Oquedades
(Pintura de Bruno Amadio)
Una tristeza de límites difusos
ha posado sus manos
en las frágiles alas del pasado,
mariposa herida, ya sin vuelo,
que deja lastimoso desconsuelo
en la sombras ausentes de los cuerpos.
La huella de la herida en la memoria
reblandece la piel del sentimiento
y afloran, silenciosas, las lágrimas,
pétalos de rosas sobre el suelo.
Memoria macerada en la añoranza
que deja posos agridulces
en el fondo de la tarde.
El amor, evocado siempre, acude
al efluvio nostálgico del vino.
Señales en la piel de los afectos,
que al volver a tocar,
producen sarpullidos
de emociones no acabadas.
La ausencia de personas
sobre el anaquel de los recuerdos
en el tiempo amarillo de las fotos.
Palabras que no dije
cuando alguien esperaba mi consuelo,
abrazos que no di
perdidos para siempre
a mitad de camino
entre la timidez y el deseo.
Acordándome de esto
he llorado como niño perdido
de la cálida mano de su madre,
una noche de feria
en el bullicio de la calle.
Nos oxidamos.
Como a un hierro tirado en la maleza
el transcurrir del tiempo nos oxida,
no de amarillo anaranjado,
sino de níveo albor
en coronada testa acumulado.
Ese es el resumen de la vida
y la razón de todas las arrugas.
El tiempo, haciendo de las suyas,
desgasta las rodillas
y forja corcovadas gibas.
Física y química aplicadas
en nuestros cuerpos pasajeros,
desde la luz del primer día
hasta el rastro que la escarcha deja
del hierro en la hierba señalado.
Dignidad.
Las chaquetas de pana,
los jerséis a las espaldas
con cruzadas mangas sobre el pecho,
el aire fresco del spot abriendo las ventanas
al son de sugerente musiquilla…
¿En qué ropero de Armani están colgados?
Para desprestigiar y meter miedo
usan ahora la revolución bolivariana…
No es eso ¿compañero?, ¿camarada?
Eso, disculpen, es andarse por las ramas.
Lo que la gente pide es un futuro
de justicia y pan para sus hijos,
esa que dicen que es distributiva.
Y lo que detesta son ladrones y canallas.
No se escondan detrás de supuestas libertades.
Yo tampoco quiero dictaduras,
pero la primera condición
es la dignidad de las personas.
Mis manos.
La vida es una gota de lluvia
que irremediablemente resbala
hacia el junquillo del cristal.
Cercano ya el final del recorrido,
¿qué queda entre mis manos
de aquellos puños rosas de algodón
trazando garabatos en la escuela?
Fueron mi primer amarre a la vida
en el puerto seguro de mis padres,
las de las presas de arena
en los regatos de la calle,
las que buscaban lagartijas
en el sol de las roquedas,
las de mimos y caricias.
Sellaron tratos de palabra honrada,
alisaron cabellos
y consolaron llantos.
También hirieron
y demandan perdón.
¿Qué fue de tantos soles
y tantas sementeras,
de las ubérrimas cosechas,
de la besana y los graneros?
¿Qué queda de su tacto en tu cintura,
de la pasión del sexo adolescente,
de las andanzas por tu piel desnuda,
lomas y valles placenteros,
senos de amor, goce y ternura?
Sólo quedan durezas
donde antes hubo espigas.
Un capital entre los dedos
se fue por sus rendijas
dilapidando riquezas y afectos.
Al ofertorio final, nada llevo,
cáliz vacío de viejos sarmientos.
Está dispuesto el cuerpo a la partida,
mis manos van conmigo.
Por ellas pasó, cual agua entre tejas,
todo lo vivido.
Espera
(Mujer en la ventana de Jozef Israëls)










