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Si de mí dependiera
cargaría los fusiles
con balas de algodón y seda.
Levantaría un solo mástil
y en él, una bandera
con dos colores: el azul del cielo
y el verde de las praderas.
Si de mí dependiera
daría a los soldados
una mochila llena
con uvas de racimo
y pistolas de pan
para que dispararan
con puntería certera
sobre el corazón del hambre.
Si de mí dependiera
haría más escuelas,
sembraría árboles en las riberas,
llenaría de huertas las vegas
y de trigo los graneros.
Al dinero, como a los ajos,
le pondría caducidad
y al año, que se pudriera.
Todas estas cosas haría
si de mí dependiera.
¡Qué suerte tienes, encina,
acariciada por brisas
de tan diversos destinos!
Desde tu otero divisas
las estrellas de la noche
y los cruces de caminos.
Cada tarde el sol te deja
cobijado entre tus hojas
el rescoldo de sus brasas
y de noche se resguardan
al amparo de tus ramas
los pajarillos que al alba
alegrarán la mañana.
En el tiempo del estío
das cobijo a los pastores
mientras la chicharra sierra
el aire de los olivos.
Cuando el viento se enfurece
y remueve tu ramaje
aguantas fuerte y gallarda
sus violentas embestidas.
Y si te dañan, con mimo
la luna te cura
con su luz de nácar
tus ramas ajadas
y ranas y grillos
te susurran nanas
en el aire quedo
de la madrugada.
¿Por dónde irán mis rezos infantiles?
No habrán llegado aún a su destino
con tan grandes distancias siderales
medidos en millones de años luz.
Emprendieron camino
por el cielo azul,
surcando las estrellas,
hacia el trono de Dios.
Iban vestidos de inocencia,
puro candor de niño,
desde las imponentes catedrales
o desde la penumbra
acogedora de la iglesia.
Los más delicados
salieron de la intimidad de mi almohada:
eran súplicas nacidas del temor
por si la muerte me cortaba el paso una mañana.
Temor al fuego incombustible
con llanto y rechinar de dientes.
Otros, también hubo sinceros,
arrepentidos, de pecados que no fueron.
Nunca llegarán dónde cantan los coros celestiales
de bellos serafines,
¡Qué imaginación tan desbordante
la de escribanos y predicadores!
Vagan eternamente,
de galaxia en galaxia
sin llegar nunca a ningún sitio.
No hay lugar donde arribar
en ese océano sin riberas:
los novísimos no son lugares, sino estados,
según los últimos desvelos
¡A buenas horas,
después de haber pasado tanto miedo!
Estampa de señoras postulantes
que llenan vanidosas los salones
lucidas con abrigos de visones
para hacer caridad con mendicantes.
Reunión de señoritos de casino,
rancio linaje, seria catadura,
trato altivo y fatua compostura,
ufanos del papel de su destino.
¡Oh, damas y varones de esta España,
descrita sabiamente por Machado,
absorta en su caduca musaraña
de ficticia grandeza y entorchado!
Se estiman portadores de la entraña
y sólo son despojos del pasado.
Es triste decirle adiós,
despedirle hoy de la vida
que están los almendros rosas
tejiéndoles circonitas
a la corona del día
con esta puesta de sol:
¡Luz de tarde de febrero,
por san Blas y Candelaria!
La vejez y la guadaña
cortaron con el rasero
su vida y nuestra compaña.
De camino hacia el olvido
se fue para siempre Antonio
en un silencio de gloria.
Ya nunca más beberá
el agua clara del río
entre los juncos y el berro.
Faltará palabra al vino,
a los naipes la baraja,
y a las volutas de humo
hebras para la candela
de sus puritos de caja.
Suena el viento de la tarde
entre los cipreses verdes
que guardan tantos misterios.
A lo lejos ladra un perro.
¡Qué triste bajé hasta el pueblo,
de vuelta del cementerio!
Ahillones, 3 de febrero de 2010.
Suena la música sentimental
de los boleros en la semioscura
estancia donde se habla con ternura
de promesas de amor hasta el final.
Mujer, si puedes tú con Dios hablar,
dile que el otro lado de la luna
jamás he vuelto a verlo con ninguna
desde aquel día en que te vi marchar.
Dicen que la distancia es el olvido,
pero ni se abandona ni se olvida
un viejo amor como el que yo he vivido.
Solamente una vez se ama en la vida
y quisiera tener algo contigo
sin que esta cita suene a despedida.
Febrero purifica paganas lupercales
y la cristiana presentación con las candelas.
Tiene el corazón de almendro
y de nata rosa el alma.
Benjamín de doce hermanos,
nunca llega a la treintena
a pesar de los regalos
de césares y papas.
Efebo consentido y caprichoso
por retenerlo el padre en sus dominios
ante los reclamos encelados de la amante,
pecho en yema, guiños de luz y aromas de tomillo.
Así está el mozo, de faz y condición cambiante,
lanzando pedriscos tras mostrar su sol radiante.
No sé por qué este vahído
que mi mente desvanece:
doce copas me he bebido,
y ni un problema he tenido
hasta que probé la trece.
Me tomaré la siguiente
para espantar el mal fario
del dígito maldiciente
y evitar que así la gente
me tilde de temerario.
Fotografía de Juan Sevilla
http://www.flickr.com/photos/juaninda/
Marinero en la tierra que navego
soy en mares ondosos de trigales.
Al viento, velas de la flor de espliego.
No planean gaviotas, son pardales
alondras, colorines y trigueros
los que vuelan sembrados pegujales.
Las corrientes marinas son senderos
en las dehesas de su piel trazados
y en las olas que elevan los oteros.
Mareas, vientos de la mar prestados
para limpiar los trigos en las eras
por el bieldo hacia su tez lanzados
bajo el azul de todas las riberas.
Esta luz de luna llena
que luce de madrugada
en la plaza porticada
de la ciudad de Llerena
muestra con lustre la escena
donde transcurrió la historia
que repasa la memoria
en el silencio apacible
de esta noche bonancible
plena de quietud y gloria.