Confiado amor.

gorrion

 

 

 

 

 

 

 

 

La adoraba tanto

que  la amaba sólo 

con caricias tiernas

y arrullos de voz.

Así  conservaba

la ilusión intacta

de su noble amor.

Temía romper

el frágil encanto

de seda y de nácar

que él adivinaba

rendido a los pies

de su idolatrada.

Y así la perdió

aquella mañana

entre margaritas

de  praderas verdes.

Ahíta de mimos

su  piel delicada,

la  moza lozana

halló entre los brazos

de un rudo mancebo

amor ardoroso

y loca pasión.

Al  bisoño amante

de ingenuo candor

le quedó en la cara

pasmada expresión

como incauto niño

al que en un descuido

de confiado amor

se le escapa al aire

de las tiernas manos

su amado gorrión.

 

Reloj, no marques las horas.

 relojnomarques

 

 

¿Quién no ha pedido alguna vez que  pare

el reloj  el andar de sus manillas

al ritmo musical de aquel bolero

que el mejicano de Ciudad Madero,

Cantoral, le escribió a su esposa un día?

Entre brumas de olvido y fantasía,

mezclando lo  que fue con los deseos,

vivimos una noche inolvidable

allá en el fondo de la edad perdida.

Cuando las notas de   esta melodía

extienden sus acordes por el aire,

¡oh, beatíficas caras trascendidas

hacia la mística de lo sublime!

Amanecerá- porque nadie escucha

la vana pretensión de que se quede

el tiempo detenido en nuestras manos-

Que el sol me encuentre entre tus brazos quiero

al aire fresco de la amanecida

y el fondo musical de este bolero.

 

Llueve en la dehesa.

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Derrama el agua su melancolía

vertida con   cadencia de rumores.

Vellones  grisáceos de neblinas

entretejen por toda la dehesa

el ramaje en flor de las encinas.

Cubierto con el manto de la lluvia,

soy una parte más de este paisaje

que une la soledad y la  belleza,

plenas de  placenteras  sensaciones,

sobre el altar de la naturaleza.

Tu apoyo.

calma

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino

http://www.panoramio.com/user/1368766

Rota la vela  y el timón quebrado

se distanció mi barca de la orilla.

Refugiado en el fondo de la quilla

me abandoné a mi suerte resignado.

 

A merced de la mar embravecida

en el febril delirio de mi sueño

imagino  un paisaje ribereño

que me acoge y evita la deriva.

 

En un abrupto despertar me encuentro

al timón  unas  manos compañeras

que gobiernan mi barca mar adentro

 

entre fuertes galernas traicioneras.

Diestramente, la proa a sotavento,

enfila y me  conduce  a las riberas.

 

Verdugos.

goya

 

 

 

“Nunca más”

Calla y cúbrete de oscuridades.

Hay pasos de fieras por la calle

que suenan a plomo y huelen a sangre.

Vienen de madrugada, traicioneros,

para abrir  los corazones de las madres.

Los golpes en las puertas

rugen en las entrañas de las casas

como aullidos salvajes

de hienas acuciadas por el hambre.

El poder de la pólvora y del sable

da cobijo a los verdugos.

Ráfagas de balas

horadan los límites  del alba

y derraman lágrimas de rabia,

impotentes y  calladas.

El silencio miedoso se encarama

a las copas  solitarias de los árboles.

 

Huellas del tiempo.

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Las  piedras  encierran las historias de los pueblos.

Allí están las huellas de los siglos.

Esperan enclaustradas que las manos del experto,

escobilla y cincel, les extraigan los secretos de los muertos.

Regresamos  a sus vidas y a su tiempo,

pero también, arqueólogos, mirad un poco al cielo.

Esa cóncava mano de luceros

los cubría también a ellos:

celtas, lusitanos, romanos, visigodos,

musulmanes, almohades, almorávides, iberos…

Con el vértigo que da la luz en continuo movimiento,

allí siguen, aparentemente quietos,

que cien mil años no es nada en el fluir del  firmamento.

Indolencia.

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Aquí en la esquina apostado,

a observar y no hacer nada,

cortando el aire en rodajas

en un  cruce de caminos.

Mirar la vida en la gente,

cada cual a su destino,

representando el papel

que le asignó el regidor

del gran teatro mundano.

¡Oh, excelente Calderón!

¡No más quiero

que esta amable languidez!

Que me lleve la corriente

liberado de cuidados

por el discurrir tranquilo

de las acequias del tiempo

sin molestias importunas,

con la misma dejadez

de abúlica voluntad

que sintió Manuel Machado

en una noche de luna.

¡Despierta, muchacho!

Fotografía de Francisco Catalán Roca (Hecha en Sevilla en 1959)

Francisco Catalán Roca

Mujer primorosa

que luce garbosa

su talle al andar.

Requiebro de fuego

que lanza el mozuelo

al verla pasar.

Su mente la mece

en cama de encaje

de virgen vestal.

“Mocita, te llevo,

de ardiente plumaje,

conmigo en el vuelo

de noche nupcial”.

Estrambote:

Despierta, chaval,

desciende hasta el suelo

y busca consuelo

en manos de Onán.

Mayo.

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Flor de   espigas

al albur de los  solanos.

Bacanal campestre

en  honra de  patrón gañán,

justo en el parteluz de la vertiente.

Amapola en la   falda de la siembra,

mecida en olas verdes.

Orla de  flores al símbolo eterno de  la muerte,

duelo inacabado y  recurrente.

A  la  virgen, infantiles voces

de ingenuos corazones

en la  capilla  a coro del colegio

donde llegaba el olor a  azahar

del patio de  los naranjos.

Céfiros en  tu pañuelo al cuello,

mariposa impaciente y perfumada,

acariciando  tu  encendida cara.

La rosa en tu pelo y mi beso en tu frente.

 

El lenguaje del cuerpo.

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Hay algo tras la piel de su sonrisa

que oculta  una congoja camuflada

por una bien cuidada compostura.

Los ojos no  enmascaran la tristeza

ni deshacen los  posos de  amargura.

Se intuye  que su cuerpo disimula  

lo que tiene escondido en su cabeza.

Peregrina muy lejos  su mirada

y se traba en la zarza dolorida

donde rumia la herida que le apena.

Por momentos regresa sorprendida

a afirmar o negar con la cabeza

en la charla que apenas le interesa.

No revela la boca con palabras

lo que expresa su cuerpo con certeza.