Muertos ilustres

museo pussol

 

Entierro de Primera Clase celebrado en el año 1952. Museo Pusol.

Somos un país-quizás otros también lo sean- de alabados muertos y envidiados vivos. Si la Parca se lleva a un  ilustre finado se lucha a codo, oídas las primeras campanadas,  por llegar primero a expresar condolencias por tan desgraciada  ausencia. Todos fueron sus amigos. El duelo es un  cajón de latiguillos y tópicos al uso que envasan el dolor en cómodos envases. Con el rostro amagando  pucheros, el abrazo al doliente,  palmoteo en la espalda levantando pelusas que posaban su liviandad  hasta hace poco en el ropero, desfilan los manifestantes.  Este muerto,  en las mismas bocas que hoy le cantan salmos, sólo hace unos  días  era un engreído, pillo de cuidado, o nido de avaricia. Con los ojos cerrados por los siglos de los siglos, es crisol luciente de magnas virtudes que calientes bocas pregonan al viento con jabón sobrado. Y si fue algo ruin, eran sus cosillas, pero no era malo.

Oh, país de grandiosos  panteones  sobre rumia de  gusanos. Dios nos libre del día de las alabanzas.

Pregoneros

pregonero

El pregonero de mi pueblo era una  persona de ocupaciones  variadas y estipendios escasos con los que apenas cubría las necesidades básicas de su familia. Su ocupación principal era la de zapatero, que desarrollaba en la primera habitación de su casa habilitada al efecto. Disponía de  los avíos imprescindibles para realizar las labores fundamentales del  oficio. Unas chavetas, tenazas, leznas, puntas, tachuelas, cerote e hilo. Era conocido con el sobrenombre  del sacristán por las funciones  que realizaba en la iglesia,  sobrenombre que transmitió a su descendencia.  El Ayuntamiento lo requería esporádicamente para difundir pregones por las esquinas cuando el alcalde  consideraba necesario informar al vecindario de normas que atañían de forma directa e importante al buen gobierno municipal, generalmente uso adecuado del muladar, estercoleros del ejido, escombreras, ubicación de las eras, acarreo de paja en los carros, llegada del cobrador de contribuciones,…

Como la lectura no era hábito extendido   entre la población por desidia o ignorancia, los regidores lanzaban al aire sus proclamas por boca de los pregoneros, que tocaban  una trompetilla para reclamar la atención de los  vecinos. El primer edil  se aseguraba así que sus normas y reconvenciones llegaran a todos: “De orden del señor alcalde se hace saber…”

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Los muchachos los seguíamos de calle en calle, más atentos al rito y al  toque metálico que al contenido del mensaje.

Era suficiente  que se enterasen unos cuantos vecinos en cada calle porque al poco el boca a boca había extendido la novedad por todo el pueblo. Algunas mujeres  salían a la puerta con el delantal recogido y la escoba en la mano al oír el aviso metálico del pregón. Las tiendas  eran lugares donde la información se propagaba como fuego en rastrojo. Los hombres, generalmente en el campo en ese momento,   recibían las noticias al llegar al  anochecido a sus casas.

Al pregonero-sacristán y zapatero lo sustituyó el latero, que como su antecesor completaba  los escasos ingresos de su oficio con los que ocasionalmente le generaba prestar su voz al viento.  Recorría éste con su anafe de brasas y el estaño las calles para restañar las piteras de canalones, jarras, palanganas, cacerolas, regaderas,… que los vecinos le entregaban.  En el anafe llevaba un hierro soldador con mango de madera y que una vez caliente arrimaba al estaño para derretirlo sobre la picadura. Después remataba la faena con el soldador aún caliente y un  martillo, estropajo y trapo  para que quedase lo más fino posible. Fumador empedernido, su voz cascada y rota no llegaba más allá de unos metros del corro de la chiquillería que lo rodeaba, por lo que después los que no se habían enterado le preguntaban qué es lo que decía el bando. Una vez escuché a una vecina con un torrente de voz más saludable y potente que el suyo recomendarle desde su  puerta que tomara clara de huevo para aclararla.

Tiempos estos donde la voz de los  pregoneros y los  vendedores ambulantes, además de los sones de las  campanas, eran los canales de comunicación que,  a través del aire, interrumpían la rutina diaria.  

 

Tres micro relatos.

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OLVIDO

Las tardes las pasa en la ventana. Habla y sonríe de vez en cuando. Apenas nos da castigo.

Por las mañanas mientras lo aseamos nos cuenta historias de la escuela, de don Antonio, su maestro, de sus amigos de juego, de los paseos por el campo y de su perrilla “Seda”.

