Mi pueblo, indeleblemente tatuado en la piel del recuerdo, donde sigue vivo en la añoranza el tiempo más hermoso. Los juegos, los amigos, las escuelas, mi primer maestro… Aquellas navidades, las matanzas, las noches de verano y el canto de los grillos… Los rincones, las solanas y las calles, el prado de la fuente y la cañada, donde apurábamos las tardes hasta el anochecido. Donde a la pata la llana cruzaba los arroyos o resbalaba en los pasiles…Las lluvias, los ejidos y las eras. Allí disfruté las primeras alegrías y sentí las primeras tristezas, los primeros gozos con mi bicicleta nueva y también las primeras decepciones, vivencias todas labradas en la piel tierna del alma cuando ésta es una vega inmaculada y labrantía, abierta a la siembra de la vida. Mi cama donde recibía las primeras claridades del día a través de la ventana y escuchaba la lluvia de la madrugada y el ruido de las canales, donde en sueños rumié amores y edifiqué quimeras y sufrí las primeras pesadillas que mi madre espantaba. Donde fui feliz a mi manera, sabiendo que mis padres esperaban siempre mi llegada. Ahí están mi patria y mis raíces y donde quiera que vaya van siempre conmigo.
Antiguas centralitas.
Después del cura la telefonista de la central era la persona más informada del pueblo. Sus manos combinaban las clavijas que ponían en contacto telefónico a los pocos vecinos que en los años cincuenta y sesenta disponían en su casa de este servicio.
Los que no lo tenían se dirigían a la central si necesitaban poner una conferencia. En la entrada había un banco para sentarse a esperar pues la comunicación no se establecía inmediatamente y las demoras eran frecuentes y duraderas.
Si te iban a llamar te enviaban a tu casa un aviso de conferencia para que a una determinada hora estuvieses allí.
Solía haber interferencias y ruidos, quizás por eso nuestros padres tenían el hábito de hablar por el teléfono a voz en grito, costumbre que conservaron siempre.
Había formulismos que crearon costumbres en los conferenciantes. Del “oiga” del que llama al “diga” del que escucha, pasando por responder “al aparato” cuando preguntaban por el que estaba al otro lado de la línea o “¿con quién hablo?” para identificar al interlocutor.
No había facturas al final de mes. Cuando terminaba cada llamada pedías el importe y pagabas en el acto.
Ya no existen estas centrales. Quedan las cabinas que prestan este servicio público para casos puntuales de urgencia sin disponer de otros medios.
El decreto 726/2011 obliga a Telefónica, en el artículo 32, a garantizar una oferta de teléfonos públicos hasta diciembre de 2016. Se exige que haya una cabina por cada 3.000 habitantes en poblaciones pequeñas y grandes, mientras que en los núcleos más pequeños tiene que haber, al menos, uno. O sea, que a partir de 2017 pueden desaparecer.
Pero no hay más privacidad ahora que entonces, cuando la telefonista de la central podía enterarse en primicia de la muerte de un familiar o del nacimiento de un hijo. El gran hermano está con su ojo avizor más potente que nunca. Por muy escondidos que estemos somos vigilados por GPS y nuestras conversaciones, grabadas. Que se lo pregunten, por citar algunos casos sonados, al ex duque de Palma, al presunto asesino Sergio Morate detenido por encender el móvil en Portbou (Girona), o a los que un misil borró del mapa al encenderlos. Estos últimos no van a responder a la llamada.
El recibo de la luz senatorial.
El Senado destina dos millones de euros a gastos de luz y gas para 2016 y 2017.
Se quejan ustedes de vicio. Nuestros representantes senatoriales sí que tienen un recibo de la luz costoso: 2.740 € diarios si se contaran los años por 365 días cada uno, pero. teniendo en cuenta que, según recoge la página web del senado, durante 2014 hubo actividad 127 días, sale cada día a 7.874 €.
Así que nada de quejas, que estos señores sí que llevan sobre sus espaldas, además del peso de la púrpura, trasponiendo el conocido dicho cardenalicio a sus sufridos hombros patrios, el gravoso recibo de la luz y el gas. Todo por sus desvelos en favor nuestro.
Pensaba yo ante este dislate recomendarles que usaran velas, quinqués o carburos para alumbrarse por si salía más económico, pero vistas algunas fotos de senadores y “senatrices” dormitando, tal vez por un exceso de trabajo, o absorbida su atención con el uso de sus móviles de última generación, no me atrevo con la propuesta, no fuera a ser que en un descuido o ronquido incontrolado rodaran velas, quinqués y carburos por las alfombras y provocaran un incendio de imprevisibles consecuencias.
Sólo me queda recomendarles que al salir el último no se olvide de apagar las luces y la caldera, que no están los tiempos para derroches, aunque pensándolo bien a ellos les darán tres leches (sin IVA), pues nosotros, sufridos contribuyentes, nos haremos cargo de esos dispendios, sabiendo el bien que nos reportan.
Noche de julio
Recortaba la luna las siluetas en la frondosidad de las adelfas. El aire nacarado y perezoso, sostenía los aromas de la vega. Eran tus ojos azabache brillante en la noche de julio. La luz de harina plateada difuminaba los caminos, los cerros de olivares, la chopera en la ribera…Acunaban al silencio el canto de los grillos y las ranas. Estuvimos mucho tiempo sin decirnos nada, sintiendo los latidos de los pechos y deseé que nunca terminara aquel momento, aquella sensación inabarcable de paz en mitad del campo, dueños y centro de todo el universo. A lo lejos tintineaban las luces del pueblo, sumidas las fatigas en la quietud del sueño. Volvimos por un camino borroso cuando una bocanada rosa surgía por oriente y la brisa hacía cosquillas a las sombras de los chopos.
La condición humana
Cada día, como siempre, el sol eleva impasible su corona de fuego y la hunde en el ocaso en su movimiento aparente. Así, por los siglos de los siglos. Desde su atalaya, si pudiera, habrá visto la evolución de la tierra, la entrada y la salida de la vida. Féretros y cunas en hileras. Y en medio, la existencia, las alegrías, las penas y el transcurrir de generaciones entre batallas y guerras. Testigo indiferente del progreso humano y de nuestra condición: nos matamos unos a otros, con quijadas o plutonio, pasando por piedras, machetes, venenos, lanzas, puñales, pistolas, bombas, misiles,… Hemos perfeccionado los medios para el mismo fin, que no ha cambiado. La técnica al servicio de nuestra propia destrucción. Los sentimientos de envidia, ambición y odio no han evolucionado, siguen invariables y enquistados en nuestra condición humana, origen de la mayor parte de los males que nos asolan.










