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ENGREID@
Aires de elevadas dotes
muestra enhiesto en sus posturas
el más necio de los zotes,
campeón de los Pichotes
por memeces y tonturas.
AGUADOR@
A por agua iba a la fuente
con la burra y aguaderas
donde hablaba con la gente
durante espera paciente
hasta que su turno fuera.
(Cuadro de Ezequiel Martín Baró)
Enhiesto, a guisa de torero
haciendo el paseíllo,
entra el caballero
de acicalada compostura,
ufano el aire y relamido el pelo.
En calmosa y estudiada pose
observa en derredor a los presentes
que, infelices, su dicha no merecen.
De pitillera de bruñida alpaca
extrae un cigarrillo
y con mechero de destellos áureos
enciende el cilindro de tabaco.
En columpio de gozo complaciente
da una profunda calada
y exhala el abundante humo
por sus apéndices nasales y entreabierto belfo.
Acodado en la barra,
¡oh, pequeño mundo a sus pies postrado!
demanda un combinado
de exótico apellido
sin mirar al camarero.
A solas,
con aquellos, sabrá Dios qué pensamientos,
sonríe despectivo.
Extienden las olas en la arena
alfombras de espumas para el viaje.
Vienen de muy lejos, de alta mar,
de las batallas de los temporales
y la fuerza espiral de los tornados.
Traen restos remotos en sus crestas
de naufragios, los cantos de sirenas
que tentaron a Ulises y sus remeros
y la bruñida luz de los fanales.
Parece que las olas vuelven solas,
pero llevan las almas de los muertos
en el vientre azul de las mareas.
Las gaviotas emiten, plañideras,
apenados graznidos en los duelos.
De melocotón suave su mejilla
acoge sonrosada mi ternura
en la cálida faz de su hermosura,
mujer plena y cara de chiquilla.
Mientras la llama de sus ojos brilla
recorro con caricias la dulzura
donde la piel se vuelve comisura
y el pasto de los besos candelilla.
Nuestros cuerpos ligados al deseo
gozan de la ascensión concupiscente
al ritmo acompasado del jadeo.
Acoplados de forma complaciente
en lúbrica coyunda o himeneo
llega el cénit esplendorosamente.
Como la adolescencia es tan viva
parece que la vida es siempre nueva.
¡El resplandor azul de aquellos ojos
entre el verde frescor de las espigas!
Su corazón de par en par abierto,
sin límites de afecto y de cariño,
puro, como la nieve en la cumbre
y la mirada limpia de los niños.
Ya no tiene la luz el mismo brillo
ni el aura tibia de las alamedas
mueve igual las hojas en la tarde,
pero siguen conmigo, como entonces,
detenidos en el tiempo su belleza
y el mar de sus ojos insondables.
La muerte tiene citas
de ciertas asistencias
y de inseguras fechas.
Completa y larga lista
que pocos tienen prisas
por acortar esperas.
Pacientes que reclaman
adelantar el turno,
es cierto que hay alguno
a quien el mal lacera.
Sin esperar llamada,
abruptamente, otros,
precipitan llegada.
El resto no acelera
y no le importa olvido
de cita tan certera.
Como si naciera de nuevo en cada instante
quiero estar siempre empezando,
volver al principio de todos los procesos,
a la inocencia de la nieve no pisada.
Sentir el placer del primer beso,
salir con el sol de cada día
y recorrer con la brisa las mañanas nuevas.
Volver al manantial origen de la fuente,
a la primera mirada enamorada,
al suspiro del deseo adolescente.
Regresar a la raíz
de todos los impulsos,
a la ilusión desnuda,
al brillo de los ojos asombrados
del niño descubriendo los misterios.
Y al mismo tiempo envejecer,
sin ataduras, como resbala la arena en el cristal.
Ser siempre yo mismo, consecuente y libre,
firme, la cara contra el viento.
Os enseñarán, gráciles niños y niñas, que por mor de la genética alcanzáis el principado, las artificiosas formas del ceremonial protocolario que a tan alto estado corresponden.
Ahormarán vuestros impulsos espontáneos con arneses de palacio. Vuestras caras tendrán la sonrisa programada para el acto y vuestras manos mostrarán cinco lobitos al viento del aplauso.
Os llamarán altezas y ante vos inclinarán cabezas y doblarán rodillas y espinazos. Viviréis en una burbuja de cristal, de Bohemia quizás, del más selecto y caro, pero jaula al fin y al cabo.
Enjambres de zumbones moscardones libarán vuestra compaña buscando el relumbre social o los favores, pero vuestra infancia volará con señuelos amarillos sin haber tocado el suelo. No os hará falta nada, pero vais a perder mucho de lo que a los niños de vuestra edad les corresponde: el juego en la calle, las pandillas plurales… No sabréis distinguir el saludo sincero del fingido, la amistad de la simple compañía.
Una corte de adulones os rodeará y perderéis el contacto con la vida real, aunque las vuestras sean más regaladas. Con todo, no os creáis dioses ni ungidos por altísimos designios por tantos parabienes porque el dolor y el sufrimiento no reparan en coronas y la muerte no esquiva a las realezas. Un consejo, si nos es permitido a los plebeyos, no subáis muy alto, que desde allí son más fuertes los porrazos.
(Como estamos en verano
toquemos temas livianos.
Que quede bien aclarado:
que cada cual aparezca
en este teatro humano
como a su gusto apetezca.
Ya cuentan con mi respeto,
expresado de antemano )
La clase plebeya emula
las modas de la nobleza
llevando con galanura
sus usanzas y grandezas.
Van las guapas damiselas
con pamelas a la inglesa
plenas de gracia y lindura
de los pies a la cabeza.
Con no menos compostura
de pingüinos las chaquetas
o de chaqué vestidura
van los varones con percha.
Para que no falte altura
la gomina en la cabeza
coronando sus figuras.
¡Qué prestancia y qué majeza!
Si en modas de tanta alcurnia
además de vestimenta
se compartiera fortuna
no habría tanta diferencia
surgida desde la cuna.
La nube es un ala al viento,
suave soplo de frescor
que reparte caricias de amante
por el torso ardiente de la tierra.
Bálsamo para la herida
de la inclemencia del sol,
un dulce beso de sombras
a los pétalos abiertos,
columpio de leves brisas,
mullido edredón de ensueños
cuando se sueña despierto.