Hoy está contento porque dice que vendrán sus padres a verlo. Le traerán caramelos y un libro de cuentos. Ya ve usted. Sus padres, que murieron hace tanto tiempo.

Recuerden ustedes que el tiempo de visita es de cinco a ocho. Se acuestan temprano.

SUEÑO ETERNO

 Estaba muy cansado y quería dormir profundamente. Se fue a la última habitación de la casa, al lugar más oscuro y silencioso donde nunca llegaba la luz ni el ruido. Durmió y en su sueño bajó larguísimas escaleras de caracol envueltas en brumas. Lo despertó una voz de querube, dulce pero imperiosa.

 -Levántate y dirige tus pasos a la gran explanada, donde están formadas las filas de los que esperan sus destinos. La próxima salida es la tuya, va hacia el Purgatorio.

 

HAMELIN

La madre le dio un libro de cuentos a su hijo para que se entretuviera mientras ella compraba en las rebajas. Entre lámparas maravillosas de las que salían duendes, frases mágicas que abrían cuevas y animales que hablaban, al hijo se le pasó enseguida parte de la mañana, pero su madre tardaba demasiado. Cuando regresó de las compras no lo encontró en el sitio donde lo había dejado.

 -Señora, su hijo iba tocando una flauta con cientos de mujeres detrás cargadas de bolsas.

Combinados

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En los bares de entonces la variedad de bebidas  no pasaba del vino y los refrescos. Menos frecuente la cerveza.  Perico Chicote caía lejos, así que los combinados  no se conocían, excepción hecha del carajillo, la palomita y el sol y sombra.

Los niños no entrábamos en las tascas, si no era para cambiar el casco de la botella de Casera por una llena, que nunca faltaba en casa. En  los breves instantes  que permanecíamos en el local observábamos  y olíamos el ambiente de estos lugares llenos de voces y humos donde los hombres-porque las mujeres no entraban- bebían y discutían entre olor a sudor y  orines, debido a la falta de agua corriente y a la ubicación de los servicios en el interior del local.

Pero los niños sí hacíamos combinados en aquel dilatado tiempo libre en que, a falta de los artilugios electrónicos actuales, pasábamos el tiempo con la pandilla en  los rincones de la calle, a la sombra si era verano o en las  tibias recachas  si era invierno, jugando e imaginando un mundo a  medida de nuestra fantasía.

El bebistrajo  más simple consistía meter un pedazo de regaliz  en un tubo y echarle agua. Con una espera no muy prolongada, aunque los más puestos en el tema recomendaban dejarlos una noche entera, teníamos el sucedáneo de la coca cola.

La otra combinación era algo más compleja y precisaba mesura y equilibrio en la adición de los ingredientes. La hacíamos en verano y lo considerábamos un refresco artesanal. Consistía en mezclar vinagre, agua y azúcar. Se le daba vueltas  y  para dentro…o para fuera si un exceso de vinagre nos descomponía el cuerpo.

A ninguno se nos ocurrió patentar estas mixturas que, quién sabe si con el tiempo, nos hubiesen hecho millonarios.

Reloj, no marques las horas

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Algunos labradores y ganaderos  llevaban un reloj con cadena en un bolsillo del chaleco,  asido a un ojal del mismo. Eran los acreditados  “Roscopatent”, que deben su nombre a su inventor, el alemán nacionalizado suizo  Georges Frederic Roskopf,   pero la mayoría no los necesitaba. La vida rural se regía por el sol.

Parte de las largas noches de  invierno se pasaban al fuego o al brasero entre charlas y  juegos de mesa y de fondo radio Andorra. Después a la cama a soñar con los angelitos.   En verano la vida bullía con el trajín de la recolección. Las eras del ejido, los carros con el grano y la paja por las calles, las casas de par en par  para que el fresco de la noche aliviara las calores del día… Si se dormía poco tiempo para eso estaba la siesta.

Llega otra vez el cambio de hora, que dicen los que entienden que se ahorra mucha energía. Yo no lo entiendo,  pero creo que acomodándonos a la luz, sin mover las manillas, podríamos adelantar o atrasar las faenas y no trastornar bruscamente dos veces al año los hábitos de todos. 

