar unas pocas de bellotas  dentro de medio almud.

 A las matanzas se invitaba a los familiares más allegados  y al novio y a la novia de los hijos cuando las relaciones ya estaban formalizadas. Acto social recíproco  que estrechaba lazos y compartía tareas. Las había que por tradición se reservaban para las novias, como  las del llenado de la chacina. La futura familia política  procuraba aliviar a los pretendientes  de los trabajos  más penosos.

 Unos días después de terminar las faenas se  enviaba a los invitados como agradecimiento y cortesía un pequeño lote de productos de la matanza, que por aquí llaman caldillo.

 Al lado de la  candela había siempre cubas o cántaros con agua caliente para lavarse  las manos el matarife, la  matancera y los ayudantes y para la limpieza de orejas, patas, rabo, pestorejo y tripas del cerdo. Los hombres, por lo general, hacían los trabajos que requerían más fuerza. Las mujeres  los de destreza y  habilidad.  Y  organizar, porque eran ellas las que distribuían tiempos, lugares y  funciones.

 No tenían mucho reposo la botella de aguardiente y las perrunillas en las primeras horas del día.

 A media mañana se comían migas con aceitunas, ajos,  sardinas y vino.

 La matanza solía durar dos días, dejando que  reposara la carne ya aliñada en artesas y lebrillos para llenar al día siguiente.

 El momento  de las “probaíllas” era especialmente esperado. Todos  opinábamos del punto de sal, pimienta  y pimentón  de  chorizos, morcillas y salchichones. Exquisiteces  que degustábamos fritas  con un poco de pan.

No existe animal más difamado que los cerdos en sus nombres (puercos, marranos, cochinos, guarros)  ni más ensalzado por el gusto de sus carnes.

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 En hileras negras, rojas y marrones quedaba  en ordenada formación la chacina durante el invierno. Los jamones y tocinos cubiertos de sal y los huesos y costillas adobados y colgados en varas. Los productos de la matanza eran la base de la alimentación. La comida más habitual, casi diaria, era el cocido con tan suculentos complementos.

Muchas noches de invierno cenábamos  presas de lomo, hígado y magro, conservadas en manteca  y calentadas  para que soltaran la pringue.

Mención aparte merecen las mañanas con los tejados cubiertos de escarcha, sentados  al lado de la lumbre y  untando tostadas  con manteca “colorá”.  

Pozos y fuentes

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Publicado ayer en el periódico HOY. Columna Raíces.

Ese hecho tan habitual hoy de darle el grifo y que fluya el agua era aún  una aspiración insatisfecha  en muchos de nuestros pueblos.  El  agua que había en las casas era la  tranquila y oscura que  reposaba en los pozos proveniente de veneros o de lluvia de canales y se  usaba para riego, limpieza y  dar de beber a los animales. “Platero acababa de beberse dos cubos de agua con estrellas en el pozo del corral…”  Sólo las rastras buscando algo  molestaban sus misteriosas profundidades donde según nos decían a los niños vivía “la mora”.  Garrucha, soga, cuba y la fuerza de los brazos  la elevaban al brocal.

La potable para las personas había que traerla de las fuentes y el mejor medio de transporte eran las congéneres del inmortal borrico de Juan Ramón. Equipadas con aguaderas o serones hicieron veredas y caminos que  todavía  perduran en los ejidos del pueblo.

Hasta los más jóvenes sabíamos aparejar y  cinchar a estos nobles animales que tantos servicios  han prestado en tiempos pasados.

Con ellos aprendimos a montar y  correr “a tos cuatro pies” cuando nos mandaban a por agua. El  refrán de “tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe” no necesitaba tantos viajes para  nosotros pues más de una vez regresábamos a casa sin agua y con los tiestos rotos debido a  que nuestra insensatez y osadía   adelantaban los acontecimientos cuando competíamos con otros amigos en carreras.

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(Fotografía de Montehermoso)

Había mujeres con una habilidad asombrosa, forjada a base  de esfuerzo y tesón.  Cargaban  un  cántaro en el cuadril, otro en la mano contraria y una cantarilla  en la cabeza, equilibrada sobre una rosquilla acolchada.

Las fuentes eran lugares de conversación sobre  las novedades del pueblo mientras se aguardaba  turno para llenar y también, junto a los pozos,  inspiración de  poetas  y de la imaginación popular: “Ya no va mi niña por agua a la fuente…” El ruido del gluglú  cambiaba de tono avisando de la cercanía del rebosado. Se enjuagaba la tapadera de corcho  y se tapaba la boca del recipiente. Qué pena me daba que por las noches el agua saliera del  pilar anejo donde abrevaban las caballerías y se perdiera sin provecho  por los regajos ribeteados de juncos.

Las  cantareras de mampostería o de madera eran los lugares de las casas o los cortijos destinados a colocar los cántaros,  que  curiosamente muchos también usaban como  monedero donde dejar  la calderilla que sobraba de los mandados.   El uso y el tiempo  labraron sobre las losetas rojas las huellas circulares de las bases  de los cántaros. La parte  anterior de madera,  donde se apoyaban para embrocarlos y verter el agua en las vasijas, cogía por el desgaste la forma  arqueada de sus cuerpos.

También  se disponía en las casas de  una   tinaja  donde se almacenaba agua de reserva y que se cubría con una  tapadera de madera,  sobre la cual   solía haber un cazo para sacarla.

Fuentes, pozos norias y pilares atesoran palabras, sentimientos y  trabajos  de la historia de los pueblos.