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La adoraba tanto
que la amaba sólo
con caricias tiernas
y arrullos de voz.
Así conservaba
la ilusión intacta
de su noble amor.
Temía romper
el frágil encanto
de seda y de nácar
que él adivinaba
rendido a los pies
de su idolatrada.
Y así la perdió
aquella mañana
entre margaritas
de praderas verdes.
Ahíta de mimos
su piel delicada,
la moza lozana
halló entre los brazos
de un rudo mancebo
amor ardoroso
y loca pasión.
Al bisoño amante
de ingenuo candor
le quedó en la cara
pasmada expresión
como incauto niño
al que en un descuido
de confiado amor
se le escapa al aire
de las tiernas manos
su amado gorrión.

¿Quién no ha pedido alguna vez que pare
el reloj el andar de sus manillas
al ritmo musical de aquel bolero
que el mejicano de Ciudad Madero,
Cantoral, le escribió a su esposa un día?
Entre brumas de olvido y fantasía,
mezclando lo que fue con los deseos,
vivimos una noche inolvidable
allá en el fondo de la edad perdida.
Cuando las notas de esta melodía
extienden sus acordes por el aire,
¡oh, beatíficas caras trascendidas
hacia la mística de lo sublime!
Amanecerá- porque nadie escucha
la vana pretensión de que se quede
el tiempo detenido en nuestras manos-
Que el sol me encuentre entre tus brazos quiero
al aire fresco de la amanecida
y el fondo musical de este bolero.

Derrama el agua su melancolía
vertida con cadencia de rumores.
Vellones grisáceos de neblinas
entretejen por toda la dehesa
el ramaje en flor de las encinas.
Cubierto con el manto de la lluvia,
soy una parte más de este paisaje
que une la soledad y la belleza,
plenas de placenteras sensaciones,
sobre el altar de la naturaleza.

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino
Rota la vela y el timón quebrado
se distanció mi barca de la orilla.
Refugiado en el fondo de la quilla
me abandoné a mi suerte resignado.
A merced de la mar embravecida
en el febril delirio de mi sueño
imagino un paisaje ribereño
que me acoge y evita la deriva.
En un abrupto despertar me encuentro
al timón unas manos compañeras
que gobiernan mi barca mar adentro
entre fuertes galernas traicioneras.
Diestramente, la proa a sotavento,
enfila y me conduce a las riberas.

“Nunca más”
Calla y cúbrete de oscuridades.
Hay pasos de fieras por la calle
que suenan a plomo y huelen a sangre.
Vienen de madrugada, traicioneros,
para abrir los corazones de las madres.
Los golpes en las puertas
rugen en las entrañas de las casas
como aullidos salvajes
de hienas acuciadas por el hambre.
El poder de la pólvora y del sable
da cobijo a los verdugos.
Ráfagas de balas
horadan los límites del alba
y derraman lágrimas de rabia,
impotentes y calladas.
El silencio miedoso se encarama
a las copas solitarias de los árboles.

Las piedras encierran las historias de los pueblos.
Allí están las huellas de los siglos.
Esperan enclaustradas que las manos del experto,
escobilla y cincel, les extraigan los secretos de los muertos.
Regresamos a sus vidas y a su tiempo,
pero también, arqueólogos, mirad un poco al cielo.
Esa cóncava mano de luceros
los cubría también a ellos:
celtas, lusitanos, romanos, visigodos,
musulmanes, almohades, almorávides, iberos…
Con el vértigo que da la luz en continuo movimiento,
allí siguen, aparentemente quietos,
que cien mil años no es nada en el fluir del firmamento.

Aquí en la esquina apostado,
a observar y no hacer nada,
cortando el aire en rodajas
en un cruce de caminos.
Mirar la vida en la gente,
cada cual a su destino,
representando el papel
que le asignó el regidor
del gran teatro mundano.
¡Oh, excelente Calderón!
¡No más quiero
que esta amable languidez!
Que me lleve la corriente
liberado de cuidados
por el discurrir tranquilo
de las acequias del tiempo
sin molestias importunas,
con la misma dejadez
de abúlica voluntad
que sintió Manuel Machado
en una noche de luna.
Fotografía de Francisco Catalán Roca (Hecha en Sevilla en 1959)

Mujer primorosa
que luce garbosa
su talle al andar.
Requiebro de fuego
que lanza el mozuelo
al verla pasar.
Su mente la mece
en cama de encaje
de virgen vestal.
“Mocita, te llevo,
de ardiente plumaje,
conmigo en el vuelo
de noche nupcial”.
Estrambote:
Despierta, chaval,
desciende hasta el suelo
y busca consuelo
en manos de Onán.

Flor de espigas
al albur de los solanos.
Bacanal campestre
en honra de patrón gañán,
justo en el parteluz de la vertiente.
Amapola en la falda de la siembra,
mecida en olas verdes.
Orla de flores al símbolo eterno de la muerte,
duelo inacabado y recurrente.
A la virgen, infantiles voces
de ingenuos corazones
en la capilla a coro del colegio
donde llegaba el olor a azahar
del patio de los naranjos.
Céfiros en tu pañuelo al cuello,
mariposa impaciente y perfumada,
acariciando tu encendida cara.
La rosa en tu pelo y mi beso en tu frente.

Hay algo tras la piel de su sonrisa
que oculta una congoja camuflada
por una bien cuidada compostura.
Los ojos no enmascaran la tristeza
ni deshacen los posos de amargura.
Se intuye que su cuerpo disimula
lo que tiene escondido en su cabeza.
Peregrina muy lejos su mirada
y se traba en la zarza dolorida
donde rumia la herida que le apena.
Por momentos regresa sorprendida
a afirmar o negar con la cabeza
en la charla que apenas le interesa.
No revela la boca con palabras
lo que expresa su cuerpo con certeza.