La pegatina

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La oficina administrativa de la  ITV  es  la sala de espera de una clínica con médicos de monos azules que inspeccionan tu vehículo y dan el visto bueno para que puedas seguir circulando. Llegan el dueño o la dueña de la máquina rodante con gesto serio y despistado pidiendo la vez. Tras el aguardo algo nervioso y pensativo, pasan, carpeta en ristre con la documentación, al túnel de operaciones.  Luces, limpiaparabrisas, claxon, gases, meneos de los ejes, rodillos, frenos, volantazos a izquierda y derecha  (por cierto, tuve ocasión de observar el ímpetu con que movía el volante el conductor que me precedía. No sé cómo quedaría con sus cervicales). El examen termina y  se sale a la luz del día por la puerta opuesta tras el inmisericorde  zarandeo propinado al coche. De nuevo a la oficina  donde se espera con ansiedad el dictamen facultativo. Llama el empleado que devuelve la documentación con  la pegatina recién obtenida o pronuncia la temida frase: “tiene que volver”. El apto  conlleva un cambio radical en el semblante del dueño del vehículo. Si a la llegada dio unos buenos días que daban pena, ahora falta poco para que abrace  al oficinista que le entrega tan preciado salvoconducto.  La despedida a los presentes que siguen aguardando, es eufórica y amable, hasta la acompaña de gestos de  cabeza y  manos. Y es que somos como niños.

Francisco Umbral

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La vida de Francisco Umbral, que en realidad se llamaba Francisco Alejandro Pérez Martínez,  fue,  tras esa postura insolente y descarada que exhibía, triste y trágica. 

Su madre, Ana María Pérez Martínez, una mujer soltera y tuberculosa, lo tuvo a él tras una relación con un hombre casado   del que era su secretaria, Alejandro Urrutia, abogado cordobés y escritor, padre del poeta Leopoldo de Luis, gran amigo de Umbral.   El distanciamiento y desapego de su madre, que fue a parir a Madrid al  hospital benéfico La Maternidad por temor a las habladurías de la gente de Valladolid,  lo marcó para siempre. Umbral tuvo un único hijo   que murió de leucemia a los cinco años, lo que le inspiró su libro Mortal y rosa (1975), lleno de hondo lirismo y sentimiento.

Él mismo escribió: “He optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño, de modo que seré inauténtico para siempre. No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba. Soy un farsante”.

Me he permitido escribir el soneto que sigue como reconocimiento al gran escritor que fue tras reflexionar que muchas veces las apariencias engañan. 

Creó en su mente un mundo paralelo

lleno de elaborada fantasía,

para suplir su infancia tan vacía

de familia, querencias y consuelo.

Con alas de escritor levantó vuelo

y dio armazón a lo que no existía

creyéndose él mismo la utopía 

del brillo que emitía el espejuelo.

Francisco Umbral, de cínica insolencia,

ególatra y pedante altanería

inventó el personaje de sí mismo,

alcanzando en las letras la excelencia

con la trágica farsa que escondía

su orfandad en el fondo del abismo

Monaguillos

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Fui monaguillo de repiques, de ayudantía y de trastienda, que en gajes eclesiásticos recibe el nombre de sacristía. No figuraba yo en la nómina de los doce duros al mes que el cura estipendiaba a los fijos, sino en el ramo de aficionados y en cierto deber moral que nos comprometía a los seminaristas. Conocíamos los monaguillos mejor que nadie los entresijos ceremoniales de las misas y sus prolegómenos de sacristía. Ayudar al cura a vestirse para las funciones religiosas era tarea reservada a los veteranos del escalafón. Había que saber diferenciar colores para cada tiempo litúrgico y prendas para cada ceremonia: amitos, albas, cíngulos, casullas, roquetes, estolas, manípulos… y conocer el orden de su colocación. Cuando los curas se las guisaban en latín, corría por los mentideros del vulgo una explicación apócrifa y burlona del significado de las misas, que nos refirió un día un sacerdote para explicarnos una de las razones de la implantación de la misa en el idioma del país.

La versión era que en las misas antiguas salía el reverendo de la sacristía, calado de bonete, con dos acólitos de escolta y oficiaba en el altar mayor, de espaldas a la feligresía. Poco más entendían los presentes que los momentos en los que había que levantarse, sentarse o postrarse. De vez en cuando el cura se daba la vuelta, abría los brazos y decía el conocido y repetido “dominus vobiscum”, que los fieles, faltos de conocimientos latinos, traducían libérrimamente como “¿alguno de vosotros lo ha visto?”, deduciendo que se referiría al extravío del gorro llamado bonete, porque de la sacristía seguro que salió con él y ahora no lo llevaba en la cabeza.

A media misa recorrían los monaguillos los bancos con bolsas pidiendo limosna. La crédula parroquia pensaba que iba destinada a sufragar la reposición de la prenda desaparecida. Así que a colaborar, aunque bien sabía Dios que ellos no habían sido los usurpadores de tan sagrado complemento y de la dignidad que conllevaba.

Contento el cura con lo recaudado en la colecta echaba un trago para celebrarlo, y agradecido, en justa correspondencia, repartía hostias a todo el que quería acercarse. Entiéndase en el nutricio sentido de la palabra.

