Dominio.

Fotografía de Manuel Rodríguez Espino. 

 

 

 

 

La roca en campo abierto,

altiva, resistente,  agreste y dura,

refugio de rapaces voladoras,

abrigo  de ganado,

cobijo de pastores

al   soplo helado del temible cierzo.

Sombra amable en el ábrego caliente

con horas de calinas cegadoras.

Aquí baten solanos,

ventiscas, turbonadas, vendavales.

Es punta de diamante al sol primero,

caricia de las brisas a la tarde

y brasa roja con el sol postrero.

Muralla donde rompen temporales

su furia en remolinos invernales.

Crece en su umbría el musgo verdinegro,

luz y sol, la solana acogedora;

por su ladera asciende la tormenta

y ensanchada y negruzca se desploma

inflamando la tarde con sus truenos.

Quiero imitar tu fuerte  resistencia,

tu serena altivez sin inmutarte,

obrar con  acendrada fortaleza,

actuar en cada caso en consecuencia,

y a la sabia manera del  estoico

alcanzar la virtud con el esfuerzo.

Amanece.

Fotografía de Nunci Fernández Herrero

 

 

 

 

 

 

El sol, semilla de granada abierta,

levanta poderoso entre la bruma

el cuchillo brillante de sus  rayos

cortando los perfiles  de la sierra.

Entre el silencio húmedo del río

se yergue  una alameda en su ribera,

rizado viento en la mañana fresca.

Las sombras de los valles se repliegan

entre haces de luz tornasolada.

Bucles de trinos en zarzas sombrías

anuncian bulliciosos la alborada.

Los caminos se abren a pisadas nuevas.

Una lágrima.

 

 

 

 

 

La lágrima resbala en la mejilla

sin palabras ni aspavientos.

Baja  el pómulo

y acelera su caída

hasta unos labios temblorosos,

en silencio:

sal de carne dolorida,

ave sin alas  que se pudre dentro

de  lacerada herida,

asoma en la pupila neblinosa

y fluye por los surcos del olvido

hacia el mar seco de los sufrimientos.

 

Guapeza altiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para escalar la  cima de tu  altura

necesito la ayuda del destino

y una  luz que ilumine mi camino

para poder andar esa largura.

Has llevado tan lejos tu hermosura

que el intento revierte en desatino

sin que pueda cambiar mi tenaz  sino

de no poder gozar de tu figura.

Baja hasta donde estamos los mortales

y acorta las  distancias que has marcado

entre suelo y  regiones celestiales

donde tu altiva pose te ha llevado

envuelta en las bellezas corporales

que natura donosa te ha otorgado.

 

 

 

Regreso a lo imposible.

 

 

 

 

 

 

Del olvido a la  sombra

y la desesperanza

bebo el vino de siniestras bodegas.

Borracho de recuerdos

paseo por  las calles de la infancia

a  la busca de la  niñez perdida.

No hay lumbre en el hogar

ni susurros debajo del reloj.

Se pararon las horas en los  ecos

y en agrio despertar

de cruel  resaca acerba

encuentro los caminos

destrozados por  duras huellas secas

en un lugar quemado

por la furia de torvos remolinos.

 

Almendros en flor

La primavera llama con los nudillos del almendro a los cristales de la casa del invierno. Lo hace con delicadas manos  de dedos blancos y rosas. No quiere molestar al hosco dueño de la casa sentado con aspecto taciturno al fuego de la chimenea. Sus toques son alas de mariposa, tiernas  caricias aladas.

Escudero del equinoccio, el almendro avisa al dueño del solsticio invernal  de que  en las  templadas auras del sur vienen flotando legiones de aromas y colores posándose en las ramas de árboles. Es un aviso silencioso y florido para que el invierno retire de los valles y riberas  el crujiente manto de la escarcha. El céfiro trae colores nuevos para hacer vestidos con aromáticos tomillos, cantuesos y romeros, aromas de azahar para esparcirlos por  los campos y  ciudades y  luz radiante para robar  espacio a las umbrías.

Vendrán otros.

Fotografía de Manuel Rodríguez  Espino

http://www.flickr.com/photos/majanublao/

 

 

 

 

 

 

Dejar que el tiempo pase

en aleteo suave

sin que apenas me roce.

Esperar que me devore la noche

oscura  paso a paso,

y al pasar de los años

que germine en las mentes venideras

el halo del recuerdo

de haber andado  un día

por estos mismos prados

con  otras margaritas

de hermosas primaveras.

Ya no serán las mismas

que observo yo esta tarde.

Al refugio del frío en las solanas

otros ojos mirarán,  no los míos,

el lento transcurrir de las mañanas

por las calles del pueblo.

Allí vivió, dirán los más cercanos,

murió hace muchos años.

Los más ajenos, nada;

habrán oído algo,

alguna referencia

de algún hecho lejano.

El tiempo desvanece la memoria

lo mismo que la mar  borra la estela

de  barcos que se alejan

buscando el horizonte.

Solamente la piedra permanece,

callada eternamente,

eterna piedra muerta

atada por los pies

a  la  alargada sombra

que el sol traza en sus puestas.

Perdiz con reclamo.

 

 

 

 

 

La perdiz canta brava y altanera

con gallardos reclamos cuando empieza

a dar albor a  la  Naturaleza

la vida de incipiente primavera.

 

El cazador detrás de la tronera

observa todo el campo con fijeza

y espera que otro macho con braveza

acuda a defender hembra y  frontera

 

Acechos  con reclamos encelados

traídos  al señuelo traicionero

por otros semejantes enjaulados.

 

Rompe la placidez del cazadero

el disparo que barre los  sembrados

y enmudece la tarde de febrero.

 

Pesimismo.

Fotografía de Juan Sevilla http://www.flickr.com/photos/juaninda/

 

 

 

 

A la larga nos puede el sufrimiento

y el alegre disfraz que nos ponemos

difumina el dolor que padecemos

y mitiga el sufrir de algún tormento.

Pasajero placer de ruin momento

al calor de las copas que bebemos,

engañando  las penas que tenemos

y fingir que gozamos de contento.

Es la fe de futura eternidad

resplandor de un señuelo que nos ciega

en la busca y afán de libertad.

Esperamos la dicha que no llega

y  nos cubre de amarga soledad

la vida ingrata que hacia el fin navega.

Alzheimer.

 

Si  llega el olvido y no conozco a nadie ni recuerdo dónde estoy, no podré decir lo que ahora siento.

Y antes que esto ocurra, antes que mis ojos vaguen por las cosas sin pararse  en ellas, quiero que sepáis mis sentimientos.

Con el paso de los días iré olvidando todo y no sabré  quién soy ni  conoceré a los que ahora quiero.

Me iré despegando de personas y de afectos. Me quedarán las caricias que me deis, aunque no pueda responderos.

Huirá mi  mente y dejará aquí un montón de carne vegetando. No seré ya el mismo que ahora escribe. Desde una sima insondable os miraré sin veros. Tendréis entre vosotros a un muerto respirando.