Por fin, uno de los monagos se separaba un poco y de un rincón, sin saber cómo, regresaba con el bonete en la mano. El cura se lo calaba y, los monagos delante, enfilaban satisfechos el camino de regreso a la sacristía cantando: “La misa ha terminado cantemos con fervor que nuestra vida sea una misa señor”. No deja de ser una hipérbole humorística para resaltar la barrera de desconocimiento que se levantaba entre el oficiante y los fieles.

Termino con dos anécdotas de aquellas funciones y de aquellos tiempos. A la hora de la comunión un monago sostenía una vela y el otro ponía la bandeja debajo de la barbilla del comulgante para que en caso de que cayera la sagrada forma o una partícula por minúscula que fuese lo hiciese sobre ella. Nos distraíamos mi amigo Francisco y yo, a falta de ocupaciones más complejas, viendo como sacaba la lengua cada uno de los comulgantes. Había una mujer con un ojo de cristal que nos provocaba la risa cada vez que acudía. El cura, que ya conocía nuestra debilidad, nos miraba con el rabillo del ojo a los dos cuando la buena mujer se acercaba en la fila, no sé si advirtiéndonos para que nos contuviéramos o siendo cómplice de nuestro regocijo.

Un secreto de sacristía era el lugar donde se guardaba el vino para la consagración. Estaba bajo llave en uno de los armarios. Sólo el sacristán era el encargado de llenar las vinajeras. Un día, bastante tiempo antes de empezar la misa, tuve que ir, mandado por el cura, a llevar algo y sorprendí al sacristán dándole un trinque a la botella. Como no había explicación posible que justificara la libación, me ofreció como una especie de chantaje y complicidad probar el fruto de la vid de la botella que aún tenía en sus manos. Así obtuve una posición de privilegio en el trato que de tarde en tarde se materializaba con un trago de aquel vino tan exquisito.

Referido sea todo lo anterior con el máximo respeto y sin ánimo de molestar, pero así fue y así lo cuento.

Llerena, 18 de febrero de 2015. Tertulia literaria del ateneo llerenense.

 

Gastos de representación

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Oí hace muchos años  una anécdota, seguramente falsa, pero significativa del descontrol y manga ancha con que se elaboraban y justificaban algunos presupuestos municipales tiempo ha. Un alcalde y su secretario  dudaban en qué capítulo ubicar un gasto de dos millones de pesetas de la época. El alcalde, sin complicarse mucho la vida  encontró pronto la solución:

-Ponlos en tinta.

Ya no hace falta que las seseras de ciertos representantes y adláteres se devanen buscando acomodo presupuestario a partidas de difícil justificación.  Hay capítulos elásticos, cajón de sastre donde  pillos y vividores  de laxa conciencia y escasos escrúpulos  esconden o disfrazan  sus juergas y hartazgos. Los gastos diversos y los de representación pueden albergar desde libaciones en whiskerías hasta comilonas pantagruélicas, pasando por fiestas nocturnas en la feria de Sevilla, o mariscadas regadas con selectos vinos de Jerez. Los beneficiarios de estos dispendios  cubren su descaro y desvergüenza con la manta protectora de la indefinición contable.

Si se comete  la torpeza de especificar demasiado algún gasto como de feria, por ejemplo, siempre cabe la posibilidad  de diluirlo, a instancia de superior, dentro de los gastos de representación,  con lo que desaparecen como por encanto cena con músicos incluidos y barra libre.

Reclamos

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(Fotografía de Juan Miguel Sánchez)

Carta en el periódico HOY (25-1-2015)

En las mañanas y las tardes de finales de enero  y del mes de febrero en que el sol desbroza lentamente las sombras y ensancha la luz por sus extremos, comienza el celo de la perdiz a picar nuestros campos  con  sus reclamos.

En el preludio de la primavera, entre las siembras, que repuntan con vigoroso verdor, quebradas, olivares y dehesas, el instinto animal  de esta bella gallinácea busca su procreación con  variados cantos y disputas entre rivales por el  favor de las hembras

Pulpitillo, tronera, plaza, canto de buche, cuchicheo, mantilla, responso, puesto… son expresiones  que se escuchan por estas fechas entre los aficionados a esta modalidad de caza,  que tiene sus fervientes defensores y sus acérrimos detractores.

Sin ánimo de ofender y por poner sonrisa al drama, me imagino en este tiempo de preludio electoral, los  reclamos de los distintos grupos políticos intentando llevar a plaza a los  electores.  Los  decepcionados de la anterior temporada desconfían y buscan la voz honrada y sincera  entre cantos de  falsete, brindis al sol y tonadas a la luna.